Esa tarde, yo había quedado en entrevistarme con un entrenador de baloncesto. Faltaba poco para el inicio de la temporada y aún no había sido comunicada de forma oficial la lista de fichajes del club H. En el periódico me habían encargado un artículo referente a las nuevas incorporaciones, por lo que, fiado en la amistad que me unía al entrenador del equipo, supuse que sería el más indicado para proporcionarme tal información o cuando menos algunos indicios que pudiesen conducirme en la mejor dirección posible.
Puesto que el citado habitaba un piso en la barriada donde transcurrieron las mejores horas de mi adolescencia, me las arreglé para que nuestro encuentro tuviese lugar en los alrededores de su casa. Hacía años que no visitaba el barrio.
Llegué a la plaza con más de media hora de antelación y me dispuse a esperar. Estudié cuidadosamente las circunstancias circundantes. Al otro lado de la fuente había dos o tres bancos repletos de madres que charlaban animadamente mientras sus retoños correteaban en torno aprovechando el breve período de libertad condicional que les brindaba la incesante verborrea de sus progenitoras. En la parte de acá, sólo dos bancos estaban ocupados por ancianos platicantes. Con todo, decidí ubicarme en la ancha baranda de piedra en la que solíamos sentarnos mis amigos y yo en las largas tardes veraniegas, invariablemente acompañados por botellas de cerveza recién adquiridas en la tienda de ultramarinos de la esquina y cigarrillos que también compartíamos a falta de otra cosa que hacer.
Allí, sumido en la grata contemplación de la fuente central y arrullado por los innumerables trinos de la multitud de pajarillos habitantes de las pobladas copas de los árboles que adornan la plaza, me dejé llevar por los recuerdos. El aire escasamente contaminado llenaba mis pulmones y gratificaba mi corazón enfermo. Las escenas del pasado se sucedían lenta, plácidamente. Los rostros de los amigos de aquel tiempo, las largas e inútiles y hoy olvidadas conversaciones en pos de un mundo mejor que ya entonces sospechábamos irrealizable, los dorados muslos de las jovencitas que algunas tardes nos acompañaban, la calma...
La calma, ¿cómo fue que la perdimos para siempre?
Pero las palabras entonces aún pronunciables venían a mi mente como suaves olas de un riachuelo pirenaico. Las canciones que inventamos, el viejo chucho que solía apalancarse a nuestros pies, ya sea por la absoluta tranquilidad reinante en aquel pequeño remanso de amistad o por cualquier otra causa que nunca nos fue dado conocer, la alegre inocencia de nuestras amigas, las incontables pipas de girasol consumidas, el viejo radiocasete que nunca tenía pilas, la tarde declinando, el momento de la despedida...
Todas esas imágenes pasaban por mi mente como a cámara lenta, sin verse interrumpidas por los caminantes, ni por las risas de los niños, ni por el ajetreo de aquellos otros, los que siempre van corriendo para no llegar tarde adondequiera que vayan. Pero el sol, en su inevitable descenso, había conseguido superar la barrera de sombra que me protegía y ahora castigaba mi espalda. Ese, y no otro, fue el motivo que me impulsó a cambiar de sitio.
Como buen conocedor del barrio, sopesé de antemano todas las posibilidades. En primer lugar, realicé un concienzudo censo de los bancos libres y sombreados. Había, en ese momento, cuando apenas faltaban quince minutos para mi entrevista, ocho bancos totalmente desiertos y a la sombra, amén de otros cuatro parcialmente sombreados e igualmente vacíos. Sabiendo que en cuestión de media hora la plaza se encontraría llena a rebosar, hice algunos cálculos con rapidez. La trayectoria del sol, la distancia desde cualquiera de las cuatro escalinatas que dan acceso a la plaza, la proximidad de la fuente en la que manaba agua potable y fresca, fueron las coordenadas que me guiaron finalmente al banco más próximo al lugar en que me encontraba, por considerar que tanto su ubicación geográfica como la aparente incomodidad que prometía le convertían en el menos atractivo para los demás visitantes, fuesen éstos quienes fuesen.
No es que por sistema desdeñe la compañía de los otros. No obstante, mi amplia experiencia en plazas y parques me ha enseñado que nueve de cada diez veces se sienta en el banco que ocupamos la persona con la que menos desearíamos hablar. No importa que dicha persona sea desconocida para nosotros. Desde el momento en que elige el mismo banco adquiere, digamos, como una familiaridad que en general me resulta detestable. El hecho de compartir algo, aunque no sea más que un triste banco en una plaza semiabandonada, otorga al visitante el dudoso privilegio de iniciar una conversación que acaso el ocupante más antiguo no desea. Pero así y todo, el visitante se siente obligado a romper el hielo y siempre pronuncia la palabra menos indicada. Da igual cuál sea esa palabra. Siempre es la menos indicada por el mero hecho de ser la primera y por tanto la que da inicio a una conversación que no tiene ningún sentido.
Alguien podría objetar que lo mismo ocurre en los trenes. Nada más lejos de la realidad. En los trenes es el destino quien otorga el asiento y, por tanto, nada de malo hay en iniciar una conversación con alguien que dentro de unas horas saldrá de nuestra vida para siempre y que, por otra parte, no ha elegido sentarse junto a nosotros ni ha sido, a su vez, elegido. Aun cuando, haciendo caso omiso al número que figura en nuestro billete, tomemos asiento voluntariamente junto a alguien que en principio no debería haber sido nuestro compañero de viaje, la duración del trayecto delimitaría cualquier relación que pudiese entablarse. Por otra parte, el constante movimiento de los trenes parece justificar el inicio de una conversación que, desde el momento en que nace, se sabe condenada a unos confines temporales que no le será posible trascender. Tal vez se podría discutir largamente si eso es en realidad una ventaja o más bien un serio inconveniente, pero no es mi intención ahondar en la vieja disputa entablada en la antigüedad y aún no resuelta.
En las plazas, sin embargo, todo es distinto. La plaza existe y tiene una ubicación permanente, al margen de quienes la visitan, la contemplan o simplemente pasan por su lado sin dedicarle una mirada. De algún modo, la plaza es una entidad eterna e independiente, por lo que cualquier conversación trivial, iniciada de forma casual o por mero aburrimiento, puede tender al infinito. De ahí mi recelo. Pero aún hay algo más grave o, si se quiere, preocupante: cuando a pesar de todas nuestras precauciones ya ha sido iniciada la plática, cuando los dos que dialogamos comenzamos a formar un todo comprensible en medio de la totalidad que es la plaza, llega un tercero y pretende sumarse a la conversación, lo que atenta de plano contra la más elemental intimidad de los que charlan. Pueden entonces ocurrir dos cosas: que el nuevo sea aceptado sin reservas en la unidad formada por los que conversan o que sea rechazado sin contemplaciones, pasando a la categoría de intruso. Pero, sinceramente, una vez que ha dado comienzo el proceso, ¿quién daría marcha atrás? ¿Quién sería tan mezquino como para rechazar a un cuarto o a un quinto? ¿Cómo prever entonces las consecuencias futuras de cualquier conversación insensatamente iniciada en una tranquila tarde en un banco anónimo?
Fue por eso que aquel día busqué la sombra del banco situado frente a la tienda de modas. A mi izquierda, el parque ofrecía su inmensidad vegetal como un refugio para caminantes urbanos. Su paseo principal, repleto de bancos más nuevos y cómodos que el elegido por mí, se alejaba hacia las zonas más frondosas, hacia el lago donde en mi juventud había patos, hacia la glorieta central y su famosa estatua. A mi espalda, la calle que se perdía entre viejos edificios de dos o tres plantas hasta llegar a una tapia que, de jóvenes, nunca osamos trasponer.
A pesar de la incomodidad del asiento, debí de adormecerme. Tuve conciencia de ello al abrir los ojos en el momento en que una anciana se acercaba con lentitud hacia el banco, mientras sus ojos inquisitivos no se apartaban ni un instante de mi asombrado rostro. Reparé en que la sombra cubría ya casi por entero la mitad occidental de la plaza. Sobresaltado, consulté mi reloj al recordar de pronto la entrevista. Pasaban casi treinta minutos de la hora fijada. En vano miré a todos lados intentando descubrir al hombre con quien estaba citado. En contra de lo que podría esperarse, mi pulso declinó un tanto al certificar su ausencia. J. C. era un tipo a quien nunca faltaban ocupaciones, y seguramente se había retrasado un poco. Lo que no dejó de sorprenderme fue que no hubiese llamado para advertirme de su tardanza. Sospeché que acaso ni siquiera recordaba la hora o el lugar en que habíamos quedado. Pero todos esos razonamientos pasaban por mi cabeza como tamizados por la presencia de la mujer frente al banco.
No era exactamente una anciana, ahora me daba cuenta de ello. Tendría unos cincuenta años o poco más, pero el negro de su vestimenta la hacía parecer mayor. Su verde mirada parecía querer penetrar mis pensamientos, lo que al momento me hizo sentir incómodo. Como herido, aparté mis ojos de los suyos, intentando de paso demostrar con ese gesto mi escasa predisposición a aceptar compañía, pero fue inútil. Ella aprovechó esa circunstancia para tomar asiento en el otro extremo del banco, pero sin la menor intención, según pude constatar de inmediato, de charlar conmigo.
Por diversas razones, eso me satisfizo y me molestó por igual, al tiempo que una sorda inquietud iba invadiéndome. De reojo, pude comprobar que su mirada seguía fija en mí, acaso preguntándose qué podía estar haciendo allí o buscando sin hallarlo mi rostro en su memoria. En algún momento tuve el intenso deseo de preguntarle por qué me miraba de esa forma, pero el simple temor a las posibles consecuencias de tal acción consiguió siempre reprimir tal deseo. Su cuerpo se balanceaba levemente adelante y atrás, como llevado por una suave música, pero en el aire no había música alguna a no ser el arrítmico piar de los pajarillos o los lejanos chillidos de los niños que jugaban al otro lado de la plaza. Tal vez la música provenía de su interior. Tal vez no hubiese ninguna música y su balanceo no fuese debido sino a algún reflejo o a la rutina.
Comoquiera que su mirada seguía turbándome, pensé en levantarme de improviso y abandonar el banco. Pero eso entrañaba no poca dificultad. Después de todo, yo estaba allí desde antes y por lo tanto me asistía el derecho a conservar mi ubicación. En esas condiciones, mi marcha suponía la aceptación de una derrota, la pérdida inherente de todos los privilegios que pudieran derivarse de mi actual situación de ocupante y la consustancial renuncia a la ocupación de ese o de cualquier otro banco en el futuro.
Tampoco podía soslayarse el impacto que tal decisión podría provocar en la mujer que, quiérase o no, en esos momentos era mi acompañante, aunque entre nosotros no se hubiese cruzado ni una sola palabra ni establecido vínculo alguno con excepción de la presencia de ambos en un mismo banco. Si ella llegaba a sospechar siquiera que mi marcha era consecuencia directa de su actitud silenciosamente inquisidora, podía despertarse en su corazón un terrible sentimiento de culpa que, según se decía, llegaba en algunos casos a degenerar en un abandono total de la plaza y un penoso deambular por los senderos terrosos de los parques, lejos de cualquier posibilidad de retorno a las conversaciones cotidianas de los atardeceres en esa o cualquier otra plaza.
Pero también podría ocurrir todo lo contrario: que la dama en cuestión estuviese intentando, desde el momento mismo en que se decidió a tomar asiento junto a mí, ahuyentarme de ese banco que quizá consideraba como propio, basándose acaso en la ocupación efectuada en días precedentes o en alguna antigua costumbre. En tal caso, el abandono por mi parte significaría su victoria, sus pupilas reflejarían el orgullo de saberse vencedora y a mí no me quedaría sino alejarme cuanto antes y para siempre de aquel lugar sin volver la vista atrás para no sentir la abrasadora daga de sus ojos clavándose sin la menor piedad en mis entrañas.
“Si al menos llegase mi amigo...”, pensé. Pero por mucho que mi cabeza se girase hacia atrás, por mucho que mis ojos oteasen el oscuro fondo de la calle tapiada, no conseguía de ningún modo convocar la presencia de aquel a quien ya llevaba un buen rato esperando. Como de pasada, recordé que el resultado de la entrevista debía ser publicado al día siguiente, por lo que mi trabajo no terminaba con la conversación que mantendría con J. C., sino que posteriormente tendría que desplazarme hasta la redacción del periódico y transcribirla antes de la hora de cierre, pero en ese momento no me importó en absoluto. Sentado en el banco, a la sombra de los frondosos árboles, bajo la torturadora mirada de la mujer de negro, sentí que el tiempo corría de otro modo. Cualquier urgencia había de posponerse sin remedio. Nada podía hacerse mientras la cuestión que ahora reclamaba mi atención no hubiese sido resuelta. De pronto, la entrevista perdió todo significado, se me apareció como una excusa, una oscura y desconcertante trampa de mi torturada mente para regresar al tiempo en que aún era feliz. Llegué incluso a dudar que la cita con J. C. hubiese sido acordada jamás. La libreta y el bolígrafo que descansaban en el bolsillo de mi camisa no consiguieron mitigar el desánimo que comenzaba a embargarme.
Fue durante esos momentos de total confusión cuando otra mujer se acercó al banco y, tras dirigirme una mirada perturbadora, tomó asiento al lado de la primera, entre ella y yo. Lejos de contrariarme, la llegada de la nueva mujer me alegró. Pensé que acaso fuesen amigas, lo que simplificaría notablemente las cosas, puesto que una conversación entre ellas no me implicaba de ningún modo ni me obligaba a intervenir, mientras que hasta ese momento, ahora lo notaba, había estado en tensión debido a la posibilidad de que la mujer inicial formulase una pregunta directa, poniéndome en una situación tremendamente complicada, ya que una respuesta, fuese ésta la que fuese, hubiese abierto sin el menor pudor las puertas al diálogo. Por el contrario, el silencio ante una pregunta directa eliminaba cualquier posibilidad de que fuese planteada una segunda cuestión, pero tal proceder se considera exento de toda ética y suele ser criticado con dureza por los habituales de las plazas.
Sin embargo, la recién llegada tampoco tenía, al parecer, la menor intención de charlar con la otra ni conmigo, al menos de momento, pero lo que no pude dejar de notar fue la extraordinaria semejanza entre ambas mujeres ni la intensa mirada que la segunda de ellas me dirigió en el momento de sentarse. Como sus ojos no se separaban ni un instante de los míos, fui yo quien, fingiendo buscar a mi amigo en la distancia, hube de apartar la vista, preso de una agitación inusual. Pensé que la nueva parecía querer comunicarme algo o tal vez no fuese sino una forma de invitarme al diálogo, pero, en cualquier caso, mi turbación comenzaba a ser demasiado evidente, hecho que constaté al percibir en el rostro de la primera un leve gesto de ironía, una imperceptible sonrisa que la mujer disimuló con un suave movimiento de su cabeza que hizo ondear su cabello castaño y, en algunos puntos, prematuramente encanecido.
Ese gesto me reveló lo que hasta entonces había sido incapaz de apreciar: la extraña hermosura de la que aún quedaban restos en el rostro de la primera mujer y, por ende, también en el de la segunda. Las arrugas que salpicaban sus caras habían estropeado la juvenil belleza que un día, sin duda, las había convertido en objeto de deseo. Pero aun ahora, un observador atento e imparcial no podría dejar de constatar que, a pesar de su edad, ambas seguían siendo atractivas. Las contemplé sin disimulo alguno, sin pararme a pensar en las posibles consecuencias de tal observación. De ese modo, la turbación que hasta ese momento me había embargado desapareció por completo.
De repente todo adquirió nuevos significados.
Deseé hablarles, contarles las viejas historias que siempre cuento a quien quiera escuchar, provocar en ellas veladas sonrisas que les devolvieran, siquiera un instante, su antigua belleza, compartir esa tarde y esa espera que tanto empezaba a prolongarse, dejarme envolver por la ya olvidada sensación de placidez que despiertan las plazas en las tardes primaverales, formar parte, no más que por unos minutos, de la esencia incomprensible de la plaza.
Y puedo asegurar que lo hubiera hecho de no producirse la llegada de un tercero. Esta vez se trataba de un hombre, algunos años mayor que ellas. Sin una palabra, tomó asiento entre ellas y yo, rompiendo en mil pedazos el frágil puente que había comenzado a tenderse. Me miró de arriba abajo, casi con insolencia. Luego miró a las mujeres de igual modo para fijar más tarde su vista en la fuente central. Quizá fue en ese momento cuando reparé en que la mayor parte de los bancos de la plaza aún estaban desocupados, lo que me produjo cierto desasosiego. ¿Por qué, en ese caso, habían elegido sentarse allí, donde ya había un ocupante al que además no conocían y que tampoco había demostrado, en modo alguno, desear ningún tipo de compañía? ¿Se trataba, acaso, de alguna estrategia destinada a salvaguardar la plaza del posible abuso que pudieran producir los visitantes ocasionales? ¿Por qué nadie decía una palabra?
Esas preguntas carentes de respuesta comenzaron a asfixiarme. Ante la nueva intrusión, todo mi apasionamiento de unos segundos antes se diluyó de inmediato. Pude observar que las mujeres habían dejado, por fin, de mirarme, pero eso no me alivió lo más mínimo. Antes bien, se podría afirmar que la tristeza que comenzó a embargarme tuvo su origen precisamente en ese detalle. J. C. no aparecía y el sol ya se iba escondiendo en el horizonte, tragado por el bárbaro poniente. Algo me decía que debía marcharme, que mi amigo ya no vendría, que se había olvidado de la entrevista o que la conversación en la que se acordó nuestra cita ni siquiera había tenido lugar. De cualquier forma, a esa hora ya no había tiempo. La edición del día siguiente tendría que salir sin la información que me había sido requerida. Así, pues, era libre de marcharme. ¿Por qué, entonces, no lo hacía? Nada me ataba a aquel banco. Por el contrario, muchos factores me impulsaban a abandonarlo. Ni siquiera la simpatía que unos minutos antes despertasen en mí las dos mujeres que ahora se miraban entre ellas, como intentando reconocerse, me pareció un motivo válido para permanecer allí ni un minuto más.
Sin embargo, me quedé allí, callado, esperando aún, sabiendo que mi espera iba a ser de todo punto estéril. No fue hasta mucho más tarde, al anochecer, cuando se decidió todo. Como no podía ser de otro modo, un cuarto hombre se acercó hasta el banco y se paró frente a mí. Como es sabido, cuatro es el número de ocupantes de cualquier banco. No es de ningún modo razonable, ni existe constancia de que alguna vez haya ocurrido, la presencia de un quinto. Ante la nueva situación sólo me quedaban dos alternativas igualmente ominosas: permanecer allí en medio del ambiente hostil que se iba formando a mi alrededor, lo que sin duda sería considerado un acto de soberbia, o ceder galantemente mi puesto al recién llegado, lo que, al margen de cualquier otra consideración, constituye una claudicación sin atenuantes.
Apoyado en su gayata, el hombrecillo me observaba sin impaciencia. Yo dirigí mi vista hacia los demás bancos, como queriendo insinuar sin palabras lo que el anciano no podía haber pasado por alto, pero fue en vano. Él sólo me miraba sin inmutarse.
Fuese claudicación o simple cortesía, lo cierto es que me incorporé casi bruscamente y di dos pasos en dirección a la fuente. Fue el tiempo suficiente para que el cuarto ocupase mi lugar. Supe que ya no había regreso. Resignadamente, contemplé por última vez la plaza que se iba sumiendo en la penumbra, el banco en el que ahora charlaban animadamente los cuatro, los otros bancos, desiertos, y me adentré en el laberinto de las calles, en busca de mi automóvil.
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