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Las razones para la presencia de la ética en la formación profesional

lunes 16 de agosto de 2021
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Gabino Barreda
Necesitamos que el espíritu filantrópico y humanista del positivista mexicano Gabino Barreda (1818-1881), pilar de la educación mexicana del siglo XIX, se expanda por el mundo académico latinoamericano.

Algunos antecedentes

La ética, desde una perspectiva general y como hemos señalado en artículos y notas anteriores, es la forma de estudio sobre el deber ser del hombre en sociedad; tiene una larga data y sus expresiones más sistematizadas con un claro énfasis por el bienestar personal y social ya se observan en determinadas culturas que coinciden con las bases del pensamiento civilizado; v. gr. ya en la cultura egipcia encontramos distintos papiros que dan cuenta de cánones morales que debían ser obedecidos para ser condescendientes con los dioses y con la sociedad. Y luego, la expansión del pensamiento judeocristiano y la cultura griega en general, pero muy especialmente a partir de los filósofos centrados en el hombre y en su comunicación y actuación con los otros integrantes de la polis, como Sócrates, Platón, o Aristóteles, van asentando definitivamente este tipo de inquietudes y reflexiones axiológicas en la cultura universal.

Pero como en esta comunicación nos interesa determinar las razones por las cuales la ética debe estar presente en la formación profesional, en lo que sigue nos centraremos en tales disquisiciones.

 

Qué lejanos se perciben aquellos tiempos de las décadas de los sesenta y setenta —hasta la aparición de gobiernos de facto— en que todas las carreras profesionales debían contar con una cátedra de filosofía.

Algunas razones

Tal vez desde el punto de vista filosófico, lo más relevante para nuestro propósito es el hecho de que el accionar humano, en tanto ha dejado atrás —en muchos aspectos— la dependencia de su condición biológica frente a la naturaleza, requiere constantemente de un análisis y de continuas reflexiones para determinar, en primer lugar, la propia situación de bienestar o incomodidad personal frente a nuestros actos y/o ante los demás, así como también para pensar o teorizar sobre la enorme amplitud de expresiones que aluden a la moral imperante en nuestra época histórica y en nuestro ser como latinoamericanos.

En la sociedad contemporánea, la presencia de la ética como disciplina instituida viene —o más bien venía— manifestándose más recientemente, en el currículum de los estudiantes universitarios. Y en especial, luego de ciertos cambios e innovaciones que han afectado la selección de disciplinas generales que de ordinario tenían obligatoriamente que recibir los estudiantes universitarios en Chile y en otros países de América, la ética profesional está quedando fuera de sus mallas, o al menos lejos de los profesores de filosofía que pudieran profesarla. Seguramente en la eclosión de este fenómeno ha incidido la necesidad de los docentes de las diversas facultades de cubrir las cargas académicas, y por ello deben asumir tales cátedras —cuando se dan. Por otro lado, seguramente este acaecer del desinterés por la ética, como cátedra universitaria legítima y obligatoria, igual que cualquier otra asignatura, se deba también en parte al desinterés actual por la filosofía y la lectura en general, pues definitivamente la filosofía agonizó como cátedra obligatoria en la mayoría de las corporaciones de educación superior de muchos de nuestros países de América. Qué lejanos se perciben aquellos tiempos de las décadas de los sesenta y setenta —hasta la aparición de gobiernos de facto— en que todas las carreras profesionales debían contar con una cátedra de filosofía. Por ello, paralelo a estos cambios socioculturales y tecnológicos que estamos percibiendo, se observa que la ética en las mallas curriculares viene cada vez más a la baja.

 

El impacto de la globalización

Lo anterior es lamentable, pues en pleno proceso de la globalización y de la instantaneidad de la información, y dados la interfaz social y el dinamismo de la misma en sus instancias comerciales, empresariales, políticas y otras, nos muestra cada vez más faltas a la ética y una pérdida de valores como el respeto, la tolerancia, la responsabilidad, la honradez y el desinterés por el cumplimiento de los deberes, entre tantos otros. Y ni hablar de los derechos humanos, puesto que en muchos países simplemente es algo que no existe. Y en otros, estas organizaciones simplemente están dirigidas por personas con determinado sesgo ideológico que les resta la necesaria objetividad.

Resulta casi como una consecuencia lógica la conveniencia de difundir y asegurar una instancia de reflexión y de maduración personal sobre nuestros actos.

Esto es una situación totalmente kafkiana, puesto que el mundo cuenta en la actualidad con leyes, con medios tecnológicos y con recursos —al menos en teoría— para aplicar la justicia y cautelar la dignidad de las personas. Y entonces, en este contexto, las actuaciones sobre nuestra propia condición personal y sobre nuestro trato con los congéneres quedan de manifiesto rápidamente ante las imágenes que capta al instante nuestro quehacer, por ejemplo con nuestros celulares o con las cámaras de vigilancia existentes en las ciudades.

Y claro, por lo anterior, resulta casi como una consecuencia lógica la conveniencia de difundir y asegurar una instancia de reflexión y de maduración personal sobre nuestros actos, nuestro desempeño profesional y nuestra acción social. Empero, esta urgente necesidad de una revisión o introspección, que sería deseable que la internalizaran nuestros estudiantes universitarios, no encuentra cabida en el currículum puramente profesionalizante que se les ofrece.

Lo anterior, sumado a la interfaz emergente y casi infinita de combinatorias que nos ofrecen las nuevas tecnologías de comunicación social, y la difusión y masificación de la Internet y de las redes sociovirtuales, tales como LinkedIn, Facebook y otras, hacen imprescindible que los futuros profesionales cuenten con un marco teórico y axiológico que les de un mínimo de certeza, de supuesta tranquilidad o, cuando menos, de una estabilidad para repensar su propia condición como ente social. Y en especial, lo precedente deja de manifiesto la necesidad de contar con algún cuerpo teórico de orientaciones sobre lo axiológico y sobre las propias actuaciones del futuro profesional, asentada en una aspiración a la obtención del bien. Y puesto que ya no contamos con la discusión respetuosa en el ágora, ni tampoco nos constreñimos exclusivamente a un decálogo moral, entonces un marco mínimo de preceptos, postulados o cuerpo de ideas matrices sobre el bien y su contrario, resulta muy atingente para los profesionales universitarios, por ejemplo en las cátedras de ética profesional, que debemos defender y expandir.

 

Los contravalores

Además, los contravalores observables en el entorno globalizado, las situaciones de corrupción y de faltas a la probidad en los organismos públicos y privados, en los mass media en general y en el propio desempeño profesional, que se escapan de lo éticamente correcto, y que a diario nos impactan ora en los noticieros, ora en Facebook y otras redes sociovirtuales, avalan, a juicio de los teóricos y curriculistas, la conveniencia de incorporar esta disciplina en la formación superior.

Y aunque las razones para justificar esta incorporación no pueden agotarse en una modesta síntesis, hay que tener presente que las propias organizaciones empresariales y políticas, y las entidades culturales, entre otras, ven con buenos ojos dicha innovación. Seguramente, no tanto por razones de respeto o amor a la filosofía, al saber universal o a la búsqueda de la verdad, sino más bien por razones humanitarias las unas y pragmáticas las otras. Entre las primeras, podemos recordar las organizaciones internacionales interesadas en cautelar los derechos humanos y promover la paz social, y en cuanto a las segundas, podemos ubicar a algunas de las grandes empresas internacionales, que se dan cuenta de la conveniencia de respetar las normas legales y mantener una sana transparencia en sus acciones. Esto, porque la mayor cohesión social y armonía que puede reportar el respeto a las personas y la tolerancia a las ideas de las grandes corporaciones, cautelan su imagen corporativa y facilitan la acción internacional empresarial, más que su entrabamiento. Y, por cierto, los innumerables dilemas éticos a que se verá enfrentado el futuro profesional, científico o ingenieril, también es parte de este universo de razones que persiguen traer a presencia a la ética olvidada en muchas de nuestras universidades.

 

Al parecer, esa tradición brilló nuevamente este año en México, pues recientemente se aprobó la enseñanza de la filosofía en todos los niveles de la educación.

Ejemplos constructivos

Hay excepciones, por cierto, y en este plano nos regocijamos, por ejemplo, porque en México el Congreso aprobó en el año 2018 que la filosofía vuelva a ser obligatoria en los dos últimos años de la educación secundaria. Y en el año 2019, a su vez, se aprobó consignar el Día Mundial de la Filosofía. E incluso este año, recientemente se aprobó la enseñanza de la filosofía en todos los niveles de la educación. Y porque los numerosos profesores de filosofía de este país, organizados adecuadamente, más allá de lo político, lograron llevar a buen puerto dicha iniciativa, entre éstos saludo al doctor Alberto Saladino García, filósofo latinoamericanista de la Universidad Autónoma del Estado de México, Toluca, uno de los gestores de este proyecto filosófico y humanista que es un verdadero nicho para la presencia de la ética en la enseñanza universitaria. Ahora, pues, necesitamos que ese espíritu filantrópico y humanista del positivista mexicano Gabino Barreda, pilar de la educación mexicana del siglo XIX, se expanda por el mundo académico latinoamericano. Al parecer, esa tradición brilló nuevamente este año en México, pues recientemente se aprobó la enseñanza de la filosofía en todos los niveles de la educación.

Algo parecido sucedió en Ecuador —pero no en la educación, sino en el medio de las comunicaciones—, pues la raigambre de ese espíritu filantrópico y humanista del siglo XIX, que impregnó a las élites de las jóvenes repúblicas de América, lideradas por humanistas destacados como el padre jesuita Aurelio Espinoza Polit, o del conglomerado actual de intelectuales y comunicadores, que han logrado articular una entidad denominada Semillero de la No Violencia Activa, cuyos miembros persiguen destacar las nobles y silenciosas conductas de los ciudadanos de Ecuador para que éstas se tengan presentes como una llamada ética que se expanda a la educación y la sociedad ecuatoriana y latinoamericana toda.

Todo lo anterior son claros ejemplos que dejan de manifiesto que la ética, las humanidades y la filosofía siguen siendo añoradas para una sana convivencia social y para el necesario crecimiento personal.

Zenobio Saldivia Maldonado