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La linde vaporosa

jueves 23 de marzo de 2023
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Había oído que existe en la historia de la literatura algún personaje destinado, por razones desconocidas, a sublevarse al autor que lo pone negro sobre blanco. Esa insubordinación se manifiesta cuando el escritor se siente intrigado con lo que el personaje hará o dirá en las siguientes páginas, cuando acude al teclado a transcribir lo que él le dicta, cuando los hilos con que maneja las andanzas de su personaje se han roto y ya no es suyo, sólo se trata del escribano, del primer testigo de esa vida independiente. Actúa como encargado de dar fe del hecho portentoso que es cobrar vida por parte de alguien que no la tenía, ni siquiera se conocía que hubiera una especie semejante, un pinocho del folio literario al que se le rizan las pestañas y le molesta la artrosis en las rodillas. Quizá surgirían más personajes de este tipo si hubiera autores honrados que no se sintieran prisioneros de su postura previa a la hora de dar cauce a una historia protagonizada por alguien que les lleva la contraria y desvía el tiro en el último instante.

Lo reconoce, es un escritor que no cae bien a sus personajes. Cuando piensa que tiene la historia cerrada, descubre en el repaso que alguno o varios de ellos han tirado al suelo partes fundamentales de su trayectoria, han saboteado su relato, se han transfigurado a sus espaldas y presentan al lector una visión rota, descalabrada, dispersa, con lagunas en las que se ahoga hasta el más afecto. El escritor, consciente de que no puede ganar esta guerra, cede y se amolda al gusto de sus personajes, les escribe un destino propicio y, tanto en la maldad más terrenal como en la épica más elegíaca, los encumbra para que sus egos se vean satisfechos. Lo consigue a medias. Ellos entran en ese juego descriptivo y narrativo, pero arribando a las últimas páginas, cuando el escritor busca desenlaces, ellos se vuelven a rebelar y sólo quedan satisfechos con el fracaso de su escriba por cuenta ajena. El escritor no es creador. El escritor no es personaje. El escritor es un operario que baja las nubes al papel y espera que la lluvia cale al lector. El escritor es un mandado que debe vender el producto con una sonrisa y cuatro frases ocurrentes. El escritor es un esclavo de la empresa editorial que cuando termina de escribir debe empezar a explicar lo escrito, como si los demás no le creyeran del todo. Y los personajes están en su contra, le revientan las presentaciones, se alían con el público para desacreditarlo. “¡Mamá, quiero ser torero!”.

Un cruce de caminos semejante al descrito es al que llegó Martín cuando su protagonista, funcionario de Correos, bizco, agradable en el trato con los usuarios, soltero, friki de los videojuegos y de la papiroflexia, se enamoró de una mujer que cada martes acudía a su ventanilla a hacer un envío en sobre mediano de burbujas, ligero de peso, probablemente con unas hojas escritas en su interior. El destino del sobre era un pueblo perdido del interior de Zamora, de nombre Cuelgamures. La mujer sonreía al llegar a la ventanilla, el protagonista de Martín la miraba intentando centrar sus ojos, le preguntaba qué tal, cómo va todo. Ella sacaba de su pequeño bolso un monedero de piel con el que pagaba el porte y salía con parsimonia del edificio hacia la calle Nuestra Señora del Cabello donde esperaba la venida del autobús de la línea siete. El funcionario de Correos era consciente de nacer con las limitaciones y complejos del escritor Martín, que estaba encerrado en un círculo trenzado por él mismo, y pronto quiso soltar amarras y conocer el amor por su cuenta, vivirlo, morir para él. El funcionario de Correos empezó a articular un discurso interno que a Martín le resultaba insólito, fragmentario, iluso. Pero al mismo tiempo, irreductible.

Martín es un hombre monolítico y su personaje es más bien contradictorio. Martín es gris, descreído, y el personaje del funcionario de Correos aspira a la grandiosidad del amor. Le supera en categoría humana alguien que no existe más que en el papel, alguien que, aun siendo incompleto en la ficción, es auténtico.

Escribe en pelotas, tanto en invierno como en verano; en invierno con la calefacción encendida y en verano con la ventana abierta que da a la sombra desfallecida de un patio interior.

Martín se sienta en una silla giratoria en la que acomoda un cojín amarillo. Abre el documento Word que aún no tiene título y espera a que el funcionario de Correos le dé noticias de sus avances amorosos. Martín coloca a un lado de su portátil un gintonic con muchos hielos y poca ginebra para que la vida no se le seque del todo en el paladar antes de probarla. Escribe en pelotas, tanto en invierno como en verano; en invierno con la calefacción encendida y en verano con la ventana abierta que da a la sombra desfallecida de un patio interior. Cuando pasa unas horas escuchando el ritmo de los acontecimientos y transcribiéndolos, le tienta soplar, apagar la luz, pero hay velas a las que no se les acaba la cera y la luz titila hasta el amanecer de la inmortalidad.

El funcionario de Correos ha decidido que este martes, si el arranque de osadía le dura, va a dar un paso hacia la mujer que sonríe. Cuando la ve entrar en la oficina de postas, despacha con prisas al usuario que está atendiendo. Ella siempre se pone en la fila donde atiende Martín, pero no quiere dar la oportunidad al destino de jugarle una mala pasada y que acabe ante la ventanilla de algún compañero. El destino suele divertirse a costa de los planes bien pensados. Así que la mujer que sonríe se acerca con el sobre de cada martes, con la misma dirección de envío escrita con letra redondeada y el mismo remite que el funcionario ya ha memorizado, por si acaso sirve de algo. Se demora un poco al entregarle el recibo de pago que sale de la máquina después de pesar el sobre. Escribe en el dorso de ese recibo su número de teléfono móvil. Lo desliza hacia ella al tiempo que le dice en voz baja: “Por si necesita cualquier cosa, aquí estoy a su disposición”. En cuanto pronuncia la frase se ruboriza, ha sonado más descarado de lo que su mente había previsto. Ella coge el comprobante, se gira con suavidad y dirige sus pasos hacia la puerta de salida. Antes de acceder a la vía Nuestra Señora del Cabello le dirige al funcionario una sonrisa que éste recoge con bizca emoción.

Martín, el escritor, se remueve frente al teclado, se rasca los huevos que reposan sobre el cojín amarillo de su silla giratoria. Martín es un descreído del amor, un cínico con heridas abiertas y esperanzas muertas, como un león viejo hostigado por hienas en medio de la sabana. Martín no ha podido ser bueno en el oficio. Le ha faltado talento creativo y le han sobrado carencias formales. Sigue escribiendo porque le viene bien tener las manos ocupadas. Son manos —las conoce bien— capaces de matar. Es por culpa de una imprecisa sensación de fracaso que ha cogido manía al funcionario de Correos, un impresentable entusiasta del Fortnite y aficionado a la papiroflexia (qué estupidez), un ser gris y bizco que acabará a buen seguro haciendo el mayor de los ridículos por aspirar a la comunión de las almas con una mujer que está fuera de su alcance. Da un trago a su gintonic aguado y duda en si seguir escribiendo, ya no se siente autor, sólo amanuense sin sueldo de una mano invisible. Nunca imaginó que se pudiese estar tan desnudo.

Se ha dedicado a escribir historias inventadas como si fuera un espía imaginario de un mundo irreal.

—Se acabó —piensa en voz alta—, ni una línea más para este personaje perdedor que no se resigna, que se ha venido arriba y en vez de quemar la oficina postal con todos los empleados dentro, por desesperación kafkiana, que es lo que yo querría escribir, se me ha amotinado y va de creyente del amor. ¡Hasta aquí!

Martín ha renunciado a la vida por no regirse por su reglas. Se ha dedicado a escribir historias inventadas como si fuera un espía imaginario de un mundo irreal. El espionaje es una manera fina de referirse al cotilleo. Martín es un cotilla. Le interesan los asuntos del prójimo para disparar donde más duele, para con sus juicios dilapidar cualquier esperanza que le pueda nacer al vecino. Un fracasado necesita que la decepción se extienda por los cuatro costados del planeta para sentirse como en casa.

Suena el teléfono que tiene cargando en el enchufe de la cocina. Al levantarse de la silla giratoria, su culo desnudo se despega del cojín amarillo con un húmedo descorche. Mientras se dirige a la cocina, nota su afofado péndulo contra la parte interior de sus muslos. Se siente más hombre de esa guisa. Toma el móvil que aúlla y vibra con placer sadomaso. El número no aparece en su lista de contactos habituales. Lo acalla pulsando la tecla verde. Contesta con la esperanza de que sea algo importante, quizá alguna editorial a la que no le importe perder dinero con él.

—¿Dígame?

Al otro lado escucha un vacilante “hola” femenino.

—Sí, sí, hola, dígame —responde Martín con impaciencia.

—Soy yo, la mujer de los martes, la que envía un sobre todas las semanas a Cuelgamures. Usted tuvo a bien apuntarme su número de teléfono y he pensado que a lo mejor…

Luis Amézaga
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