Los
teóricos de la novela sostienen que a este género literario le cabe todo,
cualquier cosa, hasta un "madrazo" al Papa o al presidente de la
República; y que hoy no es necesario contar una historia con la precisión
de detalles de la novela decimonónica, ni tener los elementos sabidos de la
narrativa: el diálogo, el monólogo, la descripción y la narración, en
sus justas proporciones. Sostienen, igualmente, que la novela postmoderna es
un caos porque igual es el mundo que ella refleja. El desbarrancadero
de Fernando Vallejo parece haber sido pensada con esos criterios y, además,
con el de que cualquier cosa es novela con tal de que el escritor haya
logrado escribir doscientas páginas, así sean de pura y soberana paja.
Aparte de una serie de enfrentamientos entre el narrador en primera
persona y el escritor, ambos Fernando Vallejo, diciendo el segundo lo
contrario que ha afirmado el primero unas líneas arriba; pero manejados,
los enfrentamientos, con un candor de escritor de secundaria; y aparte de
las referencias científicas a algunos temas de la biología humana, no hay
en esta novela premiada con el Rómulo Gallegos de Venezuela, algo que
obligue a pensar al lector que su esfuerzo de lectura lo ha llevado a
aprender otra cosa de importancia, que ha crecido intelectualmente, después
de ella.
La novela abunda en improperios, expresados con un lenguaje procaz,
contra la religión, la Iglesia, Dios, el Papa, los gobernantes, los
próceres, la población colombiana, la política, la familia, la madre, que
no se cansa de repetir durante las casi doscientas páginas; y que son, más
que una toma de posición ideológica en torno a tales temas, una
supuración de heridas ancestrales, un desahogo de frustraciones y una
manifestación de ese ego resentido y de mala leche que maneja el autor. Es,
en la forma, una novela sin trama, un desordenado transcurrir de todo lo que
se le ocurre al autor, que termina en el hastío y en el aburrimiento. Hay,
en cambio, abundantes párrafos que muestran los estragos de la droga en
hombres que la han convertido en su "modus vivendi" y forma de
enfrentamiento de la realidad, confesiones homosexuales y afirmación de
antivalores que han ayudado a deteriorar el tejido social en nuestro país y
que el narrador personaje convierte en "liberadores" de su
tragedia personal. Nada que mueva a la reflexión seria; nada que eleve la
condición humana; nada que enaltezca el pensamiento; casi todas sus
anécdotas producen náuseas, pena, rabia, lástima y una que otra carcajada
de conmiseración.
El desbarrancadero es la presunta historia de una familia burguesa de
Medellín venida a menos, y de dos muertes: la del padre, el único que se
salva de los odios del personaje narrador, y la de su hermano homosexual y
drogadicto. Vallejo pretende establecer una identidad entre lo que le sucede
a la familia de la novela y lo que le ocurre a Colombia. No hay solidaridad,
ni amor, ni respeto por la diferencia en ese hogar signado por el odio y en
el cual la frase más común de la madre Loca hacia sus hijos es "hijueputa".
Pretende ser la historia de una familia destruida como el país, sí, pero
no por la intolerancia, el egoísmo, el vicio, el crimen o la ambición
desmedida —por unas relaciones sociales degradadas, como podría suponerse—,
sino por los genes tarados de los abuelos y bisabuelos Rendón, los
ancestros de la madre Loca.
Alguna vez un escritor colombiano residenciado en el exterior me dijo que
los intelectuales capitalinos eran muy dados a encumbrar medianías
literarias e intelectuales con tal de no perder el "poder central"
cultural, que es parte del "imperialismo interno" de que nos
hablara alguna vez el científico social José Consuegra Higgins en sus
clases de economía política. Tal parece ser el caso de este señor
Fernando Vallejo y su lenguaje alborotador de viejas rezanderas, que ha
"desbarrancado" el premio Rómulo Gallegos con su triunfo, antes
de que lo hiciera el presidente Hugo Chávez por decreto, y que nada le dice
al país con esta novela, ni nada le propone, como no sea el camino de la
evasión hacia posturas nihilistas que inhabilitan la acción y la crítica
humanas.