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El balón

martes 14 de julio de 2020

El sol brillaba como nunca antes. Eso sentía el niño cuando tomó el balón para salir de casa a jugar. Era un obsequio de su hermano mayor; el que lo llevaba y traía de la escuela, lo ayudaba en las tareas y con quien jugaba balompié con una pelota próxima a sucumbir. Más que un hermano, era un amigo, el mejor de todos. Por eso, le dolió tanto su partida a tierras tan distantes, que igual le hubiera parecido que fuera a otro planeta. En el mapamundi de la escuela, adosado a la pared, la ciudad donde ahora vivía el hermano era apenas un punto en el país que se encontraba en otro continente. De nada le valieron las súplicas y el llanto para retenerlo, ni los argumentos de la familia sobre la esperanza de una vida mejor, con base al sacrificio que significaba irse lejos de ellos. Su hermano trató de consolarlo pero, viendo que no era posible, pensó que lo lograría con una promesa:

—Escucha, nada más consiga empleo y gane mi primer sueldo, te compro un buen balón y te lo envío. Cuando venga de vacaciones, jugaremos hasta cansarnos.

La calle estaba desierta. El balón le hacía sentir que la soledad no era tan grande.

En pocas semanas, llegó lo prometido. Era el regalo más hermoso que había recibido en su corta existencia; las figuras geométricas sobre la esfera centelleaban bajo de la luz del sol. Sus amigos le veían con envidia y se peleaban por jugar con él. El niño, desde entonces, pasaba mucho tiempo con ellos; sin embargo, nada era comparable con las tardes en que él y su hermano, agotados y sudorosos, después de tanto patear la pelota, iban por un helado o se sentaban, a la sombra de un árbol, para soñar con los campos de fútbol donde un día se harían famosos.

 

—Yo seré el primero —decía el mayor de los dos—. Así saldremos de esta pobreza, compraré una casa grande y un automóvil y viajaremos por el mundo. ¿Qué te parece? Además, te entrenaré para que seas el mejor de los futbolistas.

El niño lo observaba con plena admiración. A él le gustaría ser lo que su hermano quisiera. Ahora las cosas no se veían claras porque el miedo, cual un velo perverso, cubría el ánimo de la gente. Él necesitaba, como nunca, el apoyo fraternal. Sus padres trataban de consolarlo diciendo que, por fortuna, su hermano se había ido a tiempo y que, pronto, mandaría por ellos.

La calle estaba desierta. El balón le hacía sentir que la soledad no era tan grande. Pensó en las tantas veces que lo llevó a la escuela y que, por estar pendiente de él, dejaba de prestar atención a la maestra. Ella se lo quitaba y lo ponía sobre su escritorio:

—¡¿Cuántas veces te tengo que decir que no lo traigas al salón?! Te lo entrego al terminar la clase.

Ahora la escuela estaba en ruinas.

Era una mañana clara y los aromas de los limoneros recorrían pasillos y salones. Las maestras impartían sus saberes o escribían sobre el pizarrón. De pronto, un estruendo materializó la peor de las pesadillas. Luego, se escuchó otro…, y otro, mientras se resquebrajaba el eslabón del futuro. Entre gritos y llantos, todos corrieron despavoridos. El niño no sabía qué hacer entre tanta confusión; sin embargo, en segundos, tuvo la suficiente claridad para tomar el balón del escritorio y correr, como los demás, hasta que tropezó con su madre que lo había venido a buscar.

La mañana se presentaba brillante y calurosa. Era un riesgo alejarse de casa; sus padres se lo tenían prohibido. Pero la ilusión del contacto fraternal, a través de darle al balón, impulsó su osadía. Caminó entre escombros y abandono, hasta que se vio frente a la fábrica donde trabajaba su papá, antes de que las bombas acabaran con las fuentes de empleos, los hospitales, los parques y los edificios de la ciudad. Recordó las palabras del hermano: “Cuando sea rico, le diré a Papá que deje ese trabajo que lo está enfermando”. El niño supuso que si se enteraba de lo que estaba pasando en casa, seguro que no lo pensaría para venir por su padre y llevarlo a que le curaran las heridas de metrallas que lo estaban matando.

Caminó varios pasos hacia atrás, tomó impulso y corrió. Un puntapié, con el vigor de los sueños infantiles, lanzó el balón hacia un cielo ajeno a la ignominia.

Trepó por la escalera, aún en pie. Desde una ventana, pudo observar la marea de personas que escapaba de la ciudad, huyendo de los bombardeos. En casa se preparaban para hacer lo mismo; partirían al anochecer. Entre tanto, prefirió seguir soñando con los planes que habían trazado. Escuchó unas voces. Unos jóvenes hablaban sobre armamentos y venganza. De lo que le harían a aquellos responsables de la destrucción de sus familias y de todo lo que había sido importante en sus vidas. El niño abandonó el edificio, asustado por la rabia que destilaban aquellas palabras.

Con la pureza todavía intacta, pensó que él no sería capaz de ser como ellos. Su madre no se lo permitiría jamás. Además, él contaba con un hermano que lo esperaba más allá de la frontera. Lo rescataría del horror y, juntos, serían los futbolistas que anhelaban ser. La familia volvería a estar unida en la mesa y en la oración…

Era momento de practicar. Encontró un claro dónde colocar el balón. Caminó varios pasos hacia atrás, tomó impulso y corrió. Un puntapié, con el vigor de los sueños infantiles, lanzó el balón hacia un cielo ajeno a la ignominia, antes de que el alerta de la sirena de la fábrica anunciara la proximidad de los misiles que ofrecían, inmisericordes, las esquirlas de un mañana incierto.

Olga Cortez Barbera
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