XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Cuatro ensayos de Ricardo Martínez-Conde

domingo 10 de diciembre de 2017
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Cuatro ensayos de Ricardo Martínez-Conde

De la tristeza

¿No es, al fin, en la vida del hombre, la soledad quien dicta el comportamiento del ser, quien tiene como único don a sí mismo para hacer de su vida una conciencia, una referencia?

Sin embargo la tristeza ha acaparado tanto valor, esencial y distintivo, que ha podido atraer hacia sí la preeminencia de ser objetivo propio, una preferencia significada para el pensamiento. Es, entonces, en sí misma contenedora de valor, de relevancia sin dejar de ser en otro, de pertenecer a algo para otorgarle distinción, identidad.

¿Identidad? ¿La tristeza como identidad? Tal vez. Tal vez no esa identidad formal, reiterada, acumulativa y física que el tiempo va engendrando en el hombre, pero sí una identidad al modo de una presencia espiritual. Esto es: más una referencia que un acto, más un susurro que un grito, una propensión que una actitud.

No por ello, sin embargo, vayamos a pretender el poder separar a los tristes como una rama de los no-tristes. Y es que no deberíamos descender tanto a la clasificación como a la categoría. La clasificación se correspondería más con un gesto físico, impropio para quien ha de ir más allá de la verdad inmediata, intercambiable. No: más bien tristeza como categoría, como aquello que se aproxima a un don.

No sólo no hay tristeza sin vínculo sino, aún más, que la tristeza se sustenta en el vínculo.

Luego vendría la consideración del secreto: ¿ha de ser considerado un atributo de la tristeza? El secreto, que interioriza la cualidad del vivir, ¿no podría conformar, por ello mismo, la verosimilitud de la tristeza? Traslada lo externo hacia el interior: alimenta la espiritualidad en tanto que posibilita el silencio. Y a partir de ahí esa culta soledad que es la tristeza adquiere la manifestación por excelencia de aquel que desea elegir el silencio.

Entrando en tal consideración podemos plantearnos si el hombre triste es solidario o individualista, si en su conciencia anida el vínculo como comportamiento o bien está pronto a rechazar cualquier argumento, cualquier empleo de su voluntad que no vaya destinado a su necesidad de egocentrismo, a su deliberado y consentido ensimismamiento.

La cuestión no es fácil de deslindar, a pesar de la aparente inanidad. Y ello es así por cuanto, aun reconociendo que el triste reivindica en todo momento una forma de soledad propia que garantice su deseado estado de ánimo, a la vez obtiene siempre, siempre, el fundamento de su tristeza en los actos de otros, en el corazón de los otros. Es así entonces que no sólo no hay tristeza sin vínculo sino, aún más, que la tristeza se sustenta en el vínculo.

El hombre triste enfrenta de un modo radical sus afinidades con sus rechazos. Y en ambos se define y por ambos se delimita, se conforma. Ama sinceramente y repudia sinceramente. La cualidad que le distingue es el hacerlo siempre pasando cualquiera de sus emociones —en eso transforma sus sentimientos, aun los más nimios o elementales— por su propio centro, por el selectivo tamiz de su elección.

Sería, pues, un planteamiento no fácil de dilucidar el querer establecer de un modo repentino acerca de su solidaridad o egoísmo. El triste es tanto para sí en cada una de sus elecciones que resulta difícil tomarle como modelo de amistad; pero ello es más obvio desde un plano general que desde un plano individual. En este último caso el grado de vínculo puede ser tan grande —a la vez, eso sí, que potencialmente excluyente— que tal solidaridad pudiera resultar el fundamento de su tristeza.

El triste nunca diría que lo es por sí o para sí. El que es triste lo es por una causa y defendería la tristeza como un don, no como una elección prosaica e individual. A la vez, la tristeza sería un don devenido, alcanzado en lo farragoso de la realidad por una inteligencia sensible y un corazón sintiente.

El triste, entonces, conforma en sí mismo, diariamente, la aristocracia de la soledad.

* * *

Hay un enigma seductor que deriva del hombre triste: cuál sea su paisaje. ¿No es cierto que a ese hombre que camina tan a bien con el silencio le suponemos con una afinidad interior por algún horizonte, por su vínculo secreto con algún paisaje? No es difícil atribuir a un hombre un lugar que sea común a su corazón en la medida en que uno y otro se cedan identidad, se presten apoyo y justificación. Acaso sea este vínculo uno de los secretos más guardados por el hombre. Pues bien, del hombre triste no sólo habremos de pensar tal sino aun que el paisaje hermanado con su tristeza (aunque fuese su feliz tristeza mientras le contempla) guarde en algún rincón los signos que a tal observador le den naturaleza, esto es, la libertad.

Siempre uncidos a un paisaje (¡todo horizonte posee la condición implícita de saber exhumar una parte del espíritu!) a pesar de que, en lo común, se refiera uno al hombre triste como el que rehúye el horizonte buscando, por contra, una cierta oscuridad justificadora, un rincón complaciente. El matiz de apreciación acaso resida en que, a diferencia del común de los hombres, a los que el paisaje, por sí, arroba y conmueve, al triste sólo uno le propone la armonía anhelada, siendo los otros una “triste” referencia desacertada del que únicamente es el compilador de “la medida”, de “lo real”.

He ahí cómo un lugar recóndito para cobijar el cuerpo y un lugar del horizonte donde tender el alma se hacen complementarios para anidar por sí la alta seducción de la tristeza, la que ese hombre guarda en exclusividad, atento siempre a su belleza.

Pudiera parecer, por lo común, que la tristeza supone una forma de ser. Pero no: es, más bien, una identidad.

Comienza como una forma de ser; incluso de distinguirse. Pero pronto se agostará esa distinción en sí misma ante el empuje de otras fuerzas interiores que pujen por anular su efecto persuasivo. Sólo perdurará en aquellos que posean la raíz de la melancolía; sólo en aquellos más fuertes en que la soledad constituya, junto a su ingrávida desnudez, un referente de fidelidad, de convicción.

La tristeza, pues, crece y se alimenta (y no siempre, paradójicamente, de tristeza, como a los simples pudiera parecer) y construye lentamente su código de conducta y supervivencia a través de una percepción determinada de la belleza, a través de un criterio lógico único e intransferible; a través de un grado de aceptación que elabora por dentro de sí mismo un canon de armonía que se ha de convertir en inevitable como conducta, como sello de identificación.

Crece la tristeza y se conforma asida a la lentitud y al silencio. Crece con la naturaleza que le asiste, le escucha y le fecunda hasta confeccionar esa red sensible que es la voluntad del triste en sus manifestaciones de la apreciación de la realidad.

La identidad del triste se confecciona en un silencio implícito, no obstante la consolidación pertenece al exterior, a lo real: a la vista, al oído. Incluso al tacto. Vive a expensas de lo externo y se anuda con meticulosa lentitud adentro. Es por ello que es un ser tan delicadamente individual.

Y, así, permanecerá lo que el hombre permanezca. No hay, pues, tristeza, sino tristezas. Como un vidrio artesano, cada pieza es una y eterna aun siendo todas ellas vidrio artesano de la misma procedencia.

Toda vida nos ha parecido, en algún momento, muerte. No hay ser humano que, en un momento dado, no nos haya suscitado, como un estado dentro de sí, la muerte: o una forma de muerte, o un vínculo implícito con ella.

Ahora bien, no es cierto del todo que la tristeza, que en un momento dado nos ha parecido un comportamiento hacia la nada, ajeno a lo inmediato, nos haya creado desde el triste, como un gesto recurrente, la idea de la muerte. No: antes al contrario acaso sea eso lo que nos subyuga, lo que nos azora. No es muerte lo que vemos en el triste, sino una forma de juicio incómoda, un consentimiento implícito con la vida que puede ser extrañamente duradero: más duradero que ese hombre apasionado que trata de definir, de apartar, al triste.

Pero, ¿vivir para la tristeza? Tal podría preguntarse aquel que está en la vida entregado a sus necesidades inmediatas y a olvidar. No: vivir con tristeza (siquiera de la tristeza o para la tristeza. No: vivir en la tristeza).

Se afronta la vida como un transcurso y un reto donde la duda y la necesidad habrán de ser perennes compañeros de camino. Se afronta pero raramente se reflexiona detenida y entregadamente acerca del vivir. El hombre triste, sin embargo, que no ha separado la vida de su ritmo físico y emotivo, aúna pronto sus sentidos al ciclo de la inevitabilidad y acepta en ello, trágicamente, su participación plena.

Es así, al fin, que el hombre triste es el que ama.

 

Del silencio

Discernir la naturaleza espiritual de quien ha sido el poseedor de las palabras al pronunciarlas es una pauta, una actitud elaborada hace ya mucho tiempo y que pervive todavía fresca en los códigos sociales.

Lo que se aplica, así, es la vieja fórmula heredada (de la que nunca hemos querido saber su fundamento) donde a cada cual, según lo que haya expuesto, se le cataloga definitivamente. ¡Pero es tan atrabiliaria esa fórmula para distinguir dentro del contenido espiritual de los hombres!

¡La aplicación de una fórmula: qué vago argumento de juicio! ¡Se puede mentir tanto a través de las palabras! ¡Con cuántos actores consumados no nos topamos cada día que usan precisamente su discurso para ocultarse y burlar, más que para sincerarse desde su verdadero ser individual!

La no presencia de palabras cuyo propio sonido ya atrae pero que, a su vez, pueden resultar engañosas o encubridoras, propicia el otro vehículo de comunicación, el de la expresión íntima, el gesto.

No, las palabras poco pueden mostrarnos si, a la vez que las escuchamos, no procuramos también mirar detrás de ellas. Es obvio que una cortina, aunque resulte decorativa por su delicada elaboración, puede ocultar un interior sucio y desordenado. Puede, pues, provocar con su apariencia el engaño. (Es por eso que se hace necesario llevar el espejo al otro lado de la apariencia, a la parte de atrás, donde está el verdadero soporte de lo que se nos describe. ¡Y habremos de atenernos, al actuar así, tantas veces a la agria sorpresa!).

No ocurre tal con el silencio o, si ocurre, la voluntad de ocultamiento suele conseguirse siempre en menor grado de lo que cada día se pretende a través de las palabras. (El silencio, por lo común, no favorece, a pesar de su gran contenido significativo, la relación que el hombre pretende establecer con el otro).

¡Ay, la voluntad de comunicación, ese gesto mimético asentado desde el principio en el espíritu del hombre, que, urbanita sobre todo, ha optado por la confusión común para lo cotidiano antes que confeccionar un entorno libre y sincero para sí!

Aquel que elige la aglomeración para vivir, en la medida en que busca su defensa busca, por afinidad, a la especie, y a través de ella la lejanía del miedo aparente. Establece, así, su libertad en función de sus limitaciones, que comparte con todos aquellos que han optado por su misma elección.

Es un hombre eternamente comparativo y no especulativo salvo para el bien material inmediato. Es un hombre que propicia su confinamiento urbano a cambio de no inquirir sobre la dura libertad del solitario. Es un hombre de corazón gregario dotado de una mayor o menor conciencia acerca de su condición.

El silencio, por contra, es íntimamente convocador; incluso en un doble sentido. Hacia uno mismo por cuanto su naturaleza se alimenta de la reflexión, que es siempre dialéctica, y también hacia afuera porque evoca en su actitud el principio del instinto que forma también parte sustancial del hombre: la soledad.

De ahí que el silencio no posea el don comunicativo en apariencia, por cuanto aleja de sí, incluso como imagen, la disponibilidad un tanto frívola de tocar las cosas con las palabras. Pero no obstante el silencio es, en la mayoría de los casos, propiciador, impulsor (sobre todo de verdades, de realidades sustanciales). Tal vez por eso la prevención que, en un primer momento, siempre suscita de alejamiento (algo que puede resultar no sólo un error, sino una injusticia).

La ausencia de palabras, entonces, no es el exacto equivalente a una falta de comunicación. Antes al contrario, la no presencia de palabras cuyo propio sonido ya atrae pero que, a su vez, pueden resultar engañosas o encubridoras, propicia el otro vehículo de comunicación, el de la expresión íntima, el gesto. Y éste, que por sí mismo tiene capacidad suficiente para llenar cualquier silencio, no sólo se acredita en su disponibilidad evocadora y sugerente sino, también, establece de inmediato la necesidad de ese lenguaje silente, racional y reflexivo que le caracteriza y que, deshaciendo cualquier oropel innecesario, posibilita o favorece la comunicación directa y espiritual que le distingue.

Silencio y meditación. Silencio y emoción educada al amparo de la soledad. Silencio y sinceridad. Veamos hasta qué punto el silencio es convergente: cómo su cualidad es la de un río interior donde no es ostensible la presencia del agua pero sí garantía, tantas veces, de su existencia y pureza.

Silencio como disponibilidad (“amar es escuchar”); silencio como invitación al silencio, a la defensa ante el miedo. Silencio como decisión desde la postura individual del que ve y siente la naturaleza, del que se sorprende significativamente ante los objetos, del que ama las palabras y los signos transitorios del vivir.

Y silencio como identidad. Lejos de cualquier intermediario que pueda resultar confundidor, el silencio, al establecer desde su significación unidad y espejo, constituye el paradigma de la definición, a la que se accede más desde los signos de la interpretación (lo que exige un comportamiento crítico y reflexivo por parte del que juzga) que no de la fácil permisividad a la que pueden avocar las palabras.

El silencio establece y define los límites de la unidad, y ello, que actúa más como un valor ontológico antes que físico, consuma el valor del gesto obviando la intromisión de las palabras.

Estamos ante el hombre que guarda silencio y no podemos por menos de considerarnos, en parte, ante nosotros mismos, toda vez que su actitud resulta un algo descarnada, remitente a posturas graves y sinceras para el observador, para aquel que, atento como estaba a lo común y disimulador de las palabras, cae en la sorpresa de atenerse a una realidad evidente que, por tal, debería apartar de inmediato cualquier suspicacia.

El silencio humano, digamos como conclusión, lleva aparejado un cierto sentido religioso. De ahí que el silencio y el contenido formal trascendente vayan asociados para el entendimiento. Una distinción pues, una manera elegante de conformar el noble sentido de la soledad.

 

De la melancolía

La melancolía había nacido ya, había llegado antes que él. De hecho, le esperaba a la sombra de un árbol antiguo y esbelto. Rostro de expresión serena; ¿un rictus de complacencia, de aceptación, de ironía en los labios? Sus ojos reflejaban el hábito de quien ejerce la reflexión como una forma de ser. Todo lo cual resultaba reconocible salvo su sexo, que era incierto.

Estaba ahí, formaba parte solidaria del paisaje cuando el hombre, al llegar, se sorprendió.

Luego vino el dar nombre a las cosas, establecer las proporciones entre sí y en relación con las exiguas defensas de que el hombre creía estar dotado.

El hombre que mira al horizonte solamente expresa una disposición melancólica, es decir, no hay otra palabra o signo externo que delaten una postura o apasionamiento determinado salvo la indescifrable expresión melancólica.

El primer habitante, azorado, suspicaz, interesado, fue trazando un camino entre lo nuevo sin una gran premeditación, recogido en sí mismo y a la vez expectante de qué fuera cada cosa y qué se podría esperar, en bien o en mal, de ellas.

Reconoció paulatinamente los innumerables matices de la luz que, aun estando sobre él, parecía venir a su encuentro desde el rincón más inesperado y ofreciendo un efecto visual (casi emocional) distinto según proviniese de detrás de un helecho, un abedul, o del propio río, lo que le sobrecogió haciéndole sentir la sensación de compañía y el rubor del desnudo a la vez.

A partir de ahí, transfigurado ya por causa de aquella situación, hubo de habituarse con el tiempo a la presencia de los otros y, así, a caminar sólo impregnándose de la ostensible osadía de los hombres, a la aparente ternura de que están dotadas las mujeres. Conoció el esfuerzo, la carestía de obtener solidaridad, las solapadas razones de aquellos que se aúnan más hacia sí mismos que hacia la tierra en que habitan.

La envidia la conoció en invierno, cuando todos, el que más o el que menos, tenían necesidad de algo.

Vencido el transcurso inagotable de las noches y luego de haber hecho larga compañía al río, un atardecer llegó un joven portando un objeto menudo que vagamente recordaba. Era un espejo, en cuya superficie distinguió, al mirarse, el rostro de aquel ser desconocido: la melancolía.

A la mañana siguiente, libre de equipaje, emprendió el camino de regreso que un día, cuando joven, había creído iniciar.

* * *

¿Dónde tiene su hogar la melancolía?; ¿de dónde obtiene el alimento que la mantiene con vida? ¿El tiempo no introduce modificación alguna en su expresión a pesar de su transcurso ininterrumpido, inexcusable?

Se sabe que es una condición humana: que afecta al interior del hombre. Incluso que la produce el hombre: bien a través, o por causa, de los otros, con lo que deviene del exterior, o bien, y este es un caso menos frecuente, que proceda de uno mismo, del que vive, por una interiorización espiritualizada del entorno, del paisaje. (Es cierto que este último extremo no podría confirmarse a plenitud por cuanto lo más probable es que el hombre que guarda silencio y admiración hacia el paisaje puede que haya trasladado de uno u otro modo a éste alguna referencia personal con lo que humaniza —y por lo tanto modifica sustancialmente— una parte de la naturaleza atribuyéndole una condición que ésta por sí misma no posee, o bien que utiliza el paisaje que tiene ante sí al modo de un espejo que le reavive, en un mensaje de signos individualizado, la inquietud que otra persona ha elaborado, voluntaria o involuntariamente, en su corazón).

A veces, por ello, pudiera semejarse la actitud de la melancolía a un rasgo poético. Entendamos que el hombre que mira al horizonte solamente expresa una disposición melancólica, es decir, no hay otra palabra o signo externo que delaten una postura o apasionamiento determinado salvo la indescifrable expresión melancólica. Entonces, de ser así, de constituir el estado de melancolía un gesto poético, el hombre melancólico pudiera ser un hombre afín a los sentimientos y a la vez un hombre altivo.

Hay algo unívoco e infinito, un estado natural vinculado a una forma de ser —¿al modo de la significación del mar?— que establece una relación silenciosa entre poesía y altivez.

Pudiera entonces, según el común entendimiento, que el estado de melancolía denotase, o provocase hacia el advertimiento, un cierto grado de perfección. ¿No atribuimos con preferencia un nivel de perfección a aquello que guarda serenidad y silencio, una cierta gravedad en el porte, una inducida naturaleza escuchadora, de reflexión —de donde derivamos armonía, uno de los rostros de la perfección—, en el hombre melancólico?

Es a sabiendas, bien es verdad, una perfección hipotética, por cuanto la hacemos derivar, dada su naturaleza, de un gesto únicamente (un gesto al que le atribuimos un indecible valor), pero es un hecho que significa, para el que repara en tal actitud, una perfección. Perfección que, a buen seguro y en un primer momento, se desearía para sí. No sin advertir, con un algo de azoro, que es una perfección fundada en los secretos de la soledad.

La melancolía, entonces, se conforma en/con la reflexión, que es el estado que la define. Y la reflexión convoca, en su quehacer, los símbolos (los signos) que han de animar la espera, que es la soledad. Así es como el melancólico conoce lo real y lo extiende por sus sentidos hasta granar una actitud, un gesto, que le definen y distinguen.

* * *

Ahora bien, más que un sentimiento, la melancolía es un estado. La propicia una idea (¿inacabable?) del equilibrio más extenso e integrador, no tanto una potencia activa como pudiera serlo un sentimiento. De existir, ese sentimiento carecería de objetivo salvo el de la mismidad, y esa, la mismidad, es un objeto tan extenso y universalizador a pesar de su nombre que no debería, en propiedad, servir para enumerar aquello que comúnmente entendemos por sentimiento, donde el otro es quien constituye, esencialmente, la garantía de su existencia.

Pero, ¿no cabría un sentimiento reflexivo, interiorizado, desde el que se pretende aprehender la armonía como fundamento y que tiene como único móvil la Naturaleza, en la que se sustenta? He aquí cómo hemos devenido hasta la duda, hasta la naturaleza de la duda.

Ahora bien, ¿aun la duda no propende, en su interiorización de lo real (o lo que estimamos como real), a la armonía? El personaje que reposaba con expresión serena apoyando la espalda en el tronco del árbol parecía disfrutar de un estado gratificante derivado de un momentáneo sentido de las cosas, cada una en su función y cada símbolo que las pudiera definir complementando el equilibrio.

Pero, ¿está libre de duda?

Y, de ser así, ¿no podría, ella misma, venir de una intencionalidad oculta que el hombre guarde, incluso el melancólico, por aprehender —una voluntad no exenta de exclusividad, de mimetismo personalista— tantos significados como su inteligencia y su percepción de sí mismo (su egoísmo de seda) le hubieran sugerido? ¿Es, entonces, el hombre melancólico la representación de una educada soledad eternamente insatisfecha?

Esto es: ¿será la melancolía una inviolable forma de amor? ¿Un amor sedante, pasivo, abierto al más extenso Amor?

* * *

Y he aquí que el alba llegó y todavía el sueño necesitó de un tiempo, de luz y de conciencia, para advertir el contenido frío de las cosas, el escenario de la realidad.

 

De las estaciones

Son las estaciones de la Naturaleza las responsables de mejorar y aun ordenar la vida del hombre. Es así como la primavera trata de rescatarle del frío, el verano de la lluvia, el otoño del árido calor y el invierno de las lluvias más tristes.

¡Qué escaso es el hombre en sus defensas y cuánto, por ello, necesita de ayuda en tantas cosas! ¡Qué ser tan recurrente en su relación con la naturaleza! Incluso hacia su propia naturaleza, a la que siempre está inquiriendo, rogando, acosando.

En tal dialéctica (a veces obsesiva) entre el hombre y la Naturaleza, ésta veremos que trata de llevar a cabo su función en silencio (silencio en la medida de ir aceptando el transcurso del tiempo) y, a la vez, siendo del todo manifiesta y significativa a fin de que cuantos esperan de ella o viven en su regazo no sufran miedo.

* * *

Volvamos al inicio: decíamos que la primavera inicia su función con el apartamiento de los fríos. El hombre ha estado más que nunca inmóvil, recogido en el pequeño reducto de su casa y su vida. Entumecido puede observar, no obstante, un día, que el tono azul del mar parece tornarse más vivo, denso y alegre. La luz de primera hora, la que ha dormido detrás de las montañas y asoma, es ahora nueva y directa, menos cohibida. Cualquiera diría, en esos días, que el árbol ha perdido un poco de su recogimiento y hace notar, con tímida evidencia, que ya se adorna de brotes en los extremos más altos de sus ramas.

El verano es la única representación de las estaciones que no posee argumento.

Pues bien, ante esos milagros sencillos, el hombre hace los primeros gestos de desentumecimiento y ya tiende a no considerar a la naturaleza que le circunda como un espejo triste de su sino. Al contrario, extiende la mirada un poco más allá de lo que hasta ahora lo hacía (acaso buscando por su cuenta un mínimo signo de milagro) e incluso, en un momento dado, aligera su expresión, dispuesto a sonreír.

Con la primavera ha comenzado una nueva representación, más jovial y animosa, de la vida. El aire se transparenta acercándonos el cielo, donde ágiles alas vuelan hacia el norte. Es la ocasión en que despiertan los rumores: del río, de la escarcha en la hierba, y se agita el movimiento de la sangre en el hombre.

Es así como se aproxima una posibilidad que ese hombre ha estado anhelando íntimamente: la de poder recuperar la condición de protagonista en el escenario de la Naturaleza. ¡Qué pronto va a olvidar sus reflexiones, la filosofía de su tristeza! ¡Qué pronto va a pretender nombrarlo todo, tocarlo todo, imitando a su dios! ¡Qué memoria tan débil para advertirse de su fragilidad en el invierno! (¿o acaso para vencerla, para ignorarla, para burlarla?).

Claro que el oculto vivir confeccionado representando el nacimiento primaveral no pasa de una mera circunstancia expositiva, de un mero ejercicio de entretenimiento hacia el observador hasta ahora sin afán. Quizá por eso, el mismo que hasta hace poco miraba más allá de la ventana con gesto concentrado mientras alguien o algo había ido tejiendo, afuera, ese tapiz, se levanta ahora de pronto, dejando su labor sobre la mesa, expuesto a que pronto el sol, tan vivo ya, decolore la tinta, la deforme confundiendo sus rasgos.

Todo, todo, cada cual (¿impunemente?) ha comenzado a actuar movido por un bien sin origen definido.

* * *

El verano llama al cuerpo hacia el desnudo y a una cierta desidia; llama hacia la autocomplacencia. No hace, con ello, sino derramar las fuerzas que la primavera había acumulado. Allí se reforzaban la convicción, el impulso, la voluntad emprendedora; incluso una presunción arraigada de certezas que había que alcanzar y anudar dentro de uno. El verano, entonces, como complemento de esta invitación a la energía interiorizada, incita, con sus signos, a la confirmación de esas certezas presumidas antes.

El cuerpo, al alcance del sol, se deshila en el verano para ejercer la ideología del transcurso, esa a la que el sentido de la vida nos empuja de continuo y a la que el cuerpo, laxo y feliz, obedece creyendo ejercer una verdad necesaria.

He aquí que el hombre, en la estación del verano, se convierte en el paciente de la naturaleza y tal paciencia la traslada, convicto, hacia sí, hacia adentro de sí. Dado que el verano sugiere que todos los bienes existen y es posible alcanzarlos, la voluntad creadora delega sus funciones en la permisividad, que, por sí propia, alude a una forma de tedio y, a veces, por extensión, a un elaborado matiz de la tristeza.

Ahora bien, todo es en vano más allá del consentimiento: no cabe reconvención alguna de la que puedan atenderse sus solicitudes toda vez que el cuerpo y sus pasajeros secretos han tomado el dominio, arrinconando cualquier otra función que no fuere la pasiva admisión de esa hipotética ternura que el sol reposa (o, aparentemente, promete) sobre la piel.

La superficie del cuerpo desnudo equivale a la superficie de la vida, a la extensión del universo. Las pulsiones de nuestros órganos y los deseos apuntados en ellos constituyen el único mundo posible, valedero y cierto. El cuerpo entra en el ritmo desganado de la orilla con la promesa del mar al alcance de un pequeño esfuerzo muscular, de donde recibirá satisfacción, libertad y un hipotético y colorido tacto de la armonía.

El verano es la única representación de las estaciones que no posee argumento. Es el transcurso consentido y vano, la admisión de lo que acontece en torno al cuerpo como un bien. Es así que se elabora en él una similitud de amor que sale al encuentro no de un amor auténtico que le complete sino de un cúmulo de espejos que refrendan la convicción no expresada de ese amor. Algo que se pretende educar únicamente para sí.

Pudiera parecer que existe un instinto de fidelidad hacia el verano, pero enseguida ha de descartarse tal hipótesis por cuanto no hay convicción ni voluntad en los gestos repetidos que se producen en esa estación. No: sólo existe el esperar, que carece de toda elección y, por ello, se abandona sin más, indolente, lejos de cualquier iniciativa.

Llega un momento, hacia el final de la representación de los días secos que se han ido acumulando, que todo parece pesar sobre sí (el aire cansado, los cuerpos cansados), creando con tal sensación un escenario mortecino, una idea recurrente y turbia, a veces violenta: es entonces cuando se pretende elegir una forma de libertad cualquiera, pues se creía haber estado a la espera de la aproximación de algo así, y, sin embargo, lo que se llega a tocar es la superficie reseca de todo, de aquello que no tiene significación.

La única brisa de libertad la aporta el ocaso: ¡pero es tan vagamente tenue y delirante!

* * *

Con el otoño todo lo significativo reposa en el corazón. Tal vez por eso es él quien se pregunta a dónde van las hojas tristes de los árboles, dónde han vertido sus colores antes de tocar la tierra húmeda.

La lluvia, el argumento esencial del corazón, ha propiciado con su luz, al entrar en la mañana luego de desnudar los secretos en el transcurso de la noche, el despertar de lo que más cotidianamente llamamos realidad.

Morir y vivir (morir y necesidad de vivir) alcanzan la plenitud de sus dones si llega hasta el caminante la razón dialéctica, que se desarrolla aun en el contenido de lo más pequeño, en la gota y en la piedra, mientras aprecia cómo se va lavando el cielo y vuelven los pájaros a dotarle de significación; a él y a los ávidos e interesados ojos del hombre.

Con una concentrada lentitud se hilan en el otoño las convicciones, bien es cierto que aquellas convicciones más próximas al sueño, al deseo, que no a la realidad. Quizá porque la luz del campo y la extensión progresiva de la noche son argumentos que se acogen como incitadores que son a la humildad, a la sobriedad en las exigencias, esas que tanto nos acucian en los días de ácida luz.

El sueño, o, por mejor decir, la ensoñación, cumplen su ciclo en el interior del hombre que se ha hecho, en este momento, consciente de su desvalimiento. Tal vez un desvalimiento impreciso, difícil de expresar, pero denotativo de un estado de dependencia y aun de sumisión.

En el otoño, además, se enciende el fuego, quien, a su vez, despierta a la memoria. Fuego como imprecisión seductora (como si las llamas se avivasen al mismo ritmo de los sentimientos de quien las observa) y memoria como soporte que burle esa otra indefinición del final de la vida.

Es en la estación de la rememoración donde los perfiles se definen para elaborar esa filosofía manual de la que habremos de necesitar. Las cosas delegan su representación en favor de la sustancia que las define: de ahí nacen los símbolos, que pesarán en el corazón más que la sustituible realidad y su propia utilidad material. Los símbolos, los signos (la identidad interior de todo), adquieren un protagonismo que hasta ahora no habían tenido y que viene a completar no ya el valor de las cosas, sino el sentido de las cosas, una condición ineludible que servirá para conformar nuestro sentido de la vida. ¿No son, en el otoño, el río y el árbol, los pájaros, la campana, la nieve, algo más que sí mismos?: no para ellos, sino para nosotros.

Podría, incluso, pensar el caminante: ¿no se es otro en el otoño? ¿Tal vez el Otro?

* * *

Es en el invierno cuando resulta más patente la compañía de los inseparables contertulios del hombre: el sentir y la inteligencia. (El sentir las cosas y el sentido de las cosas). Y ellos son también quienes solicitan a la memoria. ¿O tal vez es sólo el fuego quien convoca —quien nos convoca a todos—, de una manera universal?; ¿las llamas que crepitan a este lado del frío y de la noche son quienes solicitan, a través de cualquier potencia o condición, a la memoria, cuando nos hemos acogido ya a la protección del hogar?

Lo cierto, lo más asequible del invierno, es la soledad en estado puro: en él se aúnan la ansiosa soledad del verano, la melancólica soledad del otoño, la individualidad —que no del todo soledad— de la primavera. El hogar se extiende, se hace amplio y receptivo gracias a la lluvia o la nieve que, afuera, acaparan el paisaje y toda su realidad. Adentro, por contra, está la promesa de la razón dialéctica que habita, plena de significado, en cada uno de nuestros sentidos y, por extensión, en los objetos, en el espacio donde vamos a ir reposando lentamente los argumentos.

Sería difícil señalar cuál va a ser el más expansivo de los llamados en torno al hogar donde crepita la leña, pero cabe decir que el predominio en el invierno corresponde, al modo de un ascendiente moral sobre los otros, a la inteligencia reflexiva.

La estación de la nieve es la estación del hombre inmóvil. El mismo hombre sensible al miedo y al amor. El hombre que espera. Y ha de acogerse en sí antes que la separación (del miedo y el amor) le dañe irreparablemente llevándole a una ciega independencia circular por separado, a acometer cada uno por sí una realidad que ahora convoca más que nunca, como un imperativo y una curación, la estación del silencio.

Por ello quienes dialogan o guardan resignación —confiando, en el fondo, en sí mismos y en el transcurso del tiempo— ante el fuego tienen argumentos propios que exponer y, a la vez, la prudencia les lleva a escuchar, a hacerse partícipes de cuanto los otros expongan, toda vez que así podrá desgranar con mayor sentido las apariencias —de las que muchos de ellos, es cierto, en buena parte, viven— con el ecuánime significado de cuanto, a cada uno, les ha llevado, íntimamente, a estar allí.

Sólo un hombre ha sido convocado por el fuego —¿por el invierno?— y, no obstante, allí se han convocado más de uno sin estar más que a solas, cada hombre. Es así que el fuego y su contrario, el invierno, han propiciado, a través de la unidad de contrarios, la división enriquecedora de que se compone esa alta unidad de la naturaleza, ese germen, el más rico —aun en la confusión de su sustancia— que es el hombre.

* * *

Y cuando el hombre salga de nuevo al camino y, sorprendido, mire a lo alto, al cielo, y mire a sus pies y a la hierba desnuda, ¿llegará a pensar que en cada estación ha aprendido un poco más acerca de la extensión de su duda?

Ricardo Martínez-Conde
Últimas entradas de Ricardo Martínez-Conde (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio