
Alfonso Solano examina los orígenes y el desarrollo de la posmodernidad, abordando cómo las transformaciones filosóficas y culturales han moldeado la sociedad contemporánea. A lo largo de esta serie de ensayos, el autor venezolano conecta las ideas de pensadores clave y nos brinda una mirada crítica sobre cómo las diversas corrientes artísticas, filosóficas y científicas han redefinido nuestra cultura.al doctor José Luis Vethencourt —in memoriam—
Como hemos visto en numerosos estudios, y en los ensayos que anteceden a este capítulo, el asunto de la posmodernidad es algo complejo y diverso que toca las mismas raíces de las sociedades modernas en su desarrollo ulterior. Sólo por nombrarla se abre de por sí un enorme abanico de inquietudes e interrogantes. Según Baudrillard, Balandier, Deleuze y Derrida, filósofos galos que han hecho del tema de la posmodernidad su nicho intelectual, las aristas singulares de sus manifestaciones afectan la condición existencial del hombre de hoy. Pero ante toda concepción filosófica prevalece la realidad de su manifestación, más que su propio conocimiento. No importa cuánto se sepa de ella, sino cómo se padece, se evidencia y se vive en la realidad. Es allí, como lo indica Asdrúbal Baptista, donde radica lo decisivo. Admitamos, junto a Baptista, que reconocemos el fracaso de la modernidad en todos sus relatos capitales, y que la posmodernidad es algo que la supera y se extiende más allá de ella misma. Entonces, ¿cuál es la próxima estación o escalafón que debemos superar o experimentar? Hoy en día, como han entrado en crisis todos estos relatos, sus prerrogativas lucen inciertas y hasta el bastión de las ciencias duras ha sido derruido cuando pensadores como Husserl, Gödel y Walter Benjamin pensaron que era inexpugnable, Baptista se pregunta dónde echar el ancla para desde allí buscar el nuevo horizonte. Las respuestas son de difícil resolución. No obstante, se puede hacer un diagnóstico muy completo a la luz de las nuevas teorías y preceptos filosóficos. Y esto es precisamente lo que hizo el inminente psiquiatra, ensayista y pensador venezolano José Luis Vethencourt en un estudio que partió de una conferencia dada en la Fundación Polar en los años noventa y que él denominó Comentarios sobre la posmodernidad. Este ensayo es una aproximación a la interpretación de las ideas abordadas por el lúcido ensayista en su estudio sobre este topos tan trajinado y abordado en la actualidad.
Primer comentario
Después de realizar una revisión de las concepciones filosóficas más importantes sobre la posmodernidad realizadas por autores galos, principalmente Lyotard, Balandier y el italiano Gianni Vattimo, el doctor José Luis Vethencourt puntualiza que, curiosamente, fue en las artes plásticas y en ciertas obras musicales en las que el espíritu de la posmodernidad se vio reflejado. “Algunos invocan como motivo del aparente neoconservadurismo de los sedicentes artistas plásticos posmodernos el kitsch provocado por los medios masivos de comunicación, el facilismo pop y la masificación del arte por la vía de las empresas culturales, lo cual significaba la decadencia y entrega de la vanguardia al sistema de dominación”. Pero, como el mismo autor lo indica a través de una reflexión, y como lo podemos comprobar a través de los más importantes ismos del arte en el siglo XX, toda vanguardia artística, sea disidente o posmoderna, no está comprometiendo de ninguna manera la “totalidad del acontecer cultural y político hacia un cambio epocal”. En todo caso, siempre un movimiento artístico, por más radical que sea, se queda como un asunto dentro de las esferas del arte y no trasciende más allá de sus límites. Así que, según Vethencourt, si no hubiese sido retomado por Jean-François Lyotard con un enfoque posestructuralista en un clima ideológico basado en los tratados de Ludwig Wittgenstein sobre los juegos del lenguaje, el tema de la posmodernidad sólo hubiese sido una pequeña revolución en el arte. No obstante, Vethencourt admite pecar de superfluo al pensar que todo pudo haber dependido de un solo sujeto. Después de mencionar los graves cuestionamientos a nivel crítico e ideológico que se suscitaron a raíz de la decadencia de los presupuestos y promesas de la modernidad, el lúcido ensayista hace el pronóstico de la “utopía espantosa” que según Jean Baudrillard y los escritores y filósofos alemanes se ha presentado en los siglos XX y XXI. “Se aproxima la muy extraña combinación entre la compactación de un gran poder omnímodo y anónimo que dominará la economía monetaria y la producción mundial por un lado y, por el otro, la más absoluta libertad social como nunca antes había existido...”. El pronunciamiento, por demás apocalíptico y sombrío, de la realidad mundial expresada por estos filósofos, no es más que llevar al extremo las éticas o las lógicas parcelarias de la supuesta “sociedad colmena” pragmática y libérrima de la que hablaban, en clave ficcional, Orwell en 1984 y Aldous Huxley en Un mundo feliz, obras de las que, por cierto y como lo señala Vethencourt, no existe ninguna alusión en los tratados posmodernistas.
Segundo comentario
Es precisamente el escritor y filósofo francés Jean-François Lyotard el autor principal más coherente, el más osado, el más irreverente y extremista que retoma en los años setenta el asunto de la posmodernidad. En su célebre libro La condición posmoderna; informe sobre el saber, Lyotard anuncia la preconización del caos posmoderno en los lazos sociales. “El ‘redespliegue’ económico en la fase actual del capitalismo, ayudado por la mutación de técnicas y tecnologías, marcha a la par, ya se ha dicho, con un cambio de función de los Estados: a partir de ese síndrome se forma una imagen de la sociedad que obliga a revisar seriamente los intentos presentados como alternativa. Digamos, para ser breves, que las funciones de regulación y, por tanto, de reproducción, se les quitan y se les quitarán más y más a los administradores y serán confiadas a autómatas”. Esto tiene, en su reflejo actual, algo de veracidad, aunque el contexto de su planteamiento no imaginó jamás un mundo digitalizado y globalizado como el de hoy donde las lógicas parcelarias de las que habla Baudrillard están dominadas por los mass media y las tecnologías de la información. Agréguese a esto la ingente regulación e influencia de la inteligencia artificial, que ya está siendo cuestionada por sociólogos, teólogos y filósofos, en partes iguales. En su estudio, el doctor Vethencourt critica que Lyotard hace una interpretación demasiado tendenciosa de las teorías sobre la epistemología lingüística de su maestro Ludwig Wittgenstein para hablar de las realidades sociales montadas en el andamiaje de la palabra. “Las palabras van formando el pensamiento por encima de la realidad concreta de cada forma de vida... Wittgenstein parece reconocer que en el inconsciente del grupo humano existen imágenes mitológicas; una especie de mitología fundante... No conozco cuál pueda ser, en el pensamiento de este epistemólogo, la relación entre la construcción inconsciente de las reglas del lenguaje y de imágenes mitológicas, pero sí pienso que Wittgenstein no pudo resistirse ante la evidencia de que la imagen y la palabra pueden estar perfectamente separadas”. Lo que evidencia el doctor Vethencourt es que, como en la poesía, la imagen juega con la palabra. Como psiquiatra sabía que, cuando pensamos, estamos siempre acompañados por un hablar interior, una especie de imagen de esa palabra. Y agrega que si, por ejemplo, pensamos en el infinito, tendremos la imagen de un espacio interminable, pero nunca confundimos esa idea con esa imagen. Están siempre separadas.
Po otro lado, Wittgenstein habla de los metarrelatos que son las grandes conquistas del hombre moderno: amor, moral, religión, familia, belleza, revolución social, emancipación, etc. Pues bien, Lyotard resume su prognosis de la posmodernidad en una frase: pérdida de fe en todos los metarrelatos. Pero estos metarrelatos no limitan al hombre para hablar y experimentar a través de los sentidos, es decir, al “por qué” y al “para qué” de nuestro ser y del mundo que compartimos. En la tesis de Wittgenstein y sus juegos del lenguaje, se excluyen estos sentidos. Lo que comporta una paradoja, o una aporía inexcusable, según Vethencourt. La pasión de Wittgenstein por lo científico y su apasionado desprecio por la metafísica, son valores —como lo aclara su autor— eminentemente subjetivos y tienen un sentido. El sentido es, según Vethencourt, nada menos que la otra mitad del mundo y de nosotros mismos como especie.
Tercer comentario
Retomando sus reflexiones acerca de la posmodernidad, después de comentar en un largo párrafo nociones de las relaciones entre lo psíquico y lo cerebral, específicamente el llamado complejo intelectivo-imaginativo-lingüístico (CIIL), José Luis Vethencourt aborda el tantas veces llamado desencanto de los filósofos franceses y alemanes acerca de la modernidad. Y acota que, en efecto —como ya lo mencionamos—, el asunto de la posmodernidad se inició con la publicación del libro La condición posmoderna de Jean-François Lyotard. Puntualiza que ya el posestructuralismo de Michel Foucault había lanzado “desesperados ataques contra la consolidación cerrada del sistema de dominación mundial”. Y los menciona con sus respectivos comentarios detallados. Por obvias razones de espacio y resumen, sólo enumeraré algunos de los principales: 1) la crisis de los paradigmas epistemológicos de las ciencias duras; 2) el fracaso estruendoso de la Ilustración; 3) el fin de la historia, entendido como la falta de esperanza en el futuro y la coagulación desesperante del presente; 4) el triunfo abrumador de la economía capitalista aunado al fracaso del socialismo —aunque aclara el doctor Vethencourt que ese fracaso vino desde adentro del sistema ruso con la espantosa opresión humana del socialismo real—; 5) la invasión de los mass media y su poder en manos del sistema de dominación; 6) la dispersión y confusión de la estética artística, y 7) la muerte de Dios, a quien mató Nietzsche de pura envidia. Nietzsche es, según Vethencourt, el padre espiritual del radicalismo propio de las tesis posmodernistas.
El doctor Vethencourt hace un comentario muy interesante en su tesis en relación con que la mayoría de los autores de la posmodernidad pertenecen a una izquierda cultural no-marxista. Al final, continúa, todos ellos pueden estar horrorizados por la concentración del poder de una forma anónima que puede, incluso, llegar a convertirse en una abstracción impersonal. “Algo así como un sistema de grandes computadoras conectadas entre sí, moviendo el dinero de la especulación: el capital financiero, de un rincón a otro del globo terráqueo”. No obstante, aclara que el concepto de “sistema” pude ser también un concepto reificado y que los propios filósofos posestructuralistas han criticado “las autonomías de las estructuras y la compactación cerrada de los sistemas en el nivel de las interacciones humanas”.
Cuarto comentario
Dentro de su análisis y de sus aproximaciones críticas, el doctor Vethencourt hace alusión a temas y tópicos que definen la propia condición del hombre dentro del escenario global desde una perspectiva muy humana, sin perder de vista el enfoque analítico y riguroso de las ciencias sociales. Con referencia al mencionado sistema de dominación mundial del que tanto hablan los posmodernistas, el ensayista acerca su visión con una aproximación epistemológica de carácter humanista reflexivo. “Lo que sí no creo es que el sistema capitalista corra el riesgo de una hecatombe nuclear o de una catástrofe ecológica. Pues, antes de morir en la catástrofe ecológica, preferiría renunciar a muchas otras cosas; al uso irracional o desmedido de muchos artefactos tecnológicos, por ejemplo. Pero si en el seno del sistema de dominación sólo llegase a privar la racionalidad de impedir la guerra atómica sin preocuparse demasiado por lo ecológico, otras catástrofes más lentas nos amenazarían”. Y entre ellas menciona la superpoblación, la anarquía tribal en un mundo globalizado, las hambrunas por falta de alimentos orgánicos y graves cambios ecológicos (como los que vemos hoy, donde el cambio climático es uno de los principales).
Jean Baudrillard está claro en que hoy “los arsenales atómicos son la mejor prevención contra guerras demasiados abarcativas”. Una realidad que vemos hoy reflejada en las pugnas bélicas de naciones del Medio Oriente y Estados Unidos y de Rusia con sus vecinos más cercanos (Ucrania, para ser más específicos). Vethencourt critica de forma constructiva la “omnipotencia intelectual de Lyotard y Baudrillard”, no sólo referente a sus lógicas especulativas, sino a la exclusión en sus tesis de un conjunto de fenómenos culturales y religiosos que, incluso, están ocurriendo en su propio país y en las principales naciones del orbe mundial. Hoy sabemos que la inmigración ilegal y el éxodo y desplazamiento de grupos humanos por razones bélicas, políticas y económicas, es tan sólo uno de ellos.
Otra actitud que critica el ensayista, tanto en Lyotard como en Baudrillard, es el hecho de considerar al sujeto (hombre) como un ser desprovisto de psique o voluntad; un ser disminuido, endeble, enajenado y amenazado de disolución. Esa concepción proviene, sin duda, de la lingüística estructural que se dedicó, con ciega terquedad, a destruir el psiquismo y la voluntad del sujeto. Y la hiperrealidad y la hipertelia que Baudrillard menciona en su texto Las estrategias fatales no son sino apéndices de esta deconstrucción y anulación del sujeto, como lo menciona el doctor Vethencourt ya casi al final de su análisis.
Quinto comentario
Muchos historiadores y especialistas sitúan los orígenes de la modernidad en el siglo XVIII, pero para el eminente filósofo y pensador Enrique Dussel el debate de la modernidad se origina en el siglo XV y no en el XVIII. En el año 1492, más allá de evidenciar el instante de lo que se denominó “el descubrimiento”, “la invención” o “la conquista”, es, en realidad, el momento constitutivo y originario de lo que hoy conocemos como la modernidad. Para este prominente autor, la modernidad es un proceso histórico que se inicia con la expansión europea en el siglo XVI y que, por razones históricas, se traslada al siglo XXI, en cuyo seno emerge y se desarrolla el sistema del mundo capitalista, aunque con muchos altibajos de carácter hegemónicamente liberal. Uno de los aspectos más esenciales de este tema se refiere al humanismo moderno, el cual pretende reivindicar la esencia de la mismidad del ser, un núcleo que el doctor Vethencourt, en su estudio, menciona como uno de los aspectos fundamentales de la condición humana. Pero, a la luz de todas las hecatombes, guerras, hambrunas, aniquilaciones por razones políticas o religiosas entre grupos étnicos o naciones en pugna por el poder económico, cabría la pregunta: ¿qué clase de memoria humana tendríamos que arrastrar? ¿Cómo seguir defendiendo nuestra condición de seres superiores dotados de palabra en un mundo de miseria andante, donde es posible enterrar vivos a cientos de mujeres, niños o ancianos por guerras fratricidas o pandemias mundiales? Y, a pesar de esto, la historia prosigue y las instituciones siguen su curso, y la filosofía con sus escuelas y tradiciones persiste en su empeño de buscar expresiones más allá de la simple razón, más allá del bien y el mal. Con todo, existe la tendencia central que parece superar cualquier respuesta ilustrada, romántica o metafísica, una que afirma la humanidad del hombre en su cristal prístino de esencia: la búsqueda de la superación de los conflictos y de los procesos naturales de decadencia para afianzar su pertenencia al mundo.
El desencanto de la modernidad es un asunto que trasciende los cotos académicos y seculares cuando, precisamente, los sentimos en nuestra propia realidad circundante. Estos asuntos, nos dice Vethencourt, se han convertido en un verdadero trauma para cientos de pensadores de la esfera intelectual de nuestro mundo. Según ellos, los más capitales propósitos de la ideología de la Ilustración sobre la liberación de la humanidad, precisamente por obra sólo de la razón, no se han consumado y mucho menos han respondido a las necesidades del hombre moderno. Por el contrario, nuevas catástrofes, agobios y preocupaciones se agregan a la lista y comprometen el futuro de los pueblos. Por esa razón, los filósofos como Lyotard y Baudrillard ya han decretado el final de los tiempos modernos. Para ellos, sólo debe esperarse la organización de sectores sociales muy circunscritos y parcelados que poseerán su propia moral y sus propios constructos en el seno secular de la ciudad posmoderna, como bien lo menciona el ensayista.
No obstante, el doctor Vethencourt enumera las que a su juicio son un conjunto de exclusiones por parte de los precursores de esta posmodernidad que no se menciona en sus escritos y textos. Razones y nociones que aún conviven en esta modernidad del desencanto. Algunas de las más importantes son: 1) la convicción religiosa de millones de seres humanos en el mundo; 2) la búsqueda de las raíces materiales de ciertas culturas antiguas; 3) la psicología del inconsciente trascendente o inconsciente colectivo de Jung y su escuela; 4) la psicología transpersonal; 5) la revisión espiritualista de los paradigmas científicos del materialismo reduccionista; 6) el tao de la física; 7) la unicidad de cada individuo o persona; 8) el “mí” irreductible en cada sujeto, es decir, el prístino cristal de la autoconciencia; 9) el drama secreto de cada individuo, incluidos el drama del individuo Baudrillard, el de Lyotard y el de todos los demás filósofos de la posmodernidad, y 10) el inmenso misterio del ser, absolutamente inconquistable por la omnipotencia racionalista de unos cuantos filósofos estragados y desencantados.
Para muchos, estos razonamientos casi metafísicos del doctor Vethencourt en el último apéndice de su ensayo podrían escapar de la esfera científica y establecerse en un territorio afín con la era del pensamiento liberalista de origen panteísta o espiritualista. Pero no podemos dejar de reconocer que éstos son también metarrelatos porque se circunscriben a la esfera humana en el pensamiento de cientos de millones de personas alrededor del mundo que, pese a los enunciados fatalistas de estos filósofos, siguen el curso de su vida tratando de buscar razones y soluciones de tipo místico para la realización de su ser interno, es decir, para la liberación. Uno de los más dotados intérpretes del vedanta, René Guénon, escribió en uno de sus libros:
El dominio de cada ciencia depende siempre de la experimentación, en una u otra de sus diversas modalidades. Mientras que el dominio de la metafísica (es decir, de la liberación) lo constituyen esencialmente todas las cosas para las que ninguna experimentación exterior es posible: al hallarnos más allá de lo físico, por esta misma razón, estamos más allá de lo experimental. En consecuencia, el campo de cada ciencia separada puede extenderse indefinidamente, si es capaz de ello, sin que se halle el más ligero punto de contacto con la esfera metafísica.
Al final, el doctor Vethencourt se une a pensadores de nuestra era global que proyectan un futuro en donde el éxtasis del misticismo abra la brecha entre las dos realidades: certidumbre y fe.
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