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Poemas de Sergio Manganelli

lunes 4 de junio de 2018
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Lapacho

Me alivia
la palabra Lapacho
esparce olor a gleba
invita al terrón fresco
que deshace las manos
al cuchicheo del monte
juego y espera
de raíces hondas
agua que viaja
sin que jamás brote
un irse al cielo
en estallidos rosas
y un estar siempre
de madera noble.

 


 

Amanece
y el sol es casi un pan.
Catarata radiante,
llovizna incandescente,
desgranando bermeja
la placidez del mundo.

Bajo la escarcha
sueñan afiebradas,
minúsculas escamas del rocío,
y el alma del retoño
se arrulla con la savia,
en la ansiedad dormida
del racimo.

La cabellera entraña
despereza
su subterránea sed,
su colmenar profundo,
y abre a mis ojos
mil venas de amaranto.
La fruta germinal
de la mañana.

 


 

Ya no transmuto
espigas en desvelos,
ni volcanes en cántaros,
ni el agua del invierno
en quemadura,
la semilla en susurro,
capullos en quimeras,
la gloria en las alturas,
o el beso en cordillera.

Me deslumbra la vida
en su trineo,
la textura impalpable
del aroma,
el fragor del crepúsculo,
el cíclope lunar
en retirada,
el insurgente
paso de la hormiga.

La campana terrestre
me saluda,
con su tañer de alas
y follajes.

 


 

Amo esta hora
sin lápidas ni estatuas,
esta tierra que pisas,
y pisamos,
esta sonora y estival
sustancia,
desollando la pena,
separando por gajos
el júbilo vital,
la implacable certeza
de la vida.

La trova de plumas y espesura,
el terciopelo verde,
las silvestres victorias de la viña,
sobre la austral oscuridad del suelo.

 


 

Las campanas de la aurora
sueltan a pastar al viento,
que se desgrana silbando
entre claveles inquietos.

En los claveles que baten
sus alas de terciopelo,
como pegasos en llamas,
como cangrejos sedientos.
Como golondrinas rotas
heridas por el invierno.

Como uvas del crepúsculo
bajo la parra del cielo.

El agua gime acunando
el pedregal de su lecho,
que el arroyo, como sangre,
lo va empapando en secreto.

Y una neblina rosada
da un pincelazo de enero.

Los cisnes en el remanso
blandiendo sus cuellos negros,
pescadores de esmeraldas
con sus puñales de ébano,
y un plateado
pez de plata
erizado de reflejos.

Los cipreses son eclipses
del otro lado del médano.

Una araucaria golpea
su copa contra el lucero,
mientras estallan jazmines
como marfiles perfectos.
Y se estremece en un pino,
la luna, como un gran péndulo.

De golpe el mundo se inquieta,
de pronto se muere el viento.

Desde la boca embriagada
de enamorados jilgueros
se abre un nuevo canto,
amargo,
tañer de badajos negros:

“El hombre viene matando,
con sus balas y sus perros,
por su fuego y con sus sierras.
Con su soberbia y su estiércol”

Las campanas en la noche
llaman al sepulturero.

El hombre viene matando,
el hombre viene muriendo.

Los cisnes en el remanso
con un balazo en el pecho.

 


 

Los que se matan
jamás son aquellos
que no quieren vivir,
esos apenas aprietan el gatillo
o tragan el veneno.

Los que de veras mueren,
los que en verdad se pierden,
son esos tipos aéreos
enamorados de la vida,
esa hembra estupenda
que cada tanto
les deja encendida
la luz en la ventana,
y que una noche
del carnaval menos pensado
se les suelta de la mano,
la pierden de vista
en el corso febril
de la avenida de los sueños.

Y corren, gritan, se desgarran
intentando reencontrarla
debajo de cualquier mascarita.

Hasta que tras el redoble
de lo que ellos creen
la última comparsa
se miran abatidos,
se tocan desolados
y se acuestan sin vida,
pretendiendo aliviarse
en la caricia trágica
de una puta de negro.

 


 

Poema 44

Viene la muerte y se instala
en tu riñón
tu boca
o tus pulmones,
te taladra la sien
o desquicia tu sístole
y tu diástole.

Se amarra
como un ancla de inciertos
en tu hipófisis,
tapona tus arterias
o te ahoga
de tos sanguinolenta.

Le hace zancadillas
al frágil porvenir
y se come tus huesos
como un pac-man,
o invade tu torrente
con furias de probeta
y vergüenzas genéticas.

La cosa es que ahí está.

Apática y paciente,
callada, estéril, prolija.

Tan ingenua y tan muerte.

 


 

Usa cada mañana tu cepillo de dientes.

Se sienta a tu costado
en la mesa del bar,
amarga tu café,
ahuyenta a tus afectos,
y hace un guiño burlón
ante cada punzada
o mareo de alerta.

Ella sabe que al fin de cuentas gana.

Pero uno no es tan fácil.

Uno silba hacia adentro
aquello de Beethoven,
sonríe fugitivo,
abraza con más pausa,
prueba todos los postres,
entibia cada copa,
rehúsa puñaladas dialécticas
y revive en las faldas
que vuelan en la acera.

Mañana nos veremos
y si no, paciencia.

Sergio Manganelli
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