correcciondetextos.org: el mejor servicio de correccin de textos y correccin de estilo al mejor precio

Saltar al contenido

Mare ignotum

jueves 11 de agosto de 2022

Una habitación destartalada con montones de papeles y libros apilados por los rincones. El mobiliario consta de una cómoda oscura, una estantería (en la que destacan varios tomos negros de una enciclopedia, una antología de la literatura clásica y un gran atlas con tapas de cuero azul), la cama, cubierta por una colcha con alguna que otra mancha aceitosa, dos sillas y la mesa de trabajo, situada junto a un balcón medio oculto tras visillos color ala de mosca. Sentado en la mesa, un hombre flaco, con barbita canosa y rostro macilento, se encorva sobre una pila de exámenes; de tanto en tanto, interrumpe la lectura y hace algunas anotaciones en rojo sobre los folios. Lejanas, se escuchan doce campanadas anunciando la media noche y el viejo profesor, tras apurar una taza de café que está a su derecha, bosteza varias veces, se levanta con algún esfuerzo dejando sus lentes sobre la mesa y descorre los visillos. Ha dejado de llover y en el cielo transparente, limpio ya de nubes, resplandecen miríadas de estrellas sobre un mar de tejados oscuros. El profesor se frota los párpados y bosteza de nuevo. Luego vuelve a colocarse los lentes y al coger uno de los volúmenes situados en la estantería algo cae al suelo. Entonces se agacha junto a la mesa y, rebuscando bajo los visillos, descubre una pequeña caracola.

EL PROFESOR: (Pensando en voz alta.) ¿De dónde habrá salido esto? No recuerdo haber guardado aquí conchas, caracolas ni nada parecido. Tengo este cuarto hecho un desastre, cualquier día voy a tener que hacer una buena limpia. (Examina con atención la caracola.) Humm… desde luego es un ejemplar interesante, podría ser de Buccinulum corneum o tal vez de Charonia variegata, pero es demasiado pequeña. A ver… ¡qué forma tan delicada!, la concha se va estrechando hacia el extremo, dibujando una espiral perfecta de color oscuro, como si se ajustara con exactitud al diseño de un artista (Hace girar una y otra vez la caracola entre sus dedos, fascinado por esa línea oscura que se arrolla sin fin sobre sí misma. Luego, deja la caracola junto a la taza de café, apaga una lamparita y se echa en la cama. Siente un poco de mareo, le parece como si la habitación hubiera empezado también a dar vueltas y cierra los ojos. Apenas perceptible, una tenue brisa preludio de mareas y vientos, tiembla entre los folios esparcidos sobre la mesa. El profesor da vueltas y más vueltas en la cama sin encontrar descanso; cree pasear por un jardín submarino, donde grandes flores ondulan tentáculos multicolores entre las madreperlas y anguilas oscuras componen formas extrañas, danzando sin fin sobre el fondo fangoso. Se produce entonces una sacudida de gran violencia y el profesor despierta sobresaltado. Al mirar a su alrededor comprueba con sorpresa que está en la cubierta de un navío surcando lentamente la inmensidad del mar.)

EL PROFESOR: (Rascándose la cabeza.) No me explico qué estoy haciendo aquí (Respira a pleno pulmón el aire marino.) Esto está desierto, será mejor que eche un vistazo a ver si aparece alguien… (Va de un lado para otro, pero después de dar muchas vueltas no consigue ver un alma. Se sienta a contemplar el alboroto de las gaviotas que van siguiendo al navío; éste tiene una forma un poco particular ya que, según desde qué ángulo se mire, recuerda tanto a un drakkar vikingo —con una desafiante cabeza de dragón a proa— como al acorazado Potemkin en una versión de bolsillo. De improviso, una gran turbulencia agita las aguas al frente y surge del mar una espantosa serpiente que, tras dar varias vueltas en torno al navío, saca la cabeza fuera del agua y se queda observando con curiosidad al profesor, quien la mira a su vez atónito, apoyado en una barandilla de cubierta. La serpiente es un ejemplar poco común, podrá medir de treinta a cuarenta metros de longitud y su cuerpo oscuro está salpicado de manchitas amarillas octogonales.)

EL PROFESOR: (Con gesto de desdén.) Parece una de esas serpientes monstruosas que según los antiguos navegantes poblaban los mares remotos. ¡Cuentos para niños, claro está! Desde hace mucho se sabe con absoluta certeza que tales criaturas no existen.

Esa forma de plantear la cuestión es errónea, ya que no es posible ver algo inexistente.

LA SERPIENTE: (Con falsa voz de vicetiple, fingiendo sorpresa.) ¿Ah sí? Pero tú me estás viendo ahora mismo frente a ti, ¿no es verdad, corazón?

EL PROFESOR: (Al oír la voz zalamera de la serpiente le acomete una tosecilla nerviosa que consigue apenas reprimir.) Esa forma de plantear la cuestión es errónea, ya que no es posible ver algo inexistente. (Recuperando la calma.) En todo caso, serías una alucinación mía, es decir una experiencia netamente subjetiva.

LA SERPIENTE: (Elevándose un poco más sobre el agua, hasta quedar por encima del navío; oscila a izquierda y derecha del profesor; sus ojos llamean como dos brasas.) Así que una experiencia subjetiva, ¿eh? ¡Pues prepárate que ahora viene lo mejor de la experiencia!

 

La serpiente se sumerge con furia en el mar, levantando una cortina gigantesca de espuma, y a los pocos segundos emerge de nuevo con muy malas intenciones: sus anillos, casi tan altos como los arcos de un viaducto, se enroscan alrededor del navío destrozando todo lo que queda a su alcance. No tardan en escucharse los crujidos lastimeros de la estructura, sometida a la terrible presión del monstruo; al fin, los mamparos ceden y el casco se parte en dos mitades que pronto empiezan a hundirse hasta desaparecer, engullidas por el mar. La serpiente lanza un aullido horripilante y después se desintegra en infinitas gotas de gelatina traslúcida, que forman una niebla espesa. Sobre las aguas quedan flotando algunos restos del naufragio: sillas rotas, hojas de almanaque, un plumier de madera oscura con florecillas blancas esmaltadas en la tapa, una Historia del tiempo de Stephen Hawking, un calcetín a cuadros con varios tomates, una foto algo borrosa de Claudia Cardinale en bikini, un paraguas negro con una o dos varillas dislocadas y una portada medio rota del Capitán Trueno, edición de 1957. El profesor, que intenta mantenerse a flote utilizando el paraguas abierto a modo de salvavidas, ve que a unos metros por delante hay algo oscuro sobre el mar; consigue acercarse un poco y entonces contempla al dragón de madera que formaba la proa del navío, mecido por las olas como si fuera un gran caballo de balancín. Llega hasta él sin soltar el paraguas y, haciendo un gran esfuerzo, se sienta a horcajadas en su grupa.

Al internarse en la extraña niebla proteica que los rodea, algo estremece las entrañas carcomidas del viejo dragón y un brillo rojizo se asoma a las cuencas vacías de sus ojos. Después de abrir y cerrar las fauces varias veces, empieza a decir algunas palabras con voz ronca.

 

EL DRAGÓN: Las nubes ocultan el sol…

EL PROFESOR: (Frunce el entrecejo.) ¡Vaya, hombre! Ahora este trozo de madera vieja se pone a hablar. Todo esto es muy extraño, ya empiezan a ser demasiadas alucinaciones…

EL DRAGÓN: Sobre el mar, vuelo de una gaviota.

EL PROFESOR: ¿Y eso?

EL DRAGÓN:

Viento del atardecer
Poco a poco se congregan las sardinas.

EL PROFESOR: Pues si sólo eres capaz de decir sandeces como esas, no me vas a resultar muy útil…

EL DRAGÓN: (Sin prestarle atención.)

Anochece…
Jirones de bruma
brincan entre las olas.

EL PROFESOR: ¿Pero es que no te puedes callar?

(El dragón lanza un par de bufidos y luego se queda en silencio.)

 

Extraños peces con alas de papagayo saltan aquí y allá, envueltos en espuma resplandeciente.

Comienza a levantarse la niebla, desvelando una atmósfera cristalina, transparente, que va tomando tonalidades de zafiro. De repente, un punto luminoso cruza el espacio y, tras describir una larga trayectoria curva, cae en el mar; luego otro y otro más. Miles de diminutas estrellas fugaces se precipitan desde lo alto y el mar se enciende con un relampaguear de destellos blancos, amarillos, azules. Innumerables senderos de luz se insinúan bajo las olas, como si una inmensa red neuronal despertara por unos instantes de su letargo. Extraños peces con alas de papagayo saltan aquí y allá, envueltos en espuma resplandeciente. El profesor surca las aguas muy ufano a lomos del dragón, como si fuera una antigua deidad del mar.

 

EL PROFESOR: ¡Magnífico! ¡Admirable! Hemos tenido el privilegio de presenciar un fenómeno muy poco habitual. Sí, no me cabe duda, esto sólo lo ha podido causar una lluvia de muones de alta energía que al interaccionar con partículas de carga negativa provocan cascadas de neutrinos y fotones…

EL DRAGÓN: (Murmurando.) ¿Pero sabrá este hombre lo que dice?

 

Tras navegar durante mucho tiempo, bebiendo agua de lluvia y alimentándose de los peces que el dragón consigue atrapar, divisan a lo lejos una columna de vapor que asciende a gran altura y forma sobre el mar un negro nubarrón iluminado a intervalos por violentos relámpagos. Los viajeros escuchan un rumor sordo que pronto se convierte en estruendo ensordecedor, mientras el viento arrecia y grandes olas encrespan el mar. El profesor comprende angustiado que se están acercando a un gigantesco remolino y consigue soltar una tabla del dragón, que utiliza luego a modo de remo para intentar alejarse del peligro. Pero todo es inútil; después de remar con toda su alma durante unos minutos queda exhausto por el esfuerzo y no puede impedir que el “navío” sea arrastrado por la tremenda fuerza del remolino. Al precipitarse hacia su interior, el profesor advierte con sorpresa que allí no se escucha el estruendo de las aguas. Reina, por el contrario, un extraño silencio interrumpido sólo por la repetición de un acorde, tres notas agudas seguidas de dos graves, que resuena con monotonía en ese extraño antro. A pesar de la fuerte turbulencia los viajeros se desplazan con suavidad, describiendo amplios círculos que los van acercando al abismo que se adivina abajo, oculto por una neblina rojiza. El profesor, recuperado ya del esfuerzo realizado, mira en torno suyo con curiosidad. Poco a poco, sus rígidas facciones se distienden y una sonrisa un poco bobalicona asoma a sus labios; parece feliz, como si estuviese dando vueltas en un inmenso tiovivo. Lo más sorprendente es que su cuerpo empieza a menguar con rapidez…

 

EL PROFESOR: (Empapado por la espuma, canta desgañitándose con voz aflautada de tenor, mientras se agarra al dragón con una mano y agita el paraguas con la otra.)

Ir de excursiooón
Salir al campo, qué alegría y qué placer
Con ilusiooón
Desde los montes a los valles descender.

EL DRAGÓN: (Para sí.) ¡Qué forma más rara de comportarse! Esto no me gusta nada…

EL PROFESOR: (Con voz de parvulillo desmadrado.) ¡Venga, otra vuelta! ¡Más deprisa!, ¡más deprisa!, ¡yuhuuu! (Suelta el paraguas, que se abre por el aire y queda flotando tras ellos.)

EL DRAGÓN: (Haciendo lo posible por navegar con la corriente.) Lo que faltaba… ¡El sabihondo está menguando!

EL PROFESOR: (Saca la mano entre las ropas, que le cuelgan por todos lados, y empieza a palmear al dragón.) Mamá, quiero palomitas, ¡un cucurucho grande, grande, grande!

EL DRAGÓN: ¿Mamá? ¡Bueno, esto ya es el colmo!

EL PROFESOR: (Manoteando.) Me canso, quiero bajar, tengo sueño, ¡mucho sueño! ¡Mamá, quiero bajar! (Pierde el equilibrio y cae en la corriente. El dragón gira en redondo hacia él y, antes de que se hunda, consigue atraparlo entre las fauces con tanta delicadeza que no le causa el menor daño.)

EL PROFESOR: (Con vocecilla vacilante de niño de pecho, dando patadas al aire dentro de la boca del dragón.) Gurbfff, tata, nene, nene… ¡Pederrrr!

EL DRAGÓN: (Suspirando.) ¿Y qué hago yo ahora con esta criatura?

 

A medida que se acercan al fondo del remolino, la corriente se hace más rápida y el acorde termina por convertirse en una especie de pitido continuo. Finalmente, el dragón, que hace lo posible por mantener bien sujeta su carga entre las mandíbulas, empieza a descender por un enorme conducto circular de paredes elásticas que se contraen a intervalos regulares para luego dilatarse, como si se tratara de una gigantesca arteria. El dragón cae y cae, golpeándose contra las rojas paredes del conducto hasta que, al terminar éste bruscamente, es arrojado de nuevo al mar. Pero se trata de un mar que nada se parece al que dejaron atrás cuando los tragó el remolino; su oscura superficie plomiza brilla como una lámina metálica bajo el resplandor deslumbrante de una gran estrella roja.

El dragón nota que el profesor-rorro se remueve inquieto en su boca. No puede evitar que escape y caiga al agua; cuando va a recogerlo observa que su amo está sufriendo otra transformación y no tarda en recuperar su apariencia normal…

 

¿Un sueño? Tal vez, pero todo parecía muy real, era como estar viviendo marcha atrás, sí, eso es, hacia atrás.

EL PROFESOR: (Todavía aturdido; mueve los brazos para mantenerse a flote.) ¡Qué extraño! Juraría que hace un momento estaba dando vueltas montado en el caballo de un tiovivo. Sonaba una musiquilla y me sentía feliz girando y girando… pero el caballo empezó a crecer muy deprisa y sentí miedo, pensé que me iba a caer; todo se fue haciendo más y más grande, yo quería bajar de allí pero no me hacían caso. Luego… no sé, el tiovivo se quedó silencioso y ya no recuerdo más, hasta que me he visto otra vez en el agua. ¿Habrá sido un sueño? (Mira perplejo a su alrededor.) Menos mal que el dragón está ahí delante. ¿Y eso negro que flota junto a él?, ¡ah, es mi paraguas! (Da unas brazadas y se sube en el dragón con mucha dificultad; recoge después el paraguas, lo cierra y abre varias veces y se queda pensativo.) ¿Un sueño? Tal vez, pero todo parecía muy real, era como estar viviendo marcha atrás, sí, eso es, hacia atrás. Un momento, un momento, y si… ¡Claro, ese remolino! ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Hemos debido atravesar una turbulencia de gravitación, una de esas regiones singulares en las que la oscilación de campos gravitatorios muy intensos puede dislocar el fluir normal del tiempo. ¡Naturalmente!, tal como lo enseña la ciencia, no existe un tiempo absoluto ya que la gravedad modifica la curvatura del espacio-tiempo. (Empieza a agitar con furia el paraguas en una explosión de entusiasmo, y está a punto de caerse otra vez.) ¡Fantástico!, ¡sensacional! Seguro que nos encontramos ahora a cientos o miles de años luz del lugar donde estábamos cuando nos tragó esa cosa.

EL DRAGÓN: (Perplejo.) ¿La curvatura del espacio-tiempo?.. pero hay que ver cómo desbarra este pobre hombre. Bueno, al menos ha vuelto a recuperar su tamaño normal y no tengo que seguir preocupándome por él; mientras caíamos por ese tubo se han producido varias sacudidas muy violentas y he estado en un tris de tragármelo. ¡Sólo habría faltado eso!

EL PROFESOR: (Da un respingo, al oír hablar otra vez al dragón, luego sacude la cabeza con fastidio.) ¡Tú, otra vez! ¿Se puede saber qué estás murmurando ahora?

EL DRAGÓN: (Haciéndose el sueco o, más bien, el danés.)

¿A cuántas leguas estará Aldebarán?
A mil billones y dos docenas más.
¿Podré llegar a la luz de un candil?
Sí, por cierto, y aun regresar.

EL PROFESOR: (Enfadado, golpea el cuello del dragón con el puño y después agita la mano con un gesto de dolor.) ¡Maldita sea! Escúchame bien, saurio de pacotilla: te advierto que no estoy dispuesto a tolerar ni una insolencia más. A partir de ahora hablarás sólo cuando te pregunte.

EL DRAGÓN: (En actitud sumisa.) Está bien, así se hará, mi señor.

EL PROFESOR: Eso ya está mejor.

 

Después de navegar sin rumbo fijo arrastrados por las corrientes, los viajeros se aproximan a un oscuro acantilado poblado por sirenas —aunque mejor debería decirse por sirénidos, ya que el extremo inferior de las mismas no tiene forma de pez sino que recuerda, más bien, el cuerpo rechoncho de una foca o una morsa.

 

EL PROFESOR: ¿Será posible? Creo que hay gente entre aquellas rocas.

EL DRAGÓN: Señor, con el debido respeto, yo diría que son sirenas.

EL PROFESOR: ¿Eh?, ¿sirenas?

EL DRAGÓN: Pues sí y de una clase muy fea, señor.

EL PROFESOR: ¡Bah!, paparruchas, las sirenas son seres mitológicos, puras fantasías de gente inculta (Entorna los ojos.) He perdido mis lentes, pero estoy seguro de que no son más que unas bañistas tomando el sol… eso sí, están gordas como focas. Vamos a acercarnos a ellas, tal vez puedan ayudarnos. (Abre el paraguas y lo utiliza a modo de vela para aproximarse.)

EL DRAGÓN: (Para sí.) Esto me da muy mala espina…

 

Una vez que el “navío” queda a tiro de piedra de las rocas donde sestean las sirenas, el profesor cierra el paraguas e intenta hacerse oír.

 

No hay duda, es un mortal, uno de esos majaderos que de tanto en tanto terminan perdidos en estas aguas.

EL PROFESOR: (Haciendo bocina con ambas manos.) Disculpen, señoras, llevo mucho tiempo navegando a la deriva. ¿Serían tan amables de decirme en qué lugar me encuentro? (Al reparar en el viajero se produce un gran revuelo entre las sirenas, que empiezan a zambullirse en el agua, riendo y chillando. Una de ellas, que destaca de las demás por ser de mayor tamaño y un poco bigotuda, ordena a la tribu que guarde silencio; todas la obedecen al instante, como si se tratara de la sirena superiora.)

SIRENA SUPERIORA: (Dirigiéndose a las demás.) ¿Habéis oído, hijas mías? ¡Nos ha llamado señoras! Y va montado en una especie de barquito ridículo con cabeza de dragón… No hay duda, es un mortal, uno de esos majaderos que de tanto en tanto terminan perdidos en estas aguas, y todo por empeñarse en salir de su mundo y lanzarse a lo desconocido…

LAS DEMÁS SIRENAS: ¡Un mortal!, ¡bien!, ¡viva! ¡Ya estábamos hartas de comer arenques!

SIRENA SUPERIORA: (Con gesto autoritario.) ¡Silencio, no lo vayáis a espantar! Este tiene pinta de listillo arrogante, a ver cómo me las ingenio para atraerlo hasta nosotras. (Dirigiéndose al profesor con gran comedimiento.) Ilustre señor, acercaos sin apuro y detened luego vuestro negro bajel frente a estas rocas para mejor oír nuestra voz. Sabed, señor, que ningún navegante ha surcado estas aguas sin detenerse un momento a escuchar las suaves armonías que fluyen de nuestras gargantas, y bien puedo aseguraos que todos se han alejado después con el corazón henchido de júbilo, tal es la dulzura de nuestro canto.

EL PROFESOR: (Para sí.) Pues será muy dulce su canto, pero vaya voz de cazallera que tiene la buena señora… (Dirigiéndose a la sirena superiora.) Es usted muy amable pero no quisiera entretenerlas, sólo me gustaría saber en dónde me encuentro.

SIRENA SUPERIORA: (Agitando las manos con fingido dramatismo.) ¡Oh, esforzado navegante! No pretendas desvelar los arcanos sobre los que se sustenta el orbe, concédete un momento de sosiego y deja que nuestro canto alivie tu fatiga.

EL PROFESOR: (Para sí.) ¡Pero qué insistencia con que las oiga cantar! Como si tuviera tiempo para entretenerme con los gorgoritos de esas comadres. Además, no debe entender lo que le pregunto, ha dicho no se qué de arcanos y orbes. Mejor será alejarse de aquí (Se dispone a maniobrar para alejarse de la isla.)

SIRENA SUPERIORA (Al ver que el profesor comienza a alejarse se queda un momento indecisa, luego sonríe con malicia, dejando entrever una dentadura espantosa, y guiña un ojo a las demás.) Apiadémonos, hijas mías, de este navegante desdichado que rechaza nuestra ayuda, y a fin de buscar consuelo a la tristeza que su marcha nos produce, pues habríamos querido gozar de su compañía, elevemos una plegaria a sus dioses. Que ellos nos asistan en tan amargo trance.

LAS OTRAS SIRENAS: (Al unísono, con murmullo de olas.) Que ellos nos asistan en tan amargo trance…

SIRENA SUPERIORA: (Elevando la mirada al cielo, se arranca con una letanía a ritmo gregoriano.) Santa Lumen Rationis, Santa Isolda y San Tristán, San Eutropio, San Eufrasio, San Saturnino Catódico, San Cirilo Catastral, Santa María Slodowska, Santas Eulalia y Rufiana, San Remigio, Santos Números Primos, Santos Yoghis Maragatos, Santos Cirilo y Florián, Benditas ánimas del Hiperbóreo, Santos Hobbes, Marx, Bond y D’Artagnaaan…

LAS OTRAS SIRENAS: (Con rumores de brisa marina.) Ora pro nooobis.

EL PROFESOR: (Al oír el canto de las sirenas se detiene, perplejo.) Pero qué dicen esas locas…

SIRENA SUPERIORA: (Blandiendo con la mano derecha una langosta que mueve al compás.) San Cosme, San Genaro, Santas Claus, Zenona y Pandora, Santa Liebre de Marzo, San Khindasvinto Rex, Santa Rita Catenaria, Santa Mantis Pudorosa, Santa Hipófisis Senil, San Eufrasio y San Exiquio, Santa Aurora Menstrual, Santo Niño del Regüeldo, San Bolondrón, Santa Twitta de Instagram, San Krispín Ki-Kiri-Ki, Santas Sibilas Murcianas, San Nicanor Verbenero, Santa Inés del Alma-naque, Santas Pascuas, Santísimos Yin y Yaaang…

LAS OTRAS SIRENAS: (Con ulular de caracolas.) Ora pro nooobis.

EL PROFESOR: (Hace girar al dragón y se aproxima un poco a las sirenas.) Esto ya es demasiado…

SIRENA SUPERIORA: (Poniendo los ojos en blanco.) Santas Vírgenes Blogueras, Santa Didy y San Eneas, Santa Circe Arrabalera, Santos Europios, Berkelios y Einstenios, Santas Ninfas de Garrafa, Santas Ligas de Nausica, Santo Bosón Mantecoso, Santa Manteca Estelar, Santa Summa Orgasmolástica, Santos Romeo y Juliana, Santo Bacín de Mambrino, Santo Manco de Alcalá, San Restituto, Santa Marta del Canuto, Santa Miembra Asamblearia, Santas Células Madre y Forúnculos Padre, Santa Urraca, Santos Archeopterix y Panoramix, Santos Asnos de Hemiciclo, Santos Mártires del ERE, Santa Prima Sostenible, Santas Tribus de Babel, Santo Bestiario Global, Santo Big-Bang-Cataplán, Santísimo Moco Astraaal…

LAS OTRAS SIRENAS: (Con chirridos de aves marinas.) Ora pro nooobis.

EL PROFESOR: (Con un visible temblor en el ojo izquierdo.) ¿Pero estás oyendo lo que dicen? ¡Intolerable! Muy bien, pues no estoy dispuesto a consentir las burlas de ese rebaño de necias. ¡Qué se habrán creído, maldita sea! ¡Ya las enseñaré yo a tener modales!

EL DRAGÓN: (Muy compungido.): Pero, señor, os ruego consideréis que las sirenas son seres sanguinarios, cuyo único afán es la perdición de quienes se atreven a escuchar sus cánticos infernales…

Bien veo que el miedo te nubla el entendimiento. ¿Y tú eres el dragón de un drakkar vikingo?

EL PROFESOR: (Cada vez más sofocado.) ¡Y dale con las sirenas! ¿Habré de volver a repetir que las sirenas no existen? Pero bien veo que el miedo te nubla el entendimiento. ¿Y tú eres el dragón de un drakkar vikingo?… ¡Venga hombre, no llegas ni a lagartija! Ahora escúchame bien: si no quieres que te muela a golpes, tensa tus músculos de palo y avanza a toda máquina contra ellas. (El dragón resopla varias veces. Luego, tras de hacer un enorme esfuerzo, se lanza contra las sirenas llevando encima al profesor, que sujeta tieso el paraguas como si blandiera un sable mientras canta a voz en grito.)

EL PROFESOR:

Marchons, marchons…
Qu’un sang impur abreuve à nos sillons!

A pocos metros de las rocas el profesor pierde el equilibrio y cae del dragón que, extenuado, poco puede hacer para auxiliarle. Las sirenas se lanzan al mar y nadan en círculo alrededor del incauto navegante, que intenta mantenerse a flote y manotea como un poseso. Al cabo de unos instantes, las sirenas se lanzan sobre él; se produce entonces una gran confusión y entre cortinas de espuma, sus violentos coletazos alternan con golpes del paraguas mientras se escuchan insultos, gritos y gruñidos. Luego todo queda reducido a un siniestro murmullo. El dragón, a quien las sirenas no han prestado atención alguna, se aleja impulsado por una leve brisa recitando con voz profunda viejas canciones de cuna escandinavas. Las olas mecen con suavidad su viejo corpachón oscuro, que se pierde en la inmensidad escoltado por el vuelo bajo de las gaviotas.

Últimas entradas de Carlos Montuenga (ver todo)