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Perro mundo

martes 7 de mayo de 2024
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“La vida oculta fauces de cocodrilo”.

Acababa de escribir esta tontería, cuando agotado me eché a dormir. A las seis y media sonó el despertador como todos los días y yo me sorprendí lamiéndome una herida que tenía en mi pata derecha.

Había pensado “pata”, no “pierna”.

Mi cuerpo se había llenado de pelo.

Sentía olores que jamás había descubierto antes.

Desconocía para qué servían todos aquellos aparatos electrónicos que había sobre la que fuera mi mesa de trabajo.

No tenía ni idea de dónde estaba mi pienso.

Me sentía terriblemente solo.

Alguien me llevó al Refugio.

Tendría que aprender a ser leal, pero no sumiso. Quise hablar y de mi boca sólo salió una palabra: Guau.

... y así fui de mano en mano, como la falsa moneda...

 

1. Matías de la Hoz y Tristebragueta

Salí de estampida de aquel infierno. Por fin ese mal amo se quedaría más solo que la luna en la Antártida.

¡Que los dioses caninos le confundan y le sigan regalando hambre y roña!

Os aseguro que yo nunca le he deseado el mal a ningún humano, pero este era el mismísimo diablo.

Ya tendremos tiempo de hablar de él. O no...

Por ahora tan sólo decir que se llamaba Matías de la Hoz y Tristebragueta, Conde de Masquisiera, y que tuve la mala suerte de que me eligiera como perro de caza en su jauría, a mí, que en mi vida había dado la más mínima carrera, que me repugnaba la sangre y que despreciaba el olor a pólvora.

Pedazo de...

 

2. Doña Bárbara

La verdad no me gustaba mucho, pero a Doña Bárbara le encantaba darme todas las mañanas para desayunar parte de su bizcocho mojadito en chocolate.

En el refugio todos los perros veteranos me habían dicho que Doña Bárbara era viuda y con posibles. Yo, allí, los había oído decir que las que iban a adoptar cachorros eran, mayormente, enfermeras, taquígrafas, poetisas, pelanduscas (aquí se reían), etc., pero nunca me habían dicho que iban también las viudas y por eso yo no podía saber de qué profesión se trataba.

El caso es que era muy buena conmigo y me dejaba dormir en su cama para darle calor.

 

3. Braulio

El Braulio, sin embargo, no tenía posibles; con el tiempo aprendí qué era eso de tener o no tener posibles, para mí significaba pasar hambre o no. Pues eso, que el Braulio no tenía posibles y algunas noches se hacían demasiado largas, porque el hambre extiende las horas como la niebla la soledad. Pero el Braulio era más bueno que el pan de higo (a veces me sorprendo diciendo expresiones de cuando era un cachorro humano).

A lo que íbamos, lo más que tenía mi nuevo dueño era algunos mendrugos, un cacho de tocino y a veces con suerte unos torreznos duros como las piedras, que lanzaba a las ovejas, cuando alguna se quería descarriar y a las que yo, como buen pastor belga, me veía obligado a llevar de nuevo al buen camino.

 

4. El Veleta

Había leído de niño El Lazarillo de Tormes y siempre me enfadaba por el mal trato que el jodido ciego daba a su asistente, aunque a veces también el ciego me daba algo de lástima. El Veleta, como le llamaban en el pueblo, porque había días en los que se podía ladrar con él tranquilamente y otros en los que a uno le hubiera gustado arrancar sus quemados ojos a dentelladas.

Carne podrida, agua infecta, olores a meado viejo y garrota serpenteando por la chabola en la que vivíamos en busca de mi aterrorizada cabeza, afortunadamente sin acertar, ante cualquier desobediencia, salvo cuando atinaba sobre la vieja manta, que yo le hacía pensar que era mi cráneo y que me obligaba a aullar de dolor, para hacerle creer que había acertado con su zurriagazo. Poco estuve con El Veleta; un día que le habían regalado, no sé por qué, ni quién, una ristra de chorizos, salí de noche, aprisionando tan exquisito manjar entre mi mellada dentadura y escuchando en mi carrera sus alaridos, insultos y blasfemias.

 

5. La Candela

Pero uno a veces va sin proponérselo de Guatemala a “guatepeor” y así fue escapar del ciego del diablo, que me encontré con los suplicantes ojos de La Candela, a punto de dormirse sobre el miserable jergón en el que recostaba su minúscula osamenta bañada, como era habitual, en tinto peleón.

Fue ver el chorizo entre mis afilados colmillos, cuando empezó a llamarme por mi nombre, todo lo seductora que recordaba de sus jóvenes tiempos: “¡Manolitoooo, Manolitooo, ven a mi lado, que tendrás frío, ven, pequeño, échate conmigo!”.

Me hice el tonto y me recosté junto a la vieja, que no olía a perros muertos, sino a humanos muertos, pero que consiguió darme el calor y el cariño que necesitaba tras mi experiencia con el doble tuerto.

Poco a poco, fui descubriendo que en el fondo no era una mala mujer, sólo que acostumbraba a desayunar, comer y cenar un mollate tan agrio casi como el mal vinagre, por lo que, además de soportar sus terribles hedores nocturnos, me vi obligado a otorgarme el rango de Cabo de Intendencia, con el fin de poder comer algo todos los días, y así fue como me uní a la banda del Forresgán.

 

6. Forresgán

Cuando me vi comiendo jamón del bueno, supe que Forresgán no era el delincuente que decía la prensa, supe que era mucho mejor.

En Vallecas, después de hacerle el puente a un BMW, asaltamos la jamonería, y digo asaltamos porque a mí, como siempre, me pusieron de vigilante, en eso debo decir que soy bastante bueno.

Cuando volvimos a casa me acarició las orejas y me arrojó al aire una buena salchicha que yo cogí al vuelo.

Pero de pronto, en medio de los dulces sueños, sonó una sirena y aquello se llenó de luces azules, que tanto daño me hacen a los ojos. Al momento supe que se habían acabado la buena vida, las salchichas y el jamón. Pardiez.

Me dio mucha pena cuando vi al Forresgán esposado y cuando me dijo adiós con cara de pena.

 

7. Rafael, el Madero

Yo creo que al “madero”, nunca había llamado así a la policía, pero en la banda todo el mundo llamaba así a los policías y no me quedó más remedio que adaptarme a este ladrido. Yo había aprendido a adaptarme rápidamente, por las circunstancias.

El madero, que se llamaba Rafael, aunque todo el mundo le llamaba Raf, lo que para mí era bastante más fácil, nunca había tenido un perro, ni al parecer tenía ganas de hacerse con uno, pero me llevó a la comisaría donde había dos pastores alemanes que habían, por lo visto, sacado las oposiciones, pues llevaban una placa con su nombre al cuello.

Me recibieron con recelo, pues yo era simplemente una mezcla de galgo y pastor belga, y al parecer eso no les gusta mucho a los funcionarios peludos y además enseguida se dieron cuenta de que no tenía ni idea de persecuciones, detenciones, expedientes ni saludos.

Me aburría como un mono ante tanto rechazo y un buen día de nuevo cogí el camino.

 

8. Kachogui

El Kachogui quería que pasara por el aro, en sentido estricto, porque él era artista callejero y se le acababa de morir el Pecas, un pequeño dálmata la mar de artista.

Me daba pena, pero yo, que era bastante más patilargo que el finado por razones genéticas, poco podía hacer para atravesar con éxito ese maldito invento del saltimbanqui. El Kachogui, en pleno luto, me llamaba a veces Pecas, cuando él sabía que no tenía ni un simple lunar en mi piel mostaza.

No era malo, pero los transeúntes ante mi inexperiencia no nos echaban ni una perra gorda, lo que más o menos quiere decir que muchas noches caíamos en el camastro sin cenar, él no tanto porque como era vegetariano, qué ocurrencia, robaba una pera o un tomate y ya está.

Pero ya digo, no era malo, no me maltrató jamás, es más, un día viendo que se me iban señalando las costillas más de la cuenta, me obligó a abandonarlo, yo nunca lo hubiera hecho, pero me lo pidió llorando y no pude resistir la fuerza de sus lágrimas.

 

9. Cosme

Cosme sí. Cosme, nada más que me vio salir de la comisaría me dio un trozo de chorizo, algo pasado la verdad, y me dio a oler su mano. Olía a bacalao, pero a mí no me importó.

Cosme tenía una tienda de comestibles, aunque en el cartel ponía ultramarinos, no me había olvidado de leer, que ya habían asaltado tres veces, quién sabe si mi colega el Forresgán, y necesitaba un guarda nocturno.

En fin, que me ofreció el trabajo a su manera y yo acepté el encargo con gran ilusión.

Allí no faltaba comida, ni calor, ni cariño, ni ratones, que huían despavoridos en cuanto me acercaba, sin saber que mayor era mi espanto.

 

10. ¡Ay, el destino!

De pronto una mañana no abrió Cosme la puerta como todos los días para que saliera a hacer mis cosas.

De pronto una mañana alguien echó la puerta abajo, alguien rompió el escaparate, alguien vació los estantes de mercancía, alguien ahuyentó a los ratones y yo me vi en la obligación de ladrar con todas mis fuerzas.

Uno, que era mucho más grande y más gordo que Cosme —¿dónde estaría, por Dios?—, me echó una red por encima y me arrastró hasta la calle, al tiempo que gritaba: “¡Fuera de aquí, chucho!”.

Me vi de nuevo en la calle y decidí no volver a tener amo alguno.

¡Ah, mondo cane!

Jota Siroco
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