Letralia, Tierra de Letras Año VIII • Nº 101
6 de octubre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Espacios y reflejos
Sergio Perales Tobajas

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Mientras el tren se deslizaba por aquellos desgastados raíles, despojados ya del tiempo, de todo anteceder, mis ancianos ojos buscaban paradojas más allá del horizonte. Los perfectos movimientos del vagón aceleraban mis latidos, mi percepción, mi complejidad. Mis acompañantes clavaban sus miradas en mis olvidadas facciones. Supongo que me sentirían como un ser ya caduco. Obviaba ese racismo que me profesaban. Sólo los gestos de un individuo de traje negro me preocupaban en exceso. De joven hubiera tenido fuerzas de perfilar su cuello con una navaja y urgir en su maltrecha alma. Ahora, mis manos huesudas ni siquiera soportaban el pellejo de la piel.

Alguien hablaba árabe. No me importaba. Me sentía cómodo con mis ironías. Esas ironías con voces árabes de fondo musicalizaban un destino en retroceso. Nadie entiende las ironías de un europeo. De un viajero sin destino.

Vagón 12 Compartimiento 5º
Una muchacha morena cruzaba las piernas con ligero nerviosismo, sin atención. A su lado una monja, de belleza disimulada, daba la sensación de tener el control total de la situación como invocada por Dios. Sus murmullos eran rezos. Su mirada evangelios inventados.

Y, por último, casi en diagonal, el hombre del traje negro. Fumaba en pipa y respiraba con excesiva ansiedad. Me seguía preocupando.

Y esos éramos todos en ese vagón. Los demás estaban en otros. Me pregunto sin alcanzar conclusiones por qué tales coincidencias. Existe un determinismo contextual que nos obliga a desnudar nuestra personalidad de diferentes formas, algunas más complejas. El hecho de convivir, de fluctuar mi espacio vital con una monja, una virgen y un comisario de la muerte me hace susceptible de alcanzar cotas inesperadas en mi comportamiento, en mi conversación hasta ahora nula. Nadie hablaba. Todo individuo en un grupo heterogéneo, carente de puntos en común, hace un ejercicio de autorreflexión para eliminar prejuicios o principios juiciosos y así arriesgar en el umbral del silencio. Aunque todavía no me queda claro esa necesidad de diálogo del hombre. Son cura de miedos y faltas de comprensión.

Llovía intensamente en el exterior. Los tejados de pizarra evacuaban el agua con rapidez por las canaletas de aquellas casas prefabricadas. La máquina atravesaba un paraje montañoso de delicados trazos. Una acuarela viva.

Vagón 7 Compartimiento 4º
El tren iba con demasiado retraso. Mi viaje de negocios terminaría con el silenciar del tren. Las personas con las que me debo reunir no soportan la espera, deliberan las circunstancias, sopesan la seriedad y el respeto y no entienden las causas ajenas. Todo concluido. Dudaba si acudir a la cita o desviar mi ruta hacia parajes y olvidos, a buscar sexo de pago en islas de prestigio.

Apagué mi pipa y mis alucinaciones. Tras levantar la cabeza, estudié a mis dos acompañantes. Un tipo joven leía El búho ciego de Sâdegh Hedâyat. Estaba ensimismado en su lectura, quería enterrarse vivo en sus narraciones, con su verbo y su sujeto, con sus visiones oníricas. A mi lado, respiraba un extranjero orgulloso de su destino. Medio adormilado se sometía a un cúmulo de sensaciones innecesarias que tal vez iba a soportar en la estación. Probablemente abrazaría amistades separadas o amantes en rebeldía de su época dandi. Mientras, yo, un receloso del azar, de las vicisitudes improvisadas, vestía un traje negro de Armani y apestaba a Hugo Boss. No tenía hijos. Mis prolongaciones eran el dinero y la corrupción. Citarme con gente a la que odiaba, aventurarme en negocios perdidos de antemano sólo por fornicar con rubias de etiqueta. Me sentía un auténtico fantasma en el desierto. Por eso, compartir espacio con un jovenzano lector de aparente cultura y un extranjero de sinceros movimientos, me parecía como robar los minutos a un reloj. Un historial sin arraigo.

Vagón 5 Compartimiento 3º
El zumbido del paso de un tren en dirección opuesta me cortó el sueño. Era mi último día de vacaciones. Mañana empezaría la universidad y conocería nuevas personas, nuevas mentes vacías. El motivo de este viaje era visitar a mi abuela moribunda, regalarle besos y sonrisas y llenarla de energía positiva en su último viaje. Algún día seré yo el pasajero de ese viaje de peaje gratuito. La cruz esclava de nuestro nacimiento con ligeras dosis de raciocinio siempre nos espera y nos ocupa a lo largo de nuestras vidas. Soy joven, todo un tallo sin ramificar que no conoce los grandes conceptos y las verdades universales. Siento necesidad de que brote el amor en mí, de que se formen pliegues de armonía sobre mi rostro. Soy joven. Apenas conozco nada. Por eso leo mucho. El búho ciego. Ahí encuentro seres de gran sabiduría, duendes en zonas despiertas y vacías.

A grandes pasos el tren perdió velocidad hasta que se paralizó por completo. Se oían conversaciones cortadas ante la sorpresa inesperada. Decidí no salir del compartimiento. Esperar a que alguien diera la voz de lo que pasaba. Mi compañera de viaje, una mujer de mediana edad y rizos de peluquería cara, apenas se inquietó. Sólo miró en derredor con calma y siguió leyendo una revista de actualidad. Su hijo seguía durmiendo haciendo caso omiso de todo.

De lejos se oían voces confusas de elevado tono. La confusión cada vez era mayor. Cuatro policías de presencia severa vigilaban los accesos mientras que dos agentes de la policía científica tomaban huellas que pudieran aportar datos más concretos. Se avisó a los viajeros del suceso acontecido. En el toilette que daba al vagón 7 el cuerpo de un extranjero yacía torturado. Las órbitas de sus ojos bañadas en sangre eran ovillos de multitud de alfileres que se clavaban con gran perfección. En el lado del corazón una puñalada había marcado una llaga mortal. Un golpe definitivo.

Vagón 2 Compartimiento 2º
Era mi primer viaje en tren. Estaba realmente feliz. Me sentía un chico afortunado. Subir en este medio a los 10 años era como una atracción de feria. Ya no sería inferior al resto de mis compañeros de clase. Siempre me hablaban de sus excursiones, de los trenes, de sus juguetes. Para ellos todo lo suyo es lo mejor. A mí me tienen como un enfermo. Me dicen que estar leyendo siempre cuentos no conduce a nada. Ellos me dicen que soy un extraño. Y yo no sé que significa esa palabra.

—Mamá, ¿qué significa ser extraño? —pregunté ilusionado.

—Hijo, ¿por qué preguntas eso? —respondió mi madre prestando más atención a la revista de actualidad que sostenía en sus manos.

—Lo he leído en los comics —mentí.

—Ser extraño es una persona llena de vacíos. Por ejemplo un asesino es un ser extraño —aclaró mi madre sin atención.

—Mamá, ¿en este tren hay seres extraños?

—Por Dios hijo, qué dices, no te entiendo. Pues no —concluyó.

*****

El tren se detuvo. El destino de la sospecha vigilaba. Me apeé del tren. Siempre me habían gustado los cuentos, leer libros, El búho ciego era mi religión, seguía fumando en pipa y detestaba los trajes negros. Fue una etapa de mi vida. Una huida.

Colores determinados, espacios reducidos. Reflejos.

Una huida hacia ninguna parte.


       

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