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El escritor y la jinetera

martes 13 de octubre de 2015
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Ese día anterior al del retorno a su país, y luego de hacer las maletas, el veterano escritor se acostó en la cama, sintonizó la radio Reloj y se dedicó a repasar las experiencias de cinco días de reuniones con colegas de la Isla y de otros países hablando de literatura, recordando sus palabras en el panel en el que participó en el Centro Cultural Guillén y sus caminatas por las calles de La Habana, tratando de identificar las que fueron descritas por Cabrera Infante en su novela La Habana para un infante difunto… Minutos después cambió de emisora para escuchar música, mirando el techo del segundo piso de la vieja pero cómoda mansión del barrio El Vedado de La Habana en la que se encontraba hospedado y que sus dueños —una economista de nombre Marcela y su esposo, un chef especialista en postres y tortas— habían convertido en casa-hotel para turistas pero sin servicio de alimentación.

Hacia las doce del meridiano el escritor pensó en su almuerzo. Decidió entonces salir a buscar un restaurante y de paso respirar el aire marino de las calles habaneras y le pidió a Fernando, un pensionado ex conductor de “guagua”, dueño de un coche negro con muchos años de viaje y quien vivía en un piso vecino, el favor de que lo llevara al paladar de la avenida G que le había recomendado Marcela y que estaba en el amplio garaje de una de las mansiones de El Vedado que aún conserva la imponencia, la belleza y la sana armazón de sus mejores épocas.

“Pero ahora usted está solito en La Habana, hablando con una mulata joven también sola y que no tiene nada qué hacer esta noche… ¿Cómo le cae?”.

Fernando, quien ya lo había llevado a bajo costo a varios sitios turísticos de la ciudad, le dijo que esperara un rato mientras le ajustaba una bujía al motor de su viejo Oldsmobile 58.

—Creo que queda en una esquina de la Avenida de los Presidentes pero no recuerdo cuál —le dijo al salir, y el conductor dobló por la siguiente calle para regresar por la vía arteria denominada Línea y continuar hacia el amplio y hermoso bulevar que termina en el Malecón, frente al mar, a pocos metros de ese edificio en forma de templo evangélico en donde están las oficinas de la Casa de las Américas.

—Lo que sí sé es que está a pocas cuadras del Centro Guillén—agregó el sexagenario escritor.

Fernando siguió sus instrucciones y cruzó la Avenida de los Presidentes, también llamada G, dobló hacia la calle 11 y comenzó a buscar la esquina en donde el escritor creía quedaba el citado paladar. Pasaron por los cruces de G con 13, con 15, con 17, con 19 (curiosamente las calles se numeran evitando los números pares) y no encontraron el mentado restaurante privado que su hospedera le dijo era de propiedad de uno de los accionistas de una compañía de turismo española.

—Oye, chico, no sigamos dando vueltas y vámonos a una paladar muy barata y buenísima —dijo el conductor luego de la infructuosa búsqueda. Dobló entonces por la calle 19 y siguió derecho hacia la zona comercial y hotelera de la ciudad pasando por las esquinas de las calles G hasta la M. Durante el recorrido pudo nuestro escritor contemplar la variada arquitectura habanera y constatar que el tiempo parecía haberse detenido en muchas de esas calles, que sus mansiones y palacetes se veían como partes de un museo en vivo que guardaba los recuerdos de la señorial Habana de los años cincuenta.

Una vez llegaron al lugar pensado para el almuerzo por Fernando, éste aparcó su “cacharrito” en una amplia bahía de arena y condujo al escritor a la casa de una mujer que ofrecía alimentación a turistas del tercer mundo y en donde terminó conociendo a Yanieska, el otro personaje de esta historia.

A esa hora del día, Línea tenía pocos vehículos en circulación y casi ningún transeúnte. La Habana era una ciudad solitaria y nuestro personaje entendió entonces que la causa era que todo el mundo almorzaba en su lugar de trabajo, igual que los dueños del apartamento en el cual pernoctaba.

Al llegar al paladar, situado en la parte trasera de una vetusta casona que había perdido parte de la cancela de la entrada, entraron por un corto y angosto corredor cercado con arbustos y encontraron, en lo que parecía ser la antesala de la residencia familiar, a un par de mulatas jóvenes que departían alegremente y escuchaban música por la radio.

Ya en la antesala, que más bien era un amplio corredor cubierto con el alar del techo, Fernando entró en materia con la dueña.

—Tía: Aquí le traigo a un socio colombiano para que me lo atienda bien…

—Recomendado por usted, Fernán, delo por seguro —le contestó la mujer morena, cincuentona, bajita, gordita y con pocos encantos.

Enseguida se dieron un abrazo de saludo e intercambiaron unas cuantas palabras sobre sus rutinas de familia y de trabajo, dando a entender que entre ambos había más de una razón para sentirse solidarios en sus afanes de todos los días.

Antes de despedirse de su amiga, Fernando le indicó a nuestro personaje la forma de regresar a pie a la casa-hotel de Marcela y se marchó con dirección a su automóvil. La dueña del paladar, de nombre Odalys, lo vio partir y luego invitó al escritor a que entrara en la salita que tenía destinada para el negocio y en la cual había dos mesas rectangulares con dos sillas cada una, cubiertas con manteles de plástico estampado, un abanico de pedestal que sonaba como una matraca y una ventana por donde entraban la claridad del día y la brisa del mar.

—Hoy tenemos solamente arroz con frijolito negro, pollo deshuesado, boniato, ensalada de tomate verde y cebolla y chicharritas —le dijo. Y qué son las chicharritas, preguntó Guillermo. Unas tajaditas redondas de banano verde… ¿Y qué es el boniato? Un tubérculo como la malanga pero dulce y más pequeño. ¿Y cuánto vale todo eso? Cinco cucs.

—Está bien, sírvame cuanto antes por favor que ya se me pasó la hora del almuerzo —dijo Guillermo (era la una en punto) y recordó que en el paladar del español la cena de arroz blanco con pescado, papa al vapor, ensalada verde, dulce y jugo de guayaba, le había costado diez cucs.

Se dispuso entonces a leer lo que alcanzara de la antología de cuentos titulada Hijos de Korad, que había comprado en la Feria del Libro. Y comenzó por el cuento Detector de intrusos de Yoss en el que dos personajes, Karlo y Karla, se van a la cama apenas conociéndose, impulsados por la idea de haber sido amantes en otro de los mundos paralelos que existen en el multiverso. Pero no alcanzó a leer mucho porque a cada rato las mulatas de la entrada le llamaban la atención con sus risas y sus caminatas de exhibición, contoneando las caderas con sandunguería, y también porque más rápido de lo que pensó, apenas el tiempo necesario para calentar la comida, Odalys fue sirviendo uno a uno cinco platos: el primero con el arroz y los populares frijolitos negros, el segundo con el pollo deshuesado, el tercero con cuatro pedazos de boniato, el cuarto con la ensalada y el quinto lleno de chicharritas, en cantidades tales que le hicieron exclamar:

—¡Señora, por Dios, yo no me como todo eso..!

—Bueno, caballero, eso es lo que se sirve aquí por los cinco cucs que le dije… Ahora que si es mucho, lo que no le quepa lo deja… No faltará quien se lo coma.

Guillermo puso entonces la antología al lado derecho de la mesa, recostada a la pared, miró hacia la antesala de la residencia, vio a las jóvenes mulatas practicando un pase de reguetón y sin segundas intenciones le pidió a Odalys que invitara a la más espigada a que lo acompañara a almorzar y le ayudara con toda esa comida servida…

Odalys sonrió y se dirigió al lugar en el que las muchachas movían con sabrosura las caderas, como las movía la Sabrosona del célebre son montuno grabado por Roberto Faz por los años cincuenta. Le transmitió el mensaje a la señalada por el comensal y ella, como si lo hubiera ensayado varias veces, caminó hacia el comedor con la elegancia de una modelo en pasarela y se sentó a la mesa, regalándole una sonrisa que era más que un coqueteo de presentación, un gesto de gratitud por la invitación que le había hecho nuestro personaje.

La chica le pidió a Odalys tres platos más y un juego de cubiertos y esperó a que su anfitrión le dijera qué podía compartir de su comida. Y él le dijo que la mitad de todo y ella, con buenos modales tomó de cada uno de los servicios lo que creyó necesario, acomodó las porciones en los platos que había solicitado. Y empezaron a comer.

El pollo guisado en hilachas y adobado con ají dulce y cebolla picada estaba delicioso; lo mismo el boniato cocido —que resultó ser nuestra batata— y también el arroz con frijolitos, y en especial las crocantes chicharritas, no así la ensalada, a la que le hacían falta los sabores del limón o del vinagre, un punto de sal y dos vegetales más, como por ejemplo, el pepino y la lechuga.

Después de haber comido dos o tres porciones e intercambiado unas cuantas miradas y sonrisas, Guillermo le preguntó en qué trabajaba y ella le respondió que no trabajaba sino que estudiaba inglés en un instituto… “Usted sabe, por el turismo y la oportunidad de ser guía, bien con el Estado o por la izquierda”… Luego de que le aclarara que la expresión “por la izquierda” quería decir, de forma particular, por fuera del Estado, le preguntó cómo se llamaba y le contestó que Yanieska…

—Un nombre ruso, como muchos que he escuchado en la Isla… ¿Señor y usted cómo se llama y de dónde es?… Me llamo Guillermo y soy de Colombia, más exactamente de su región caribe… ¿Y en qué plan usted vino a Cuba? Vine como panelista invitado a la Feria Internacional del Libro…

La joven de piel morena observó detenidamente el rostro rosado y con algunas arrugas y el cabello cenizo y ralo del señor entrado en años que tenía delante de ella y sonrió.

—Usted se ve de lejos que es un filtro y un abuelo muy querido.

Guillermo no entendió lo que le quiso decir con la palabra “filtro” (luego sabría que era sinónimo de intelectual) y optó por responderle que era escritor y que tenía dos nietas muy lindas…

—¿Y vive con su esposa? Sí, pero ella se quedó en Colombia…

Yanieska suspendió la ingesta de un trozo de boniato que se llevaba a la boca con el tenedor, lo miró con picardía, sonrió y le dijo, despacio, como si quisiera recalcar cada palabra:

—Pero ahora usted está solito en La Habana, hablando con una mulata joven también sola y que no tiene nada qué hacer esta noche… ¿Cómo le cae?

La insinuación no pudo ser más directa y él la miró y vio en el brillo de sus ojos no la pasión sino la oportunidad de una noche productiva, tal vez lo suficiente para comprar varias prendas de mujer en alguna de las “turistiendas” del centro habanero.

—Así es la vida, no estaba en mis planes venir a almorzar a este paladar ni mucho menos conocerte…

Odalys encendió en ese momento su radio y en la emisora sonaba el chá-chá-chá Rico vacilón, que nuestro personaje bailó tantas veces en su juventud. Viendo Yanieska que su “filtro” movía el torso siguiendo el ritmo de la música y que repetía la letra haciendo dúo con el cantante, le preguntó mientras movía sus hombros con coquetería y sabor.

—¿Y ya echaste un pasillito con una cubana? Aquí no, en Colombia sí, con una escritora joven de nombre Yanelis que estaba de visita y bailó toda una noche conmigo en una taberna salsera de Cartagena… O sea que te gusta la gozadera, sabes bailar y no tienes con quién —le concluyó la joven, sin poder ocultar la alegría que le produjo el saberlo. Y él le respondió que sí, que le gustaba bailar y que era un gran aficionado a la música cubana desde los tiempos en que escuchaba en su pequeño radio de onda corta los programas musicales en vivo de la Radio Progreso.

—Entonces vayamos a bailar esta noche al Malecón… hay unos sitios con buena música, buena comida y un buen ron, especiales para “yumas”. (¿Yumas?) Sí chico, así le decimos a los turistas latinos —le aclaró sonriente.

A estas alturas del relato ya nuestro escritor, y creo que ustedes también, sospechaba que la joven Yanieska era una de las llamadas jineteras que merodean por los hoteles y paladares de La Habana en busca de clientes. Y guardó silencio un par de minutos que ocupó en pensar, mientras avanzaba con la comida, en los sueños de reivindicación de la mujer de los primeros años de la gesta heroica y en cuentos magistrales como Tiempo de cambio de Manuel Cofiño, que reflejaban esa nueva visión de la vida.

—Se ha quedado usted callado… ¿No le gusta la idea del baile? Bueno, la verdad sí, pero ocurre que yo no vine solo a Cuba, vine con un amigo también colombiano que se hospedó en una casa-hotel vecina a la mía y me gustaría que fuéramos con él, porque solo, para serte franco, no querría ir.

Yanieska recibió esa respuesta con algo de desconcierto, bajó la cabeza como avergonzada y le dedicó unos minutos a la comida, pensando tal vez en lo difícil que resultaba convencer a un viejo resabiado y en tierra extraña. Luego se repuso de su turbación y atacó de nuevo preguntándole si su amigo era joven y él le respondió que era menor que él, “es un cincuentón”, le dijo. ¿Y es blanquito y delgado así como tú? No. Tiene tu color de piel y es más alto y más acuerpado que yo. Bueno, dígale entonces que le tengo una mulata de fuego que lo va a poner a gozar esta noche… que cancele cualquier otro compromiso que seguro no va ser mejor que éste…

La joven jinetera lo miró, esta vez con picardía, y le preguntó al tiempo que recogía la última porción de pollo que quedaba sobre su plato: ¿Usted nunca se ha acostado con una cubana? Para serte sincero, no. Bien, entonces prepárese porque esta noche es la primera —concluyó ella.

Y entonces la duda se le convirtió en preocupación porque en sus planes no estaba acostarse con una jinetera; pensaba en lo ridículo que se vería con su cuerpo envejecido frente a la escultural belleza de la mulata. Y principalmente por el temor al sida, la enfermedad que lo pondría en la ruta del olvido si la mala suerte lo arropaba con su manto.

Yanieska, al notar su desconcierto, le dijo enseguida, para justificar su actitud: Después del baile no nos vamos a sentar en un escaño del parque como dos noviecitos, a agarrarnos de las manos y a besarnos; si es así, como decimos en Cuba, no sirvió. Tenemos que ir a algún sitio a dormir y a hacer el amor siquiera un par de veces… a tu hotel, por ejemplo.

Frente a la contundencia de la argumentación el escritor guardó silencio un rato y disimuló terminando con el resto del pollo y del arroz, luego la miró y le dijo: Esto está delicioso. Ella volvió a preguntar pero con la mirada, un arqueo de cejas y un fruncimiento de labios que parecían decirle, como en la vieja guaracha de Daniel Santos: ¿Y qué, mi socio? ¿Y qué, mi hermano?, lo que lo obligó a buscar una respuesta convincente.

—Lo que pasa es que estoy hospedado en una casa de familia y no creo que me acepten ese tipo de visitas. Claro que sí, mi amigo, ellos son cubanos y saben que estoy en la lucha —ripostó ella inmediatamente—, las casas autorizadas para prestar el servicio de hotel tienen que aceptarle al turista la visita que él quiera. Si tú me das la dirección yo llego a la hora que me digas… Pero en este caso es diferente porque yo soy amigo de la dueña y además tiene un hijo adolescente, y me da pena, mejor vamos a un lugar que tú escojas, a tu piso por ejemplo —le replicó sin estar convencido de lo que decía.

Odalys, quien había estado escuchando en la sala, notó la inseguridad del viejo y la debilidad de sus argumentos y se introdujo en la conversación:

—¡Chica, muéstrale lo que tienes para que el hombre vea de lo que se pierde si no se decide!

Y la estudiante de inglés, como si siguiera un libreto, se levantó de su silla, comenzó a mover su cuerpo con la voluptuosidad de una bailarina de cabaret, a desabrocharse la blusa para que le viera sus senos bien erectos que eran como dos peras de color miel y a bajarse el jean hasta la altura de sus muslos para que le contemplara su espectacular cola bantú, su vientre de gimnasta y el abultado lugar del placer que le ofrecía en ese momento por obra y gracia de la casualidad.

En ese instante desfilaron por su mente las imágenes de su juventud con todo su caudal de ilusiones políticas y sintió pesar por ver a una chica con esa belleza y buenos modales, convertida en jinetera; pero más le dolió constatar que la venta de sexo seguía existiendo en Cuba a pesar de los cambios, pero que las mujeres que lo hacían tenían otro nombre gracias a esa manera peculiar del cubano para manejar los eufemismos. Entonces la contempló de arriba a abajo, como si estuviera frente a la estatua viva de una orischa implorándole la protección de sus poderes ancestrales y le dijo:

—Eres preciosa. Tu cuerpo parece haber sido tallado por algún dios yoruba y tus ojos tienen el embrujo del mar Caribe… Vaya, caballero, me resultó poeta el señor… —le interrumpió Yanieska. Y soltó una risotada al tiempo que se arreglaba sus prendas de vestir y se sentaba a la mesa nuevamente.

Luego de una larga pausa en la conversación, que aprovecharon para terminar de consumir el agua servida, y él para pensar en los años juveniles durante los cuales le rindió culto a la utopía, y los vídeos de YouTube en los que se dice que la policía hostiga a las jineteras y a los turistas para extorsionarlos, le aclaró:

—Pero con todo y eso que te he dicho, que lo creo una verdad del porte de una catedral, debo repetirte que tengo que consultar con mi amigo Lalo para ver si podemos hacer el programa de esta noche con ustedes.

Yanieska lo miró con algo de duda pero asintió con un gesto. Luego él se levantó de su silla y le pidió a ella que lo hiciera igual, entonces la abrazó, le estampó un beso sonoro en cada mejilla que la hermosa acompañante festejó con una risa incompleta; se separó de su seductor cuerpo, la miró con una mezcla de cariño y de pesadumbre y se dirigió a la dueña del paladar:

—Tenga este billete de 20 cucs. Cinco son para pagarle el almuerzo, que estuvo abundante y delicioso, y los otros quince se los da a la joven por haberme acompañado en la mesa.

Y diciendo esto se despidió de las dos, más adelante lo hizo de la otra mulata del corredor, y comenzó a cubrir la distancia hacia la avenida. La cara de sorpresa de Yanieska frente a la jugosa propina se le quedó grabada a nuestro escritor en su mente y aún hoy, pasados varios meses de la anécdota, la reproduce nítida en ese lugar de la memoria en el que se almacenan las tristezas.

Cuando ya estaba para alcanzar el pretil, la jinetera le gritó “¿Asere, qué volá?”. Él se volvió hacia su estampa de mujer bonita, y supuso la pregunta por el gesto que hizo con las manos y le respondió que Lalo y él estarían a las 8 de la noche en la esquina del parque Coppelia frente al Cine Yara y entonces decidían qué hacer y a dónde ir.

Guillermo caminó varios metros por Línea hasta J, pasó por un viejo y descuidado parque en el que había un busto que recordaba las glorias de un patricio olvidado de la vieja República y luego dobló a la derecha hasta encontrarse con Calzada, siempre buscando la sombra de los árboles. Por esta calle caminó varios metros hasta llegar al edificio sin pintar de la casa-hotel, abrió la verja oxidada que conducía a lo que parecía fue años atrás el garaje de una limusina, abrió la puerta del segundo piso, subió las escaleras, que tenían unas barandas negras de hierro torneado, con pasamanos de madera recién pintada, abrió el pequeño candado de su habitación y se acostó en la cama con la intención de hacer su aplazada siesta.

Eran las dos de la tarde de ese lunes de febrero y una vez cayó en la cama, la brisa fresca del mar que se metía por la ventana lo durmió hasta las cuatro y media. Minutos antes del sueño pensó en sus años juveniles, en las interminables reuniones del centro Comuneros de la Juco en el que estudiaba la teoría del socialismo; en los bailes a los que invitaba a su novia Maruja para tratar de reclutarla para las filas y la reticencia de ella no obstante que le dio para su lectura el folleto Lenin y la emancipación de la mujer y que le insistió que solo en el socialismo la mujer alcanzaba la igualdad frente al hombre y el pleno respeto a su libertad y a su dignidad.

Cuando despertó, el hijo de los caseros había llegado del colegio y miraba en el televisor de su alcoba un programa de dibujos animados. Se sentó entonces en una mecedora de bambú de la sala con la intención de continuar leyendo la antología de cuentos. En la pared había una serigrafía de la célebre foto del rostro del Che Guevara y al lado de la mesa del televisor una biblioteca casi espectral con un centenar de libros ennegrecidos por el polvo y el moho a los que casi no se les podía tocar porque se desmenuzaban. El escritor alcanzó a leer dos o tres cuentos de la antología que había comprado, siguiendo su vieja costumbre de leer un libro de cuentos alterando el orden establecido en el índice. Después del primero de Yoss, leyó el último titulado El hambre y la bestia de Elaine Vilar, un cuento fantástico por el género y por su calidad literaria, que le gustó por el tremendo contraste que propone entre el horror y el odio provocados por la bestia y la resignación y el conformismo simulado de la cazadora que se propuso matarla y no pudo…

Aproximadamente una hora después, cuando leía el cuento de terror Al asecho, de Iris Rosales, en el que una aparente jinetera habanera era en verdad una mujer araña que se alimentaba de turistas, llegó Lalo, quien se había hospedado en el piso de Fernando, y mientras ambos hablaban sobre la experiencia vivida en el paladar de Línea, y sobre los cuentos leídos, llegaron los dueños de la residencia.

Justo en ese instante el viejo reloj de pared marcó las 5 y 45 de la tarde. Lalo y Guillermo se levantaron de sus mecedoras, se trasladaron al comedor, sitio de las tertulias de todas las noches, y se sentaron a esperarlos. A los cinco minutos salieron los esposos, de la habitación del hijo. Marcela, enfundada en su pijama de seda china y con la misma cara porque no usaba labial ni colorete, y su marido con una camiseta blanca y una bermuda descolorida. Marcela les dijo —una vez enterada de la anécdota con la jinetera y de festejarla con picardía—, que mejor no fueran a la cita porque si los del DTI los veían caminando con ellas por las calles de La Habana, los llevaban a una estación policial y los hacían pasar un mal rato.

—Además, en Cuba hay sida y no obstante los esfuerzos de la revolución, no ha sido posible erradicarlo… —agregó Marcela—. Mejor dejen el plan con las jineteras de ese tamaño y nos quedamos charlando esta noche sobre los problemas de Cuba y de América Latina y nos comemos esta torta de ciruelas que hizo Miguel en la repostería donde trabaja y que les brindamos con mucho cariño.

Lalo miró la torta y a su amigo y le ratificó con la mirada lo que ya le había dicho al llegar, después de escucharle la anécdota de la jinetera y la reseña de los cuentos de la antología que había leído. Le dijo entonces: Guillo, nosotros no sabemos qué clase de mujeres son esas, si tienen amigos malandros y si éstos las utilizan para atracar a sus turistas como le pasó a Teo con el travesti que lo abordó en el bar al cual fuimos en un descanso de la jornada literaria del viernes. ¿Recuerdas todo el lío que se armó con la policía por ese episodio? ¿Y qué tal que tus mulatas tengan sida? ¿O que sean mujeres arañas como la del relato de la escritora cubana que me acabas de contar? (Esto último lo dijo sonriente)… Yo creo que mejor cenamos la comida que vende la vecina de la calle J con siete, que es muy buena y barata, nos quedamos a tertuliar con Marcela y su marido y dejas con las ganas al par de jineteras que entusiasmaste con la propina de quince cucs que le regalaste a la Yanieska.

Luego de cenar y de comerse la torta de ciruelas que les brindó Miguel y acompañarla con Tropicola y de hablar largo y tendido sobre la realidad política del mundo, el escritor le canceló a Marcela los cinco días de hospedaje a razón de 25 cucs por día, dinero con el cual ella le había dicho arreglaría los otros dos cuartos del piso para ampliar el negocio.

Al mediodía siguiente partiría en el “cacharrito” de Fernando hacia el Aeropuerto José Martí. Pero Marcela le había dicho que no se fuera sin despedirse de ella porque le tenía un regalito que se le había quedado en su oficina. Y la esperaron un largo rato en la puerta del edificio, y estaban ya casi para irse cuando apareció Marcela bañada en sudor por la caminata que tuvo que hacer desde su lugar de trabajo. Al llegar y ver que Fernando embarcaba en el baúl de su coche las dos maletas, se acercó al escritor, le deseó un buen viaje y pronto retorno y le obsequió un libro titulado Sida: confesiones a un médico, en el cual su autor, Jorge Pérez Ávila, cuenta los conflictos humanos de sus pacientes y el trabajo que tuvieron que hacer los salubristas cubanos con el apoyo del Estado para evitar que la enfermedad alcanzara niveles de pandemia. Luego lo abrazó y le dio un beso en la mejilla y aprovechó el instante para susurrarle al oído que lamentaba lo que le había sucedido con la jinetera.

Él sonrió, le agradeció sus atenciones. Y diciendo esto se embarcó en el automóvil de Fernando, que salió directamente por Calzada hacia la Avenida de los Presidentes. Al doblar por ésta hacia el sur y pasar por la calle 7 vieron en la esquina el paladar del español que no pudieron encontrar el día anterior. “Lo que son las cosas de la vida —dijo—. Si lo hubiéramos encontrado ayer, no hubiera conocido a Yanieska”.

Varias cuadras adelante en la autopista hacia el aeropuerto y al pasar cerca de la famosa Plaza de la Revolución, el escritor le contó a Fernando, con todos sus detalles, su encuentro con la jinetera…

—¿Estudiante de inglés? —exclamó Fernando, sonriente, luego de escucharle con atención su historia—. No chico, ella habla inglés perfectamente, es una buena muchacha, sana, correcta, hija de familia, revolucionaria y trabaja por turnos en una de las tiendas del aeropuerto… ahora tú la vas a ver —le dijo finalmente.

Un par de horas después, dentro del avión y mientras éste sobrevolaba el tapiz verde de las nuevas provincias de Artemisa y Mayabeque, nuestro escritor se lamentaría de no haber podido ver a su hermosa jinetera, por mucho que la buscó en las tiendas de la sala internacional de espera.

Antonio Mora Vélez
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