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Náufragos

jueves 14 de abril de 2022

—…Pues claro, hombre, lo importante es pasar página. No puedes dejarte vencer por esa tendencia a encerrarte en ti mismo, es algo muy tuyo, Luis, y si quieres que te sea sincero, ahí está tu talón de Aquiles: demasiado cavilar, le das muchas vueltas a todo.

—Cada uno es como es…

—Ya, ya, y tú siempre has sido así, eso no admite discusión. ¿Te acuerdas cuando estábamos en la facultad, el berrinche que cogiste después que aquella chica te dio calabazas, aquella de Santoña, ¿cómo se llamaba?

—Gema, y era de Castro, no de Santoña.

¡Pero qué molestar ni qué ocho cuartos! Como si no supieras que puedes contar conmigo para todo.

—Gema, ¡claro! Bueno pues de Santoña o de Castro, igual da, una chica fenomenal, ¿eh?, me acuerdo muy bien, simpática, alegre… pero no estaba por ti, camarada, ¿y qué?, ¿se acababa el mundo por eso?, ni mucho menos, si lo que sobran son mujeres, te lo digo yo. ¡Pues lo fuerte que te dio!, como que estuviste varias semanas sin aparecer por las clases y luego nos enteramos por tu hermano Antonio de que te habías recluido en aquella casona que tenían tus abuelos en los altos de Brihuega, supongo que para meditar en la futilidad de la vida, ¿no?

—Juan, no sé a santo de qué viene recordar eso ahora, ha pasado mucho tiempo…

—Ya te digo, hombre… una friolera de años, pero tú no has cambiado y no te vayas a molestar ahora conmigo, conste que yo siempre te he tenido por un tío muy capaz, pero mira, tanto rumiar las cosas… qué quieres que te diga, Luis, en todo debe haber un término medio. En fin… Oye, qué casualidad habernos encontrado aquí, a ver si esta misma semana quedamos para comer y así podemos hablar tranquilos, ¿te parece?, a decir verdad tengo bastante lío ahora mismo pero, chico, tratándose de ti siempre habrá un hueco, los amigos estamos para ayudarnos, ¿no?

—Supongo, pero no quiero molestar a nadie con mis cosas.

—Y dale… ¡Pero qué molestar ni qué ocho cuartos! Como si no supieras que puedes contar conmigo para todo.

—Ya, pero…

—Pero, ¿qué?, ¿necesitas dinero?, dímelo sin rodeos, ¿eh?, no tendría nada de particular, después de quedarte sin trabajo y encima metido en líos de abogados por lo de Carmen…

—El dinero me tiene sin cuidado en este momento.

—Feliz tú… ¿entonces?

—Entonces, entonces… yo qué sé. Todo es una mierda…

—Bueno, hombre, no será tanto.

—¡Mierda y sólo mierda!

—Mira, Luis, quien más, quien menos tiene sus malas rachas, sus momentos de confusión. A veces parece… pues no sé, como si uno remara a contracorriente, como si el mundo se empeñara en oponerse a nuestros deseos… Sí, ya sé que a ti no te han faltado motivos de desaliento en los últimos años; primero fue la enfermedad del chico que os trajo de cabeza, luego la crisis de tu matrimonio y ahora, para colmo, vas y dejas tu trabajo en la universidad. La verdad es que no acierto a entender por qué lo has hecho, es de suponer que habrás tenido una buena razón…

—Una buena razón, cien buenas razones, un millón de buenas razones.

—Pues si no me dices más…

—Para qué entrar en detalles, no quiero aburrirte.

—Pues nada, hombre, guárdatelo para ti si así te quedas más satisfecho, pero escúchame bien: me parece absurdo que tires por la borda tanto como has conseguido en estos años. Por si no lo sabías, ilustre amigo, tú te has hecho un nombre, eres alguien a quien invitan a dar conferencias, se habla de tus ensayos, de tus novelas…

—Nada de eso es importante.

—¿Ah, no?

—¡Claro que no! Sólo es retórica, farsa…

—Pero, hijo de mi vida, ¿qué es entonces lo importante, según tú?

Yo, el supuesto creador, no hago más que manosear verdades a medias que otros se dedicaron a cocinar en su momento y al final llevamos todos grabadas a fuego.

—Lo que hago no tiene el menor valor.

—¿Cómo puedes decir eso? Tú eres un creador, basta con leer lo que escribes…

—Un creador, dices, ¡nada menos! Mira, no sé qué entenderás tú por creación, pero ¿sabes qué hay realmente mío, de mi propia cosecha, en lo que escribo? Te lo voy a decir: nada, cero.

—No se puede hablar contigo, lo sacas todo de quicio…

—Es lo único decente que se me ocurre hacer. Resulta que yo, el supuesto creador, no hago más que manosear verdades a medias que otros se dedicaron a cocinar en su momento y al final llevamos todos grabadas a fuego.

Pero, hombre, qué cosas dices…

—¡Sí, grabadas a fuego, como miembros que somos de esta insigne sociedad de borregos! Y la norma número uno de la misma, ¿cuál es?, no salirse jamás de los caminos por los que circula el rebaño.

—Luis, sigues siendo tan radical como siempre.

—Bueno, pues así puedo salvar algo de la quema: el derecho a ir por medio y ladrarle a la luna siempre que me venga en gana.

—Muy bien, pero nadie te niega ese derecho, ¿no? Por si no te habías percatado, en esta sociedad que tú tanto denigras cada cual es libre de expresar sus ideas, sean las que sean.

—¡Fantástico! ¿Y dónde están mis ideas?

—Hombre, tú sabrás…

—Yo ya no sé nada y lo poco que alguna vez he creído saber era sólo un montón de doctrinas al uso, gastadas, vacías. Me he quedado huérfano de ideas.

—Luis, con toda franqueza, lo que tú necesitas es tomarte un descanso… Oye, ¿por qué no haces un viaje? Si yo fuera tú no lo dudaría un momento, echaría cuatro cosas en la maleta y, sin más preámbulos, me perdería por una buena temporada en alguna de esas playas de arena blanca, con muchos cocoteros y jovencitas ligeras de ropa….

—No estoy yo para viajes.

—Bueno, pues al menos sal por ahí, no te encierres en tu concha, conoce a gente, búscate un buen ligue, todo menos seguir como estás. Hazme caso, empieza por concederte una tregua y luego, pasado un tiempo, te lo piensas todo con calma, ¿que sigues sin encontrarle sentido a lo que ahora haces? Bueno, no se acabaría el mundo, hay veces en la vida en que lo mejor es dar un golpe de timón, aunque sería una pena renunciar a lo que tú siempre habías querido llegar a ser.

—¿Y por qué tiene tanta importancia lo de llegar a ser algo?, ¿es que no basta con ser?

—¿Cómo dices?

—Pues eso: ser, no ser esto o aquello sino ser, existir.

—Pero, vamos a ver, digo yo que además de existir habrá que existir para algo, o sea ser algo.

—Sí, claro, y cuántas veces no nos habrán repetido de chicos la misma cantinela: ¿y tú qué vas a ser de mayor?, hay que ser algo en la vida…

—¿Y eso también te parece mal?

—Ni mal ni bien, lo sorprendente es que nadie se tomara por entonces la molestia de explicarnos lo más importante de todo: que la vida, nuestra vida, es algo que desafía al entendimiento y por ello vivir es… es enfrentarse con lo inexplicable, vérselas con la falta de soluciones hechas a medida y no va a dejar de serlo por muy competentes que lleguemos a ser en tal o cual campo…

—Bueno, supongo que tienes razón, pero no sé bien a dónde quieres ir a parar con todo eso. Sí, estoy de acuerdo, la vida es en el fondo un gran misterio, un problema de tal magnitud que por ahora nadie ha logrado descifrarlo…

—Ni creo que nadie lo logre nunca.

—¿Entonces?

—Entonces, tal vez no sea esa la forma de plantear la cuestión.

—¿Qué quieres decir?

—Que a lo mejor no se trata de descifrar nada sino de empezar por fin a entender que ese enigma es lo más real de nosotros mismos, lo único de verdad seguro, incuestionable.

—Ya… ¿y luego?

Pensar es demasiado doloroso, mirar las cosas como si uno se encontrara con ellas por primera vez…

—Luego… seguir ladrando a la luna.

—¡Pero, hombre, qué empeño el tuyo…!

—Sí, seguir ladrando con todas mis fuerzas, aunque me tomen por loco.

—En fin, no sería de extrañar que eso acabara ocurriendo…

—¿Y qué?, ¿le concedes tú algún valor a esa lucidez de autómatas que parece ser la máxima aspiración de la gente? Aunque, en el fondo, ¿quién puede sorprenderse de ello?, ¿a santo de qué empeñarse en hacer tabla rasa de todo?… Pensar por uno mismo, ¡vaya ocurrencia!, ¿qué pretensión es esa, si sólo se espera de nosotros el ser piezas bien articuladas de la colosal maquinaria que hace funcionar el mundo? No, pensar es demasiado doloroso, mirar las cosas como si uno se encontrara con ellas por primera vez… ¿cabe mayor despilfarro de energía?, ¿con qué objeto?, no hay razón alguna para desconfiar de todas esas ideas admirables que son garantía de progreso y felicidad. No, de ningún modo, nada de lanzarse a la búsqueda de mares desconocidos que el mapa de nuestro mundo está trazado con claridad meridiana. Además ya se ocupan otros de orientarnos a cada paso, no vaya a ser que alguno de nosotros yerre por cavilar más de la cuenta, ¿no es de ingratos y locos rechazar tanto desvelo? ¡Uniformidad por encima de todo…! Uniformidad, es decir sumisión, fe ciega en las luminarias que nos señalan el único camino verdadero, ahí reside la clave, el principio más sagrado que debe preservarse como sea, por la fuerza si es necesario, porque, ¡mucho ojo!, de otro modo nuestra excelsa maquinaria podría acabar por sufrir un daño irreparable…

—Demasiado sombrío me parece ese panorama, Luis, no creo que la cosa sea tal como tú la pintas.

—Pues no lo creas si así te quedas más tranquilo, yo no pretendo convencerte de nada.

—Hombre, eso ya me lo figuro. Mira, cada cuál es muy libre de tener sus opiniones, sean las que fueren, pero es que tú no dejas títere con cabeza y estarás de acuerdo conmigo en la importancia de razonar lo que uno dice…

—Razonar… no sé, en ocasiones me da por pensar que la razón tiene poco o nada que responder cuando nos hacemos cierta clase de preguntas. Y te digo más: estoy convencido de que al dejar atrás la infancia sufrimos una pérdida irreparable.

—Pues, francamente no sé qué pretendes dar a entender con eso…

—Perdemos un poder, una facultad misteriosa que nos permitía conocer las cosas sin saber aún explicarlas.

—Así que una facultad misteriosa… conocer las cosas pero sin conocerlas, vamos, todo muy claro…

—He dicho conocerlas sin saber aún explicarlas. Conocer lo que realmente son, al margen de cualquier análisis lógico.

—Pero eso es un completo sinsentido, una… cómo se dice, una antinomia.

—¿Lo crees así?, ¿nunca te has parado a pensar que de niños no tenemos aún conciencia de una identidad que nos separe del mundo? Sentimos ser lo mismo que los árboles y el cielo, que el verdor de la hierba o la voz del arroyo, ignoramos cualquier clase de límite o frontera; para nosotros, aquí es allí, ahora es siempre. Por eso conocemos sin necesidad de razonar, somos algo así como…

—Venga, hombre, sigue… ¿como qué?

—Como una ventana abierta de par en par, una ventana por la que penetrara a raudales la luz de ese mediodía intemporal de nuestra niñez.

—Vale, Luis, ¡genial!, suena muy bien, muy poético, pero digo yo que la gran capacidad imaginativa que tenemos en los primeros años de vida guarda poca relación con el conocimiento real de las cosas, porque, ¿qué son las fantasías de la infancia?, pues eso… sólo fantasías que en algún momento han de terminar aunque nos pese, ¿o es que vamos a seguir siempre siendo niños?

Deja ya de compadecerte, antes o después todo acaba por pasar, lo bueno y lo malo…

—Mira, por eso no hay que preocuparse, ya se encargan los mayores de meternos de cabeza en ese proceso sombrío, demoledor, de lo que se conoce como enseñanza.

—Bueno, es verdad que de niños todos aborrecemos la escuela pero de eso a tildar la enseñanza de proceso demoledor…

—¿Y no merece llamarse así algo que va poco a poco debilitando esa forma primera, espontánea, de mirar el mundo hasta que, con el paso de los años, no nos queda de ella más que una vaga añoranza? Mientras no empiezan a cuadricularnos con el aprendizaje estamos libres de la tiranía a la que luego nos someten los principios, las ideas, todo ese lastre propio de la cultura que nos ha tocado en suerte; no sabemos aún nada y, tal vez por eso, estamos muy cerca de saberlo todo.

—En fin, Luis, te lo he dicho antes y vuelvo a repetirlo una vez más: creo que le das demasiadas vueltas a las cosas…

—Será porque necesito encontrar algo firme a qué agarrarme.

—Venga, hombre, no exageres, ¡pues ni que fueras un náufrago! Deja ya de compadecerte, antes o después todo acaba por pasar, lo bueno y lo malo… Y hablando de pasar, no puedo creer que sean ya… las doce y media, ¡virgen santa!, ¿pero tanto tiempo llevamos de palique? Me vuelvo pitando al despacho que la semana próxima nos toca auditoría y el jefe está inaguantable, figúrate… pretende que le pasemos esta misma tarde la memoria anual con todos los informes, ¡ahí es nada! Me vas a perdonar, chico…

—Claro, no te preocupes.

—Oye, que ha sido un gustazo volver a verte… nos llamamos, ¿eh?, y arriba ese ánimo, Luisito, que tú vales mucho, te lo digo yo. Hasta luego, cuídate.

—Tú también, Juan, adiós.

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