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Seis textos de Sergio Manganelli

miércoles 27 de enero de 2016
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Esa absurda costumbre de andar triste

En estos tiempos, en que la verba electoral nos tiene hasta los huevos, donde la vida cotidiana se nos cuaja en las pantallas de plasma, entre predicadores de pésimo diseño y desilusionadores profesionales, hay quienes dicen querer exhumar a doña dignidad. Una señora de discurso encendido jura que la hemos recuperado definitivamente. El candidato bendito en las encuestas besa a diestra y paga a siniestros. Un cotillón multicolor anticipa la previa de otra fiesta. Mientras, en las escalinatas del poder, millones de infelices duermen en harapos, resoplando entre sueños, por tan magras que se han puesto las sobras en McDonald’s.

La lluvia desguasa la salud de los chicos de la calle, a quienes si no liquida el “Paco” o el pegamento, puede que algún mierdita de la Justicia con mayúscula les calce el Sambenito —con la venia de Lombroso padre que estás en las fiscalías— y les pique el boleto para el resto del viaje. La mujer de encías desoladas amamanta su historia que le seca los pechos. Los obreros colgados de los trenes ruegan que no les roben el franco o la quincena. Un viejo tira del carro atestado de cartones, como cansado buey de labranza urbana. En tanto la dignidad viene marchando, asmática y fumándose la vida de los pobres.

Cuatro imbéciles con el cerebro quemado por la droga y el corazón podrido de marginalidad gatillan sobre un niño, que bien podría ser el hijo de cualquiera, pero esta tarde ha sido un ángel chiquito, atrapado en un ciber con el vuelto del pan. Los jubilados tienen casi nada de todo y mucho menos de júbilo. La bolsa de la feria sufre la insoportable levedad de no ser lo que era. Pero crecemos a paso macho, entre euforias ministeriales, hacia el éxito global al que estamos estúpidamente condenados.

En medio del autismo general, las empresas ofrecen nuevas glorias, que duran hasta el siguiente anuncio. No desvela el amor, sino el caldo de taurina y cafeína de la latita energizante. Las calles y la Plaza no son ya más del pueblo. En los hospitales se nos van muriendo el pasado de pena y el futuro de prisa. Los azules liman las rebabas al sistema, y cada tanto cae un aguafiestas vestido de maestro. Pero el Indec dice que todo está bien, que vamos estables, a flote y en franca atropellada al porvenir. Lo único que preocupa es lo depredado que anda el Merval y que el dólar no se escape, ni dios permita. O que a algún iluminado no se le ocurra, para paliar el desmonte financiero del mundo, imponerle a América Latina otra política de “shock”, con su correspondiente acepción eléctrica. Pero nada es tan grave por estas pampas, todo cierra en la planilla y estamos recuperando la alegría en los carnavales.

Sin embargo, anoche tropecé con ellos, como pececitos de miseria que arrastraba la lluvia, abrazados y aún sonriendo, frente a la indiferencia de tanto no vidente, ante esta piara de resignados —a que las cosas son como son— en que nos hemos convertido los adultos. Eran dos, iguales a miles, con la mirada hambrienta y sin reparo del clima. Los mismos ojitos multiplicados del dolor prematuro, las manos vacías, las zapatillas deshechas sobre los pies sin rumbo. Espalda con espalda, peleando algunas migajas de existencia, sin Minoridad y Familia, ni Convención por los Derechos del Niño.

No pude torcer la mirada, ni desviar la atención.

La culpa es mía —sentenciará un amigo— porque la vida no está hecha para cuestionarse las cosas, hay que pasarla y ya. Lo mejor, o lo menos peor que cada cual pueda. Hay que tragarse la náusea y empujar del carro, que en la marcha se irán acomodando las sandías. Tampoco se puede andar avinagrando la sangre, por asuntos que no tienen arreglo. Así han sido —aducen— desde que el mundo es mundo y el barbudo de la administración echó a la calle a Adán, por incumplir las normas.

Uno debiera aprender, de una buena vez, a domesticar las impresiones, madurar emocionalmente, tabular la angustia, ejercer un perfecto control sobre la razón y el análisis de lo macro, sin tanto bagaje sentimental. Respirar hondo y aligerar el paso. Aprender a ser fuerte en un mundo en que sobreviven los más aptos. En suma, ganarse los galones de hijo de puta hecho y derecho, con medalla al mérito y fanfarria hedonista de fondo.

………….Y arrancarle al pecho
………………………………………..esa absurda costumbre de andar triste.

 

Piedra de Tulumba

El agua viaja limpia y generosa esculpiendo las piedras y mudando la arena en el lecho del río. Es una arteria helada irrigando a la vida, fecundando en su cauce el verdor de las Palmas, la flor del Algarrobo o la espina del Tala. Alimentando mi alma con su leche incolora. Tengo la espalda recostada en una anciana roca, que lo ha vivido todo hace miles de siglos. Que ha visto madurar los frutos de la historia, torcer su rumbo al río, envejecer al niño que jugaba a su sombra y ya no regresar al abuelo de espinazo vencido. La piedra inamovible, que cada tarde espera, a algún triste que venga a apoyarle la espalda.

Y más allá dos pájaros bailando su amorío, él a pluma expandida, con pasos ampulosos y tranco decidido; ella ya convencida de reinventar la especie.

Imaginé la escena semanas a futuro, disfrutando el aroma de hierbas encestadas, la tibieza del huevo, la firmeza del nido y hasta escuchando luego el sordo griterío, que demanda la oruga o el gusano jugoso para colmar las ansias de un almuerzo tardío.

Entonces otro viento sopló y abandoné la piedra, no sin antes palmearla, dejando que se escurran un suspiro aliviado y un guiño agradecido.

 

Poema 42

Hoy ha caído un hombre.

Desde la cima
de un andamio,
con su overol
de azul descolorido,
la herramienta aún tibia
en el costado
y un casco tan inútil
como el grito.

Un perito sin ley
registra en acta.

El porvenir
tumbado en la vereda,
anticipando el hambre
de sus hijos,
la mirada morbosa
de las fieras
y al capataz
como único testigo.

Allí quedaron
los sueños resignados,
la vida sin color,
la espera sin sentido,
el último jornal
que no pagaron,
los ojos que no ven
mirando al cielo,
su historia
en un legajo del archivo.

Muy pocos notarán
su traspié hacia el silencio
(donde ya no replican los martillos)
la falta de su olor,
la ausencia de sus rastros,
de su queja ancestral
ahogada en grapa
o su risa inusual
blindada en vino.

El hueco en la ronda de barajas.

La pelota que no devuelve al niño.

La silla frente al plato del domingo.

Mientras repintan
el cartel de “hay vacantes”
sobre el portón de chapas
del destino.

 

Noción del mundo a medianoche

Hoy el mundo no es el de los periódicos bombardeando en noticias. O el telediario empolvando a La Parca que estrena trilladora. Ni el de la Otan jugando al marshal de la periferia. Ni el del fiscal que mataron, o se mató, o quién sabe. No es el de la OMS, anunciando cuántos no verán subir el sol en Etiopía o el Fondo Monetario rifando a qué país prodigar más miserias. El mundo no es el del poder con su sinrazón, ni los que sacuden la palmera para beber sus cocos. Ni el ministro corrupto o el oscuro banquero.

No es San Expedito, brindando por su día con el Papa de Roma, o los degolladores por la gloria de un Dios que los mira azorado. Ni el discurso morboso, del turbio candidato que inflama su codicia.

Esta noche el mundo es un ojo que observo en la pantalla, con su luz y su rastro de tristeza infinita. Una hormiga fatigada cruzando la bañera, una amargura obscena temblando en mi barbilla, con el sensor a tope en la Escala de Richter. El mundo ya no es aquel misterio enorme, como la vida misma, ni una pregunta muda orbitando en el Cosmos. Es apenas una frase endeble, una frágil palabra, un tal vez, un jamás, un no importa, un espera, un ojalá, un mañana.

Son papeles que viajan dentro de tu carpeta, el bolígrafo que aguarda desde tu cartuchera, el café y el maullido de tus gatos leales.

El mundo es el anhelo de verte sonreír, trayendo en las pupilas humedad y victoria.


¿Y si el amor no fuera
el rebaño apacible de los días,
pastando en la licitud de la costumbre
y colmando de estiércol
los prados de la vida?

¿Si bajo el agua
verde y serena
de tránsito seguro
surgiera el borbollón,
perdiendo al débil saltamontes,
en las fauces atroces
de la insatisfacción y el desaliento?

¿Y si el amor
es este gorrión melancólico
anidando entre tus pechos,
que a pico y pluma
te escarba el corazón
y reposa en tu ombligo
su vuelo clandestino?

¿Puede que en el almácigo
de la certidumbre
prenda la mala hierba
de la duda vital,
la gramínea perenne
reclamando tu viento
bajo la densa alameda
o el trébol de acertijos
que te brinde en franqueza
sus cuatro mejores hojas?

Quizás.

Ojalá el otoño
no haya tumbado aún
la fruta sin mordisco.

 

Un brindis por los vivos

“Con esta copa única
transparente y vacía
brindo por la tristeza
que es un modo discreto
de brindar por la vida”.
Mario Benedetti

Hoy decidí arriar tempranamente las velas de este año, replegarme en un brindis clandestino, solitario, desprovisto de gente en el acto propio de levantar la copa, pero poblado de rastros y de historias, al teclear las palabras que sin duda me haría feliz pronunciar, si la ocasión mediara y mi pasmosa timidez no lo impidiera.

Antes del entrechoque imaginario de cristales, con alguna compañía anhelada o añorada y la consumación del primer sorbo, creo prudente —aunque innecesario— aclarar, para algún distraído lector nacional, que al cumplir este ritual de ofrecer buenos deseos por los vivos no me refiero en modo alguno a los campeones de la piolada, ni a los pequeños corsarios de estos tiempos, con sus ultraalta gama y sus enjuagues panameños. Menos aun los que ya tienen asignado camarote en el crucero de Noé. No festejo ni auguro nada a pobres mezquindades, a conquistas bursátiles ni a improvisados politiqueros de la tajada propia. Ni hablar de a los turros que atragantan sus alforjas sobre dos mil doscientos millones de tragedias y ya vienen por postre.

Tampoco al emotivo populismo de lobos elitistas, con pelaje de becerros conservadores, rumiando en las pasturas de las mismas fuerzas regresivas que encharcaron el pasado y nos han fumado el porvenir.

No es la pillería, o la supervivencia a faca, ni el disfrute a lo Pirro sobre la igualdad en llamas. No hablamos de avivados, sino vivos.

Tampoco a los pícaros de poca monta, que diariamente nos asombran con su narcisismo bobo y su ingenio para joderle la vida a los pares: colándose en la fila del banco, escamoteando un vuelto; traicionando en la fe; mordiendo por migajas la inocencia de algún desprevenido. Cosechando prebendas de la maceta ajena.

O tomando de autódromo las calles del suburbio, para correr a tope con sus bestias de levas cruzadas, sin pestañear siquiera ante la idea de cargarse una vida de a pie, como la triste borra de la idiotez humana. Porque si tan solo fuera la parrillada de imbéciles en que a veces resulta, hasta me atrevería a pedir un aplauso para el celestial asador.

De ninguna manera dedicaría el instante huidizo de una burbuja en la copa a tanto desperdicio de existencia y de esperanza.

Ahora sí, déjenme decir algunas cosas en honor a los vivos, a aquellos que hacen, a pesar de todo, bajo cualquier yugo y en toda circunstancia, más respirable el aire. A todos en general y a alguna en singular.

Hace algo más de treinta y muchos conocí a María. Una correntina bajita, robusta, mal trazada y peor hablada, más afecta al cuchillo que a la retórica, capaz de plantarse varias panzonas de un tinto tenebroso y enfrentar a Custer y su 7º de Caballería en el patio del viejo inquilinato.

Era una mujer sin escuela, de muy escasas luces pero con cierto brillo, que quiero destacar al evocarla.

María era una suerte de “encargada”, investida de esa jerarquía por Don Epifanio, el dueño del edificio de pensión, mitad penitenciario, mitad neuropsiquiátrico, en el que habitábamos unas cuarenta familias. Un vivillo español que depositaba almas desesperadas, fugitivas o proscriptas a cambio de una renta excesiva, cuyo único servicio asegurado eran las escasas preguntas al ingreso. Un hospedaje en plan de Legión Extranjera.

María era de algún modo su sheriff, la ley y el orden más descabellado. Una justicia cambiante, impartida al grito o al sopapo, sin atender si el encausado era un crío revoltoso o la cuadrilla de borrachines del fondo. Dictada con fiereza, sobre las tablas de Moisés de su humor semanal. Y si el caldo espesaba, acudiendo al palo o al cuchillo temido. Todo a cambio de la renta mensual, que aseguraba el techo de sus hijos.

Lo cierto es que ella arreaba, mandando como podía sobre nuestra reata de bestias doloridas, aceptando sin mucho cuestionamiento y con gran actitud este destino que le había sido impuesto. Aunque sin el oficio del carcelero ni el disfrute del perverso.

Una mujer brutal, que sin embargo, algunas tardes asomaba su rostro sonriente por la puerta de nuestra habitación, para escabullirnos —con la velocidad del rayo— un cacharro con comida aún tibia del almuerzo, una bolsa de pan o una jarra de agua con hielos, para aliviar el sopor de un verano sin ventanas. O por las noches, portando sigilosa el punto de lumbre de un heroico espiral, que desde su pedestal de hojalata venía a socorrernos, a defendernos de la ferocidad de los mosquitos, que como Stukas sobrevolaban nuestros tímpanos. Y cuyo brillo observábamos devotos, rogando no se disipara y pudiera cambiarnos el martirio por sueño.

Una mujer extraña, tanto como podemos serlo los humanos, que a pesar de la pobreza extrema y su faena de celadora implacable alivió a Pacheco de no morir sin ternura y defendió la dignidad de sus restos, de los que no quiso ocuparse ni la salubridad pública. Pero esa es otra historia.

Ojalá esté aún sobre la tierra y en medio de la aspereza de sus tragos y la tristeza de su sapucai, pueda sentir aquel brindis secreto que ella esbozaba por la vida, volver en esta copa que la recuerda en su dimensión más humana, a ella y a tantos vivos, que a diario nos ayudan a mantener la vida.

Y que jamás se entere de que —a pesar de sus celos policiales— le debo a su hija las mieles de la adolescencia temprana, las llaves de algunos misterios terrenales y la primera ganzúa de la libertad. Aunque esa causa ya esté melancólicamente prescripta.

¡Salud!

Sergio Manganelli
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