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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Tratado de la inutilidad (o de cómo Sidonio María Ku conoció el limbo)

• Miércoles 30 de mayo de 2018
Tratado de la inutilidad (o de cómo Sidonio María Ku conoció el limbo), por Jota SirocoEl lupanar (1888), por Vincent van Gogh

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
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I

Sidonio María Ku, de origen armenio, como siempre supuso que su nombre indicaba, nació, no se sabe cómo, de padre impotente y de madre puta.

Conoció, pues, desde su propia génesis, que todo lo que en el mundo le rodeaba carecía de solidez.

Tuvo tantas madres como pupilas vivían bajo el techo del lupanar La Noche Francesa.

Muchos años después de tan natural acontecimiento, Sidonio María, no constaba en documento alguno que confirmara su existencia, pues, por razones obvias, nada claro estaba quién fuera su padre.

Voluntariamente, este puesto fue ocupado por el viejo Ku a cambio de unos dólares… y el derecho vitalicio al exclusivo uso de un discreto agujerillo por el que observar las mil y una “chingadas” que cada noche se realizaban en tan impúdico gineceo.

Tuvo tantas madres como pupilas vivían bajo el techo del lupanar La Noche Francesa, en el que habitara hasta su ansiada pubertad y en el que conociera el amor, o lo que así llamaban, en una calurosa tarde de verano cuando, en un descuido muscular, montó a una ramera vieja a la sombra de una higuera estéril.

Sólo contaba quince años, al menos eso creía él, cuando partió a la deriva hacia ningún sitio, al no conocer más mapa que el de su mano.

De su infancia recordaba la hambruna. De su adolescencia la mentira.

 

II

Quizá fueran algunas frases aprendidas en francés o el olor del idioma lo que encaminó sus pasos hacia el Sena.

Allí la “noche francesa” de su niñez se le transformó por arte de magia en un revoltijo de cartón y periódicos, que le servía de lecho, justo a la salida del túnel de la estación Louvre.

No fue al azar.

Eligió concienzudamente esta boca de metro, tras recorrerse muchas otras del extrarradio, por su conocida capacidad para vomitar turistas, a los que cambiaba compasión por comida y tabaco.

Este monocultivo mendicante implicaba un ayuno forzoso los domingos, día en que el museo permanecía cerrado.

Precisamente fue un domingo cuando alguien robó sus pertenencias: una enorme caja impermeabilizada de Winston, tres ejemplares dominicales de Le Monde y varias colillas de origen y marca desconocidos… mientras tranquilamente hacía aguas mayores.

Comprobado el desastre, no le quedó más remedio que emigrar… y, tras haberse enfundado un no mal conservado traje príncipe de Gales, que encontró tirado en los aseos de las Tullerías, decidió agenciarse un rincón más tranquilo en los recovecos lúgubres del Barrio Latino.

De su juventud aprendió la rapiña.

 

III

Tal vez fuera su aspecto; quizá su inigualable gomina y su irrepetible perfume turco o quién sabe si la estrábica forma de mirar, que aprendiera en el prostibulario ambiente de su casa natal, lo que le abrió las puertas a la chulería callejera.

Lo cierto es que, apenas si había cruzado el río, se le acercó un curioso espécimen humano: grueso en demasía, baboso, barbilampiño y aromado que, sin más rodeos, le ofreció a quemarropa el puesto vacante de “oteador de esquinas”, cuya misión consistía en avisar de peligrosas presencias para el negocio.

“No es gran cosa”, pensó, “pero en fin algunos francos y cama limpia”.

Lo que nunca podría haberse imaginado es que las citadas “presencias” a las que el cerdo hiciera referencia, no eran, como en principio había supuesto, las imprevistas redadas policiales, sino el inesperado asalto de otras mafias rivales que, en el escaso periodo de un año, habían enviado al infierno a cuatro de sus predecesores en el cargo.

…También conoció la muerte.

 

IV

A punto estuvo de licenciarse en amor entre las ardientes piernas de María Korlova, “La Rusa” para el negocio, a la que salvó de una muerte segura tras hacerle vomitar el hígado, infectado por la triste amenaza de cuarenta somníferos.

“La Rusa” sufrió un ataque de depresión profunda al escuchar en el noticiario de la noche que el muro de Berlín se había desplomado. “Más competencia”.

Tras recontar los escasos y mugrientos francos que seis clientes habían, desmañadamente, depositado en su sexo, no pudo evitar prepararse una suculenta tortilla de Valium, que le sirviera, pensaba, como última cena.

Sidonio, que fue llamado in extremis con el frio ánimo de convertirle también en último placer, cambió orgasmo por amoniaco y deseo por desvencijado sillón en el que, durante cuarenta y ocho interminables horas, veló la entrecortada respiración de “La Rusa” y sus ininteligibles maldiciones.

Días después, y sin que Sidonio pudiera hacer ya nada para impedirlo, las aguas bajo el Pont d’Orly fueron la fluctuante mortaja en torno al cadáver de María Korlova, huida hacia la libertad una lejana mañana de invierno en la que los perros de Berlín Este parecían dormir.

El río olía a funeral.

 

V

El disparo llevaba la firma de la muerte, pero quizá fuera el temblor alcohólico del asesino, quizá el castañeteo muscular del mártir, el caso es que, aún no sabemos por qué deidad protegido, Sidonio pudo escapar ileso de milagro y, ante el temor de que la suerte no repitiera su leve vuelo o tal vez temblando ante la posibilidad de ver agujereado su flamante terno a la altura de la tetilla izquierda, decidió sabiamente poner tierra por medio.

Con los cuatro francos que consiguiera sisar a la “madame” adquirió una guitarra y un foulard, afanándose de inmediato en la ardua labor de engatusar turistas con canciones “tradicionales” armenias, cuya antigüedad no iba más allá de la borrachera previa a su estreno mundial ante la atónita mirada de los que guardaban europeamente cola junto a las taquillas de la Torre Eiffel.

A pesar de que no se escuchara ni una sola protesta entre los melómanos de siempre, sin embargo, una noche aciaga, Sidonio María Ku vio truncada su imparable carrera musical hacia la nada, al ser detenido por la policía bajo la acusación de vago y maleante.

No era experto en fugas, para su desgracia.

 

Momentos antes de ser guillotinado, escribió a su madre una larga carta en la que le comunicaba los distintos avatares de su vida y en la que prometía su decisión irrevocable de “sentar definitivamente la cabeza”.

VI. Epílogo

Fue la cárcel su definitivo sosiego. Su limbo particular e intransferible.

Sólo en la trena vivió el olvidado milagro de comer caliente, la placidez de dormir sin miedo a ser robado y la indescriptible sensación de ser inútil a conciencia.

Gracias a un abogado racista su condena fue alargada sine die al serle aplicada la accesoria de “peligrosidad social sobrevenida” o algo así.

Veinte años después, momentos antes de ser guillotinado, escribió a su madre una larga carta en la que le comunicaba los distintos avatares de su vida y en la que prometía su decisión irrevocable de “sentar definitivamente la cabeza”.

Cuando la noticia de su muerte recorrió las suaves colinas de Armenia, Sidonio María Ku fue nombrado Hijoputa-Predilecto de La Noche Francesa.

Jota Siroco

Jota Siroco

Escritor español (Guadalajara, 1949). Reside en Sevilla. Licenciado en filología hispánica, es además profesor de lengua y literatura españolas, actor y autor teatral. Ha publicado Charladramas (Ediciones del Callejón del Gato, Sanlúcar de Barrameda, 1993), Cuentos de Sanlúcar (Forum Libros, Sanlúcar, 2002), Cuentos de Sevilla (Padilla Editores, Sevilla, 2002) y la antología de poesía erótica ¡Joder con los poetas! (Padilla Editores, 2003).

Sus textos publicados antes de 2015
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Editorial Letralia: Poética del reflejo. 15 años de Letralia (coautor)
Jota Siroco

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