“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Punto y final

martes 1 de octubre de 2019

El catire habla y habla. El catire no para de hablar. Es como un tren de palabras fuera de control, embriagado por la velocidad, a doscientos kilómetros por hora.

Las palabras del catire son sucias, mal intencionadas, las frases que forman son insidiosas, el conjunto de esas frases destila rencor, envidia. Yo las guardo todas en mi mente.

La voz del catire es aguda y cuando ríe suena como un cerdo en el matadero. Un flequillo de pelo lacio y grasoso le cae sobre la frente lechosa.

Es de noche. La noche tiene su gracia. Se presta para las confidencias.

 

Escucho a Cheo aporrear el piano. Se siente su rabia y su frustración con cada golpe. Las notas que produce con sus pequeñas manos llegan a mis oídos cargadas de odio. A su lado, fumando la pipa de siempre, los puños en las caderas, su padre lo observa. Un centinela temible, impenetrable como una roca. Del otro lado su madre, una matrioshka estilizada. Todo el dolor del mundo parece posarse con suavidad, como sin querer molestar, sobre sus párpados. Los dos se turnan para darle manotazos en la nuca cada vez que equivoca una nota. Cheo contiene las lágrimas.

Me siento a esperar que termine. No tengo prisa.

 

Hoy cumplo trece años. Acaba de anochecer. Esperamos al catire en frente de la casa de Cheo. Debemos darnos prisa porque en cualquier momento mi mamá nos llama para picar la torta. Cheo se pasea por la acera. Cada tanto mira hacia la redoma por donde debe aparecer el volkswagen del papá del catire. El aire huele a limpio. Los grillos comienzan a cantar. El cielo está despejado. Las estrellas nos miran.

Escuchamos el sonido del motor del volkswagen. Aparece en la curva. Pasa frente a nosotros. Conduce el catire. En ocasiones el papá le da el volante en cuanto entran en nuestra calle. Cheo le hace señas para que regrese luego de estacionar. Un par de minutos después el catire sube corriendo la cuesta desde su casa. Se acerca orgulloso, con una sonrisa de oreja a oreja. Es el único de nosotros que conduce. En cuanto lo tiene a tiro Cheo comienza a golpearlo. Es una máquina de lanzar golpes, una trituradora de carne. Cheo tiene manos pequeñas de dedos gruesos. Para tocar el piano no sirven, pero para estrellarse en la cara de un tipo son de una eficiencia implacable. ¿Cómo se verán esas andanadas de golpes desde la perspectiva del catire? Pero el catire no ve nada porque tiene los ojos cerrados. Retrocede con las manos extendidas hacia Cheo. Un gesto inútil que no logra detener los golpes que invariablemente se estrellan en su cara. Así bajan por la cuesta hasta la casa del catire. Los sigo. Veo un par de dientes saltar. Con algún golpe la sangre sale de su boca haciendo hermosos arabescos en el aire. Oigo el crujido de la mandíbula al romperse. Escucho un chasquido cuando el puño de Cheo se estrella contra un ojo del catire, como cuando aplastamos una cucaracha con el pie. De vez en cuando grito. Exagero un poco. No se me da bien actuar. Cuando el catire pega la espalda de la puerta de su casa recibe una última combinación de golpes y se desliza lentamente hasta quedar sentado en el suelo. Cheo se va.

Me quedo. Trato de ayudar al catire a levantarse, pero me aparta de un manotazo. Su cara es un amasijo informe y ensangrentado. Me mira. No dice nada. Sólo me mira. Pero no sólo me mira. Se mete en mis ojos con todo su dolor, con toda su humillación, con toda su rabia. Está roto. Me lo muestra. Luego se levanta chillando de dolor y entra en su casa.

Un abismo se ha abierto. Es confuso e impreciso.

La noche anterior el Catire no paraba de hablar. Ahora el silencio se ha instalado en la noche. Regreso a casa con ese peso silencioso sobre mi espalda. Como si el mundo se hubiese detenido.

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