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Sus manos

martes 13 de octubre de 2020

Llegó una mañana cualquiera. Un empleado más en el consorcio en auge. El “Bienvenido”, de mi parte, era suficiente. Que él se encargara de lo suyo, que yo tenía con lo mío. En el desbarajuste de lo que era mi vida después de que me casé, entre el trabajo y mis hijos, no había espacio para entrar en detalles sobre el personal que entraba a la empresa. Con pocas horas de dormir, llegaba agotada a la oficina y salía casi a rastras, luego de batallar con las complejidades de mi cargo. Para colmo, tenía que atravesar la ciudad en un autobús que me condujera a casa. El tiempo se achicaba entre la cocina, el lavado y las tareas escolares de los niños. Al final, con el deseo de caer en la cama y no abrir los ojos hasta el otro día, tener que cumplir con los compromisos maritales, cuando el dolor de cabeza ya no funcionaba. No era falta de amor, era exceso de cansancio. Frente a los éxtasis fingidos, el romanticismo, que una vez nos uniera a mi esposo y a mí, comenzó a alejarse.

Así las cosas, Alejandro Santiago, el empleado recién llegado, bien podía caer preso de convulsiones a mis pies, que ni me enteraba. No obstante, poco a poco su presencia fue atravesando los umbrales de mi mente cuando percibí que me observaba de continuo. Al principio, disimuladamente; más tarde, sin reservas. Yo sentía la mirada desde su escritorio, en el comedor para empleados, a la salida, en los pensamientos. Eso comenzó a incomodarme. Supuse que había reparado en mis fachas: nada a la moda, cero maquillajes. Aunque en mi agenda no tenía la más mínima intención de resultar atractiva, la vanidad no se hizo esperar. Me propuse mejorar mi aspecto. Incluí algunas cosas nuevas en el ropero y usé los labiales que estaban abandonados. Frente al espejo, se elevó mi autoestima. Cuando llegué a la oficina y vi su sonrisa de aceptación, me agradó. Creí que con esto acababa la historia.

No fue así. Paulatinamente se fue acercando, con pequeños comentarios y algunas golosinas. Desde mi perspectiva, eso no era correcto y se lo hice saber:

Tomé el ramo y me fijé en sus manos. Varoniles, cuidadas, fuertes.

—Señor Alejandro, no tiene por qué andar obsequiándome nada.

—Señora Palacios, ¡qué pena! No intento ofenderla. Tómelo como una atención de compañero de trabajo. Pero si le molesta, no lo haré más.

—Le agradezco.

Se limitó al simple saludo. Lamenté su cortesía distante pero, como era una mujer casada, no hice nada para cambiar las cosas. Sin embargo, cada vez que lo encontraba, un cosquilleo lamía las paredes de mi estómago. “¿Acaso me estoy volviendo loca?”. Con la voluntad de los prejuicios, me enfrasqué en el trabajo y en las labores del hogar, tratando de apartar los pensamientos desleales. Quise retomar mis compromisos de esposa, con la furia de las tormentas, para doblegar los remordimientos. Era tarde: “Querida, ahora no”. El amor se había marchado en las ancas del tiempo. A pesar de todo, como una casta doncella, puse el cinturón de castidad a la pasión desbocada, aunque por las noches diera vueltas en la cama y durmiera cada vez menos.

A la pasión no la detienen diques, murallas o prejuicios. Basta una brizna para atizar el fuego más intenso. La brizna vino con mi cumpleaños y oculta en un ramillete de flores:

—Buenos días, señora Palacios. Disfrute usted un lindo aniversario y reciba, por favor, este insignificante presente.

—Muy amable de su parte.

Se acercó un poco más. El aliento era cálido, la mirada profunda. Tomé el ramo y me fijé en sus manos. Varoniles, cuidadas, fuertes. Se me antojaron sensuales, únicas, pecadoras. Capaces de avivar llamas casi extinguidas. De explorar nuevas rutas corporales y sensaciones secretas. De llevar a abismos insospechados, sin posibilidad de retorno. El ramillete hervía en mis manos congeladas. Flores voluptuosas, como el amor en los sueños inconfesables. Quise ser como ellas y, sin reservas, abrir mis pétalos, sin importar las consecuencias. Deseé volverme lava entre sus manos.

Olga Cortez Barbera
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