
Alfonso Solano examina los orígenes y el desarrollo de la posmodernidad, abordando cómo las transformaciones filosóficas y culturales han moldeado la sociedad contemporánea. A lo largo de esta serie de ensayos, el autor venezolano conecta las ideas de pensadores clave y nos brinda una mirada crítica sobre cómo las diversas corrientes artísticas, filosóficas y científicas han redefinido nuestra cultura.
I
“Aquel que no repita, que no se considere absolutamente moderno”. Esta sentencia pronunciada por Andy Warhol podría muy bien definir una actitud, una postura y una práctica que define al hombre dentro de los estratos de la más variante y poliédrica posmodernidad. En efecto, la repetición es un concepto, un topoi, abordado por los pensadores y filósofos más connotados de la era moderna. Comenzando por Hegel, que dio el golpe de gracia a una época fecunda del pensamiento donde la identidad era representada como la esencia eterna e inmóvil de la realidad que trasciende todo en el mundo. Identidad se entendía como la singular noción del ser y la diferencia era lo contrario al mismo. Desde allí, tal identidad se entendía como la propia inmediatez de representación y derivaba a la no-contradicción de las cosas. Con Hegel, la identidad abandona su pureza aséptica y los opuestos pierden el derecho a la exclusión, como bien lo define la investigadora María J. Binetti. Lo que Hegel promulgó fue “la identidad en la diferencia y la diferencia en la identidad”. A partir de aquí se inicia un nuevo período para la filosofía. Es la época de la mediación donde todo contenido fijo y aislado se reduplica en su otro; he aquí el centrum del problema de la repetición como identidad y diferencia. Esto se explica porque, en Hegel, la identidad es mediación, y ello implica que, de igual forma, es también una diferencia. Desde este concepto, retomado por los filósofos franceses Jacques Derrida y Gilles Deleuze, el topos de la repetición ha sido una constante en el pensamiento posmoderno. Pero ¿qué nos interesa abordar en nuestro estudio? Justamente, cómo la repetición se ha convertido en una actitud replicadora de concepciones y representaciones del mundo, derivando en una práctica institucionalizada amparada por el hábito obstinado de las diversas formas de reiteración obtusa en nuestras sociedades posmodernas. El lenguaje y la representación de las formas diversas y complejas en nuestro mundo actual obedecen, de cierta forma, a una dinámica constante del reciclado permanente de todas las cosas que, en medio de un mundo multipolar, parecen definir su condición de inteligibilidad en la elaboración de sus presupuestos y prerrogativas para el cumplimiento más o menos de sus expectativas, basados fundamentalmente en la repetición. Como bien lo definió el académico, ensayista y docente venezolano Víctor Bravo, la finalidad y la causalidad se constituyen en esta concepción, tal como lo han definido la fenomenología y la tradición aristotélica de la antigüedad, en el cemento del mundo.
II
Roland Barthes, en su libro Lo obvio y lo obtuso, define la repetición como un rasgo de cultura, y agrega que ésta es admitida de manera natural por las culturas populares y extraeuropeas, las cuales le dan un sentido y además sacan placer de ella. Es algo curioso cómo Barthes define la repetición fuera del ámbito del pensamiento occidental como si ésta fuera en nosotros —los latinos o africanos, por ejemplo— un hábito constante en nuestra dinámica cotidiana. En realidad, la repetición —como lo han demostrado Baudrillard y Deleuze— es una estructura ejemplificadora de un acontecimiento decisivo del siglo XX y parte del actual, que no es otro que el retorno constante de las formas de representación del lenguaje en la acepción foucaultiana, que se refiere al repliegue en sí mismas de las formas artísticas, sociales, políticas, ideológicas y hasta sexuales de nuestra modernidad inacabada. En el prefacio de la edición en español de la obra Diferencia y repetición, de Gilles Deleuze, se desprende la definición siguiente: “Cuando nos encontramos frente a las repeticiones más mecánicas, más estereotipadas, fuera y en nosotros (en nous et hors de nous), no dejamos de extraer de ellas pequeñas diferencias, variantes y modificaciones. A la inversa, repeticiones secretas, disfrazadas y ocultas, animadas por el perpetuo desplazamiento de una diferencia, restituyen en y fuera de nosotros repeticiones puras, mecánicas y estereotipadas”. Más allá del dilema dialéctico y hermenéutico de la interpretación de este concepto, lo que hay que entender es que Deleuze nos invita a una suerte de restitución crítica-creativa, por así decirlo, del mismo acto de pensar en nuestra realidad intentando expresar lo que nos define en y fuera de nosotros mismos. Y esto abarca el mundo creativo y artístico en todas sus expresiones. Pareciera posible que tanto Deleuze como Guattari nos proponen una dinámica a un nuevo ritmo que nos aproximaría a un pensar más puro y consciente de nuestra propia realidad humana y no a esa conciencia impersonal social y globalizada que tanto apena y afecta a nuestras sociedades actuales. Deleuze y Guattari, en efecto, nos indican en el capítulo IV de ¿Qué es la filosofía? una noción del pensamiento erróneo del hombre moderno: “El sujeto y el objeto dan una mala aproximación del pensamiento. Pensar no es un hilo tendido entre un sujeto y un objeto, ni una revolución del uno alrededor del otro. Pensar se hace más bien en la relación entre el territorio y la tierra”. Este pensamiento implica, necesariamente, un desplazamiento que no es sólo dialéctico sino más bien de relación con un espacio afín. En este tenor, la introducción selectiva e intensa en el territorio y en el tiempo resumiendo tiempo, implicaría la producción de un ritmo distinto, el cual se diferenciaría de la propia repetición en sí. Es la apertura hacia esa nueva geografía lo que nos diferenciaría y nos propondría un mundo singular donde la repetición, en efecto, no nos conduciría a una deformación de la propia realidad. Deleuze habla de la experiencia dentro de la repetición y la explica en un capítulo de su texto Diferencia y repetición llamado “La repetición para sí-misma”. Aquí, el filósofo nos muestra la mecánica por la cual los sujetos comienzan a concebir la noción de la repetición en términos de contracción y distensión de instantes. Es una especie de síntesis del tiempo, del presente viviente que tenemos que concebir dentro de la experiencia de la repetición.
III
La concepción de Deleuze en el capítulo tratado con anterioridad es un intento por explicar el sentido de la repetición dentro de la experiencia de los instantes. En consecuencia, si la repetición de la experiencia implica considerar el status de los instantes, es en la repetición de estos instantes donde se entendería la diferencia, el propio desplazamiento o movimiento de la misma. Y Deleuze introduce acá el término de la multiplicidad, un concepto clave dentro de la concepción de las repeticiones. Que la repetición haga del tiempo la propia experiencia atendiendo a su heterogeneidad, no se expresaría sino como la experiencia misma de un presente viviente —en un pasado constitutivo— que hace del mismo “el grado más contraído de todo un pasado que es en sí coexistente” al mismo presente. Es decir, no existe presente puro; toda experiencia es producto de un pasado. Y es aquí, en este desdoblamiento temporal, donde ocurre la diferencia. Entendemos, en otras palabras, que la repetición es siempre desigual en sí misma; es en el devenir del presente viviente cuando experimentamos el retorno a la memoria de los instantes con una breve pero significativa modificación de los acontecimientos: la diferencia. Es así como, en esta apretada síntesis que hemos hecho de su visión teleológica, este pensador nos acerca a una concepción de la repetición que intenta dar una luz-hipótesis a este topos tan trajinado en nuestra posmodernidad.
Por otro lado, dentro de la cultura griega se encuentra una referencia ineludible a este concepto o topos de la repetición: el mito de Sísifo. En efecto, todo mito intenta explicar o mostrar la solución a una contradicción lógica; se aproxima a una verdad, sin resolverla de forma total. En Sísifo se retoma aquella concepción de la repetición constante e inconsciente de actitudes y experiencias que en el psicoanálisis es tan capital. Albert Camus, en su célebre libro El mito de Sísifo, imagina al héroe Sísifo en su afán inútil y sin esperanza (de manera consciente), resignado como está a empujar la roca de forma constante hacia la cima. En este relato existencialista, sólo su conocimiento lo liberará y lo hará feliz. Esta concepción representa el ideal del humanismo moderno ilustrado; la ética de la resignación, donde se ensalza a un Sísifo humillado por los dioses, transformado en un héroe. Para el psicoanálisis moderno, no obstante, representa la compulsión repetitiva como destino fatal. Jacques Lacan lo llama el automatismo de repetición. En el curso de la historia de nuestra civilización moderna veremos, sin embargo, cómo el mito se repite de forma obstinada y trágica; es la misma piedra que vuelve a caer cuesta abajo, después del esfuerzo de llevarla a la cima. No obstante, debemos mirar en la prognosis de un texto capital para entender el concepto tratado en nuestro estudio: La repetición, de Søren Kierkegaard.
IV
La categoría de la repetición (Gjentagelse) en el danés Søren Kierkegaard establece la estructura de pensamiento de este autor en todos los niveles o estados del desarrollo subjetivo. Es así porque, en su texto, el filósofo danés efectúa este movimiento de la repetición en todos los estadios del pensamiento: estéticos, religiosos y éticos. La repetición es, en consecuencia, un concepto sólido y análogo, cuyo centro referencial debe ubicarse en la diferencia infinita o cualitativa, sólo comprensible por la identidad de lo absoluto. Kierkegaard concibe la repetición en la naturaleza y en la historia; de igual forma lo hace con lo estético, que no logra una identidad subjetiva porque depende de las diferencias del mundo finito, y finalmente, con lo ético inmanente al yo que, paradójicamente por ignorar lo absoluto, lo conduce al fracaso. La concepción de la repetición como topología de la subjetividad quedó definida por el filósofo danés en el opúsculo inédito Johannes Climacus: “Cuando la realidad y la idealidad se tocan mutuamente, entonces se produce la repetición... Hay aquí una reduplicación y esta es la cuestión de la repetición”. Se trata de volver a la unidad originaria e inmediata de la subjetividad, una vez que la misma reflexión ha escindido la propia identidad y la ha vuelto contra sí misma. Pero, si para el pensador danés la repetición es de alguna forma asumir esa reduplicación en lo contingente de la experiencia, para Sigmund Freud se trata de una compulsión en términos de la repetición en el inconsciente. De esta manera, Freud establece una diferencia u oposición al filósofo danés, pues asocia la repetición fuera de la propia voluntad. En el ensayo “Recordar, repetir, reelaborar” (1914), Freud define la repetición como “la manera de recordar lo reprimido y lo olvidado”. Recordar entendido como una acción que posibilita la tarea de traer algo a la memoria. Con este nuevo enfoque, no se trata la repetición como mecanismo de la identidad subjetiva sino como una compulsión inconsciente a repetir patrones y recuerdos. Jacques Lacan toma del maestro suizo esta concepción para formular su tesis: la repetición va unida a una idea del destino. Lacan escribe: “El destino es la manera particular por la cual los significantes que pertenecen al sujeto se han apoderado o no de azares, para imbricarlos o no en la repetición”. Lacan introduce un nuevo elemento: el azar, la tyché. Lacan define la repetición, en última instancia, como “aquello que une lo idéntico con lo diferente”, o lo mismo con lo distinto, en otras palabras. Una definición que nos recuerda al pensamiento de Deleuze y Derrida, entre otros autores que tratan al tema desde perspectivas afines.
V
En el psicoanálisis moderno, la repetición es concebida, como hemos visto, como una compulsión del sujeto. Sigmund Freud trata la repetición en sus pacientes a través del concepto de transferencia; en ésta se repiten rasgos antiguos y reacciones infantiles en torno a la figura de lo que hoy se conoce como analista. Freud ubica la repetición —compulsión de repetición— como la forma de recordar lo reprimido y olvidado. Freud trata en “Recordar, repetir, reelaborar”, este importante asunto, y añade: “La repetición es la transferencia del pasado olvidado; pero no sólo sobre el médico: también sobre los otros ámbitos de la situación presente (...) la compulsión de repetir sustituye ahora el impulso de recordar”. Freud, en efecto, ubica la transferencia como una pieza de repetición que implicaría un fenómeno mucho más amplio que la transferencia misma. La repetición freudiana surge, entonces, en lugar del recuerdo. También Freud aborda la función de la repetición por la vía de la relación entre el pensamiento y lo real. Lo real acá lo entendemos como lo que retorna siempre al mismo lugar, pero donde el sujeto que recuerda o piensa no se encuentra con él. No se trata entonces de hablar del retorno de los símbolos, sino de una compulsión para evitar siempre la misma cosa. Lo real ha sido expulsado de la realidad y se ha sustituido por lo simbólico. En esta fórmula freudiana queda descartada la repetición como reproducción, es decir, no se reproduce nada, se actúa. En este retorno, se evita lo traumático de la realidad. En el justo momento cuando el análisis se acerca al centro del foco para revelar algo, allí, justo allí, surge la resistencia del sujeto; se trasmuta en una repetición en actus memento. Desde este concepto, Lacan impulsa su teoría de la tyché y la repetición automaton, que explica, en clave de significantes, un concepto donde el individuo, durante la cura de sus obsesiones o manías, repite todos sus síntomas, repite sus inhibiciones, sus recuerdos dolorosos, etc. Lacan insiste, sin embargo, en diferenciar allí, en esa memoria propia e individual, la rememoria que, como se sabe, no es aquella reminiscencia platónica. En efecto, esta rememoración está poblada de palabras banales, de aquello tratado como humilde, entendiéndolo como los encuentros bajos, el verbatim parlante, las lenguas efectivamente habladas (lalengua como la definió más tarde) que nos preceden. Desde aquí, Lacan desprende la dialéctica para desanudar la noción de repetición de una idea de retorno de lo reprimido en el ser inconsciente del paciente. A estas claves de significantes hay que agregar un tercer término en este complejo de la repetición: la resistencia, un más allá del retorno de lo oprimido: la pulsión de muerte. Allende estas complejidades del inconsciente de los seres humanos en donde, en efecto, la repetición existe y subyace muy profundo en su psique, existe una compulsión más compleja y preocupante aún en nuestro mundo globalizado y tecnificado de hoy: la repetición de conductas y patrones de la llamada hipermoralización, donde vivimos un despertar religioso sin Dios y sin perdón y cuyo epicentro se encuentra en las naciones más poderosas de Occidente. Pero este opúsculo, tan capital en nuestra sociedad actual, lo trataremos con detalles en otra entrega.
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