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La herencia familiar

martes 20 de junio de 2017

Las cosas no iban bien en casa. Mi padre tenía desde hacía ocho años dos trabajos. Como contador en el día y como operador de cine por la noche. Cuando lo despidieron del trabajo del cine por promover la formación de un sindicato, comenzaron los problemas. Él se deprimió por meses. Cada mañana arrastraba los pies al salir para su trabajo. Perdió diez kilos, Mamá tuvo que meterle a sus pantalones en la costura de atrás para que no se le cayeran. Pero eso no bastaba, para sostenerlos, tuvo que usar unos tirantes.

El sueldo, reducido en dos quintos, apenas daba para sobrevivir. Una noche escuché a mis padres hablar sobre la situación. Mamá ya no podía ir al mercado central para hacer la compra semanal. Desde hacía un mes, habían comenzado a pedir de fiado en la tienda de abastos de la vecindad y el saldo en rojo iba en aumento en la libreta donde se registraban los retiros de víveres. Papá le dijo esa noche a mi madre que si fuéramos una empresa podríamos declararnos en bancarrota. Esa noche no dormí pensando qué había querido decir mi padre.

Mi madre ha sido siempre una mujer emprendedora. Inició eso que llaman una microempresa que, a mi juicio, es un nombre que le quedaba grande a la operación que en ese tiempo ella llevó adelante.

Bancarrota era una palabra que, sin saber por qué, me inspiraba horror. Imaginé que era un ser como el que había visto en un libro de ilustraciones y viñetas que tenía mi padre en su biblioteca. Se trataba de un esqueleto cubierto con manto y capucha negros que dejaban asomar sólo el cráneo y los huesos de la mano derecha sosteniendo un palo de casi dos metros en cuyo extremo superior se encajaba una amenazante cimitarra.

Al día siguiente, tomé el libro y fui a preguntarle a mi madre: “Mami, ¿es esta la bancarrota?”. Ella sonrió pero había tristeza en sus ojos. “No, Martita, la bancarrota es otra cosa. Esa ilustración representa a la muerte que lleva en la mano una guadaña”. “¿Para qué sirve una guadaña?”, le pregunté. “Antes se utilizaba para segar el trigo maduro o el forraje”, me explicó mi madre. “¿Y para qué usa la muerte una guadaña?”, quise saber. “Martita, dijo mi madre mientras me abrazaba, vamos a dejar esa explicación para otro día”.

Yo sabía que mi madre no quería asustarme. Esa noche era de luna llena y tuve una pesadilla en la que la muerte corría detrás de nuestra familia, y nos cortaba con su guadaña como si fuéramos alfalfa pero, en lugar de dejar un reguero de savia verde tierno, el rastro era un río de sangre sobre el que rielaba la luna con una sonrisa sardónica.

Al día siguiente, cuando Papá estaba leyendo, como acostumbraba hacerlo sentado en su sillón junto a la ventana de la sala, le pregunté:

—Papi, ¿qué es bancarrota? —mientras arrimaba una silla para estar a su lado.

—Una empresa está en bancarrota cuando no puede pagar lo que debe.

—¿Y qué ocurre si pasa el tiempo y no paga? —le dije.

—Que los acreedores, esto es, las personas a quienes debe la empresa, pueden ir ante un juez y solicitarle que ordene la venta de los bienes de la empresa. Así ellos puedan recobrar su dinero.

Yo sólo entendí la explicación a medias, pero saqué en claro que si estábamos como en bancarrota, el dueño de la bodega podría quedarse con las sillas de Viena del salón, con nuestras camas, y tendríamos que dormir en el suelo. Se llevaría la vajilla de porcelana que Mamá sacaba sólo en ocasiones muy especiales. El juego de café con ribetes dorados. Todos ellos vestigios de mejores tiempos y que formaban parte de la herencia familiar por tres generaciones. Podría llegarse el caso de que se llevaran la biblioteca de Papá, la cual, aparte de su familia, era lo más preciado para él.

Esa noche tuve otra pesadilla. El personaje de la guadaña tenía por ayudante al bodeguero. Montado sobre un guacal de los usados para transportar verduras y frutas, el tendero voceaba desde la esquina frente a su negocio una especie de edicto de persecución por el cual todos los vecinos debían contribuir con él y con la innombrable en el desmontaje de nuestra casa, de la cual no debía quedar ni siquiera el polvo cuando hubiesen terminado. Quien no acatara el edicto debería vérselas con el filo de la guadaña. Mis gritos despertaron a mis padres. Mamá me aseguró que no había ninguna guadaña flotando en el aire sobre mi cama. Eso me calmó un poco, pero sólo me sentí segura cuando me dijo que por esa noche podía dormir con ellos.

Mi madre ha sido siempre una mujer emprendedora. Inició eso que llaman una microempresa que, a mi juicio, es un nombre que le quedaba grande a la operación que en ese tiempo ella llevó adelante. Se puso a preparar comida para vender entre familiares y amigos. Todas las tardes preparaba por encargo doscientas empanadas de masa de maíz. Para los fines de semana ofrecía hallacas, callos a la Caen, y mojito de bacalao y corvina en salsa de coco. Todo se vendía. No había problemas de distribución porque la clientela llamaba por teléfono, ordenaba y a la hora convenida venían a recoger su pedido.

El negocio iba bien para las expectativas de mi madre. Su problema era que ella calculaba los precios con la idea de que el dinero cobrado le alcanzase para comprar los víveres necesarios en la preparación de la siguiente comida y que quedara suficiente para alimentar a la familia en cada ocasión. Ella no sabía de recobrar costo de la mano de obra, ni de incluir otros costos de producción, ni de estimar una ganancia. Creía que estaba haciendo un buen negocio.

Mamá lo ocultaba, pero yo la oía sollozar por las noches. En la mañana sus ojos estaban enrojecidos y los párpados hinchados.

El resultado fue que el saldo rojo en la libreta del bodeguero no siguió creciendo, pero tampoco había dinero para hacerlo menguar.

Pasaron tres meses y el tendero comenzó a presionar para que le pagaran la cuenta. Al principio cobraba con palabras amables, Doña Felicia, me sentiría muy complacido, por favor, si tuviera la cortesía, si fuera tan gentil, le agradecería. Luego, el tono fue perdiendo acicalamiento; necesito su pago ya, tiene un atraso de cinco meses, yo trabajo para vivir, esta no es una agencia de caridad, si quisiera regalar mis víveres me metería a fraile, hay gente que quiere vivir a costa de otros. Por último se hizo amenazante: tendrán que vérselas con mi abogado, les embargaré hasta el gato, no me venga con treinta centavos, lo quiero todo ahora mismo o aténgase a las consecuencias.

Mamá no se atrevía a asomarse a la ventana. El tendero parecía montar cacería permanente. Papá daba rodeos antes de llegar a casa haciendo tiempo para que cayera la noche y evitar toparse con el abacero.

Mamá lo ocultaba, pero yo la oía sollozar por las noches. En la mañana sus ojos estaban enrojecidos y los párpados hinchados. Ella se ponía sendas ruedas de pepino sobre los ojos después que Papá se había ido al trabajo, pero eso no servía de nada porque las lágrimas seguían escurriendo por debajo del pepino.

Una mañana, mi madre tomó una decisión heroica. Papá se había opuesto desde el principio, yo los había oído discutir por la noche. “No puedes hacer eso”, le decía Papá. “Ya no soporte este acoso”, respondía Mamá.

Cuando Papá se fue a su trabajo, Mamá se vistió para salir, metió en su cartera un bolsito de terciopelo azul anudado con un cordoncillo dorado, nos encomendó al cuidado de la vecina y se fue. Desde la ventana la vi abordar un taxi que se perdió por la avenida hacia el centro de la ciudad. A mediodía, ella estaba de vuelta. Su semblante tenía la expresión de alguien que viene del hospital donde le han amputado un dedo gangrenado.

Esa noche, cuando Papá regresó a casa, ella le dijo con voz trémula:

—El problema está resuelto.         

—¿A qué te refieres? —preguntó mi padre.

—Al pago de la cuenta del tendero.

—¿Qué has hecho, mujer?, ¿de dónde has sacado dinero?

—Vendí el collar de perlas —reveló mi madre con un hilo de voz.

—Te dije mil veces que no lo hicieras —respondió mi padre en tono lastimero.

El collar de perlas era el objeto más preciado de la herencia familiar materna. Había estado en la familia por cuatro generaciones. Prueba de ello lo constituyen, primero, el óleo donde aparece el retrato de la boda de mis tatarabuelos, ella con un traje muy vaporoso bajo el cual se ocultaba una enagua de crinolina y sobre el encaje del ajustado corpiño destacaba el collar de perlas de dos vueltas. Ella parece una muñeca de porcelana. La mano izquierda de mi tatarabuela luce apoyada sobre el mango de una sombrilla de encaje blanco y mi tatarabuelo a su derecha mira fijamente al pintor con un aire de orgulloso desafío. El orgullo estaba más que justificado porque, en palabras suyas, su esposa era una belleza por los estándares de cualquier época de la prehistoria para acá. Ese retrato data de 1865.

En la fotografía de mis bisabuelos fechada en 1890, ella aparece también con el collar de perlas que, siendo rosadas, lucen blancas en contraste con los tonos sepia. El traje, ajustado a la cintura, es de amplia falda de seda que cae en suaves pliegues. La novia está tocada con un sombrero alón adornado de florecillas blancas y cuatro dedos de tul salpicado con las mismas florecillas cuelgan del ala. Ella está sentada en una silla estilo Luis XVI y el novio apoya su brazo derecho sobre el remate del espaldar en actitud de abrazar la silla y su contenido.

Mis abuelos se casaron en la primera década del siglo XX. La abuela Esther en la fotografía de su boda sigue la moda. Está de pie en escorzo y se adivina que un corsé modela su figura en forma de S, para destacar tanto el busto cubierto hasta el cuello de encajes plisados y el derrière desvanecido entre los pliegues de la falda que se extiende en una cola detrás de ella. Mi abuelo muy orondo posa al lado derecho de la abuela enfundado en su levita. Al fondo el fotógrafo desplegó un paisaje de estilo renacentista. Y allí está el collar de perlas de dos vueltas sobre el generoso busto de la abuela.

La foto blanco y negro del matrimonio de mis padres no tiene las pretensiones de las antepasadas.

Mi madre luce un sencillo traje de terciopelo blanco que tiene una preciosa caída. Ella sobrepasa en altura por unos centímetros a mi padre. Lleva en la mano izquierda un ramo de azahares cuyas hojas hacen un fuerte contraste sobre el traje. A su lado derecho está mi padre con un traje que parece ser de color negro pero también podría ser azul marino. Ya en su juventud, él lucía su calvicie, pero no se ve nada mal. Mira a la cámara con una expresión de serena seguridad. Cosa curiosa, mi padre toma la mano derecha de mi madre con su mano izquierda. Siempre me ha parecido un detalle bonito. Pero el detalle resaltante es el collar de perlas. Destaca sobre la sencillez de la composición fotográfica.

Mi madre entra en mi cuarto. Trae en la mano un estuche forrado en terciopelo azul con un broche de bronce pulido. Me abraza tan fuerte que me deja sin aliento.

Esa cadena no tendría continuidad, se había ido por el sumidero en manos de un usurero a quien han debido brillarle los ojos a la vista de esa hilera de perlas rosadas perfectas. Como era de esperarse, no le dio a mi madre un precio justo por el collar. Adivinó su desesperada necesidad y tomó provecho de ella. Pero mamá se quitó y libró a la familia de la pesada carga de esa deuda. Más nunca hubo libretas con saldos en rojo.

Mamá siguió con su negocio, que creció lo suficiente para que mi padre le pusiera atención. En dos años, la microempresa comenzó a ser eso. Ofrecía todo lo necesario para servir un banquete en ocasiones de bautizos, primeras comuniones, despedidas de soltera, matrimonios, aniversarios de bodas, graduaciones, en banquetes empresariales y hasta en funerales. El proyecto casero se convirtió en una agencia de organización de eventos de postín.

Mi madre tuvo que contratar personal para poder atender a sus clientes. A esa altura, mi padre intervino seriamente en el negocio y se ocupaba de agenciar los suministros para la preparación de los eventos. Adquirió mesas, sillas, manteles y contrataba mesoneros, maestros de ceremonia, músicos o cantantes cuando el cliente lo exigía. Entonces papá tenía trabajo de sobra y al poco tiempo tuvo que dedicarse a tiempo completo a la administración del negocio familiar y renunció a las empresas que le empleaban como contador.

Todos esos episodios de mi niñez pasan por mi mente como una película y me hacen revivir la angustia de esos años. Otros recuerdos de los momentos felices que mis padres nos procuraron a Rita y a mí desdibujan la ilustración de la guadaña agorera. Al final, los momentos de alegría son los que cuentan.

Hoy me siento feliz. Dentro de una hora me caso y mi madre entra en mi cuarto. Trae en la mano un estuche forrado en terciopelo azul con un broche de bronce pulido. Me abraza tan fuerte que me deja sin aliento. Con ojos brillantes de dicha me dice:

—Este es un regalo de tu padre y mío.

Abro el estuche y allí está un collar de perlas de dos vueltas. Mamá lo toma y me lo pone mientras explica:

—No es exactamente igual al de mi boda y al que lucieron nuestras antepasadas. Estas son perlas cultivadas. El collar que heredé estaba hecho con perlas del mar Negro y fue un regalo que trajo de Estambul el prometido de tu tatarabuela antes de su boda. No sabes cuánto hubiera deseado pasártelo a ti, pero el destino nos hace malas jugadas.

—No seas bobita —digo a mi madre—, para mí es como si fueran las auténticas. Mi hija mayor heredará las perlas de la familia.

Ana Irene Méndez Peña
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