“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Opacidad

viernes 18 de septiembre de 2015

Inventé un signo en que guardaba
un gesto de niña que no quiere
(porque ellos consentían…)
encargarse de algo, sentada, levantando el brazo
y llenando la garganta de desgana
que en el aire se suelta y te libera.
Entre burgueses tú preciosa te dejabas
ser un momento natural.
Pero aquel signo ya no dice nada,
y la memoria en el vacío se esfuerza en darme
el desahogo de esa imagen tuya
que en el pecho llevo ciegamente.

Si yo le pido que me deje a Ana
en la mente,
a Ana me quita con una pincelada
de dolor,
como duna que en el desierto tapa
al poco viento una huella reciente.

Él no está el viernes —dices. Y el secreto
me mastica la paz. No sé. Te escribo,
aguilucho abismal, no agente vivo
que sabe aprovecharlo, este soneto.
Descansarás ahora el cuerpo quieto
soñando en calma algún deseo esquivo
quizá de mí y acusarán recibo
los nervios sanos con placer concreto.
Yo mientras tanto, penetrando el miedo
de anegar este amor que se me apaga
sin respeto de ti, lloro si puedo
y tiemblo de encerrarte en un poema.
Si fuera un hombre, al que intimidad quema,
no habría más dudas ya de lo que haga.

Se pone tensa Ana o me desprecia
al verme en el despacho y me destroza
esta fe en olvidar que el alma roza
y la ternura como un mal arrecia.

Pude cerrar mujer hace tres lunes
el cerco que me abstrae de esta miseria
de sensaciones que me duelen
con el recurso de llamarlas apariencias:
dejarme luego regalar por ellas
sorbiéndolas sin miedo desde dentro,
y en tus caderas la mirada fuerte,
en los pechos, en los ojos, en el cuello o en las piernas
te hubiera arrastrado hacia mí
o al menos te habría dicho que te quiero.
Pero fallé otra vez
                                                             y no hay lamento
más cierto ni más tonto.

Entre la cerrazón total, insensible y ciega
y el filo de sensaciones que me escuecen,
donde está el anhelo y el deseo
que de ti me queda,
no me dejan elegir.
                                                             Si veinte horas
Si veinte horas
de opacidad me darán pensarte
luego al final cinco minutos,
ya estará bien.

[a Anna – Llavaneras 2006]
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