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Mujeres españolas en la literatura

lunes 29 de mayo de 2017
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María Zambrano, Rosa Chacel, Ana María Matute y Clara Sánchez
Zambrano, Chacel, Matute y Sánchez (de izquierda a derecha), pensadoras que siguen iluminando nuestro tiempo.

María Zambrano y su visión de España

María Zambrano analiza en España, sueño y verdad (cuya primera edición apareció en 1965 y su reedición en el año 2002), la figura de Ortega como una de las más innovadoras de la filosofía española. Para la pensadora hay dos virtudes claves en Ortega: la claridad de su pensamiento y la generosidad intelectual del mismo. Dice acerca de la claridad: “Se es claro cuando se está claro consigo mismo; la claridad es producto de la coherencia de la vida, según resplandece en las Meditaciones…” (María Zambrano, 2002: 146). Se refiere a las Meditaciones del Quijote, una de las grandes obras de Ortega. No en vano, María Zambrano sentirá un interés continuo hacia la figura de don Quijote en su pensamiento filosófico.

Para María Zambrano, el gran esfuerzo de Ortega se centra en conseguir que la filosofía cobre vida y deje de ser como un estudio fantasma en la vida española.

La otra virtud que cita la pensadora sobre la figura de Ortega es la generosidad intelectual. Dice así: “Su raíz podría ser la siguiente: al aceptar Ortega al par su circunstancia española y la existencia de la filosofía, realizó un acto de fe y de amor. De fe en el pensamiento y de amor en la tradición y en la circunstancia” (María Zambrano, 2002: 146).

Para la escritora andaluza, el gran esfuerzo de Ortega se centra en conseguir que la filosofía cobre vida y deje de ser como un estudio fantasma en la vida española: “La vida española se había resistido a la filosofía como se había resistido a la historia, y al hacerlo se había resistido a la vida” (María Zambrano, 2002: 149).

Considera María Zambrano que otros habían realizado el esfuerzo de dar vida a la filosofía en España, como Sanz del Río, quien importó de Alemania la filosofía krausista. Pero fue, sin duda alguna, Ortega quien creó unas ideas innovadoras, donde el pensamiento español podría asentarse. Se refiere a la aparición de obras como Larebelión de las masas o a la creación de la razón vital, claves en el pensamiento del filósofo.

La pensadora andaluza lo deja muy claro en su libro: “No encuentro fórmula más fiel para expresar el programa de la filosofía de Ortega, su exigencia, su dádiva. Que la razón se disuelva a sí misma a fuerza de entenderse; que la vida se apure, para dejar, celosa, de ocultarse. Que vida y razón no se oculten la una a la otra. ¿Se podrá lograr?” (María Zambrano, 2002: 155).

María Zambrano, admiradora de Ramón Gaya, en España, sueño y verdad, cuando cita la impresión que los cuadros del pintor murciano producen en el que los ve, una visión exenta de todo aquello que no sea naturalidad: “No. Los cuadros de Ramón Gaya no actúan como estímulo sobre el sistema nervioso, ni llaman a despertarse a los monstruos adormecidos en la subconsciencia, ni estremecen violenta y superficialmente el alma…” (María Zambrano, 2002: 283).

Lo que consigue la pintura de Gaya para la pensadora es calma, la contemplación ante la belleza de lo pintado: “Y este quedarse, que es quedarse en calma y en silencio —en el de dentro también—, supone un sobrepasar un cierto pasmo aceptándolo, que así en el pasmo sucede. El pasmo, en el que la conciencia se retrae apegándose al alma, juntándose con ella” (María Zambrano, 2002: 284).

Pero dice algo que concreta más todo esto, se refiere a la contemplación como finalidad de la pintura del artista murciano: “La pintura que aparece en los cuadros de Ramón Gaya pasma y subyuga para ser, al fin, contemplada; esto es, vivida” (María Zambrano, 2002: 286).

Dejando a un lado la admiración por la obra pictórica de Gaya que posee, cito unos comentarios a la pintura, en la que podemos descubrir el mismo anhelo de belleza que este arte tiene para ambos intelectuales; María Zambrano lo muestra a través del misterio que contiene la revelación del cuadro, como si la apariencia del mismo no desvelase totalmente su contenido, tal es el hechizo de la pintura: “Pero como nada logra hacerse manifiesto enteramente, el juego entre ocultación y visibilidad marca el modo de la presencia, lo que implica una manera de entrar en el espacio y de fluir en el tiempo” (María Zambrano, 2002: 281). La posición de Rosa Chacel (otra de las compañeras del exilio mexicano de Juan Gil-Albert) sobre la figura de Ortega va a ser bastante coincidente con la que expresó el escritor de Alcoy sobre el prestigioso filósofo español.

La escritora dice: “Ortega es el primer maestro español que crea una escuela pulcra, coherente y tenaz; no ha podido pasarle lo que al gran Unamuno, que la sucesión de su obra excelsa se ha corrompido pronto en el discipulaje” (p. 288).

 

Ortega para Rosa Chacel

Lo que le interesa a Rosa Chacel de la figura de Ortega es la desvinculación de lo político en la vida y la obra del filósofo, como manifiesta en el artículo cuando dice: “Ciertamente, a Ortega se le ha combatido sólo por razones políticas, y si hay una cosa que exija ponerse en claro es que Ortega, de política, lo que más clara y reiteradamente ha dicho es que no hablaba de política” (p. 287).

Rosa Chacel nos demuestra la clara afinidad con la filósofa María Zambrano en su concepción del pensamiento orteguiano.

Se refiere la insigne escritora al período anterior a sus discursos en el parlamento, para centrarse en la figura del filósofo, cuya razón de ser es hacer pensar al español excelso, elegido, abrir su mente hacia el futuro, convertir el pensamiento simplista de la mayoría en un esfuerzo de intelectualidad para unos pocos, capaces de liberarse del yugo de la alienación. Por ello, cita la escritora La rebelión de las masas, famoso libro donde avisa Ortega del peligro de la mayoría, que llevará, por la ignorancia, al desastre del país. Se refiere la escritora al “hombre que con una limpia prosapia de humanidad se disponga a beber la clara visión del tiempo nuevo” (p. 287). La admiración de Ortega por Grecia (como nos recuerda Rosa Chacel) nos hace pensar en la ferviente pasión de Gil-Albert por lo griego, cuna del arte, de la democracia y de la sensibilidad.

Ya nos demuestra la escritora vallisoletana la clara afinidad con la filósofa María Zambrano en su concepción del pensamiento orteguiano.

 

Ana María Matute: una escritora de los cincuenta

Los hijos muertos, novela de 1958, ya trata el tema de la posguerra, de los hijos que van cayendo, seres que mueren, otros van al exilio, una realidad terrible que ya había expuesto en Los Abel, en 1948, donde daba cuenta de la lucha cainita en un país que se desangró en una tremenda guerra civil. La narradora, mujer de enorme sensibilidad, vivió el dolor de la guerra, el enfrentamiento entre familiares, lo que trasladó a sus novelas, donde las descripciones cobran ecos míticos, la muerte como un espacio de sueños y de sombras, visto siempre por una mujer niña, la gran novelista española.

Para la autora, Primera memoria (1959), Los soldados lloran de noche (1964) y La trampa (1969) representan la necesidad de cantar la nostalgia de los seres que no han perdido la inocencia, seres abiertos al umbral de la noche, donde un mundo de sueños nace, tan ajeno a la realidad. Fuera vemos el dolor, la incomprensión, la intolerancia, la misma que había calado en nuestros ojos lectores en Fiesta al noroeste (1953), donde hermanastros se enfrentan, como si el silencio de Dios fuera total.

Ana María Matute no sólo fue una testigo especial del horror de nuestra España, sino también una entomóloga de sus más íntimas contradicciones.

En los ojos heridos de Ana María Matute, los seres desvelan su inhumanidad, se enfrentan a la codicia y al poder, pero también asombran por sus rasgos humanos, la compasión que nace entre hombres y mujeres arañados por el dolor de la guerra.

Pero la narradora no sólo fue una testigo especial del horror de nuestra España, sino también una entomóloga de sus más íntimas contradicciones, dando forma a una narrativa poderosa, que ha dejado huellas en novelistas tan prestigiosas como Juana Salabert o Almudena Grandes, quien actualmente ha vuelto al tema de la guerra, la posguerra y la miseria de unos años cuarenta inolvidables para todos los que los vivieron.

Llegó luego la narradora del mundo fantástico, la novelista que dio luz a Olvidado rey Gudú, una entrada en la imaginación, en los sueños de una mujer que siempre se sintió niña, herida por la vida, entre otras cosas, por una larga depresión, tras un matrimonio con un hombre que la utilizó y que no la valoró en lo más mínimo, un vividor que dejó una gran herida en la gran sensibilidad de la novelista catalana.

No hay que olvidar Paraíso inhabitado, magnífica novela, donde los ojos de una niña, Adriana, perteneciente a una familia acomodada en la Segunda República española, se libera del horror y de la violencia creciente por la utilización de la fantasía, un mensaje que cala en el lector, sólo la imaginación podrá librarnos de la burda realidad.

Su labor de narradora de cuentos llega con El río (1963), un relato donde podemos sentir la devastadora dureza de la urbanización, ya que nos cuenta cómo una mujer vuelve a Mansilla de la Sierra para ver el proceso destructor del mundo moderno, que ha cercenado tantos lugares hermosos de nuestro país, clara metáfora de la crueldad del ser humano, que desperdicia sus oportunidades, que no valora al otro, en donde priman el egoísmo y las ideologías, esa frontera tan peligrosa que nos llevó a la guerra civil y que queda en la retina de esta mujer herida por la vida.

Como conclusión, decir que llevaba en el alma una ternura, una forma de ver el mundo, en los ojos de una niña, una persona que, conociendo la crueldad de la vida, se aferraba a la infancia, para no despertar de su mundo de sueños, donde nada podía romper la armonía del mundo.

Se encontrará ahora en un lugar idílico, donde pueda conversar con las hadas y las brujas de sus cuentos, donde la vida sea como un bosque, un lugar para permanecer y sorprenderse siempre de las cosas bellas que éste tiene.

Nos deja un gran legado, novelista que combinó, como muy pocas, las dos miradas, la realista, en las novelas citadas, y la de la fantasía, donde lo importante era saber mirar la vida. Un legado que fue también el que nos dejaron Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa o Sánchez Ferlosio, una generación, la de los cincuenta, que hizo muy buena literatura, una generación que sufrió y vivió en una España cainita, que debemos, para siempre, superar. La gran novelista ya está en el lugar del rey Gudú, un espacio donde puede soñar hasta la eternidad.

 

Clara Sánchez, una escritora de nuestro tiempo

La escritora nacida en Guadalajara que pasó su infancia en Valencia y acabó estableciéndose en Madrid, donde estudió filología hispánica en la Universidad Complutense, va componiendo una obra cada vez más sólida, cimentada en el ser humano contemporáneo, en sus angustias existenciales, en una forma de ver el mundo que tiene diferentes perspectivas, como si abriésemos una muñeca rusa que desvela otra; la realidad es extraña, contiene dentro de sí la fantasmagoría de las apariencias, la visión surrealista que todo humano va dejando en su retina.

En Últimas noticias del paraíso, Clara Sánchez va perfilando la vida de un chico que descubre en su familia, en sus amigos, en la casa, en todos los rincones, la presencia de la vida en todo.

Clara Sánchez abre ese universo con Piedras preciosas, en 1989, donde nos sorprende con una prosa estilizada, amena, pero envuelta en la búsqueda de la palabra certera; de allí inicia un sendero que pasa por No es distinta la noche (1990), El palacio varado (1993), Desde el mirador (1996), El misterio de todos los días (1999) y Últimas noticiasdel paraíso, que recibió el Premio Alfaguara de Novela en el año 2000.

Considero esta la primera etapa de la escritora, una etapa en la que la narradora va buscando una forma a su estilo narrativo, va abriendo el sendero de personajes que se destapan, donde es importante la capacidad de mirar, la presencia de lo cotidiano, donde el ser humano se encuentra en la incertidumbre de las cosas banales que siempre tienen un reverso, donde las luces también ocultan sombras.

Por ello, una de mis favoritas en esta etapa es Últimas noticias del paraíso, porque en esta novela la escritora desvela su afán de ver, escrutando el paisaje que la rodea, donde Clara va perfilando la vida de un chico que descubre en su familia, en sus amigos, en la casa, en todos los rincones, la presencia de la vida en todo, porque todo deja huella para la novelista; en este caso, cito unas líneas donde el personaje diserta sobre lo poético del mundo, contrastando la falta de poesía en el ser humano, como si sólo el afán de literaturizar la vida pudiese dotarnos de ese enfoque, como una necesidad, como oxígeno necesario para seguir viviendo:

La luz del sol, la luz del fuego, la luz que se despeña por intrincadas arañas de cristal, corpúsculos invisibles atravesando el espacio, misterioso oleaje luminoso. Es como si nuestra mente fuera poética, pero no nuestra forma de supervivencia. Sólo el amor nos eleva, nos salva, a pesar de su gran imperfección. Nuestra capacidad de amar es tan imperfecta como nosotros mismos. No hay pureza en el amor.

En esta prosa podemos ver una de las claves de la narrativa de Clara Sánchez, la búsqueda de lo hermoso en las pequeñas cosas, la necesidad de salvarnos de la rutina a través de la mirada, como si fuese nuestra mente la que nos empujase a salvar un mundo mal hecho y transformarlo en un ejercicio de belleza, el amor, como todo sentimiento profundo, nos salva, demuestra que podemos romper la rutina de la vida, su paso inexorable.

La escritora logra en esta novela que todo funcione; el mundo está ahí, con su técnica, para servirnos, pero también para utilizarnos, el peligro siempre está en el mal uso de lo que nos rodea, como el amor que fracasa al abusar de él; sin duda alguna, nos hallamos ante una narradora que maneja muy bien la descripción; sentimos, al leer el libro, que todo se visualiza, se prende en nosotros, como una llama, se ilumina para que podamos mirarlo con atención:

Es mediodía cuando salimos. Y me despido en la puerta. Necesita libertad. Las ventanas de los pisos altos lanzan destellos plateados al espacio. El suntuoso coche del Veterinario arranca y desaparece entre otros coches. Máquinas con cerebros en su interior, que contienen millones de neuronas dispuestas a pensar sin limitaciones.

Todo es un ejercicio de pensamiento; el hombre y su poder, capaz de cambiar la banalidad de las cosas, sin duda alguna un tema crucial en la obra de Clara Sánchez, la imaginación es un poder, donde podemos salvarnos de la infelicidad de la vida.

Clara sabe que todo parece complejo, pero es sencillo, así lo manifiesta su personaje, el mundo hilvanado por muchos resortes, pero donde siempre ocurren las mismas cosas, guerras, historias de amor, muertes, nacimientos… Para la escritora y para su personaje, el mundo de sus padres es “imposible” porque anida en la complejidad que se han impuesto, dice en la novela lo que sigue:

La sencillez en la vida es la muerte. Sencillez por mucho que se diga es precariedad. La vida de un adulto no puede ser sencilla, es imposible, a no ser que renuncies sistemáticamente a tener todo lo que quieres. Así que tanto mi padre como mi madre en el fondo me conmueven.

En realidad hemos amueblado la vida, dice el personaje, la hemos construido con lazos afectivos, casas, coches, trabajos, para que se nos haga imposible, lo precario es derrocarlo todo y volver a lo esencial, pero ya no hay vuelta atrás, sólo el joven conoce el otro lado, porque ve el mundo de los adultos y él sobrevuela en los deseos que no sabe si un día serán realidad. El espejo de sus padres lo conmueve, pero no sabemos si quiere ser como ellos, son una lección que debe aprender para elegir el camino verdadero.

En la amenidad de la novela, Clara hace preguntas de peso, desde el protagonista adolescente, Fran, vemos un mundo interior que se abre camino, en el desasosiego de su vida, donde necesita materializarlo todo para sentirlo real; comienza un día a leer la Biblia, también empieza a ir al cine, a la filmoteca, comienza un progreso desde la cultura que la escritora lanza como un mensaje evidente hacia el camino autodidacta, verdadera iluminación para huir y enfrentarse a la realidad, al mismo tiempo.

La huida de la realidad es necesaria para el chico, pero también, tras esa fuga, el encuentro con lo real, como maduración, tras el proceso de autoaprendizaje que Clara nos cuenta en el libro y que hace de esta novela una de las mejores de esta etapa, en mi opinión.

También sobrevuela un tema que ya va a ser una constante en la obra de Clara Sánchez, el mundo del consumo, de la tecnología, como soma de la felicidad, donde los hombres y mujeres de este tiempo hemos entrado sin pausa y en peligrosa continuidad, pero donde los jóvenes, sin haber madurado todavía, se enganchan de forma irreversible, en un mundo visual que Clara no rechaza, pero pone en tela de juicio por ser pernicioso; por ello, el protagonista elige la escuela de la lectura y el cine, donde puede crecer con la imaginación, lo que, sin lugar a dudas, nos veta la técnica, ya que las imágenes apenas nos dejan ver más allá de lo que tenemos frente a nosotros. El peligroso recorrido de los jóvenes está detrás de esta novela profunda, y donde Clara expone sus principios como ser humano.

La otra etapa surge con libros como Un millón de luces (2004) y Presentimientos (2008), dos novelas luminosas donde el tema sigue siendo el ser humano, atrapado en el mundo de las oficinas en Un millón de luces, un ser humano deshumanizado por la realidad que le dicta el día a día, también un ser humano que se abre al interior, que destapa la luz de la verdad en las emociones como en la muy notable Presentimientos.

Pero llega una novela que alumbra todo lo que he dicho hasta ahora, los mundos interiores, una novela que destapa la vida de seres a la deriva, en una narrativa amena, pero con verdaderos alardes de estilo sobresaliente, me refiero a Lo que esconde tunombre, que fue Premio Nadal 2010.

En ella, la narradora nos habla de la doble vida de dos seres, con protagonismo directo en el genocidio nazi, pero también de su perseguidor, Julián, y de una chica, Sandra, que entrará dentro de los engranajes emocionales de Julián, donde contempla que el horror, el más temible, nada en lo cotidiano.

El libro contiene páginas magníficas donde nos desvela el mundo interior, pero, para no dejar al lector con la sensación de descubrirlo todo, cito estas que a mí me gustan especialmente, pese a la dureza que contienen:

Salva y yo vimos mucho en Mauthausen. Vimos esqueletos andantes, y montones de cuerpos desnudos pisando nieve, una extraña clase de ganado de color ceniza. Nuestros cuerpos se convirtieron en nuestra vergüenza. Los dolores de estómago por el hambre, las enfermedades, la falta de intimidad. Todo iba al cuerpo.

Para la narradora, la barbarie sí existe; está allí, en los lugares donde vive el recuerdo de Julián, también en las miradas sosegadas de los dos ancianos, en la España soleada donde han ido a descansar, pero también en los actos cotidianos que no delataban en nada la barbarie que llevan dentro. Por ello, la novela mira al interior de los personajes, progresa en las diferentes perspectivas, dando al lector una forma de mirar con atención, como un entomólogo ante un insecto, como si dentro de nosotros pudiesen existir el bien y el mal al mismo tiempo.

La importancia del tiempo, el bueno y el malo, están presentes en la novela, porque ya nadie puede volver atrás para que el dolor se atenúe de alguna manera.

Dos modos de ver la vida, el de la experiencia y el de la joven que va a ser madre, Sandra, dos asideros de un mundo interior que Clara ha sabido captar, laten en ella y en nosotros para siempre:

Me miró con los ojos a punto de reventar de lágrimas. Estaba soportando una carga emocional más fuerte de lo que creía. Lo sabía yo mejor que ella. Ella no podía ver desde fuera el laberinto en el que estaba metida, por eso cuando se llega a mi edad y podemos verlo desde arriba desearíamos volver atrás y recorrer el camino sin agobios ni angustias.

La novela crea a personajes que saben que su destino está echado, pero que siguen emocionándose, porque el mundo de Clara no se entiende sin la emoción, como en Últimas noticias del paraíso, donde el personaje sabe que ser adulto es casi imposible, nunca sencillo, pero atisba que siempre queda el amor, un tema esencial en la obra de Clara, el amor que nos salva, como la cultura, que nos aleja de los espacios herméticos en el que viven muchos jóvenes de hoy.

Su última novela vuelve al tema del dolor, Entra en mi vida (2012), porque sólo en las entrañas del sufrimiento anida lo mejor y lo peor del ser humano. Su lectura impone un espacio de atención, porque sus personajes silencian el dolor (con el trasfondo del maltrato), pero, en su fuero interior, lo denuncian, como si con ello exorcizasen la vida.

Clara logra en sus novelas acercarse a personajes de vidas oscuras, con luces y sombras, como confirma esta nueva novela, con un argumento que no quiero desvelar, para que los lectores se adentren en los misterios de la narrativa de la escritora de Guadalajara.

 

Mujeres españolas en la literatura

La mujer sigue siendo esencial no sólo como una persona que siempre ha tenido psicología y profundidad emocional, sino por ese mundo de las letras donde brillan algunas de las mujeres que he citado, entre otras muchas, pensadoras que siguen iluminando nuestro tiempo.

Pedro García Cueto
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