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La andrajosa

sábado 5 de diciembre de 2020
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La andrajosa tiene cuatro años y sabe bien que su mote es una palabra ganada por el aspecto físico que se trae y el descuido en que mantiene su persona. Así se le mira todos los días. Por las mañanas, antes de ir a la escuela, se la pasa corriendo por los alrededores de su casa de madera. Su cabello negro y largo le cae en rizos sobre sus hombros. Sus ojos café claros son grandes y rasgados, su piel es morena clara, sus labios se mueven en sincronía con sus hondos hoyuelos y son tan rojos que cuando tenía dos años le apodaban “besitos rojos”.

Cuando nació, su madre vivía sola y sin trabajo; careció de una alimentación apropiada para un recién nacido; sus pañales eran retazos de vestidos viejos de su madre, mismos que ella reutilizaba día con día; su leche era un batido de harina de maíz o de pinole que su madre preparaba con agua de pozo.

La andrajosa creció en esas condiciones y llegó a cumplir seis años. A esa edad, su cuerpo había desarrollado mucho; sin embargo, como desde cuando era pequeña, acostumbraba a vestir sólo calzón sin cubrir sus pechos. Sus temores y miedos —que los tenía— en su corta vida los compensaba expresando su alegría al dejar que su cuerpo rozara con el aire fresco de la mañana; ella siempre corriendo por el patio, trepando los árboles, su cabello le caía en largos y negros rizos por el umbral de su cintura, y su fleco cortado como brocha caía sobre su cara terrosa.

La andrajosa y madre viven justo en el vértice donde le nace a la calle paralela al río, de frente, una brecha de noventa grados al norte.

Su madre siempre tallando sobre unos costaneros detrás de su casa las ropas de ambas antes del amanecer. Vivían en la Ranchería Corregidora Ortiz, a la orilla de la carretera que tenía al fondo, como a cincuenta metros, un río que corría en línea paralela con la carretera pavimentada llena de hélices —y que conectaba todas las rancherías desde Villahermosa, Tab. hasta Reforma, Chis. Este río, que manda sus aguas hacia la ciudad del Centro, es una de las muchas venas del gran brazo de Mezcalapa, y embona hacia el norte con el gran río Grijalva.

La andrajosa y madre viven justo en el vértice donde le nace a la calle paralela al río, de frente, una brecha de noventa grados al norte, calle —con la forma de una culebra en marcha— que conduce a automovilistas, mecanizados y transeúntes al seno de la Iglesia Nuestra Señora de los Remedios. Cuando la andrajosa juega frente a su casa, desde lo lejos mira las cúpulas del campanario de Nuestra Señora confundiéndolas con las copas del pecho de una mujer recostada en el pasto detrás de los árboles. Sólo cuando trepa los árboles del patio para atrapar las iguanas por las mañanas o para observar la noche estrellada es cuando alcanza a mirar por debajo de su parapeto.

A veces, cuando su madre camina por detrás de su casa hacia el fondo del río para lavar en la orilla del agua —siguiendo otro método de blanqueamiento— aquellas ropas de su hija manchadas durante las escenas tempraneras, la andrajosa está sentada sobre alguna gruesa rama arriba del alto árbol de castaña mirando la noche, tratando de dibujar con su imaginación, muy por encima de los campanarios, ligeramente hacia el noreste de Polaris, el espiral de la Andrómeda sin percatarse del paso fugaz y desapercibido de su estoica madre que corre por debajo con un cesto hacia las aguas.

Porque la madre siempre está en movimiento, como el río, siempre moviendo trastes en la cocina, sintonizando la radio, acomodando la sobrecama en el cuarto, lavando las hortalizas en el fregadero, cocinando las iguanas detrás en el fogón, tejiendo retazos de tela, tallando la ropa con lejía, contando los escasos billetes y monedas ocultos en el fondo del baúl.

Un día al amanecer, la andrajosa elevó un papagayo que había construido por sí misma, al que le urdió una gran cola hecha con bolsa de nailon. El papagayo ascendió desde el patio, por el espacio abierto entre los mangos y castañas, y el viento lo arrastró casi hasta las nubes. Ella dejó de verlo, pero aún lo sentía, pues el carrillo con que lo había atado era de esos largos y firmes hilos de seda que su madre usaba para la costura. La andrajosa seguía aferrada al carrillo y en ese instante su madre se acercó a ella, se percató de lo que sucedía, cortó el hilo del papagayo con un trozo de vidrio que levantó del suelo, la tomó con violencia por su brazo y, casi a jalones, la introdujo a la casa donde se encerraron durante casi una hora como todas las mañanas.

También tenía otra destreza. Aparte de hacer papagayos y otro tipo de juguetes, la andrajosa aprendió desde cuando tenía cinco años a trepar los árboles. Cuando apareció de cuerpo completo el cometa Halley el 14 de marzo de 1986, a partir de entonces, y durante los siguientes días de la ruta estelar, subió cada noche hasta el copete del alto árbol de mango o castaña, montando uno de sus gruesos brazos donde la luz radiante del cometa la hipnotizaba por horas. Contemplando siempre desde las altas ramas, también había descubierto por sí misma las figuras en el cielo nocturno de la Osa Mayor y Menor, Orión, las Pléyades y a identificar la estrella Polaris.

Desde muy niña, la andrajosa descubrió que dialogar con uno mismo era posible, lo que fue otra de sus destrezas.

Desde los seis años, la andrajosa aprendió a cazar las iguanas que amanecían congeladas e inertes en las ramas bajas de los mangos y castañas. Su madre las desmarañaba y mataba, después las ponía sobre la parrilla de un fogón lleno de brasas hasta que una leve cáscara se les desprendía de la piel. Así, las sujetaba del cuello y les jalaba la cáscara desde la cabeza hasta la cola, las partía, se deshacía de las entrañas, y ya luego se decidía si cocinarlas en adobo o en tacos con sus huevillos.

Así, llegó a cumplir ocho años, que fue cuando comenzó a sentir por sí misma la necesidad de ajustar algunos cambios en su apariencia y conducta, avalada por su madre. Había desarrollado el contorno de sus glúteos y entrepiernas, la vellosidad comenzaba a acechar por ciertas partes de su cuerpo, y sus pechos crecían como dos pequeñas cúpulas de campanarios; ahora se cubría un poco más, sobre todo las partes de su sexo y pechos.

Desde muy niña, la andrajosa descubrió que dialogar con uno mismo era posible, lo que fue otra de sus destrezas. Siempre dialogaba consigo misma cuando jugaba, cuando trepaba los árboles, cuando escudriñaba el cielo estelar o, incluso, cuando su madre la sujetaba por el brazo y la encerraba en el cuarto donde un monstruo sexual asediaba su inocencia en la orilla de la cama, completamente desnudo para hacer de ella lo que quisiera.

Tal diálogo interior la remitía a un río de recuerdos; algunos momentos bellos, algunos otros oscuros. Recuerdos de cuando tenía dos años y sus labios eran tan rojos como el betabel; cuando elevó ese papagayo que se perdió en el cielo; cuando daba vueltas hasta treinta veces alrededor de su casa sin parar; cuando se recostaba a la orilla del río Mezcalapa sobre unos costaneros simulando ser su cayuco; cuando subió al árbol para ver el cometa Halley; cuando aprendió a identificar ciertas constelaciones; cuando atrapó todas esas iguanas sobre los árboles y los pochitoques a la orilla del río; cuando su madre la lanzaba por su antebrazo al cuarto para apaciguar las temperaturas de hombres sin almas, compensada aquella por ciertas sumas de dinero.

Cuando dialogaba en el tiempo, siendo ella misma su propia interlocutora, recordaba cómo desde pequeña corría y corría atajando el aire fresco de la mañana con su cuerpo semidesnudo, cuando sus rizos apenas le rozaban los hombros y su cuerpo era el de una niña feliz de tres, cuatro y cinco años hasta que a los seis su madre comenzó a destejer su honor. Hacía memoria de aquella alegría que la inundaba antes de los seis; se reproducía en sus recuerdos una sublime sonrisa emitida a la edad de preescolar adornada de unos labios rojos que se movían en sincronía con sus hondos hoyuelos.

Yo vivía frente a su casa, cruzando la calle, del lado opuesto al río. Su nombre de pila era Andrea, y era de mi edad; ambas nacimos en el setenta y ocho. Su madre dejó de mandarla a la escuela desde antes de finalizar el primer grado, es decir, a los seis años, y desde ese tiempo convivir con ella era posible sólo a hurtadillas. Ella me llamaba Dina, por Amadina, y a veces, cuando su madre se descuidaba, yo me lanzaba a su patio y le hacía compañía arriba de los árboles de castaña o mango, contemplando el cielo, hablando sobre el río, los papagayos, las constelaciones, los cometas.

Por mi parte, sólo conservo estos únicos recuerdos de ella, de su fugaz vida. Corría el año del mil novecientos ochenta y ocho en pleno otoño —ella y yo de diez años— cuando pasada la media noche su casa se llenó de peritos policiales y ambulancias. Yo corrí —y mucha gente de los alrededores también— desesperada hacia su patio, casi hasta la orilla del río donde la Semefo había acordonado un área de diez metros.

Andrea, mi añorada amiguita, estaba tendida sobre unos costaneros, con la posición del remador de cayuco que se dispone a ir por las mojarras, apostada como las prendas sucias que su madre tallaba, con sus piernas flexionadas hacia atrás y su cabeza reclinada sobre un grueso tronco seco, con las palmas de sus manos abiertas y extendidas, la derecha ligeramente encorvada hacia atrás, como si se dispusiera a cachar un gran garrobo, mirando por muy encima del cielo noreste; sus ojos aún abiertos y su boca emitiendo una ligera sonrisa apagada que sincronizaba con unos hondos hoyuelos.

A veces alucino verla correr en calzones y sin blusa alrededor de esas ruinas de madera.

Días después se supo que Andrea llevaba ya muerta seis horas en el instante cuando se montó el operativo forense. Su madre, acorralada por un cuerpo de seguridad, respondía a los interrogatorios de los agentes sobre los supuestos hechos. Recuerdo haber cruzado al patio con la misma rapidez como cuando lo hacía de contrabando para subir al mango o castaña donde ella me esperaba para reanudar la búsqueda de la Andrómeda. Llegué hasta justo el cordón amarillo, casi a seis metros de su cuerpo sin vida, y la vi; allí estaba todavía con el calzón enrollado hasta las rodillas, sus piernas desnudas mostraban moretones como de forcejeos; descubierta totalmente de arriba, sus pezones estaban circunvalados por otra decena de hematomas, evidencias de un acto de violación que involucraba, por lo menos, a tres sujetos nunca identificados.

Todo lo referente a Andrea ha desaparecido de la memoria vecinal. Hoy, ella tendría cuarenta años y nadie la recuerda. Sin embargo, la casa de madera de palma real que un día habitó con su madre aún dibuja desde lo lejos, con todo y sus paredes mutiladas, una estructura hogareña de los ochenta. Los mangos y castañas fueron sucedidos por otros de su especie más contiguos a la semicasa y menos frondosos. Los campanarios de Nuestra Señora de los Remedios se miran cada vez más claros sin necesidad de elevarse tanto sobre la superficie de la tierra. El río sigue empujando sus aguas hacia el municipio del Centro. La Andrómeda, que gira alrededor de la estrella Polaris del norte, sigue visualizándose cada noche de verano y otoño. Los niños siguen elevando sus papagayos en el alto cielo.

A veces alucino verla correr en calzones y sin blusa alrededor de esas ruinas de madera; entra a su casa y en unos segundos vuelve a salir hacia los árboles del fondo del patio; después, desde lo lejos, torna su mirada hacia mí, corre al punto en la calle desde donde estoy observándola, se para frente a mí, me toma de mis manos como queriéndome revelar una aventura, se asombra de cuánto he crecido, me sonríe; sus labios se fruncen en sincronía con sus hondos hoyuelos, sus ojos café claros reflejan la noche estrellada, sus rizos son ondeados por el viento del norte; pero, luego, la tierra de su cara va removiéndose poco a poco como polvo hasta desvanecerse ella misma.

Cuando Andrea se ha ido de mi fantasía y mis manos ya no sienten su apretón, cuando se desfigura como la Andrómeda en el invierno, cuando desaparece como el papagayo cortado con el filo de la desmemoria, entonces las aguas detrás de la vieja estructura de tablas vuelven a encresparse y a rugir, el patio de su casa desaparece de nuevo junto con los árboles cerca del río, su casa vuelve a ser roída por un borde de zacate podrido arrastrado por la orilla de la corriente. Hoy, cuando Andrea, mi andrajosa, tendría cuarenta años, nadie la recuerda, repito. Sin embargo, yo la sigo viendo que corre y corre, que sus rizos se ondean en el aire, en mis recuerdos.

Oveth Hernández Sánchez
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