Mientras el tren se deslizaba
por aquellos desgastados raíles, despojados ya del tiempo, de todo
anteceder, mis ancianos ojos buscaban paradojas más allá del horizonte.
Los perfectos movimientos del vagón aceleraban mis latidos, mi percepción,
mi complejidad. Mis acompañantes clavaban sus miradas en mis olvidadas
facciones. Supongo que me sentirían como un ser ya caduco. Obviaba ese
racismo que me profesaban. Sólo los gestos de un individuo de traje negro
me preocupaban en exceso. De joven hubiera tenido fuerzas de perfilar su
cuello con una navaja y urgir en su maltrecha alma. Ahora, mis manos
huesudas ni siquiera soportaban el pellejo de la piel.
Alguien hablaba árabe. No me importaba. Me sentía cómodo con mis
ironías. Esas ironías con voces árabes de fondo musicalizaban un destino
en retroceso. Nadie entiende las ironías de un europeo. De un viajero sin
destino.
Vagón 12 Compartimiento 5º
Una muchacha morena cruzaba las piernas con ligero nerviosismo, sin
atención. A su lado una monja, de belleza disimulada, daba la sensación de
tener el control total de la situación como invocada por Dios. Sus
murmullos eran rezos. Su mirada evangelios inventados.
Y, por último, casi en diagonal, el hombre del traje negro. Fumaba en
pipa y respiraba con excesiva ansiedad. Me seguía preocupando.
Y esos éramos todos en ese vagón. Los demás estaban en otros. Me
pregunto sin alcanzar conclusiones por qué tales coincidencias. Existe un
determinismo contextual que nos obliga a desnudar nuestra personalidad de
diferentes formas, algunas más complejas. El hecho de convivir, de fluctuar
mi espacio vital con una monja, una virgen y un comisario de la muerte me
hace susceptible de alcanzar cotas inesperadas en mi comportamiento, en mi
conversación hasta ahora nula. Nadie hablaba. Todo individuo en un grupo
heterogéneo, carente de puntos en común, hace un ejercicio de
autorreflexión para eliminar prejuicios o principios juiciosos y así
arriesgar en el umbral del silencio. Aunque todavía no me queda claro esa
necesidad de diálogo del hombre. Son cura de miedos y faltas de
comprensión.
Llovía intensamente en el exterior. Los tejados de pizarra evacuaban el
agua con rapidez por las canaletas de aquellas casas prefabricadas. La
máquina atravesaba un paraje montañoso de delicados trazos. Una acuarela
viva.
Vagón 7 Compartimiento 4º
El tren iba con demasiado retraso. Mi viaje de negocios terminaría con
el silenciar del tren. Las personas con las que me debo reunir no soportan
la espera, deliberan las circunstancias, sopesan la seriedad y el respeto y
no entienden las causas ajenas. Todo concluido. Dudaba si acudir a la cita o
desviar mi ruta hacia parajes y olvidos, a buscar sexo de pago en islas de
prestigio.
Apagué mi pipa y mis alucinaciones. Tras levantar la cabeza, estudié a
mis dos acompañantes. Un tipo joven leía El búho ciego de Sâdegh
Hedâyat. Estaba ensimismado en su lectura, quería enterrarse vivo en sus
narraciones, con su verbo y su sujeto, con sus visiones oníricas. A mi
lado, respiraba un extranjero orgulloso de su destino. Medio adormilado se
sometía a un cúmulo de sensaciones innecesarias que tal vez iba a soportar
en la estación. Probablemente abrazaría amistades separadas o amantes en
rebeldía de su época dandi. Mientras, yo, un receloso del azar, de las
vicisitudes improvisadas, vestía un traje negro de Armani y apestaba a Hugo
Boss. No tenía hijos. Mis prolongaciones eran el dinero y la corrupción.
Citarme con gente a la que odiaba, aventurarme en negocios perdidos de
antemano sólo por fornicar con rubias de etiqueta. Me sentía un auténtico
fantasma en el desierto. Por eso, compartir espacio con un jovenzano lector
de aparente cultura y un extranjero de sinceros movimientos, me parecía
como robar los minutos a un reloj. Un historial sin arraigo.
Vagón 5 Compartimiento 3º
El zumbido del paso de un tren en dirección opuesta me cortó el sueño.
Era mi último día de vacaciones. Mañana empezaría la universidad y
conocería nuevas personas, nuevas mentes vacías. El motivo de este viaje
era visitar a mi abuela moribunda, regalarle besos y sonrisas y llenarla de
energía positiva en su último viaje. Algún día seré yo el pasajero de
ese viaje de peaje gratuito. La cruz esclava de nuestro nacimiento con
ligeras dosis de raciocinio siempre nos espera y nos ocupa a lo largo de
nuestras vidas. Soy joven, todo un tallo sin ramificar que no conoce los
grandes conceptos y las verdades universales. Siento necesidad de que brote
el amor en mí, de que se formen pliegues de armonía sobre mi rostro. Soy
joven. Apenas conozco nada. Por eso leo mucho. El búho ciego. Ahí
encuentro seres de gran sabiduría, duendes en zonas despiertas y vacías.
A grandes pasos el tren perdió velocidad hasta que se paralizó por
completo. Se oían conversaciones cortadas ante la sorpresa inesperada.
Decidí no salir del compartimiento. Esperar a que alguien diera la voz de
lo que pasaba. Mi compañera de viaje, una mujer de mediana edad y rizos de
peluquería cara, apenas se inquietó. Sólo miró en derredor con calma y
siguió leyendo una revista de actualidad. Su hijo seguía durmiendo
haciendo caso omiso de todo.
De lejos se oían voces confusas de elevado tono. La confusión cada vez
era mayor. Cuatro policías de presencia severa vigilaban los accesos
mientras que dos agentes de la policía científica tomaban huellas que
pudieran aportar datos más concretos. Se avisó a los viajeros del suceso
acontecido. En el toilette que daba al vagón 7 el cuerpo de un extranjero
yacía torturado. Las órbitas de sus ojos bañadas en sangre eran ovillos
de multitud de alfileres que se clavaban con gran perfección. En el lado
del corazón una puñalada había marcado una llaga mortal. Un golpe
definitivo.
Vagón 2 Compartimiento 2º
Era mi primer viaje en tren. Estaba realmente feliz. Me sentía un chico
afortunado. Subir en este medio a los 10 años era como una atracción de
feria. Ya no sería inferior al resto de mis compañeros de clase. Siempre
me hablaban de sus excursiones, de los trenes, de sus juguetes. Para ellos
todo lo suyo es lo mejor. A mí me tienen como un enfermo. Me dicen que
estar leyendo siempre cuentos no conduce a nada. Ellos me dicen que soy un
extraño. Y yo no sé que significa esa palabra.
—Mamá, ¿qué significa ser extraño? —pregunté ilusionado.
—Hijo, ¿por qué preguntas eso? —respondió mi madre prestando más
atención a la revista de actualidad que sostenía en sus manos.
—Lo he leído en los comics —mentí.
—Ser extraño es una persona llena de vacíos. Por ejemplo un asesino
es un ser extraño —aclaró mi madre sin atención.
—Mamá, ¿en este tren hay seres extraños?
—Por Dios hijo, qué dices, no te entiendo. Pues no —concluyó.
*****
El tren se detuvo. El destino de la sospecha vigilaba. Me apeé del tren.
Siempre me habían gustado los cuentos, leer libros, El búho ciego
era mi religión, seguía fumando en pipa y detestaba los trajes negros. Fue
una etapa de mi vida. Una huida.
Colores determinados, espacios reducidos. Reflejos.
Una huida hacia ninguna parte.