Publica tu libro con Letralia y FBLibros Saltar al contenido

Lo que sólo para nosotros vale…, de Rafael Fauquié
(extracto)

domingo 19 de noviembre de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!
“Lo que sólo para nosotros vale...”, de Rafael Fauquié
Lo que sólo para nosotros vale…, de Rafael Fauquié (KS OmniScriptum Publishing, 2023). Disponible en Amazon

Lo que sólo para nosotros vale…
Rafael Fauquié
Ensayo
KS OmniScriptum Publishing
Londres (Inglaterra), 2023
ISBN: 978-620-0-10871-5
129 páginas

“¿Cuál es ese enigmático impulso que no deja al poeta asentarse en lo realizado, en lo finalizado? Yo pienso que es la búsqueda de la realidad”.
Czesław Miłosz

La realidad: estamos obligados a vivirla y a relacionarnos con ella. De nosotros dependerá manejarnos lo más certeramente posible por entre sus complicados meandros e impredecibles desafíos. De nosotros dependerá lograr que ella no contradiga muy ásperamente nuestros sueños ni vulnere con excesiva violencia nuestras intenciones. De nosotros dependerá que nuestro propio universo llegue a poseer algún afirmativo asidero dentro del universo de lo real.

Ante la indiferencia del mundo, precisamos sentir que podemos apoyarnos en ciertas actitudes, ilusiones y razones a la hora de enfrentar lo arbitrario, lo caótico o lo amenazante a nuestro alrededor; que nos será posible acogernos a la protección de un orden personal desde el cual relacionarnos con las cosas. Suele acompañarme la muy lapidaria frase de Valéry acerca de la terrible contradicción que acompaña a todo ser humano entre el “sentimiento de serlo todo y la evidencia de no ser nada”. La respuesta a ella es que, si bien nunca alcanzaremos a “serlo todo”, siempre resultará posible, al menos, llegar a ser algo. Ser algo, por ejemplo, en nuestra apasionada entrega a eso que amamos hacer y nunca podríamos dejar de hacer.

En suma: para asentarnos en la realidad y vivirla apropiadamente, nos resultará siempre necesaria cierta fe, cierta motivación asociada a una determinada finalidad capaz de ayudarnos a entender cómo vivir. Sólo de nosotros mismos, de nuestras experiencias, de nuestras elecciones, habrán de germinar prioridades y proyectos convertidos en personales respuestas a lo real. Sólo de nosotros podrán surgir la esperanza y la voluntad capaces de dar un sentido orientador a nuestros actos e intenciones. Surgir, por ejemplo, el entusiasmo de entregarnos a eso que nos colma. Surgir una pasión al lado de la cual acompañar aptitudes que reconocemos en nosotros mismos. Surgir la posibilidad de distinguir en nuestra vida una continuidad, un sentido capaz de hilvanar demasiadas fragmentariedades en su interior…

Los seres humanos podemos prescindir de muchas cosas, pero creo que para la mayoría de nosotros siempre resultará esencial la convicción de un significado para eso que hacemos, una intención muy cercana a esa verdad descubierta en nosotros mismos y que llamamos vocación.

En algún momento de su obra, dice Jorge Luis Borges: “A pesar de que la vida de un hombre se componga de miles y miles de momentos y días, esos muchos instantes y esos muchos días pueden ser reducidos a uno: el momento en que un hombre averigua quién es, cuando se ve cara a cara consigo mismo”. Quizá podría identificarse el descubrimiento de nuestra vocación con el instante en que comprendemos de qué manera relacionarnos con la realidad junto a un sentido que logre legitimarnos.

Nuestra vocación: un personal argumento de la propia existencia de acuerdo a ciertas verdades sobre las que apoyamos nuestra voluntad de ser presencia en el mundo.

Vocación: proviene del término vocare: llamar. Una vocación es exactamente eso: un llamado; un llamado que apela a nuestras más hondas elecciones. No basta sólo con identificarla. Es preciso descubrir su porqué, la forma como ella nos relaciona con la realidad.

Verdadero es lo que acatamos, lo que no podemos dejar de reconocer en nosotros mismos.

En su trabajo El alma y las formas, Georg Lukács habla de una búsqueda de unidad como el más eficaz propósito por asignar coherencia a nuestra relación con el mundo. Búsqueda de unidad o búsqueda de un orden desde el cual vislumbrar nuestra existencia alrededor de cierta íntima verdad. Quizá, acaso por sobre todo, una vocación sea eso: una verdad; verdad de la voluntad, verdad del esfuerzo, verdad del propósito por conjurar la pesadilla de la ausencia de significado para nuestro tiempo.

Verdadero es lo que acatamos, lo que no podemos dejar de reconocer en nosotros mismos, lo que nos centra, lo siempre próximo a nuestras ilusiones, creencias y principales descubrimientos. Verdadera es la exactitud que percibimos en ciertos valores, en ciertos principios. A lo largo de estas páginas, he ido deteniéndome en diversas verdades: verdad de la libertad, de la esperanza, de la autenticidad, del autoconocimiento, de la justicia, de la pasión, del idealismo, de la solidaridad, del sentido común… Verdades todas convertidas en inspiración de mi propia vocación como educador, como escritor. Y es que, como ya dije: “Todos podemos estar en posesión de verdades que otros pudiesen aprovechar”. En mi caso, decidí apoyar sobre algunas ineludibles verdades mi relación con las palabras, mi compromiso con la escritura, mi comunicación con mis discípulos. Y descubrí en ese propósito el más humano y legítimo sentido de mi vocación: transmitir a otros eso que fui aprendiendo y valorando.

Cierta ley apócrifa sostiene que “lo que sólo para nosotros vale, nada vale”. Es cierta; y, sin embargo: ¡qué fructífera puede ser esa opción de singularidad! ¡De qué manera permitir expresar tantas ilusiones y certezas, tantos sueños y esperanzas! Pero, además, y como resultado de nuestra búsqueda de un sentido para la realidad, pudiéramos quizá llegar a descubrir que eso que “sólo para nosotros vale” puede convertirse, también, en algo valioso para otros.

Desde muy temprano supe que jamás sería escritor de ficción; que la ficción no se relacionaba con eso que, muy vagamente, quería o podría querer escribir. Quizá para ficcionalizar —principalmente para narrar en ese género que parece aglutinar el sentido de la literatura de nuestros días, el novelesco— haya que estar dispuesto a sustituir la vida por la escritura; y, además, poseer la facilidad de una palabra abundante en la que quepan todas las anécdotas, todos los recuerdos, todos los escenarios. Una palabra poseedora de una sola y fundamental exigencia: saber contar.

En algún remoto momento, la escritura había comenzado en mí, como pareciera ser lo más natural, de la mano de la poesía, pero no tardé en abrigar hacia eso que suele llamarse poesía sentimientos encontrados. Rechazaba profundamente la vieja imagen de conjuntos de versos rimados, en los cuales, en juego ritual, unas voces debían coincidir con otras. En su lugar, presentía otra forma de poesía, mucho más amplia. Una voz poética a mitad camino entre la tensión y la armonía, entre el dibujo de la imagen y la evocación de la idea, capaz de impregnar todas las palabras; fuerza verbal encargada de rescatar a las voces de una homogénea grisura, de una lisa cotidianidad; tensión merced a la cual crecían las voces y crecían también los argumentos. En suma: poesía era, principalmente, una manera de sentir las palabras; de expresar con ellas —independientemente de su forma en prosa o verso— aquello que la vida nos iba mostrando.

La escritura nos lleva a relacionarnos de una determinada manera con las palabras: las que elegimos leer, las que elegimos escribir.

Creo que la escritura, si realmente amamos escribir, si necesitamos hacerlo y no podríamos dejar de hacerlo, está destinada a convertirse en expresión de un compromiso con eso que somos y pensamos, sentimos y creemos. Igualmente pienso que la escritura nos lleva a relacionarnos de una determinada manera con las palabras: las que elegimos leer, las que elegimos escribir; los temas que se acercan a nuestros temas, las entonaciones que hacemos nuestras, los autores que escogemos porque escriben eso que amaríamos haber escrito…

¿Qué queremos lograr con nuestra escritura? En mi caso, al menos, siempre lo tuve muy claro: aproximar mi realidad a las palabras o mis palabras a la realidad. Reunir en torno a las voces eso que considero importante, justo, oportuno o idealmente necesario… Escribir para volcar sobre la escritura ilusiones que preciso distinguir, visiones esperanzadoras, dibujo de recuerdos que me acompañan, convicciones de las que no puedo prescindir. Al hacerlo procuré siempre expresarme desde mí mismo, a través de una voz trabajada, vivida, asociada a una particular sensibilidad y a una intención por comunicar y ser entendido por la mayor cantidad posible de interlocutores.

En su libro Introducción al método de Leonardo da Vinci, Paul Valéry dice: “Lo que queda de un hombre es aquello que su nombre nos lleva a pensar y las obras que hacen de ese nombre un signo”. Acaso ésa pudiera ser la principal referencia al intelectual que busca proyectarse sobre esas palabras que trabaja una y otra vez hasta el cansancio: un signo, una distintiva señal relacionada con el color y el calor de sus voces escritas.

Decidimos hacer las cosas —al menos, deberíamos hacerlo— según la manera como ellas nos enriquecen y comprometen. En algún momento, tempranamente y de la mano de mi pasión por la escritura, llegó también mi ocupación como maestro. Y descubrí en ambas acciones, la escritura, la enseñanza, un mismo sentido para mis voces. Hice mío el propósito de convertir las palabras en compañía y comunicación de lo que creía esencial entender, conocer, evocar, valorar… Y en ese propósito descubrí, como una referencia fundamental, los extraordinarios Ensayos de Miguel de Montaigne: la palabra al servicio de la vida; escribir como una manera de acompañar el propósito de entenderla mejor, de aprender a vivirla un poco mejor.

Y es que la voz del ensayo —la que ha sido siempre mi principal opción— habla de la misma manera en que lo haría todo verdadero maestro: una y otra se expresan, o suelen hacerlo, desde lo esperanzador, lo justo, lo deseable. Una y otra señalan un mismo compromiso por hacer a otros partícipes de nuestras personales convicciones. Una y otra se proponen comunicar lo moralmente necesario, ilustrar lo inspirador. Una y otra revelan un similar propósito: la voluntad de un ser humano por ser presencia en el mundo junto a la veracidad de ciertas voces elegidas para sustentarlo.

Rafael Fauquié
Últimas entradas de Rafael Fauquié (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio