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Quienes habitan el planeta

sábado 20 de enero de 2024
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La vida es una oportunidad de la que no sabemos nada, ignoramos en qué consiste y desconocemos si hay grados de cumplimiento o modelos previstos en expectativa. Llegamos y no tenemos claro si es por voluntad propia o por sugerencia de otro, si es por mantener la especie o para exterminarla, si por morar la Tierra o morir en ella. Dentro de esa oportunidad inoportuna que es la vida, nos movemos como si supiéramos y no sabemos.

En un rincón de este planeta, esa cacareada oportunidad ha demostrado ser una jodida broma, y Héctor ha nacido en él, en ese solar del mundo con el registro intacto y la esperanza a máximas revoluciones. Pero las oportunidades se acaban antes de empezar, la expansión de tu voluntad apenas cubre para transformar un poro de piel. Héctor se ha recluido desde niño en su caparazón para proteger lo poco de original que posee, para salvaguardar las señas de identidad que se rebelan a servir al esclavista capricho y a su parafernalia social de egos heridos y expansionistas, de revolucionarios de la estupidez. Héctor pronto descubrió que el idiota no puede ser discreto ni puede llevar su necedad en silencio; ha de publicitarla, convertirla en épica y obligar a los demás a venerarla. Al estúpido le gusta exhibirse y propalar su estupidez.

Héctor camina por la calle de su ciudad como el forastero que acaba de llegar al poblado donde la ley aún está por escribirse, donde las normas para hacer posible la convivencia aún no han sido insinuadas, donde la supervivencia depende de arrancarle al vecino el último de sus alientos y revenderlo en el mercado negro. Las calles huelen a suciedad burocrática, a miedo mezclado con desinfectante. Las pistas de cualquier crimen se borran antes de que el juez, que es un psicópata reconvertido en dignidad con toga, llegue a la escena y firme el atestado que le pongan delante. Los asesinos juegan al golf antes de irse a dormir a pierna suelta. No se trata de un lugar corrupto, es que la revolución continua impide la ley y elimina la escala de valores. La revolución ha convertido en héroes a los matones y en cobardes avaros a sus víctimas. El mundo no es como queremos decir que es.

Héctor cruza la calle y le pone una mano en el hombro. Se miran, no dicen nada, no hay nada inteligente que decir.

Según va andando, Héctor observa cómo dos policías uniformados detienen su marcha y se apean de las motos oficiales. Se aproximan por detrás a un ciudadano que está plantado en la acera opuesta a la suya, mirando descuidadamente un escaparate. Lo inmovilizan antes de que pueda reaccionar y le roban la cartera y le saquean los bolsillos. Cuando consideran que el atraco no da más de sí, vuelven a su ronda con parsimonia, con una obscena impunidad. El hombre atracado por la policía mira al cielo, no entiende qué supuesto karma le persigue. Héctor cruza la calle y le pone una mano en el hombro. Se miran, no dicen nada, no hay nada inteligente que decir, sólo lanzar quejas al vacío.

Héctor no entiende que el mundo sea un lugar tan abrupto y desencantado para criaturas con sensibilidad para la belleza y la justicia. Los que imaginan pesadillas sociales nunca pudieron vislumbrar la coyuntura de esta ciudad. De la utopía se pasó a la distopía y de ahí a la pesadilla sin matices. Debe estar vigilante a cómo reacciona su mente ante los continuos hechos descabellados que asolan la ciudad, porque la locura se convierte en salida cuando no puedes cuestionar la enajenación del escenario del que huyes.

A la vuelta de la esquina, un edificio de seis plantas está ardiendo. Un equipo de bomberos escapa del lugar, mientras otro aparece por el lado contrario de la calle. Los recién llegados acordonan la zona para que los vecinos del inmueble se puedan lanzar desde las ventanas al asfalto sin hacer peligrar a los transeúntes. Hecho esto, los bomberos se disponen a charlar y fumar con la piel endurecida ante la desgracia. Cuando el fuego ha terminado de extinguirse ante su pasiva mirada, recogen la cinta y regresan al parque a cenar y jugar una partida de dominó. Los cadáveres se agolpan en la calle. Pero eso ya no les compete a ellos.

Los cirujanos venden casquería en el mercado, los funcionarios de prisiones son encerrados, los fontaneros rompen las tuberías los días de lluvia, los barrenderos esparcen la basura por las zonas peatonales, los traficantes de personas abren despacho en edificios oficiales, los periodistas cuentan mentiras a cincuenta céntimos la palabra, los profesores andan a cuatro patas por las aulas al tiempo que los alumnos les escupen, las madres piden perdón a sus hijos por haberlos parido, los historiadores predicen el futuro, los intelectuales van detrás de los perros recogiendo sus excrementos, los artistas exigen la subida del salario mínimo interprofesional y cuatro días de fiesta a la semana. El mundo es una invención que no extraña a nadie en este lugar del planeta donde Héctor sobrevive sin saber cómo ni para qué. Héctor tiene noticias de que en otros países lejanos están preocupados por salvar el planeta. Le parece una dedicación curiosa. Una criatura que no puede salvarse a sí misma intentando salvar lo que ni ha creado ni verá desaparecer. El ser humano se siente castigador y salvador a partes iguales, como un cretino despeinado, sobrecogido por la vaga sensación de que tiene una misión intergaláctica que llevar a cabo. Es la condición humana, pensó Héctor, una paradoja, un oxímoron al definirse en la forma clásica como un animal racional.

No nos gusta ver sangre que no sea de nuestros enemigos. Los enemigos los hemos criado dentro.

Que cada uno intenta ocultar la parte de verdad que no le conviene es lo único cierto en las disputas. No nos muestran las guerras como antes. Hoy los medios de comunicación son contendientes. La objetividad en los Estados del bienestar no es una opción. Hoy matar un cerdo para hacer chorizos no está bien visto. No nos gusta ver sangre que no sea de nuestros enemigos. Los enemigos los hemos criado dentro. Preferimos los cuentos de hadas y crear organizaciones con ánimo de lucro para salvar al mosquito del cruel zapatillazo de la abuela que ha esquivado, de momento, la eutanasia. Estamos tan lejos de la realidad de nuestra propia naturaleza que asusta en qué nos hemos convertido: en seres artificiales de moral elevadísima y planteamientos angelicales con resultados crueles. ¡Salvemos el planeta! es el objetivo menos elevado con el que estamos dispuestos a lidiar. Si para salvarlo hemos de hacer limpieza demográfica entre “los otros”, no habrá concesiones ni titubeos.

Héctor recuerda que un amigo suyo está siendo finiquitado en un hospital próximo. Dirige sus pasos hacia allí, a pesar del riesgo que entraña adentrarse en un edificio así estando sano. Cuando llega a la habitación de su amigo, una doctora anda calibrando la dosis de sedación para darle matarile al dolor y al doliente. El dolor es algo que no es aceptable en esta sociedad, por eso muchos ya no se quejan. Su amigo tiene buena cara, buen apetito, buenas sensaciones, pero lo han desahuciado. Antes de que la química inyectada por prescripción médica le arrulle en una nube inalcanzable, le confiesa a Héctor que todo ha salido bien, aunque él ni nadie que él conozca haya hecho nada bien. Por eso está tranquilo. Héctor lo ve morir a la media hora de ser suministrada la felicidad por vena. No entiende a qué se ha referido su amigo con aquello de que “todo ha salido bien”. Pero se queda en silencio, no considera oportuno enmendarle la plana a un difunto. Contemplar tu destino desde fuera y con antelación es una experiencia muy potente. Héctor no quiere salvar el planeta, no quiere cambiar la sociedad de la que se escabulle. Héctor sólo quiere cumplir su destino, el mismo que el de su amigo. Cuanto antes.

Luis Amézaga
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