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Una estrella fugaz

martes 26 de enero de 2016

Soltarlo todo por la borda. ¿Era así también esta vez? En el fondo, casi imperceptiblemente, se trataba de ser diferente, absolutamente distinto, dejar una huella tan profunda que nadie podría borrar en años. Pero, ¿cómo? La clásica respuesta, a veces demasiado gutural, era decir que uno se dejaba llevar… y listo. Aunque no funcionaba así esta vez, y lo sabías. Mejor era volver a los libros y a la cama, fingir que uno está enfermo, y entonces dedicarse a una lectura crítica, literal, escribiendo en libretitas, llenando blocks de notas. Eso, tal vez, podría funcionar. ¿Y cómo ibas a saberlo, después de todo? Nunca habías sido un adivino, podías tratar quizá, como esa vez que imaginaste que Lorena estaba al otro lado de la línea telefónica confesándote sus sentimientos más íntimos… y tú muerto de amor y de miedo. Claro, porque en ti se conjugan sentimientos opuestos o dispersos, siempre una cuestión está encabalgándose sobre otra, y entonces tú tratas de suprimir los recuerdos, las ideas, esas elaboraciones que tu mente, a veces perversa, prepara como una sorpresa sutil y terminante. Pero ahora, a los 44 años, no puedes darte esos lujos ni soportarlos. Tendrías que volver a ser muy creativo, como a los 15 o a los 25, imaginar que eres dueño de una agencia de publicidad o de un canal de televisión y estás dispuesto a iluminar el mundo, a provocarlo para que abandone su caverna. Y entonces todo son apariencias, el vestido de Martha, tu visita incompleta al Cusco, los sabores de algunas comidas, retazos de películas y libros, fragmentos de tus propios artículos. En fin, una suma de tus triunfos y derrotas, y tú, absolutamente expedito para que no te llevara la corriente y para que nadie se impusiera a tus designios, como si fueras un dios del Olimpo, o sólo un provocador demiurgo, que otea el horizonte, agotado de las estafas humanas, cansado del amor, ese amor que te visita y te sirve el desayuno y luego, así de simple, ya no está más. E insistes, buscas en tu inteligencia perdida, ubicas instantes, escenas, momentos, tal vez también sabores y circunstancias. Todo es posible y esa noche, es cierto, Lorena no estuvo en el teléfono pero dos semanas después sí se despedían en el aeropuerto, a la manera de un largo adiós, como en Chandler, tu maestro.

Quizá ella fue menos culpable que tú, ahora que sólo la recuerdas alisándose la falda y atándose el cabello. Un misterio de mujer, para variar. Felina y fiera, podía conquistarte con su mirada desde cualquier distancia y el escenario era una fiesta, un recital, un bar, o un parque. Igual su tentación te llevaría a caer en esas redes que no eran tan superfluas como las imaginabas. Al final se trataba de probar, o ensayar tal vez, un placer desconocido, y allí sí Lorena tenía las de ganar. Ibas a llegar último en esa maratón del deseo. Era una trampa, una emboscada, recibirías la puñalada feliz, ese oxímoron brillante de Borges. Y ocurrió, claro. Para entonces ella estaba en Madrid y tú tratabas de salir de Pennsylvania. Hace dos años, o tal vez ya tres. La noche aquella en la residencia de muros altos, al interior de la cual se encendían troncos de madera para sentir menos frío. Y el gato gris, que te miraba con insistencia, ese gato desganado y peligroso. Lorena y el vestido que se iba a un lado, sólo días después te dejaría sin el menor aviso, pero entonces, allí mismo, recuerdas incluso el sonido del agua de la ducha y ves la figura de ella reproducida al infinito por los espejos de la sala y luego del baño. Por eso, precisamente, se trataba ahora de que te recuperases, de que retomaras fuerza, el valor que nunca tuviste, tal vez hasta asomarías la mirada por el balcón y la verías subir al auto azul oscuro. La imaginabas con guantes largos y negros, y una seductora gargantilla, tu Rita Hayworth personal susurrándote turbios y placenteros secretos al oído. Y luego, por supuesto, vino la película, en la sala de proyección privada, cuando ella ya te había dejado y aún tú sobrevivías a ti mismo, mirando dislocadamente las imágenes en blanco y negro en el ecran, que eran como una reproducción urgente y agotada de una obra de Douglas Sirk. Entonces apareces en el aeropuerto, un sobretodo, un maletín, un cigarrillo y un sombrero en la mano. Pretendes ser Sam Spade o Philip Marlowe en tu noche más victoriosa aunque la fortuna te ha abandonado. Y de pronto estás caminando entre la multitud, en Diagonal y luego en Larco, has regresado al mismo Miraflores de la adolescencia, matizada por discos y casetes. Ya le perdiste la huella a Lorena. Fueron dos o tres ocasiones, una llamada telefónica que nunca se produjo, la sensación real de estrecharla entre tus brazos, besar su cuello, sus labios, sus ojos infinitos. La memoria te traiciona. Pero no, no estás en la cama de un hospital ni estos son tus últimos días. Estás frente a tu computador, revisando los e-mails del día, buscando qué puede aproximarse al nombre de Lorena, una pista, un señuelo, o tal vez la ilusión de mantenerte despierto esta y las próximas noches, viviendo tu propia ficción, tu película, tu novela: la cercanía y la certeza de tu vida que ahora son más profundas y virtuales, que hasta le pueden decir no a Lorena precisamente en este instante, cuando aparece en el Internet para retarte, para robarte tus sueños. Pero, no, nunca más.

Jorge Zavaleta Balarezo
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