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El compromiso con la libertad en la obra poética de Eugenio de Nora

lunes 14 de noviembre de 2016
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Eugenio de Nora
Las palabras de De Nora son nuestras también, su viejo canto resuena en nosotros como el eco de un grito en el viento.

La obra poética de Eugenio de Nora todavía brilla en algún lugar del tiempo, porque nació del deseo de denuncia, de reivindicar lo bello de la vida, lo hermoso de la naturaleza, lejos de los que cercenan, con su impudicia y deslealtad, los rincones del mundo.

Nació en 1923 en Zacos, en la comarca de Cepeda, provincia de León. Los primeros años de su vida transcurren en el ambiente campesino, su padre era el propietario de un pequeño taller de carpintería y serrería. Ya ve el misterio de la naturaleza, la belleza del mundo, las montañas y los valles, donde el hombre puede encontrar la paz y su dimensión humana.

De Nora ahonda en el hecho comunicativo, en la necesidad de cantar para el pueblo.

En 1932 la familia se trasladó a León, donde el poeta comenzó sus estudios de bachillerato en el instituto. Vio, de primera mano, cómo, al llegar la Guerra Civil, los nacionalistas asesinaban a vecinos suyos o encarcelaban a profesores del instituto. Todo lo que tuviese que ver con la cultura era necesario que desapareciese, porque la iniquidad de los golpistas y sus secuaces no tenía parangón, lo que tuvo también la contrapartida de la actitud hostil y sangrienta de los defensores de la República. En realidad nadie escapó del exceso, de la brutalidad, en el conflicto más grande y más grave que ha sufrido España en su historia.

En 1942, el futuro poeta se traslada a Madrid y a la Universidad Central, donde comenzó su amistad con poetas afines a la izquierda, y también empezó a colaborar en diferentes revistas poéticas: Cisneros, Escorial, Corcel o Entregas de Poesía.

Para De Nora era necesario el compromiso con el mundo progresista y se afilió al FUE a la vez que terminó los estudios en 1947. Se marchó a Berna en 1949 como lector de español. Allí se establece y en la bella ciudad suiza va progresando en su labor docente e investigadora, sin abandonar nunca la poesía.

La idea del desarraigo es importante en la obra de De Nora, porque pertenece a la llamada poesía desarraigada, la que cultivaron también Blas de Otero, Celaya, Crémer, Hierro, Hidalgo y algunos otros. Hay un deseo de manifestar su dolor existencial, la continua zozobra interior y el deseo de esclarecer un futuro sombrío por la dictadura reinante en España. Frente a ello, los Panero, Rosales, Vivanco, García Nieto, hicieron una poesía (estimable, desde luego, y en algunos casos como el de Rosales o García Nieto de gran calidad), pero envuelta en las ideas religiosas, en una belleza de la tierra que les alejaba de la problemática social tan necesaria para entender los años cuarenta y cincuenta de nuestro país. Panero logró dotar al verso rimado de una gran belleza y García Nieto hizo del soneto una estrofa muy cuidada y de gran resonancia, pero nos da la sensación de que la falta de implicación en la “problemática” española los aleja de una poesía que sí era pertinente, sí era necesaria, aunque no era la única que debía escribirse pero, en el contexto del momento vivido, era de gran calado emocional.

Por ello, De Nora ahonda en el hecho comunicativo, en la necesidad de cantar para el pueblo, en la línea de Celaya, porque necesita “alimentarse” de poesía para salvar su soledad y su impotencia ante tiempos exentos de democracia y libertad.

No hay que olvidar la valentía de los poetas que sí cantan a la libertad en aquellos tiempos, porque exponen su obra a la censura y son caldo del cultivo del desprecio de los que quieren silenciar todo compromiso con la vida y con la democracia.

 

Pueblo cautivo: la denuncia de Eugenio de Nora a una España encadenada

De Nora va escribiendo una obra sólida, hermosa, con títulos tan inolvidables como Amor prometido (1939-1945) o Cantos al destino (1941-1946), libros de gran calado emocional, como aquellos poemas revestidos de clasicismo de Amor prometido que resuenan aún en generaciones que suspiran por la libertad, cuando dice, por ejemplo, en “Si ahora”:

Si ahora pudiera ver tus ojos, / ver en tus ojos un paisaje claro / como la nieve azul que cae! / Pero el recuerdo del amor, aquí, / arde como el sol de los páramos. / ¡Oh, tierra de aridez, oh, aire / sin mariposas vegetales!

Vemos el amor por la tierra, por un paisaje mancillado por el dolor de la guerra, cuando dice “aire sin mariposas vegetales”, ya ha llegado la época de la inquina, del desprecio por el ser humano, son demasiados muertos para que la tierra descanse sin que se despierte azorada por el insomnio que le produce la sangre de los inocentes (mujeres, niños, padres de familia) regando los campos. Dirá incluso en otro verso: “la libertad de lo azul no flamea”, porque llora el cielo, sufre el monte, arde el paisaje, ante el dolor de la guerra pasada y sus consecuencias funestas para tantas generaciones.

En Cantos al destino podemos leer poemas que se clavan a nuestros ojos heridos, como “Lamento”, dedicado a Gerardo Diego, cuando dice, en tono exclamativo, con la garganta sangrante por la pérdida de tantas cosas:

¡Seguid, seguid ese camino, / hermanos; / y a mí dejadme aquí / gritando!

De Nora, en su poema tan libre, sin tapujos, abierto como una herida, habla de la España libre.

El poeta necesita la soledad, el grito sordo ante una multitud que no lo escucha, en un páramo de paisaje que es la propia España, seca y adusta para muchas generaciones más.

Pero el compromiso con la libertad toma cauces aún más explícitos en su libro Pueblo cautivo (1946), poemario lleno de luz y verdad, donde nada esconde el dolor por una España apresada y encadenada a sus tiranos, los golpistas que han lastrado el país para generaciones. Cito un texto muy lúcido donde De Nora nos deja esa fuerza que sólo los grandes poetas, ya colmados de verdad, saben tener, el poema se titula “Los gritos de ritual” y lo comento en su mayor parte:

“España una”:

y ellos dieron fuego / traición y muerte al pueblo único / que trabajaba por su misma dicha. / Y rompieron España en dos Españas, / y separaron, irreductiblemente / hasta un millón de muertos de su banda asesina.

La España que crearon los asesinos de la República aún sangra, porque el pueblo “único” vive encadenado a la perfidia de los golpistas.

Cuando pronuncia luego la otra máxima del himno traidor al decir “España grande”, De Nora, en ese afán desmitificador, de tanto espíritu de cruzada que Franco, en su visionario mundo, trató de trasladar a un pueblo dormido y sedado por la ignominia y por la guerra, nos muestra que esa España grande es sólo un país de guiñol, un teatro absurdo en el cual siempre viven los mismos, los que se creen lo que dicen, porque pueden, a través del dinero, someter a los demás, los políticos del régimen y la Iglesia cómplice con él:

Y ellos vendieron todo, / el pan de cada día y el honor de un país vivo / por la vieja quijada del crimen fratricida. / E hipotecan ahora el hogar usurpado / al primer usurero, al mercachifle ávido / degradando su misma voluntad de ladrones.

España vendida al mejor postor, hipotecada, por el crimen al hermano, en una guerra preparada con calma, por los generales traidores, para que la libertad del país fuera sólo un sueño, para que las madres y los hijos no pudiesen cantar canciones de libertad en el campo ni nuestros escritores citar o leer a los grandes de todos los tiempos, porque en ellos estaba el hálito conspirativo.

Por fin, De Nora, en su poema tan libre, sin tapujos, abierto como una herida, en la línea de Celaya o la fuerza y hondura del gran Miguel Hernández, habla de la España libre, ironía en un país donde el tirano se vota a sí mismo, censura con la tijera a los que no son sus adeptos, obliga al exilio a tanto intelectual que sabe pensar por sí mismo:

Y a la libre España, / que seguía su camino de paz hacia el futuro / asesinaron por la espalda, y a los supervivientes dieron / la libertad de plomo, de pudrirse en la tierra / o de acumular odio entre rejas y estacas.

País que había abierto con la República, pese a sus defectos, un camino hacia el progresismo, ahora vendida al mejor postor por unos hombres que hacen a los perdedores construir el infame Valle de los Caídos, muchos encarcelados, otros “podridos en la tierra”, en un mundo generador de odio y de dolor.

El poeta ha contemplado el dolor con la impotencia que da sentirse alejado, ya en el exilio de su Suiza, viendo cómo los españoles no gozan de libertad, se les impone la Iglesia, los nodos propagandísticos del Caudillo, la moral casta y retrógrada que pulula en su país, tan distante y distinta del avanzado país helvético.

 

La poesía de Eugenio de Nora sigue vigente entre nosotros

Llegan otros libros de gran calado emocional, como Siempre (1948-1951) o España,pasión de vida (1945-1950), sin olvidar No he de callar (1949-1992), con la famosa carta a Dolores Ibárruri, cuando dice, en el apartado IV, lo siguiente:

La poesía de De Nora sigue palpitando porque sus palabras pueden ser las nuestras ahora, cuando la falta de libertad se impone cada día.

Tal es el triste cuerpo de la patria. / Tal es nuestro paisaje día a día. Y sobre esa miseria enardecida / la casta de parásitos se extiende.

Es precisamente ese compromiso con el Partido Comunista lo que le lleva a decir en el poema: “Y tu vida, la vida del Partido / arraiga, es fuerza pura / de una invencible primavera; llega / con igual fuerza donde llega el mar”.

De Nora le dice que no descansará hasta que llegue el día, el de la libertad, el de la liberación de las cadenas, el de la muerte del Caudillo, con su madeja de secuaces y de bastardos a su alrededor siempre, los parásitos de los que hablaba antes.

Por todo ello, la poesía de De Nora sigue palpitando porque sus palabras pueden ser las nuestras ahora, cuando la falta de libertad se impone cada día, ahora adorando el becerro del dinero, en el capitalismo atroz en que vivimos, cuando nos recortan libertades, nos someten a ajustes salvajes para salvar a los bancos, hunden la escuela y la sanidad pública; las palabras de De Nora son nuestras también, su viejo canto resuena en nosotros como el eco de un grito en el viento o el rumor de las olas en una noche de tormenta, su voz vuelve, se hace nuestra, nos invita a pensar, algo que no le interesa a quien nos gobierna, leer la poesía de De Nora se hace así necesario en tiempos de miseria moral como los que vivimos.

Pedro García Cueto
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