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Cinco poemas de Jorge Palma

miércoles 7 de junio de 2023
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Mirando pasar los barcos

Vengo a ver
la resurrección de la luna.

A mis espaldas, la ciudad
agoniza en su falsa intimidad.
No cuenten conmigo hoy
para velar a sus muertos.
He venido a ver
la resurrección de la luna.

Un barco, inmenso y negro
como la muerte, pasa
empujando el día.
Hay zozobra en la ciudad
y quedan, todavía en llamas,
gritos atravesando el viento.

Vengo a ver la resurrección
de la luna.

Mientras miro pasar los barcos,
la humedad hace nidos
y la carcoma anuncia
una nueva devastación.
Crujen las casas
de los olvidados de la tierra
y yo vengo a ver
la resurrección de la luna.

Los barcos abren el agua
y yo me pregunto de qué
hablarán en las cubiertas
en los camarotes
si alguno siente crujir
en sus dedos
el olor de la humedad
de los olvidados de la tierra,
cada vez que juegan
con un trozo de pan.
A mis espaldas
la ciudad corre, se infarta,
devora trozos de cielo, mientras
reparte lluvia en viejos canastos.

Señor, vengo a ver
la resurrección de la luna,
y sólo veo barcos, enormes
y negros como la muerte.
¿Dónde está la luna, Padre?
Esto empieza a congelarse
y oscurece.
La ciudad corre, se infarta,
mientras reparte lluvia
en viejos canastos.

Pero no llueve sobre mi rostro.
Pero no llueve sobre mis manos.

Llueve en las casas húmedas.
Llueve en los patios sin luna
donde la ropa tendida
no se termina nunca de secar.

¿Por qué les siguen pagando
con sal a los más solos
de la tierra?
¿Hay algo que no he
comprendido realmente?
¿Alguien puede explicármelo
de una buena vez?
Traigan sus ábacos
y pizarrones.
La luna tarda en salir
y un gemido de parto
atraviesa esta tierra.

Yo he venido a ver
la resurrección de la luna.
Y lo único que veo
son barcos enormes, negros
como la muerte,
entrando y saliendo
de la ciudad.

 

Robos

Hay quien roba pedacitos de cielo
porque ya no tiene con qué darle
de comer al corazón.
O le roba la falda y los pechos
al frutero, al farmacéutico,
al dueño del circo, y se queda
entonces con la mujer del trapecio.
Hay quien roba pedacitos de cielo.

Hay quien roba sonrisas, tiempo
en los relojes
sueños de mampostería
ropa de los alambres
o agua pura de los manantiales.

Hay quien roba miradas, órganos,
vacas y terneros, y se contenta
del magnífico vilipendio.

Hay quien roba trompos
de los escaparates,
y pelucas
o máquinas de hacer risa
o bombas de alquitrán
o bolsas de harina
de las puertas de las panaderías.

Hay quien roba aire besos suspiros,
labios para otros
cuerpos para los que llegan
de madrugada.

Hay quien roba relojes lámparas,
aviones y faroles de las plazas
y paginas de la historia
y paraguas
y años de los almanaques
y el legítimo derecho de elegir
y ser otro,
de tener una casa un árbol
un libro que no sea de arena
ni hambre en los bolsillos
ni los párpados llenos de droga
ni alcohol en las venas
y en la mirada
ni furia contenida por generaciones
ni hogares de lata
fabricados por la avaricia
y el desinterés.

Hay quien roba pedacitos de cielo
porque ya no tiene con qué darle
de comer al corazón.
Porque no tiene con qué darle
de comer a tanta rabia.

 

Malabares

En las esquinas del frío
el hambre hace malabares,
tira mancuernas al aire
traga antorchas
disimula el ruido de sus huesos
haciendo malabares.

En las cocinas más pobres
las mujeres hacen malabares
con el arroz las papas los boniatos
con siete monedas
y una carcasa de pollo
con un huevo una manzana
con tres panes diminutos
esperando solos en una mesa vacía.

Los obreros de las fábricas
hacen malabares.
Los vendedores de paraguas
hacen malabares.
Los contadores de historias
hacen malabares
con las palabras
con las pausas los silencios
con las monedas contadas
en las esquinas
al final de la jornada.

En los hospitales de Dios
los pobres hacen malabares.
Las camillas
hacen malabares.
El algodón y las gasas
hacen malabares.
La sangre
las proteínas
el ácido nucleico
hace malabares
en un cuerpo que hace malabares
para sobrevivir.

Malabares
a la hora de comer.
Malabares
a la hora de buscar,
como un obseso, una camilla,
un balón de oxígeno
un tubo de ensayo.
Malabares
en las esquinas de la ciudad.
Malabares
con panes y cucharas.
Malabares
con los huesos que tiemblan,
crujen, sacan canas verdes
cumpliendo las leyes del mercado,
en las esquinas del frío
donde el hambre pone huevos,
seguros, intactos, como el primer día.

 

Intemperie

Camas.
Camas en las veredas
del mundo.
Camas
en las esquinas del cielo.

Camas en las ramas
de los árboles.
Camas en las raíces
de la lluvia.
Camas en los racimos
del llanto.
Lluvia en las manos
del hombre solo
que pasa con una cama
colgada de su omóplato
haciendo malabares
con un montón de palos
trozos de algo
que fue un armario
un comedor
un guardabultos
en la abultada colección
de la señora piel de diamante.
Camas solitarias
en las veredas del mundo.
Camas mojadas por la lluvia
en las esquinas del cielo.

Y más camas que se replican
debajo del sueño de los otros.
Debajo de las catedrales
y las escuelas
debajo de los restoranes
y los días de lluvia
debajo de las fábricas
de ataúdes.

Camas camas y más camas
debajo de la risa idiota
de un coleccionista de pájaros.

Intemperie, señor mío.
Intemperie.

Al árbol, lo que es
del árbol.
Al cielo,
lo que es del cielo.

Nombremos las cosas por su nombre:
clavo, herradura, sentencia, malparido,
deshonesto, mago o hechicero.

Los niños de los suburbios
son vendidos en las fronteras
y un bosque entero se incendia
cada vez que un hijo del cielo
cae en las aguas revueltas
del río turbio.

Intemperie,
señoras y señores.
¡Intemperie!

Dolor en los huesos.
Tristeza infinita.
Inaceptable
acumulación del sinsabor.

¿Dónde, en qué lugar del desierto,
sepultaron los 37.000 volúmenes
de la historia universal?

La desidia teje trampas.
Construye capullos de miedo
en los abismos del alma
y duele más que el llanto
el ronco amanecer del invierno.

¿Quién se está comiendo a sus hijos
en el centro del bosque?

Alguien ha dicho, rascándose
con una uña, la comisura de los labios:
“Con los huesos harán palos, para tocar
sus viejos tambores, hasta que desaparezca
el firmamento”.

Y no quede piedra sobre piedra.
Y no quede
ni el más mínimo rastro
de lo que fueron
los pobres de la tierra.

 

Carta al vendedor de pájaros

Acuérdate de los niños del barrio
cuando se haya marchado
el último pájaro,
cuando sólo quede en el aire
el olor acre de la fricción,
del arranque intempestivo,
quemando combustible, sangre,
la vida misma.

Acuérdate de los niños del barrio
cuando no queden pájaros
en el cielo,
cuando los últimos salgan
como un temporal de los balcones,
de las salas velatorias
de los campanarios
de los bolsillos de los médicos
del cabello anaranjado de las mujeres
de la vida
de las faldas de las modistas
de los pizarrones de las escuelas
de las pensiones
de las casas de citas
de los cementerios…
Acuérdate de los niños del barrio
cuando no queden pájaros
en el cielo
y no queden pájaros
en tus jaulas
y no queden sonidos
en los bosques
y no rían los niños
en las escuelas
y nadie cante cuando amanezca
y ningún sonido corte la tarde
y nada suene en el aire
cuando arranque a nacer la primavera.

Acuérdate de los niños del barrio
cuando no queden pájaros,
cuando nadie sepa cómo latía
su alegre corazón errante,
cómo era cuando su cuerpo tibio
curaba todas las heridas,
antes, mucho antes,
que la tierra fuera opaca,
el cielo frío,
y los días
interminables y sin sonido.

Jorge Palma
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