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La casa

jueves 8 de diciembre de 2016
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Cuando la conocí vestía una falda holgada que le cubría hasta los tobillos. Llevaba puesta una chamarra corta de mezclilla azul y una blusa blanca bordada con pequeñas flores amarillas y rojas y con los tallos verdes. Unas sandalias muy ligeras protegían sus pies del sendero empedrado que seguía. Caminaba sin prisa. Era una fresca tarde de viento y la sombra de los árboles se escurría por su ropa a cada paso que daba. De su hombro colgaba una bolsa de tela.

La vi acercarse hacia la banca donde yo estaba.

Al verla sentí como si hubiera retrocedido en el tiempo, y vi de nuevo su caminar con desenfado, y vi de nuevo su bolsa colgando por su hombro.

Nos miramos. Fue una mirada rápida en la que no dejó ni un momento de revolver su cabello y vi el brillo de sus ojos. Me había mirado sin inmutarse. Comenzó a hablarme diciéndome que hacía un clima maravilloso a pesar de ser los primeros días de enero y el frío no terminaba de irse del todo. Yo no pude decir menos.

De pronto se fue. Con sus últimas palabras apresuradas dijo adiós en una despedida que duró apenas un parpadeo. No supe su nombre.

Pasaron varios días en los que acudí a la plaza observando los rostros de la gente, pero nada ocurrió. Quizá no es buena idea forzar a la casualidad. A partir de ese momento ya no pude estar tranquilo.

De pronto un día llegó.

Era un jueves, diecinueve días después de aquella primera tarde. Al verla sentí como si hubiera retrocedido en el tiempo, y vi de nuevo su caminar con desenfado, y vi de nuevo su bolsa colgando por su hombro hasta llegar a la banca sin advertir mucho mi presencia.

—Hola —dije, y pareció reconocerme como a una persona perdida en un recuerdo distante.

Hola —respondió, y se marchó de improviso. Con su prisa dejó moronas de sus palabras deshaciéndose en mis oídos. Eran frases apuradas de despedida y cuando pregunté cuándo podría verla nuevamente, con unas cuantas sílabas me dio un tirón que me sujetó en el suelo:

­—Espérame alguna de estas tardes.

*****

—¿Odette?

—Sí, ¿tiene algo de raro?

—No es un nombre muy común.

Al final de la comida, mientras comíamos el postre y sacaba de su bolsa una cajetilla de cigarros negros, permanecí en silencio observándola mientras esparcía en la atmósfera el humo de un olor dulzón y rico. Recargaba la cabeza hacia atrás cuando expulsaba el aire por entre sus labios. La miré fijamente.

—¿Odette?

—Sí, Odette. ¿Se te hace muy difícil?

De pronto sucedió.

La luz de la tarde, el sol escondiéndose tras los techos de las casas y sus suaves rayos colándose por los muros de los edificios le advirtieron de la hora y se marchó en dirección contraria a nuestros pasos y vi su cabello como un nido de serpientes irse de mí y alcancé a detenerla con mis palabras.

—¿Cuándo volveré a verte?

Y me miró otra vez con una mirada que se fijó muy hondo en mí, como el hueco hecho por gota de agua horadando la roca durante siglos y volvió dos pasos.

—Mañana.

—¡Mañana!

Y depositó un beso en mi mejilla.

Entonces la vi marcharse y comenzar a desaparecer en la distancia. A esa hora mucha gente salía de sus trabajos y llegaban a la plaza a sentarse en una banca, algunos en parejas, otros en grupos.

Sentí el deseo incontenible de seguirla. Una ansiedad se me atravesó entre el pecho y la espalda. Temí que ya nunca volvería a verla y necesitaba un indicio para encontrarla de nuevo para cuando la buscara.

Y comencé a seguirla.

Apresuré mis pasos para darle alcance hasta que estuve a unos cuantos metros de ella, cuidándome de no ser visto, entrando en puertas ajenas y en negocios en donde sólo preguntaba la hora o el nombre de alguna calle, y la vi avanzar por calles semivacías sin otro fin que llegar a un punto fijo y exacto. La vi caminar por esquinas y callejones y continuar por aceras cubiertas por el manto lila de las jacarandas hasta detenerse en una casa varios minutos después, cuando el sol ya no podía verse por sobre los techos. Abrió la puerta de madera enclavada en muros combinados de azul y blanco para entrar a ese sitio. En muy poco había yo saciado mis dudas y permanecí algún tiempo fuera con la mirada fija en las ventanas. Vi encenderse una luz en el piso de arriba y alguna sombra que adiviné era ella. Estuve ahí hasta que la luz se apagó para no encenderse más.

*****

Esa noche sentí mucho frío. Un dolor interno me impedía estar tranquilo. Una fisura se había abierto en un área sombreada de mi cabeza y no podía explicármelo. También sentí miedo, temor, como si estuviera de frente a un áspid que me mirara fijamente, como si al menor de mis movimientos libertara sus deseos de atacarme. Esa noche sorprendió a todos una lluvia, los relámpagos y los truenos adornaron el cielo. Yo estaba solo en mi habitación.

Mañana.

Su palabra continuaba en mí, rebotando en mi cerebro, adquiriendo un nuevo significado cada vez que la paladeaba y me decía mañana y era como beber sorbos de agua encontrada a la mitad del desierto.

No tenía ideas. Todo era un giro, como la resaca de un ciclón. Sólo me concentraba en ella y en la tarde anterior.

El día estaba húmedo por la lluvia de la noche anterior. El cielo estaba limpio. Todo se veía más verde, como si todo el entorno fuera un solo ser sediento de esa agua nocturna. No supe la hora en que caí dormido. Cuando desperté era tarde. Tenía los ojos hinchados, sentía el cuerpo cansado y débil, ajeno a mí.

Ya era mañana.

Una molestia subía desde mi estómago y un sabor agrio originado en la garganta inundaba mi boca. Tocaron a mi puerta. Era mi madre que me invitaba a desayunar y estaba extrañada porque ya eran las diez y nadie me había visto afuera. Me encontró sentado sobre el borde de la cama, con las manos en las sienes. Preguntó si estaba enfermo. Yo estaba mareado y sentía nauseas. Tocó mi frente.

No tenía ideas. Todo era un giro, como la resaca de un ciclón. Sólo me concentraba en ella y en la tarde anterior, en su mañana y en su sonrisa y en su cuerpo perdiéndose en esa casa, succionada por la puerta y en su manera de dirigirse directa, como felino a su presa, con sus ojos fijos en ella.

Me di cuenta de que no habían sido necesarias tantas precauciones y de que pude haber evitado las miradas burlonas y las sonrisas en la gente al verme caminar como un funámbulo esquivando posibles tropiezos, y ahí estaba yo al día siguiente, enfermo sin razón alguna y con la cabeza embotada. Sintiéndome caminar con los pies desnudos entre zarzas.

Mi madre regresó con un par de pastillas. Dejó sobre un taburete el vaso de agua y me pidió que las tomara. Preguntó si había comido algo raro o si había salido durante la lluvia, pero respondí que no y salió.

Eran casi las dos cuando desperté. Me sentía un poco mareado, todavía con los rescoldos del mal sabor en la boca además de estar un poco débil por falta de alimento. Abrí la ventana. La tierra alrededor de las plantas continuaba húmeda y el ambiente era fresco. El sol brillaba más que otras veces y su brillo sobre las hojas de los árboles y las flores me remitió hacia los reflejos de un lago cubierto por un manto de luz durante el amanecer. Hice mi cama apurado por la hora y bajé a buscar algo de comida. En cuanto mi madre me vio en pie acudió a mí para preguntar cómo me sentía y ofrecerme un plato recién hecho de sopa caliente. El sabor de las verduras en el caldo me reconfortó mucho. Sentí el calor de su líquido descender hasta mi estómago y de inmediato una sensación de alivio llegó hasta el último de mis cabellos, como un reflujo del océano que se lleva la marea de una noche tempestuosa.

El resto de la comida fue balsámico, recuperé mis fuerzas y el humor regresó hasta el punto que pude reír con mi madre; sin embargo tenía otro asunto en qué pensar y era en mi prisa por salir a encontrarle.

*****

Tanto tiempo sin vernos.

—Tanto.

Me esperaba. Esa tarde era distinta. Era radiante. Los vestigios de toda lluvia habían desaparecido. También ella era distinta. Después de unas breves palabras permaneció en silencio mirando la punta de sus pies y sus cabellos resbalaban por la pendiente de sus hombros. Escuché sus palabras diciéndome tanto tiempo sin vernos. Creí adivinar bajo ellas una intención reptando, como si supiera que la había seguido hasta su casa bajo las nubes que traían la lluvia. Luego dijo:

Se ve que has estado enfermo.

Tomó mi mano.

Estás frío.

Me quedé pasmado, pues era ella quien estaba fría y extremadamente pálida.

Entonces se levantó y la seguí sin pensarlo. De pronto comenzó a oscurecer y la gente se apresuró a tomar resguardo. Era como si la noche salpicara de pronto al día, humedeciéndolo con sus tinieblas, y el entorno se volvió gris y hasta los árboles se vieron viejos. El mundo se volvió una vela muriendo bajo la llama.

De pronto apareció la casa envuelta en una nube gris, más gris que su entorno. Era umbría y terriblemente desgastada por el tiempo y la erosión del viento.

Seguí sus pasos. Anduve tras de ella siguiendo los mismos pasos de la tarde anterior. A medida que avanzábamos las calles se hacían más grises. Llegué a pensar que todo era un sueño que iba a poder recordar al despertar sobre mi lecho al día siguiente. Las calles me parecían familiares, pero muy dentro de mí intuía que era la primera ocasión en que las pisaba. Recorrí tras ella varias veces las mismas calles según creo recordar, pues cada una de ellas no era muy distinta a la anterior, pero siempre tuve la sensación de que todo eso ya lo había visto.

Llegó una llovizna, fina e imperceptible. No reparé en ella sino hasta que mis ropas comenzaron a pesarme, pero a ella no parecía importarte el agua en su vestido, sólo vi que cubría sus brazos con sus manos, como si tuviera frío. De hecho, por alguna razón esa vez no portaba ninguna bolsa. Por instantes casi la perdía de vista y apresuré mi paso hasta sudar. Por algún motivo a pesar de todos mis esfuerzos no pude darle alcance y, al contrario, pude darme cuenta de que entre más empeño e intensidad ponía en mis pasos la distancia poco a poco iba agrandándose, y de que ella en ningún momento imprimió ningún tipo de esfuerzo en su andar. Luego la llovizna se hizo tormenta y borró a la gente de las calles, se habían retirado en busca de un refugio. También comenzó a soplar el viento y era difícil mantener los ojos abiertos, y levantó la hojarasca húmeda que estaba esparcida en el asfalto haciendo pequeños remolinos que se desbarataban después de unos segundos. Sentí que la lluvia me mordía, que las gotas se unían una tras otra para formar cientos de pequeños látigos y se estrellaban en mi carne, lastimándola.

Comencé a cansarme. Estábamos demasiado lejos, y sin embargo tenía la certeza de que no habíamos salido de la zona. Sus pies cruzaban charcos y aceras y subían ligeras pendientes hasta que de pronto apareció la casa envuelta en una nube gris, más gris que su entorno. Era umbría y terriblemente desgastada por el tiempo y la erosión del viento. Era, sin ser, la misma que pude observar la tarde anterior. Era una rama vencida por el peso de sus frutos secos. En ella el viento era susurrante. Traía voces antiguas, ecos conservados de un pasado distante, y no pude evitar estremecerme ante el frío que de ella se despedía.

Entró.

La pequeña puerta rechinó a pesar de la humedad en sus goznes. Le seguí. Dentro había árboles marchitos de ciruelos que pude distinguir debido a que estaban a sólo unos cuantos metros de distancia y mis pies se hundían en el manto húmedo de hojas muertas. Una espesa neblina envolvía el sitio. Fuera de los ciruelos lo demás debía adivinarlo por sus sombras.

Quise acallar los sonidos de las hojas secas bajo mis pies, sin conseguirlo. Me aproximé a la construcción. Los muros estaban descascarados. Los cristales estaban estrellados por la resequedad de muchos años. Ciertamente parecía que nadie había estado ahí en décadas. Pero tan sólo unas cuantas horas antes yo había visto todo con un semblante distinto desde afuera. La puerta era enorme, hecha de madera, que en su buena época debió lucir de manera espléndida. Estaba pintada de un rojo encendido y de una tonalidad que aun debajo de esa capa de polvo dejaba traslucir su antiguo poderío. Abrió entonces una puerta más pequeña por donde se introdujo con facilidad dejándola abierta tras de sí.

No podía dar ni un paso atrás ya que había llegado hasta ahí, así que entré. Cerré la puerta para que el viento y las gotas de lluvia que mojaron mi rostro durante todo ese tiempo se quedaran afuera. La puerta se desprendió de mi mano en el último instante y se cerró con fuerza. Ese fue el único sonido que hirió el silencio dentro.

Mario Damián Uribe Hernández
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