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He soñado que dormía

jueves 3 de octubre de 2024
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He soñado que dormía mientras dormía. Soy la bola que cae hacia arriba como en uno de esos acertijos visuales del pintor holandés Escher. Mientras algo no se mueve no tenemos constancia de ello. La bola dibuja la invisible espiral al caer. La espiral, sin bola que la recorra, se difumina. He despertado, o eso creo. Me voy a quedar muy quieto. Mientras no tropieces conmigo, en tu mente no apareceré. Los recuerdos que tengas sobre mí no me hacen real, los pensamientos que te asalten urdiendo tramas entre nosotros dos no me hacen existir. No tengo problemas, pero creo que tengo problemas. Ese es mi problema.

Me llamó una teleoperadora, comercial de telefonía, ofreciéndome una oferta de fibra, móvil y televisión de pago. Un paquete me quería meter. No lo dijo así. Cuando cogí el teléfono para atender la llamada iba en albornoz, con el nivel de estrés bajo control. Acababa de encender una vela aromática. Me iba a duchar con agua templada. En la calle el frío era tan incisivo que hasta los políticos transitaban con las manos metidas en sus propios bolsillos. La teleoperadora tenía acento latino, trabajaba para una compañía de la competencia y me ofrecía un plan de rechupete, de esos que te sientes un imbécil si no aceptas y un iluso si lo haces. Me ha tratado de señor y ha pronunciado mi nombre compuesto y mi primer apellido también compuesto y mi segundo apellido descompuesto. El esdrújulo Gárate me lo ha llaneado a Garate y tropezado la lengua con mucha gracia al tratar de decir de corrido Ibinagabeitia. Todo con mucho respeto y tratando a un mindundi como un servidor con la prestancia que merece alguien al que se supone con sesenta euros todos los meses a los que echar mano. Le he hecho preguntas de tocapelotas para las que tenía preparadas respuestas muy convenientes. Apetece ser querido de nuevo. Mi vieja compañía me trata como si nuestro amor ya fuera algo obligado, da por hecha la relación y no se esfuerza haciéndome regalos ni dándome agradables sorpresas. Se ha acomodado en el arte de la seducción. Da gusto ver con qué entusiasmo y frescuras ya olvidadas por mí esta señora me hace la corte, me halaga el intelecto, me ríe las gracias. Casi me emociona cuando, acabada la exposición de sus ofrendas amorosas, se ha comportado con cariñosa paciencia ante mis vacilaciones, repitiéndome los detalles de su oferta encelada. Da pereza el cambio. Sabes que habrá pasión al principio, pero temes que acabará cansándose de ti, como todas. Me llama señor Garate otra vez. Me da un vuelco el corazón. Le pido una cita. Me recuerda que se está grabando la conversación. Le confieso que hace tiempo que una señora de voz tan deliciosa no se fija en mí, y menos en horas de trabajo. Me estoy poniendo nervioso. Ayer aprendí una palabra nueva y me parece que si la meto en la conversación, ella valorará mi nivel cultural, así que cuando estamos oficializando el contrato, le suelto si no sería conveniente aplazar la firma hasta podernos ver en persona. Conozco una churrería donde es difícil que el romanticismo no se dé con todo su arsenal de miradas intencionales. Me informa que las cosas no funcionan así. Me temo que se está enfriando, que sesenta euros al mes no son suficientes para el pack que sería de mi gusto. Pero no pierde el tono amable, el timbre seductor. Y me dejo ir. Digo que sí, que soy suyo, que a sus pies. Y ella recobra el entusiasmo. ¡Es tan bonito el juego del amor...!

El ego no duerme, intenta llamar la atención a todas horas, porque si fallara un instante podría hacerte consciente de que no eres él.

El ego no duerme, intenta llamar la atención a todas horas, porque si fallara un instante podría hacerte consciente de que no eres él. Nos movemos en ese maquiavélico pasatiempo donde nos rendimos a su vanidad para debilitarlo. Como las artes marciales, el truco de la vida se basa en manejar bien las distancias y el equilibrio. Las distancias dejan el oleaje en la superficie; la felicidad y la infelicidad no te alcanzan en pleno rostro, en tu centro de operaciones. El equilibrio te permite andar en el filo del mundo sin ser del mundo. Si plantas la semilla en las condiciones idóneas, ella sabrá qué hacer. Tú, a esperar atento.

Salgo a la calle, la ciudad está en obras. El mundo que hemos ido diseñando está en construcción de forma permanente; arreglamos lo efímero con parches y nos echamos a dormir hasta el día siguiente sabiendo que otra fuga nos esperará para ser sellada. Nos da miedo que se caiga el castillo de naipes y lo vamos apañando con remiendos. No soy las cosas que pienso o siento, ni lo que me sucede, ni mi biografía genética y temporal, ni las relaciones o circunstancias. Soy el espacio atemporal que fluye entre esas cosas, en sus intersticios. La vida es tan bella que sonrío con rendición ante las jodidas facturas que se me acumulan en el buzón. Omar, el frutero, no me fía, no se fía. Así que le robo los aguacates y apunto mentalmente lo que le debo. Se lo pagaré, todo se paga, de una forma u otra. El presidente de la comunidad me persigue por la escalera para que abone la última derrama. Corro más, la necesidad da una resistencia sobrehumana. Sí, el dios dinero se niega a residir en el templo de mis bolsillos desde que apostaté. No lleva bien que se le ignore. No lo hago, sólo que paso por delante y no me doy cuenta de su presencia. Me doblego a las reglas del mundo, pero qué quieres, no son mis reglas. Y eso me va marginando hasta alcanzar la realización completa de manera suave y sin esfuerzo. Cuando el solitario va bien encaminado, los demás buscan su compañía, se salen de sus acompañamientos habituales y se le aproximan porque está emitiendo una sintonía que ellos escuchan.

A este paso, acabaré en la cárcel por deudas, por excentricidades ilegales o por algún ataque de ira contra una persona que el orbe ha investido de honorabilidad fantasiosa y burocrática. Da igual. Fregaré los pasillos de mi módulo carcelario hasta sacarles un brillo nunca visto. Allí ofrecen un catre, algo de comida, posibilidad de ejercicio, talleres y personas que constantemente se dicen a sí mismas que ha de haber algo más, que esto que les ha tocado vivir no puede ser todo, personas que se están desengañando de la identidad propuesta por el mundo que las encarcela, y buscando en el espacio vacío su sitio. Dónde puedo estar mejor que en la cárcel. Es el destino más lógico. No busco el paraíso en la Tierra. Si así fuera, no querría abandonar la Tierra, y ese abandono es un hecho ineludible más pronto que tarde.

He llamado al teléfono de atención al cliente con la esperanza de volver a oír su voz. No he tenido suerte. Acudo a Tinder. Quizá ahí encuentre a la teleoperadora de mi corazón. En Tinder hay personas solas que buscan compartir su soledad con otras personas solas. En la calle también, pero no nos miramos ni nos decimos esas cosas. En mi perfil digo que tengo deudas y acabaré en la cárcel. Busco alguien que quiera irme a visitar una vez por semana, alguien para el vis a vis íntimo. Es tan infrecuente lo que propongo que no me faltan candidatas.

Camino buscando calles poco transitadas, alejándome del centro, hacia esos barrios que no terminan de soldarse al pulso de la ciudad. La tarde se estremece con los últimos estertores. Avanzo mirando alternativamente al suelo y al cielo. Pero de frente, un tipo alto, huesudo y nervioso, se interpone en mi paseo y me golpea en el hombro al tiempo que me coloca el filo de una navaja en el cuello. Le digo que esté tranquilo, le pregunto qué quiere, que lo arreglamos. Me exige la cartera y el dinero que lleve encima. Mi cartera le defrauda: un carné de identidad caducado, una tarjeta sanitaria rota por las esquinas, un calendario del año pasado que me dieron en la bodeguilla, un papel con un número de teléfono apuntado que no recuerdo de quién es, un pase de tranvía sin saldo. No le miento cuando le digo que no llevo dinero. Me obliga a vaciarme los bolsillos del chamarro y aparecen los dos aguacates que tenía para el almuerzo, tan ricos en minerales y vitaminas, con muchas grasas cardiosaludables. Se cabrea porque comprueba que es verdad que no llevo ni un euro. Maldice su suerte al toparse con un miserable como yo. Para no echar en saco roto el atraco, me roba los dos aguacates que a mi vez había robado en la frutería de Omar. Quien roba a un ladrón... ¡Encima eso! El perdón para él y los aguacates también. Y el ladrón soy yo. Y es que los intermediarios estamos muy mal vistos. Cuando me da un tortazo para despedirse, le pregunto si sabe que el nombre de aguacate deriva del azteca ahucatl, que significa testículo y que es afrodisíaco.

—¡Menudos huevos tienes, muchacho, al contarme esa chorrada!

—¡Los que tú te llevas!

Mientras sigo mi camino con el orgullo vapuleado, siento una honda solidaridad con esa multitud anónima de gentes desarmadas en esta selva de leyes artificiales y cambiantes donde no encuentran amparo ni respiro. Paso por delante de un ambulatorio de urgencias, entro en un estado de alteración evidente. Me suministran unas benzodiacepinas y vaya usted con dios. Mi sistema nervioso central lo agradece. Un rato inhibiendo pensamientos ultrajantes es un premio inmerecido, un rato con la ansiedad embozada es un privilegio. No sentir es ir con dios. Y cuando llego a la casa de la que me van a desahuciar, pienso que la cárcel es su templo.

Luis Amézaga
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