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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El jardín de Fante

jueves 15 de julio de 2021
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Busqué a esa mujer en la ciudad y en algunos pueblos de los alrededores. Cuando me percaté de la extensión del mundo, intuí que nunca la encontraría. Fue entonces que me descubrí en Barcelona, detenido ante un semáforo en rojo, en mi viejo Renault-4. Me gusta respetar la geografía de las pizarras, desplegar los planos y trazar rutas alternativas. Visitar, si es posible, iglesias, museos y palacios. Aunque también me seduce la convivencia con lo prohibido, esos antros donde gobiernan la música y el altercado. Durante el viaje pensaba en las casualidades y en la absurda tendencia a prometer ante los muertos. Como si no supiéramos ser fieles a los vivos y sus costumbres avaras. Aparqué el coche a las afueras y cogí el metro, ese gusano subterráneo que baila al ritmo de melodías caribeñas. Allí íbamos, apretujados, soportando las prisas y los nervios ajenos. Llegado al barrio de Gracia, busqué un bar de mi agrado, respetable pero no caro, lo cual resultaba imposible. Rechacé el vaso, cogí el botellín de cerveza y me senté en una de las mesas, para hacer recuento de mis bienes. El depósito de gasolina, lo había comprobado antes, se encontraba mediado, y el capital en euros comenzaba a escasear sin remedio. Fue allí, como podía haber sido en París o en Manzanares, que pensé, rara vez lo hacía, en mi futuro. No quise decir destino porque, ese, de sobrevivir o existir, vestiría seguramente una toga y ejercería de juez indulgente y preocupado por regresar a casa antes de cometer el delito.

Por encima de todo deseaba vivir, extrayéndole el jugo a la vida, moviendo una pieza, el caballo o la dama, que diese el jaque definitivo. Deseaba arder por dentro y ser marea y lado oculto de la luna. Eso hacía que no me importase el dinero o la gasolina. Que, en ocasiones, dejara de comer porque, realmente, no había comida. Tampoco despreciaba dormir al raso, protegiéndome en algún columpio del parque. Intuía que mi nombre, por sí solo, no era nada; necesitaba de matizaciones, de alguna adoración o alguna dádiva. Mi abuelo también se llamaba Amancio y mi tío, su hijo, que para distinguirse se hacía llamar Ancio. Por aquel entonces era típico poner el nombre del abuelo a los nietos, al primogénito, y así fue que me bautizaron bajo el nombre de Amancio.

En una de las paredes del bar colgaba un cuadro de Modigliani. Una mujer tumbada se cubría el sexo con una mano, sobre un fondo oscuro. Pensé en el pintor y sus intenciones. Atrapar las sensaciones del momento con una pincelada larga. La cerveza tenía un toque amargo. No podía permitirme otra, de modo que fui apurándola lentamente. Extraje del bolsillo mi libreta, con las tapas desgastadas, y busqué una página en blanco. El poema llegaba en cualquier momento, ingobernable y tozudo. Llegaba en forma de barro, para moldearlo y darle forma. Dos revistas literarias solían publicar mis poemas y relatos, y cuando llegaba el cheque lo celebraba alardeando de mi reputación. Invitaba a cerveza o whisky y entonces sí, entonces me convertía en un buen tipo de cara a la galería. De manera que acababa borracho, solo y sin dinero. Ni siquiera me sentía mal. No creía en las relaciones; ni en la amistad o el amor. Hangares vacíos, sacudidas de polvo en un espacio delimitado por cuatro tablas y unos clavos.

Como Bukowski, yo también era un hombre de piernas.

Las grandes ciudades ofrecen diversas posibilidades para los pobres y los mendigos. Hay más turistas, más gente desconocida a la que pedir una moneda. En las últimas páginas de la libreta conservo anotados varios teléfonos, de los que tiro en las emergencias. Los nombres de mis futuras intenciones figuran desordenados y repletos de tachones. Encontré el teléfono de John Fante, del que había leído Pregúntale al polvo, y decidí llamarle. En un principio no me reconoció, pero finalmente me citó, esa misma tarde. Anoté sus señas en el margen de la misma hoja en la que había escrito que todo cuanto se pierde regresa bajo la piel de un destino prematuro.

Pensaba yo en el metro, atento a la parada, en ese submundo de velocidad y choque de hombros, de carteles publicitarios y periódicos gratuitos. La dispersión, la variedad de gente que se amontonaba en los vagones. Me dio por mirar con disimulo las piernas de las mujeres, sin ninguna otra intención que admirar la belleza. Como Bukowski, yo también era un hombre de piernas.

Se lo dije a Fante, una vez localicé su casa y me abrió la puerta. Me saludó con cierto desparpajo y, sin preguntarme nada, me lanzó una lata de cerveza. Suponía un buen comienzo. La casa era pequeña pero tenía un patio en el que destacaban dos plantas de marihuana. Nos sentamos en las envejecidas tumbonas de toldo azul y le hablé de las piernas de las mujeres.

“Soy un hombre de piernas”.

“Los bombones también son hermosos, y caros. No molestan tanto como las mujeres, acaso algún dolor estomacal”.

“Esas plantas de marihuana son enormes”.

“Son unas Grow Report y en su genética se encuentra la famosa Rosetta Stone. Es una planta fuerte y resistente, de cultivo fácil. Agua y abono de vez en cuando, no tiene más secreto. Toma, enciende el canuto y prueba. Cosecha del año anterior”.

“¿Dos plantas para todo el año?”.

“Siempre hay algo más por ahí, pero no hagamos apología, Amancio”.

Fante escuchaba música de Lou Reed mientras bebía cerveza y tecleaba en el ordenador. Le anuncié que la cena estaba preparada y, con su parsimonia, se avino a dejar su trabajo. No sé en qué andaba metido, inmerso en alguna novela de la que no me desveló nada. Decía que traía mala suerte, que su camino siempre fue solitario y que así seguiría siéndolo. No era persona de quebrantar costumbres, aunque odiase algunas leyes y lo proclamase como una plegaria o la lluvia en abril.

Después de cenar me propuso ver la película Léolo, una fantasía poética, según Fante. Un niño que, sospechaba, nació de un tomate. Antes de visionar la película dirigida por Jean-Claude Lauzon quise narrarle mis peripecias de la tarde anterior, a lo que asintió. Arranqué diciéndole que me colé en el tren de cercanía y me dejó en el barrio de Gracia. Tomé una cerveza de tres cuartos en el primer bar que encontré, no pude decirle el nombre, como tampoco supe dónde tomé la segunda cerveza. Tampoco importaba en exceso. Llevaba yo mi libreta y anotaba ideas; algún verso o algún pensamiento. Escribí: esos individuos que tatúan las almohadas, inconscientes, que gozan de un sueño que luego no perdura. Lo dejé ahí, como el resto de notas, en un barbecho que seguramente duraría años, hasta acabar en el olvido.

Levanté la vista y me fijé en una mujer que iba de mesa en mesa, vendiendo poemas y relatos. No suele gustarnos la interrupción, cuando uno está hablando con su pareja, con el amigo o, simplemente, monologando. Tal fue mi caso, atento como estaba al movimiento de las personas. Ese ir y venir de tanto espíritu contradictorio. Detenía mi mirada, de vez en cuando, en la reproducción de una fotografía de Brassaï. Y me adentraba en las calles de un París al que, siempre dije, regresaría.

Le confesé a Fany —así se llamaba la mujer que ofertaba sus creaciones— que no podía comprarle el último relato porque no tenía dinero. No importa —contestó, y desapareció camino de la barra, para regresar al cabo de cinco minutos con un par de cervezas. Me dijo que escribía relatos y poesía. Me guardé mucho de contarle mi historia literaria, mi esperanza última puesta en un libro, que pensaba escribir a raíz de mi nombre, un nombre que provocaba extrañeza y cachondeo, a partes iguales. No hubo manifestaciones de arrogancia ni propósitos extraños en aquel encuentro, casual a todas luces y, sin embargo, necesario.

Me gusta escribir, es cierto, y puedo pasarme horas y horas dedicándome a ello. Pero luego salgo y abandono la condición de escritor en el estudio. Escritos de mi mocedad, que casi siempre acababan en nada, en proyectos de futuro. Tiempos para satisfacer y domesticar el ego, leyéndonos poemas, comentándolos, fingiendo entender cada metáfora. Memorizaba una cita, qué sé yo, cualquiera, escogida de un libro al azar: “Aprendemos a demostrar nuestra amistad a la gente durante su vida y no después de muertos”, del libro El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. La memorizaba y me unía, con ello, al grupo de los vanidosos. En una de las tertulias me repetí por tres veces y sentí las miradas críticas de los otros contertulios. Dejé entonces las citas y me fui convirtiendo en el hombre que soy, más práctico, menos poeta. Alguien seguiría salvando a la reina, mientras tanto.

Hay luz y música en todo. Es importante lograr que el sentido se altere para percibir lo que nadie nos advirtió.

Decía que no me gusta saturarme hablando sin parar de literatura pero con Fanny cometí el error de opinar que no me atraía la atadura de la métrica. Me contestó que con eso renunciaba al soneto, que tal vez lo despreciara y que, seguramente, no sabía escribirlos. Guardé silencio y esperé que las aguas se calmaran. Al fin y al cabo, nadie iba a convencer de nada al otro.

Fante escuchaba con atención mi historia, sin hacer preguntas, asintiendo de vez en cuando. Me hizo un gesto con la mano, para que me detuviese en la narración, y salió del cuarto para regresar con unas cervezas. Se encendió un porro y me animó a continuar, si bien me previno que conocía el final de mi historia. Que es difícil encontrar historias que no concluyan en A o B, que muchas son lineales, sin espíritu, sin ritmo ni musicalidad. Tenía razón Fante, aquella historia sólo escondía dos finales y ambos eran previsibles. Y no podía hacer nada para evitarlo.

Me gusta transmitir al lector el ambiente que me rodea. Hay luz y música en todo. Es importante lograr que el sentido se altere para percibir lo que nadie nos advirtió. Conseguir transmitir el frío o el calor, la angustia o la alegría. También el entorno; las plazas de toros, los cafés y los cines, las autopistas o las fuentes. Sembrar a lo largo del texto todos los sentidos. Crear música en la mente del otro y en la nuestra.

La noche se impuso en el cielo de Barcelona y le seguí narrando —o divagando— a mi amigo Fante. Estuvimos viajando bajo tierra cosa de diez minutos, hasta llegar a un barrio que yo desconocía. La iluminación era allí más tenue que en el barrio de Gracia. Fanny se acercó hasta un cajero y sacó lo que todo cajero ofrece, dinero y la oportunidad de que te roben. Me confesó que era lo que iba ahorrando con la venta de sus escritos, sin ninguna intención, para imprevistos como este. No muy lejos quedaba un restaurante chino, El Jardín Zen, o algo por el estilo, donde Fanny me invitó a cenar. A estas alturas Fante se mostraba algo inquieto, a la espera de que yo concluyese la historia. Al verle tomar un sorbo de cerveza, le imité y aproveché para sacar un cogollo de marihuana que una pareja joven me regaló, de regreso en el tren. Pero esta es otra historia que, supongo, Fante no querría escuchar. Tampoco ocultar.

Había algo de tristeza, flotaba la melancolía en el ambiente de aquella precaria casa, como si hubiesen golpeado con un martillo los relojes guardándolos en una botella. Estaban reformando el piso y se veía el cemento, ladrillo, cables sueltos y, de nuevo, la tristeza. El padre de Fanny, me contó, tenía bastante dinero y sometía a su hija a una estricta y frugal supervivencia, a un control metódico para que la escritora no se desmadrase. Fue por mi culpa, lo reconozco, que ella bebió alcohol aquella tarde, durante aquella cena. Me dijo que un hombre como yo no le convenía. No le contesté nada, porque sabía que era verdad. Su mesa de trabajo, colindante al dormitorio, al que había que subir por unas escaleras, era diáfana y se encontraba ordenada. Una vieja impresora de tinta, un ordenador de sobremesa, papeles y bolígrafos desparramados. Mientras ojeaba alguno de sus escritos, algunos poemas, advertí que tomaba su medicación, y recordé algo que me dijo mientras viajábamos en metro. “Una noche, no hace mucho, me desnudé en la calle y fui de comercio en comercio, gritando, hasta que me detuvieron y me ingresaron en el hospital”. Imaginé la escena en un invierno crudo y no quise preguntarle si también iba descalza.

A estas alturas de la narración, Fante, acomodado en la cama, abrió otra lata de cerveza y me convidó a continuar con mis hazañas. Yo me encontraba sentado en el suelo, desde donde le miraba, preguntándome cuánto tiempo aguantaría sin dormirse. Ten en cuenta, me dijo, que la mayoría de las historias, de alguna manera, convergen. Piensa entonces en el ritmo, si eres capaz de conseguir un buen estribillo. No comprendí entonces aquella comparación con la música y opté por seguir narrándole mi historia.

Fanny se desnudó por completo y pude apreciar un cuerpo duro, fibroso, sin llegar a una musculación excesiva. Supo que la miraba y no objetó nada, más bien sonrió para sus adentros y se metió en la cama. Por mi parte, me despojé de los pantalones y la camiseta, quedándome en calzoncillos, que por suerte me había cambiado esa misma mañana, y me acosté a su lado. El silencio rondaba la habitación, y me llamó la atención no escuchar los sonidos de la noche; las ambulancias tristes, los taxis a la carrera, los borrachines, de regreso.

Hablamos un poco. Me preguntó por la hora en que pensaba yo marcharme de allí. Le contesté que temprano, que no deseaba empachar una historia que, a buen seguro, terminaría en nada. Mi búsqueda iba a continuar, lo supe, más allá de la ciudad de Barcelona, de la que pensaba partir en breve, dejando tranquilo a Fante y a una Fanny con su literatura.

Dormir no supuso un acto heroico aquella noche. Ella se mostró desvelada, aunque estoy convencido de que no desconfiaba. Yo me mantuve en un duermevela que me permitió visualizarlo todo, escuchar los leves gemidos de las paredes, el cemento, los cables colgando, el crepitar de la hoguera. Llegué a sentir su piel en algún momento, suave, eléctrica, pero ninguno hizo amago de intentar conquistar al otro. Esa tristeza que lo invadía todo firmó una tregua que duró hasta la madrugada, cuando me levanté para bajar al servicio y vestirme. Nos despedimos con un beso que también fue triste, creyendo que, de alguna manera, volveríamos a encontrarnos, aunque en el fondo ambos sospechábamos lo contrario.

Hazme caso, chaval, no te conviertas en el personaje de tus relatos o de tu novela. Es lo más triste que le puede suceder a un escritor.

En la calle, toda aquella tristeza que me perseguía desapareció. Me encaminé hacia la boca del metro, sabiendo que me tocaba saltar el torno, y cogí un periódico que alguien había dejado en el banco. Fante sonrió y se dispuso a poner la película Léolo. Antes de que apareciesen los créditos, como una manada de haikús, me dijo: no me esperaba otra cosa acerca de tus andanzas, veamos ahora otra. La historia de un niño que cree nacer de un tomate. Fante resumió en una frase lo que yo pretendí en un extenso y aburrido párrafo.

Durante el mes de estancia, Fante me describió muchos aspectos de la literatura. Recuerdo unas palabras que me dijo, sobre el personaje. “Que sea más canalla de lo que tú eres. Envuélvelo en misterio, otórgale virtudes que tú no tienes, ponle un defecto que tú tampoco posees. Hazme caso, chaval, no te conviertas en el personaje de tus relatos o de tu novela. Es lo más triste que le puede suceder a un escritor”.

Al coche le costó arrancar, aquella mañana plácida de setiembre. Fante se despidió intentando explicarme que todo el mundo es cruel. Que la crueldad es signo distintivo del ser humano, un pasaporte que traspasa toda lógica y razón. Mascaba este pensamiento cuando divisé la Sagrada Familia, el andamiaje, y supe que andaba perdido. Sin rumbo ni dirección alguna, decidí viajar hacia el sur, hacia mi ciudad, pasando primero por San Sebastián, donde conocía a Camilla, es cierto, como el personaje femenino de Pregúntale al polvo. Fante estaría encantado con esta coincidencia. De su ficción a mi realidad. En el fondo la misma cosa.

Creo que mi búsqueda hubiese cesado de haber aceptado Camilla mis sueños, mis pretensiones por vivir juntos. Era Camilla, a pesar de todo, una completa desconocida. Un capricho demasiado bueno, demasiado breve. Me amoldaba a sus horarios, extraños, a esa locura por vivir la lectura, los personajes, los escritores. En cierta ocasión que fuimos a Zarautz a pasar el fin de semana, jugamos durante la conducción a reinventar las vidas de los personajes que ocupaban el maletero del coche. Como si fuesen maletas imaginábamos a Bukowski, a Céline, a Kurt Vonnegut arracimados en la trasera del coche, charlando entre ellos, gritándonos alguna frase que, casualidad, ya se había escrito. Bebían y fumaban, gritaban, ya lo dije, porque la sensación de estar vivos de nuevo les agradaba, les inquietaba y cada cual presumía más ante nosotros, exagerando sus vivencias con anécdotas imposibles. Héroes —exhortó Vonnegut—, a los ojos de Dios y los hombres, a pesar de no ser sino ficción que rompe los moldes de una realidad que no se quiere vivir. Nada se quiere vivir cuando se sospecha de su inutilidad.

Presentí que algo andaba mal en el coche. Y así sucedió. El motor fue perdiendo potencia hasta detenerse. De ciento veinte a cero kilómetros por hora en pocos segundos, como un aterrizaje forzoso en la nieve. Tuve tiempo de orillarlo en el arcén, donde intenté arrancarlo de nuevo, en vano. El embrujo de la ciudad, su noche, el jardín de Fante, se desvanecían en aquella carretera, a poca distancia de Barcelona. No importaba lo poco del trayecto recorrido, me encontraba expuesto al hambre, el sueño; a la intemperie. El tiempo cercando las costumbres, censurando los malos hábitos, cambiándonos la vida por una canción de Tom Waits o Elliott Murphy. Esa era la carretera aquella mañana de setiembre, una completa desconocida que pretendía chulearme la cartera y los bienes.

Tuve la precaución de conservar saldo en el teléfono móvil, lo que me permitió llamar a la grúa, que tardó en llegar cerca de una hora. Después de hablar con el conductor, un hombre de cara enrojecida, introduje las cosas del maletero en una mochila. No pude guardarlo todo, había demasiadas cosas esparcidas y desordenadas. Una impresora, por ejemplo, que encontré en las basuras pero funcionaba. El encargado de la grúa enganchó el coche y lo elevó a la plataforma del camión. Para él, resultaba aquella una maniobra sencilla, monótona, mecánica. De eso me habló, de la costumbre, cuando emprendimos la marcha para detenernos, de nuevo, en un pueblo del que no recuerdo el nombre. Todavía en la carretera, en un desvío que permitía el giro en dirección contraria, me entregó unas hojas y me indicó que fuese a la oficina que la compañía tenía a las afueras. Le firmé el papel de recogida y se despidió deseándome suerte, como si yo fuese a participar en una maratón importante o atravesar el Ártico con un trineo arrastrado por perros esquimales.

El autobús, después de viajar toda la noche, me dejó en la estación de San Sebastián a las nueve de la mañana. Recogí la mochila amontonada dentro de la portaequipajes y, guiado por la torre de la catedral, me dirigí hacia el centro. Conocía un poco la zona, de visitas anteriores, de haberme encontrado con Camilla en un pasaje cercano a la catedral y la FNAC, una enorme librería. Recordaba y deseaba volver a mirar a los ojos al Sagrado Corazón, una figura que irradiaba vida y paciencia, quietud y, en cierto modo, sosiego. Al menos a mí me lo parecía, cada vez que me sentaba, ladeado, y rezaba a mi modo, y hablaba con él. No tenía nada que agradecerle, después de todo lo que le había pedido, y reparé en que era esta una actitud demasiado egoísta. Él aguardaba allí, estático, sin poder hacer nada, aparentemente, y yo le exigía, quién sabe si tonterías avocadas al vicio o el capricho.

La gente pasaba muy cerca y yo extendía la mano, dejando la palma hacia arriba, mirándoles con aflicción y sed.

Me encontraba en forma por aquel entonces, y la mochila no me pesaba. Avanzaba pensando en mis problemas. El R-4 averiado, en un taller de Sant Cugat, la batería del móvil a punto de perecer, el escaso dinero en mis bolsillos, el cansancio. Camilla, que sabía de mi llegada, no podía verme hasta las seis de la tarde. Camilla trabajaba en una empresa de transportes, en las oficinas. Camilla no me habla mucho sobre su trabajo, y yo tampoco le pregunto. Existe una especie de barrera que me coarta y delimita su intimidad. Que la hace suya, propia, misteriosa, a veces. Por el contrario, me atrae y me seduce nuestro juego de presentes vividos como nunca he sabido con ese tiempo verbal. Una mujer que es capaz de soñar, como yo, con autores muertos, escritores que viajan con nosotros en el maletero del coche, como si viviésemos en otro mundo, paralelo, más selecto, menos proclive al desastre.

Pensaba pedir dinero a la puerta de la catedral pero dos gitanas la ocupaban y me lo negaron. Traté de negociar con ellas, diciéndoles que sólo sería por un día, pero se enervaron igualmente mandándome a lugares poco agradables. Así que les di la espalda y me senté en las escaleras de piedra, como un amante impreciso, como un fotógrafo de naturalezas muertas, esperando a que alguien me diese una moneda. La gente pasaba muy cerca y yo extendía la mano, dejando la palma hacia arriba, mirándoles con aflicción y sed. Eso era lo que me apetecía en realidad, largarme al bar de enfrente para tomarme unas cervezas. Hice un recuento de mi economía y comprobé que apenas me llegaba para un par. Tampoco tenía tabaco, sólo un porro, cosecha de Fante, que conservaba para momentos como este.

Al cabo de dos horas todas las personas que pasaban me parecían la misma. La elegancia de sus ropas, sus vestidos, los anillos y relojes que no encajaban con sus rostros ásperos, sus labios tensos, con su hipocresía. Te miraban directamente, a veces de reojo, y veías en sus ojos odio, desprecio, un malestar tan áspero como lengua de gato. Personas que se comunicaban con sus iguales y despreciaban la suciedad, los mendigos, los imprevistos. Personas que rezaban y comulgaban y viajaban en primera clase y frecuentaban clubs selectos a las afueras.

Una señora de setenta años pasó a mi lado e irguió el cuello como un papagayo, vestida de traje, como si acudiese a un funeral, y murmuró algo sobre los vagos y el trabajo. Miré hacia el cielo y vi entonces la mano de Dios, las nubes escasas, y el destino como tablero de juego que no contaba con la casilla de partida.

No pude leer el mensaje que me envió Camilla, donde me decía que llegaría a las seis, porque me había quedado sin batería en el teléfono. Quedaban dos horas y aunque permanecía sentado en el mismo sitio, había desistido de continuar pidiendo monedas. Me empezaba a preocupar el comportamiento de la gente, tan hostiles, tan voraces. Jugué a pensar rápido, situaciones, objetos, sentimientos, todo aquello que la mente arrastraba como una marea: la rumba catalana, Camarón, las nanas de la cebolla, la madre, el adagio, la madre Teresa de Calcuta, taladros, la penicilina, el eco de las distancias, el olvido, Hunter S. Thompson, la bencedrina, la ayahuasca, tambores de guerra, los recitales de poesía, el infierno, Dante, el pescado congelado, la desidia, el protocolo, la NSA, la cabaña de Henry David Thoreau, las pestañas, el cuero, la mitología, las ventanas. Y pensé que de alguna manera, todo llegaba, el dinero, el alcohol, las mujeres y la fama. Algún día se detendría el destino, la mala suerte o, simplemente, la mano de Dios dejaría de hacerme sombra.

Cuando Camilla llegó, algo tardía porque hubo de aparcar el coche, nos besamos en los labios. Seguía llevando el pelo zanahoria y pensé en la señora de setenta años, ejerciendo de peluquera en otros barrios, mirándonos con descaro y desconfianza. Me alegró ver a Camilla y estoy seguro de que lo proyecté en mi sonrisa, en el temblor de mis labios, en lo idiota de mi expresión. Le confesé la verdad sobre mi situación y me invitó a pasear por esa ciudad señorial, casi desconocida para mí, tan elegante. Nos acercamos al paseo marítimo y desde allí enfilamos en dirección al Peine de los Vientos. Hablábamos del presente y sus muchas posibilidades, de nuestros autores en el maletero del coche, de pasar un fin de semana juntos, preparar una parrillada. Habíamos andado ya un buen trecho cuando se detuvo y me habló:

“Conozco un sitio donde ponen muy buenas hamburguesas”.

“Ahora mismo mi hambre no tiene límites”.

“Es cierto que trepaste a un árbol, desnudo, y comenzaste a declamar poesía”.

“Eso es más leyenda que otra cosa. Pero sí es cierto que una noche acudí a una comisaría para denunciar la desaparición de mi propio cadáver. Además, el escritor debe desnudarse de otra manera”.

“¿De qué manera propones?”.

“Sutil, sin que se sepa que es él”.

El dolor se hace necesario para alcanzar el vértigo de la soledad y así aceptarla. La soledad precisa para amar y no amar, para el olvido, la lejanía de la certeza. Son precisos los lobos en el estómago, para conocer luego los hábitos amables. Entonces, cuando ya no sientes nada y estás solo, descubres la voz de todas las músicas, la improvisación de los carteros, el aliento de los relojes, la desilusión del niño, el apéndice de los libros, la templanza; alejado de la manada para siempre.

Nadie sabía que me encontraba allí y la mayoría de la gente gozaba de una velada amable en sus casas. O eso quise pensar.

No sentí nada en ese momento, cuando Camilla se despidió en el parque, iluminada la noche, quedando conmigo a la mañana siguiente. No sentí nada porque la adoraba y no veía las contraventanas, los sumideros, las cañerías. Tal vez me había forjado yo una idea equivocada, fuera de lugar. No sabía nada acerca del amor, se presuponía como una inmensa piscina a la que me arrojaba de cabeza, me golpeaba, y volvía a lanzarme, esta vez desde el trampolín de diez metros. Nunca recibí tantos golpes. Entonces, lo supe después, la violencia de la locura acaparaba y ocupaba mis campos cognitivos, mi creación, mis dudas y anhelos. Mi esperanza.

Cuando me instalé en lo alto del columpio, con los pantalones mojados, me acomodé doblando las rodillas y apoyé la cabeza en la mochila. Era una cabaña diminuta, con su tejado de colores, a la que se accedía por unas escaleras o por un tubo por el que luego podías deslizarte. Encendí el porro y me acordé de las noches en casa de Fante, las conversaciones, las películas o el silencio, simplemente. Poco a poco me fui relajando, moviendo los hombros, y decidí quitarme los pantalones. Me cubrí las piernas con un jersey que guardaba en la mochila y comencé a sentirme mejor. Me dejaba vencer por el sueño, un momento, pero cualquier ruido me devolvía a la realidad de la noche, al instante en que juntaba las rodillas y las apretaba para proporcionarme calor.

La noche avanzaba lenta y no me importaba. Nadie sabía que me encontraba allí y la mayoría de la gente gozaba de una velada amable en sus casas. O eso quise pensar. Como también pensé que mi vida era un caos, un deambular por la geografía buscando techo, aunque fuera el de un columpio. Tampoco es que estuviera aquí por gusto. Camilla me deslizó, antes de irse, unos billetes, para que buscase alguna pensión. Subí las escaleras de la primera que encontré y llamé al timbre. De las profundidades de la puerta surgió una señora canija y mal encarada que, después de mirarme de arriba abajo, me dijo que no disponía de habitaciones. Supe que mentía, lo supe por su cara, por sus gestos y su arrogancia. Me giré, sin decirle nada, y me alejé de allí sabiendo que esa noche las pensiones me tenían prohibida su entrada. San Sebastián, me dije, la puta más lujosa que haya conocido; no te conformas con una buena conversación, con algo de cava, con dinero; necesitas algo más, algo que yo nunca podré darte.

Entonces lo supe, en el silencio fingido de la noche, que mi búsqueda del amor único reflejaba una carencia, algo inexacto: también, tal vez, aquello por lo que bebía sin control, para olvidarme de las dudas. Algo se estaba gestando en aquel columpio aquella noche, algo que forjaría mi carácter y lo definiría a largo plazo. Amaba a Camilla, pero ella no se prestaba al compromiso y, seguramente acertaba, viéndome balancear la vida como la carcasa de un yoyo. Me quería a su modo y a mí no me bastaba, aunque lo aceptase. Dejarla atrás supondría renunciar a toda búsqueda, pero no me quedaba más remedio que sanar mis intenciones, mis hábitos, mis pertenencias. Todo desfigurado desde la óptica de los alcoholes. Este era el resultado, un tipo en calzoncillos, los pantalones húmedos, medio cubierto por un jersey en lo alto de un columpio de niños. Este era el cuchillo sin filo, la noticia sin titular, la modelo cubierta de cal, el interior de los charcos.

Tenía razón, y todo aquello que pensaba también me dolía. Amaneció con una suave línea azul sobre el horizonte. El tráfico de coches y autobuses fue incrementando su volumen, el sonido del claxon y los motores. El rocío lo cubría todo: la arena de la playa, la hierba de los jardines, los tejados y mis pantalones continuaban húmedos. Me los puse, a pesar de todo. Habilité la mochila y descendí del tobogán por la pequeña escalera. Una mujer pasó corriendo a mi lado, con un pulsímetro en el brazo y pequeños auriculares para la música. Ni siquiera reparó en mí. Avanzaba rápido. Estiré los músculos y moví las rodillas lastimadas, los talones heridos; me recompuse. Necesitaba moverme para entrar en calor. Busque algún bar abierto y decidir qué tomar. Porque de esa decisión dependía todo. Hasta las diez no me reuniría con Camilla, la Camilla que me quería y no me quería, que me admiraba y me odiaba, que me amaestraba y dejaba. Comencé a andar, eligiendo una ruta al azar, cuando algunos pensamientos todavía retumbaban en mi mente, intuyendo que esta mañana sería la última que nos veríamos.

Adolfo Marchena
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