
Alfonso Solano examina los orígenes y el desarrollo de la posmodernidad, abordando cómo las transformaciones filosóficas y culturales han moldeado la sociedad contemporánea. A lo largo de esta serie de ensayos, el autor venezolano conecta las ideas de pensadores clave y nos brinda una mirada crítica sobre cómo las diversas corrientes artísticas, filosóficas y científicas han redefinido nuestra cultura.
“Por sus frutos los conoceréis”, una frase muy común entre nosotros que suele entenderse como si, en última instancia, ha de juzgarse a los hombres por su conducta moral y a las filosofías de la vida por sus consecuencias morales. Pero, como no los indica el prominente pensador y psiquiatra Alan Watts, “la única definición de moralidad que, hoy en día, puede concitar una aceptación general, es aquella conducta propicia a la supervivencia de la sociedad”. Si existe algo en la esencia de lo humano como exigencia del existir es la capacidad que define al hombre en su libre albedrío para actuar y tomar decisiones según, claro está, su gnosis o conocimiento del entorno y de sus leyes, además de su alcance para pensar sobre una determinada realidad. Esto último, desde luego, es un tópico muy antiguo ya abordado por los pensadores de Mesopotamia y, sobre todo, por los de Grecia. El gran Aristóteles concibe en su pensamiento tres tipos de “almas” para acceder al conocimiento de las cosas. A saber: vegetativa, sensitiva e intelectiva. Para el alma sensitiva se corresponde todo aquello que nosotros llamamos experiencia. La experiencia está dotada de los cinco sentidos conocidos por todos, con los cuales el hombre hace contacto con los objetos del mundo exterior. No obstante, Aristóteles concibió un sexto sentido al cual denominó sentido común. Este último nos dota para valorar la realidad desde un punto de vista ético y moral; es decir, lo que hay que realizar de la mejor o más adecuada manera según la acción efectuada. El hombre, por antonomasia, tiende a alcanzar algún bien, pero como son numerosas las posibilidades de actuar, también serán muchos los bienes que se pueden alcanzar. Aristóteles asigna a la ética esa difícil labor de examinar y dar jerarquía a todos esos posibles bienes. Pero, por encima de los bienes comunes, existe un bien supremo o superior. El gran filósofo sostiene que debe existir un bien supremo hacia el cual deberían tender todos los hombres, y este bien específico no es otro que la felicidad. La felicidad, a su vez, el filósofo la define como una actividad conforme a la virtud de la mejor parte del hombre, es decir, de su parte racional, la que posee la razón o de lo que se piensa para ese bien. En otras palabras, la felicidad suprema es aquella que se alcanza con la sabiduría.
Esta noción de moral aristotélica se ha proyectado a través del río extendido de la historia y ha llegado, por diferentes vías de pensamientos e interpretaciones, hasta nuestros días. Fue Hegel, por cierto, el primero que examinó el concepto de la moralidad en la modernidad y la distinguió entre moralidad subjetiva y moralidad objetiva. La primera designa el cumplimiento de un deber por el acto de la propia voluntad del ser, la segunda es la obediencia a la ley moral, la que es fijada por las normas, leyes y costumbres de la sociedad. No obstante, Hegel considera que la sola buena voluntad subjetiva no es suficiente. Es necesario que esta buena voluntad subjetiva aspire el bien en lo objetivo, no se quede sólo en lo abstracto. Es decir, que se integre con lo objetivo y se manifieste moralmente como moralidad objetiva. En suma, Hegel lo que nos sugiere es que esta moralidad objetiva sea una práctica de la racionalidad universal que conduzca a un contenido práctico de la moralidad subjetiva distinguiéndola de la mera conciencia moral.
El desarrollo moral en la psique humana
Los aspectos morales del comportamiento humano siempre han sido objeto de interés y controversia por parte de pensadores, filósofos e instituciones religiosas y políticas. Dentro de las esferas de la filosofía, la teología y la educación, estas preocupaciones de ética y moralidad han sido una de las cuestiones centrales en la indagación de la naturaleza humana sobre los valores inmateriales del hombre. Y la moral ha ocupado un sitial de honor. Sin embargo, el interés de la psicología por la investigación científica de los aspectos morales del individuo se ha desarrollado bastante tardíamente, en comparación con otras dimensiones del comportamiento. “Había un acuerdo generalizado de que el tema de la moralidad no era propio de los psicólogos... Se inclinaron a pensar que abordar un tema como el de la moralidad comprometía de alguna manera sus intenciones de alcanzar la objetividad científica...” (Williams y Williams, 1976). Desde luego, esto ocurría en los años setenta, cuando estas indagaciones sobre el aspecto moral del hombre no despertaban el interés de los psicólogos. Hoy en día, empero, han ocupado un sitial de primer orden en los estudios del comportamiento humano bajo los influjos de la era digital y globalizada de los años propiciantes de la posmodernidad. Tradicionalmente, el intento por comprender y dimensionar los aspectos morales del comportamiento se centraba en tres orientaciones teóricas principales: el enfoque psicoanalítico, el de la teoría del aprendizaje social y el enfoque cognitivo-evolutivo. De los tres, el último, es decir, el cognitivo-evolutivo, es el que ha tenido un mayor desarrollo en las sociedades modernas. Esto es comprensible, porque este enfoque se centra en el desarrollo de reglas y principios universales. Intenta explicar cómo el individuo estructura un orden moral externo; esto es, cómo se desarrolla este orden durante la evolución del individuo. Una de las teorías que más interés tuvieron en los inicios de este enfoque cognitivo fue la teoría de Lawrence Kohlberg, considerado como una de las figuras capitales en el estudio de la psicología moral. Los estudios y trabajos de Kohlberg se centraron fundamentalmente sobre el desarrollo del razonamiento moral; en cuanto a la descripción y fundamentación de sus postulados, abarcan el razonamiento y comportamiento moral del niño, del adolescente y del adulto. Las investigaciones de Kohlberg sobre el razonamiento moral, utilizando una entrevista individual basada en dilemas morales hipotéticos, lo llevaron a delinear tres niveles y seis estadios del juicio moral. Este enfoque ha proporcionado las bases para la elaboración de una teoría y una práctica de la educación moral evolutiva que tiene como meta el desarrollo moral integral del individuo.
Dentro de los postulados principales del enfoque de Kohlberg en la psicología moral, el estudio de cómo funciona el juicio moral en el individuo ocupó un interés de primer orden. El juicio moral es un proceso que permite al individuo la reflexión de sus valores internos y externos, que éste ordena conforme a una jerarquía lógica, especialmente cuando se trata de un dilema moral. A diferencia de otros planteamientos teóricos sobre este tópico, el enfoque cognitivo de Kohlberg plantea que la moralidad no es simplemente el resultado de procesos inconscientes (superyó) o de aprendizajes tempranos (condicionamiento, refuerzo y castigos), “sino que existen algunos principios morales de carácter universal, que no se aprenden en la primera infancia y son producto de un juicio racional maduro”. Los investigadores Hersh y Reimer (1984) llegaron a la conclusión de que “el ejercicio de la moral no se limita a raros momentos en la vida; es integrante del proceso de pensamiento que empleamos para extraer sentido de los conflictos morales que surgen en la vida diaria”. Kohlberg ha establecido la existencia de seis estadios progresivos del juicio moral, mostrando que el desarrollo del pensamiento de las personas sobre temas morales se caracteriza por las formas de los juicios valorativos modelados en su desarrollo cognitivo desde la infancia hasta la adultez. Por otro lado, Kohlberg definió dos niveles donde se producen los juicios morales valorativos: el nivel preconvencional y el nivel convencional. “En el nivel preconvencional se enfocan los problemas morales desde la perspectiva de los intereses concretos de los individuos implicados, y de las consecuencias concretas con que se enfrentaron los individuos al decidir sobre una acción particular. Las normas y las expectativas de la sociedad son algo externo al sujeto, y el punto de partida del juicio moral son las necesidades del yo. Este nivel caracteriza el razonamiento moral de los niños, de algunos adolescentes y aun de algunos adultos”, como bien lo define el investigador chileno Enrique Barra Almagia.
En el nivel convencional —prosigue Almagia— “se enfocan los problemas morales desde la perspectiva de un miembro de la sociedad, tomando en consideración lo que el grupo o la sociedad espera del individuo como miembro u ocupante de un rol. El sujeto se identifica con la sociedad y el punto de partida del juicio moral son las reglas del grupo. Este nivel normalmente surge en la adolescencia y permanece dominante en el razonamiento de la mayoría de los adultos en diversas sociedades”.
También Kohlberg estableció que los niveles de desarrollo moral en el individuo representan perspectivas diferentes que éste puede adoptar en correspondencia con las normas supeditadas por la sociedad en tres tipos distintos de relaciones: el sujeto, las normas y las expectativas de la sociedad. Cada uno de estos niveles se define por un conjunto de valores (lo correcto y lo justo, por ejemplo) y otro conjunto de razones que apoyan o sostienen lo correcto. La teoría de Kohlberg, en estrecha relación con la teoría cognitiva de Jean Piaget, representó un aporte capital para la comprensión psicológica global del individuo.
Los problemas de la moralidad
En un interesante como denso estudio sobre la moralización en nuestras sociedades y su impacto a nivel global, el psiquiatra y experto en psicología evolucionista Pablo Malo Ocejo llega a la conclusión de que la moralidad es un arma de doble filo, como él mismo lo ha dicho en su exitoso libro Los peligros de la moralidad: por qué la moral es una amenaza para las sociedades del siglo XXI. En efecto, este experto nos ilumina cuando indica que aquello que nos impulsa para hacer el bien también nos conduce para hacer el mal. Es decir, la moralidad tiene dos caras. Da como ejemplo que, si alguien ha incurrido en una inmoralidad, nos sentimos con el derecho para castigarle y hasta llegamos a ser muy crueles en el proceso. Esta violencia él la llama violencia moralista e indica que, a través de la historia, esta sentencia ha llevado a muchos inocentes al cadalso o al sufrimiento. En nuestras sociedades posmodernas globalizadas, vivimos y sufrimos lo que el psiquiatra denomina “una pandemia de moralidad”, y que esta misma preocupación por lo moral afecta por igual la vida laboral, lo universitario, los medios de comunicación digitales y, desde luego, las redes sociales.
En el capítulo séptimo de su libro aborda el topos de “Los problemas y peligros de la moralidad” y hace un profundo análisis de los procesos mediante los cuales resolver los conflictos desde la moralidad resulta difícil y complicado. La moral y la moralización afectan a todos por igual, porque no sólo se trata de que nosotros tenemos un mandato moral de lo que debemos hacer y cumplir, sino que este mismo mandato obliga también a los demás. Por lo tanto, el que una persona o un grupo social se sienta en la obligación de requerir a otros una exigencia de tipo moral porque su razón o verdad es superior, o se siente con la autoridad de imponerse a los demás, conduce indefectiblemente al conflicto irresoluto y a la violencia más primitiva. Y esta peculiaridad de la moral es letal cuando se introduce en el campo ideológico de la política o la ciencia, tal como lo indica el autor. Llevándola a la esfera más global, esta conducta afecta sustancialmente de forma negativa para mantener las democracias en el mundo pues, como se sabe, en una democracia auténtica todos tienen el derecho de manifestar sus diferentes visiones de una realidad dada, todas son permisibles y legítimas, sin que por ello se llegue a un conflicto tribal. Y los más pernicioso que está ocurriendo en la esfera política es que los preceptos de la religión están siendo insertados dentro de la lógica partidista, porque al moralizar la política se dividen entre buenos y malos, sanos y perversos, lo cual conduce a los grupos a una oposición permanente y al conflicto irresoluto. Y Malo Ocejo nos advierte de esta dualidad perversa cuando dice: “La acción política queda bloqueada. Pensar que hay una opción ‘buena’ y otra ‘mala’ es herir de muerte a la democracia, es decir, si ya sabemos cuál es la opción buena y la que tiene que gobernar, nos sobra la democracia, sólo necesitamos un partido, el de los buenos. La democracia requiere una humildad epistemológica que no es compatible con la superioridad moral que genera la moralización de los asuntos”. Si los protagonistas políticos en una sociedad se dividen en “buenos” y “malos”, es evidente que nunca va a lograrse un acuerdo entre las partes.
Lo mismo está ocurriendo en la esfera científica, lamentablemente. En el código esencial y binario de la ciencia, como lo dice Luhmann (citado por el autor), lo que predomina es verdad/error. Los científicos buscan siempre la verdad de un fenómeno, su espíritu y trabajo es acercarnos cada vez más a esa verdad. Si este códice esencial se transmutara a bueno/malo, se destruiría el espíritu de búsqueda de esa verdad que es válida universalmente. ¿Por qué se destruiría? Porque, como dice Malo Ocejo, “así ya estamos cerrando los temas, estamos diciendo que ya lo sabemos todo y que no hay que seguir investigando”. La moralidad y la moralización, que es su proceso, es altamente perniciosa y lo contamina todo. Dentro de las revistas de ciencias actuales, en algunos artículos se está viendo esta tendencia donde unos acusan a otros y les ponen etiquetas como “demonios”, “orates” o “maléficos”, lo cual impide una atmósfera creativa respetuosa que lleve a las solución de un problema o conflicto a nivel científico.
Una sociedad conducida por preceptos de moralidad es precipitada hacia su propia destrucción. Malo Ocejo cita al filósofo Ian Hinckfuss, quien hace hincapié en que históricamente “hemos visto cómo la moralidad se ha utilizado para reforzar el poder de las élites y justificar el orden establecido”. Esto ha sucedido porque preceptos de tipo moral como los de lealtad y patriotismo se han manipulado para señalar y condenar como traidores o criminales a los reformadores, vanguardistas y críticos. Es el statu quo en el poder el que decide y propone en detrimento de las minorías socialmente sometidas.
Al final, la aspiración genuina de todo ser humano es el orden, el bien, la belleza y lo bueno en correspondencia no con algo moralmente reprobable, sino con lo que conduce al bienestar armónico, que es la senda que todos requieren y a la que aspiran con inquietud y legitimidad. Pero, ¿seremos capaces de librarnos de la contaminación moralista para vivir en paz y en armonía dentro de la sociedad global?
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