Abricail es un ser diminuto cuya presencia casi nadie puede percibir.
Una tarde lo encontré sobre el escritorio; me pareció que tenía frío, así que lo introduje con sumo cuidado en mi bolsillo. Ese simple gesto, ya fuese elemental cortesía o momentáneo arrebato solidario, fue interpretado por él como una silenciosa invitación: decidió quedarse a vivir en mi apartamento, lo cual me contrarió; nadie ignora mi aversión a cualquier tipo de convivencia. No obstante, justo es reconocer que toda la responsabilidad fue mía, ya que no tuve fuerzas para aclarar el equívoco en aquel momento, y todo momento posterior, como se sabe, siempre es tardío.
Desde entonces está aquí, a pesar de la evidente incomodidad que esto me provoca, y que no me molesto en disimular. Abricail, sin embargo, no parece reparar en esa especie de desdén. Por el contrario, su actitud demuestra una simpatía hacia mí que yo no he pretendido y que tampoco me complace. Tiene la costumbre de subirse con excesiva frecuencia a mi hombro izquierdo, ignorando con fingida inocencia las miradas de reproche que le dirijo. Ese hábito, por otra parte, no es algo que me moleste en exceso, ya que, en realidad, su peso es mínimo: la extrema delgadez de su cuerpo y sus miembros sugieren que pudiera estar formado de hilos, o más bien de alambre fino, por cierto tono plateado que adquiere al atardecer. Sin embargo, sus ojos, que presiento fijos en mí, me provocan un tenue desasosiego. No es grato saberse observado constantemente, aun cuando el observador sea minúsculo.
Otras veces, sobre todo hacia mediodía, busca un sitio retirado y, a ser posible, confortable, donde se entrega, diríase, a la meditación o a una suerte de somnolencia expectante.
Inútilmente he buscado información sobre él en las enciclopedias y en el vasto ciberespacio. Le sospecho hijo del mundo animal, pero no hay grandes indicios que apoyen esa idea, aunque todavía resulta más improbable como planta o roca. Si se le pregunta, no sabe o no considera apropiado dar una respuesta simple: enumera entonces un amplio catálogo de ideas variadas, que en apariencia no guardan relación alguna con la cuestión planteada. Al hacérselo notar, parece enfurruñarse o entristecerse —todavía no he aprendido a distinguir bien ambos estados de ánimo— y se refugia en un silencio musical que consigue emocionar a cualquiera que se halle lo bastante cerca. Si, a pesar de todo, insisto, directamente se vuelve translúcido, dando a entender así que esa conversación no le divierte y que, al menos de momento, no quiere continuar con ella, dejando claro, en cualquier caso, que no se siente molesto por el interés que demuestro y que quizá otro día podamos seguir donde esta vez lo hemos dejado, o en otro punto si así lo deseo.
Abricail se inquieta un poco cada vez que salgo al exterior. Sin duda, teme al insistente viento de mi ciudad, que en los cortísimos días del invierno viene helado desde el noroeste. En esas ocasiones, si no he tenido la precaución de deslizar su menudo cuerpecito en el bolsillo interior de la americana, se agarra con fuerza a la solapa de mi abrigo. Su aparente fragilidad resultaría conmovedora, pero la decisión de acompañarme a todas partes es exclusivamente suya, por lo que me parece justo que se atenga a las consecuencias. No obstante, si he de ser sincero, desde que Abricail viaja conmigo intento evitar las calles en las que el viento sopla con más fuerza y camino ligeramente ladeado, para servirle de parapeto.
Por la noche, cuando me voy a dormir, Abricail se introduce entre las páginas catorce y quince del libro que en ese momento haya sobre mi mesilla. He observado que también en ese asunto tiene sus preferencias. Hay ínfimos detalles que lo demuestran, aunque naturalmente eso no influye en mi criterio a la hora de elegir un libro. Sin embargo, a decir verdad, hay autores que en los últimos tiempos me atraen menos, aunque es presumible que tal cosa no obedezca más que a la natural evolución del impulso lector.
Cuando como, se aparta discretamente a un rincón de la mesa y me contempla en silencio. Si le ofrezco un bocado, declina mi invitación con un gesto imperceptible. No sé de qué se alimenta ni cuándo lo hace. Nunca le he visto hacerlo y me atormenta un poco la idea de que pueda pasar hambre y yo no haya sabido proporcionarle el alimento que él necesita. Por otra parte, me digo que seguramente es muy capaz de encontrar por sí mismo la solución a ese problema.
Todos sabemos lo que son estas cosas: un día, Abricail desapareció sin más. Lo estuve buscando durante horas, con la remota esperanza de que su ausencia no fuese tal, sino uno más de los muchos entretenimientos a que habitualmente se entregaba, a veces contando con mi colaboración, otras, las más, sin otro compañero de juegos salvo el aire en que bailaba, la luz que lo embriagaba, el vacío que lo rodeaba y que su desbordada imaginación siempre conseguía transformar en otra cosa menos gris, haciéndome partícipe, sin conciencia, de los giros y vaivenes de sus incomprensibles pero seductores rituales. Ahora que ya no está, apenas siento su ausencia, del mismo modo que su presencia fue siempre un tanto inconsistente. Sin embargo, en determinados momentos, me quedo parado en medio del salón o de la cocina, como preguntándome qué pasa, como intuyendo que algo muy valioso se ha perdido y sin saber definir muy bien qué es.
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