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Poemas de Mario Amengual

miércoles 13 de junio de 2018
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Leyendo en una plaza

Me siento a leer
en el banco de una plaza.
Pasan y me saludan
unos cuantos conocidos:
amigos de la infancia,
compañeros del fútbol,
gente varia que antepone
un hola o un qué tal a mi nombre;
pero sé que me sienten extraño
porque estoy leyendo en la plaza
y no estoy embebido
en las urgencias del rebusque,
en las maravillas absorbentes de la telefonía móvil
y sus inagotables novedades.
Estoy leyendo:
nada que me hunda
en las vesanias políticas
o en las infames astucias del día
o en los afanes de quienes
hacen de la vida una excusa
para sus quejas o sus arrogancias.
Estoy leyendo en una plaza,
me demoro en un verso,
me quedo pensativo,
miro los árboles, los transeúntes,
los niños que patinan, montan bicicleta,
juegan pelota, corren de un lado a otro,
y vuelvo al libro,
al verso que me tocó,
que me pidió repetirlo.
Algo me dijo el poeta
desde el primer verso,
me pasea por su infancia,
por su nostalgia, por sus palabras
ahora mías, ahora que él
ya no pisa la tierra y con él repito:
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.

 

Eternidad

Atrás quedan los paraísos,
los rigurosos infiernos,
las redenciones,
el pánico de Pascal.
Nos quedan
las manos sin nada,
el regalo inexplicable
y el silencio para siempre.

 

La otra mirada

Para los ojos desencantados
todas las formas se desvanecen,
dejan de ser ellas
y en otras esferas mínimas
o mayores cobran cuerpo
o imagen alguna.
Pero siguen vibrantes en el cosmos,
tal vez bajo un principio
cuya ley o causa
nos está negado describir
o apuntar o relatar.
Somos formas pasajeras de eso
que somos y no sabemos
desde cuándo ni hasta cuándo
sin que valgan el empeño
y la porfía en saberlo.

Mario Amengual
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