Letralia, Tierra de Letras Año VIII • Nº 101
6 de octubre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Sala de ensayo
Fragmentaria voz poética
Rafael Fauquié

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(Nota del editor: Este texto, que es uno de los capítulos de El azar de las lecturas [Caracas, ed. Galac, 2001], del escritor e investigador venezolano Rafael Fauquié, nos ha sido gentilmente cedido por su autor para esta edición).

Fragmentaria voz poéticaTodo lenguaje, afirma Heidegger, es una "fundación de la verdad". Los hombres utilizan muchos lenguajes. ¿Cuál es el más exacto? ¿Cuál el más verdadero? ¿Cuál el más expresivo? Borges pareció hacerse estas reflexiones cuando habló de su esperanza por encontrar una palabra que fuese perfecta para cada situación, una palabra que expresase el sentido preciso de cada oportunidad. "¿Por qué no crear —se pregunta en El tamaño de mi esperanza— una palabra, una sola, para la percepción conjunta de los cencerros insistiendo en la tarde y de la puesta de sol en la lejanía? ¿Por qué no inventar otra para el ruinoso y amenazador ademán que muestran en la madrugada las calles? ¿Y otra para la buena voluntad, conmovedora de puro ineficaz, del primer farol en el atardecer aún claro? ¿Y otra para la inconfidencia con nosotros mismos después de una vileza?".

Los lenguajes son signos de comportamientos humanos y, por ello, todos poseen un sentido. El lenguaje de lo cotidiano, por ejemplo, es el de la palabra de los instantes más sencillos; palabra por la que se transmiten los gestos y las voces más frecuentes del rutinario trajinar de los hombres. Está también el lenguaje de la violencia, un no lenguaje que quiebra todos los signos y desgarra todos los códigos. La violencia impone la sola y brutal eficacia del grito; no la palabra sino el grito: alarido, vociferación de espasmos y conflictos, intimidación y desafío. Más que lo racional, lo instintivo; más que la voz, la interjección y el aullido.

Existe el lenguaje del humor, lenguaje de lo desacralizador y lo irreverente. Lenguaje que logra introducir una noción de jocosa ambigüedad al mostrar la otra cara de las cosas, la inesperada faceta que cohabita con lo esperable y lo posible. Está, también, el lenguaje del amor, el de los códigos compartidos únicamente entre dos. Lenguaje sin tiempo o fuera del tiempo; lenguaje de instantes henchidos de verdad, autenticidad y éxtasis; lenguaje de intensidad única convertido en inacabable afirmación para quien ama o es amado. El lenguaje del amor nos dice que perduramos en nuestros sentimientos y que somos en la fuerza y autenticidad de nuestros afectos. Al amar, nos rescatamos del olvido y del vacío, sobrevivimos a la nada y a sus atroces silencios. Al amar superamos la circularidad del tiempo gracias a un sentimiento que nos permite ser protagonistas de nuestra propia historia. El ser que amamos es como la obra que creamos: destino.

El lenguaje de la locura es la palabra de la pura sinrazón, la de lo siempre sorprendente. Foucault ha recordado que en la Edad Media la palabra del loco solía ser tenida tanto como el farfullar ininteligible de los incapaces, como un privilegiado discurso detentador de verdades últimas. La palabra del loco, apenas ruido, voz indescifrable para la racionalidad de los cuerdos, ha sido a menudo considerada como la única voz capaz de nombrar las causas finales, quintaesencia de una siempre desenmascaradora inocencia.

Existe, también, la decadencia de los lenguajes, la conversión de las palabras en códigos vacíos, clisés o estereotipos. Palabrería ritual de lo repetido por todos y, por todos, convertido en homogéneo ademán; lenguaje de monótonas y avasallantes geometrías, de congeladas cuadrículas; lenguaje donde las palabras se copian a sí mismas, inacabablemente. La "eficacia" de los lenguajes cosificados se relaciona, más que con la comunicación, con el ocultamiento, la mascarada y el engaño. En su novela 1984, George Orwell dibuja un universo agobiante en el que una de las máximas metas del Superestado es la conversión del lenguaje de todos en un léxico de simplicidad extrema cuyo único fin es ser fácil instrumento de la voluntad manipuladora del Hermano Mayor. Durante los años trágicos del nazifascismo y del stalinismo, los lenguajes de los conductores de pueblos no eran sino machaconas reiteraciones de lugares comunes, llamaradas de vacíos apoyados en la espectacularidad y el agobio, la opresión y el miedo.

En medio de todos los lenguajes, el lenguaje de la poesía, la voz de la razón poética, postula una de las más auténticas formas de conocimiento: el que intuye las distintas verdades contenidas en cualquier afirmación, el que insinúa la infinitud de lo ignorado junto a la ínfima realidad de lo realmente conocido. La palabra poética acepta que el descubrimiento de las cosas parte siempre del ser humano; o lo que es igual: que el descubrimiento del mundo comienza en nuestra vivencia de él. Por la palabra poética el hombre reencuentra el universo dentro de sí mismo y acerca la infinita vastedad exterior a su individual experiencia; y tiende a descubrirse a sí mismo como una parte de la totalidad, apenas ínfimo eco de la realidad universal. Por la palabra poética el ser humano convierte sus descubrimientos en metáforas de sí mismo; y se acerca a la expresividad posible de todo: ideas y argumentos, comportamientos e ilusiones, memorias y sentimientos. Existen verdades que sólo la palabra poética puede nombrar, descubrimientos y revelaciones que únicamente ella es capaz de comunicar. Suele sugerir, por ejemplo, que las pasajeras circunstancias son las que terminan por definirnos a los hombres; por eso propende a lo dubitativo y lo circunstancial, y predica el conocimiento del tiento, el de los aprendizajes siempre inconclusos, el de los interminables añadidos, el de los eslabones encadenados en una sabiduría que está hecha de una inacabable suma de incertidumbres. El saber poético es humilde porque la incertidumbre está condenada a serlo. Ella nos obliga a la mesura y a la cautela.

García-Bacca dijo que sólo la poesía podía nombrar lo elusivo: lo que no se puede ni describir ni demostrar. A la categoría de "elusivo" pertenecería cuanto escapa a una definición precisa. Elusivo es todo lo que no alcanza a ser codificado ni comprendido ni comprobado. De acuerdo a esto, ¡qué cantidad de elementos en nuestro universo, en nuestro tiempo humano serían elusivos! La vida, desde luego, lo es. Por eso la poesía se acerca a la vida, porque sólo ella es capaz de reflejar la desconcertante imprevisibilidad de los días que hacemos los hombres. El lenguaje poético, ambiguo como la vida, es indescifrable a veces, también como la vida.

La palabra poética suele nombrar desde el asombro. Hace suya la afirmación de Quevedo: "¡El mundo me ha hechizado!". Es una palabra azarienta, hecha de revelaciones que llegan siempre de pronto, inesperadamente. Por eso el fragmento, lo fragmentario, quizá sea un espacio especialmente privilegiado para su expresión. Fragmentariamente nos acompañan esos momentos de lucidez y creación, iluminaciones repentinas que llegan a traducirse en la palabra poética. El fragmento es la locución natural de lo imprevisible y lo fortuito. Él termina imponiendo una estética de lo azariento: la del albur de los hallazgos; la de la intensidad que se esfuerza en expresar la vivacidad de lo irrepetible, la respiración del tiempo y la sorpresa.

Fragmento: integridad de lo parcial o parcialidad de lo total presentido; el todo señalado en matices siempre plurales, en fraccionadas alusiones. Lo fragmentario conjura eso que Roland Barthes llamó alguna vez "el monstruo de la totalidad". La totalidad —la realidad— es indecible. Lo fragmentario sería el reflejo de algo que quizá la mayoría de los escritores perciben, hoy, como la mayor de las desmesuras: nombrar la realidad. La realidad no puede ser nombrada sino fragmentariamente. "La totalidad es lo falso", escribe Adorno en su Minima moralia, invirtiendo la conocida sentencia de Hegel: "Verdad es la totalidad". El fragmento impone, pues, la disolución de las totalidades y los sistemas, la maleable posibilidad de todo.

Fragmento como espacio: elemental centro al interior de un universo sin centros. En la ausencia de un centro único definido, cualquier espacio, cualquier fragmento puede concebirse como centro. Recuerdo el ejemplo del Aleph borgiano y su imagen de una obra, palabra o superficie capaz de recoger y reflejar todos los lugares y todos los saberes, todas las experiencias y todos los gestos.

"Fragmento —define Blanchot— (es) lo poco a poco de lo súbitamente". Lo fragmentario es irregularidad, espontánea discontinuidad, interrupción, salto por entre inspiraciones y memorias, fijación de detalles. Para el fragmento lo incesante no existe. La interrupción, el hito, los puntos suspensivos, las pausas naturales de todo nombrar, las necesarias treguas del pensar, el silencio que acrecienta y refuerza el efecto de las palabras, son el alma y la única continuidad del fragmento. No alude nunca a falta de sentido. Él se sostiene por sí mismo. Es vitalidad de lo precario; forma volandera de lo fugaz; dispersión que exige siempre, eso sí, alguna forma de coherencia. En Humano, demasiado humano, Nietzsche hace referencia a lo "incompleto como atractivo artístico". Y acota: "lo incompleto produce a menudo más efecto que lo completo... Lo completo produce un efecto de debilitamiento". Paul Valéry, por su parte, habló de la "belleza del detalle"; belleza de lo súbito, de lo parcial, de lo imprevisto. Quizá algo parecido a eso que alguna vez señaló Borges: que aún en las obras más mediocres, podía ser posible un instante de belleza, un fugaz deslumbramiento.

De muchas maneras, el fragmento se relaciona a eso que podría definirse como "escribir corto". "Escribir corto" y "escribir largo" son resultados de dos formas diferentes de entender la escritura; dos maneras de asumir nuestra relación con las palabras. Escribimos corto cuando damos a cada una de éstas la importancia que merecen, cuando la palabra que deseamos decir sólo puede ser precisamente una y ninguna otra, cuando valoramos esa palabra por encima de todas las demás porque en ella hallamos la hilvanación de una aleatoria exactitud o perfección. Escribir corto pareciera favorecer que la palabra se detenga en un género en particular y se identifique para siempre con él. Quienes escriben corto no parecieran abundar en géneros; suelen permanecer en uno solo sobre el cual proyectan todas las amplísimas posibilidades de la literatura.

Italo Calvino ha hablado de su propensión a escribir corto. Él mismo explica sus razones: "Estoy convencido de que escribir en prosa no debería ser diferente de escribir poesía; en ambos casos es búsqueda de una expresión necesaria, única, densa, concisa, memorable. Es difícil mantener este tipo de tensión en obras muy largas". Frente a la casi infinita diversidad de lo que puede ser dicho, escribir corto es aceptar nombrar sólo aquello que, con justeza, debemos, podemos o queremos nombrar. Borges, tal vez el más perfecto ejemplo del "escribir corto", encarnaría la precisa parquedad de una escritura que reconoce la precisión de algunas palabras elegidas por entre todas las demás. "He reconocido —dice en El tamaño de mi esperanza— entre miles, las nueve o diez palabras que se llevan bien con mi corazón; ya he escrito más de un libro para poder escribir, acaso, una página. La página justificativa, la que sea abreviatura de mi destino".

Frente a los que escriben "corto", se oponen quienes escriben "largo". Quizá sean los novelistas los principales cultores de una escritura desmesurada en la que caben todas las anécdotas, todos los recuerdos, todos los escenarios y todos los artificios. La palabra de los novelistas posee una sola limitación: saber contar. Escribir largo se justifica, sobre todo, en la amenidad. Amenidad para decir todas las cosas en una siempre seductora profusión. Si la novela es, por excelencia, el género del escribir largo, la poesía es el género del escribir corto. "El poema es el desarrollo de una exclamación", dice Paul Valéry. Exclamación o grito creciendo en la página, moviéndose en un escueto espacio en el que viven y vibran, con fuerza y razón únicas, precisas palabras exactas; plenitud y esencia tallándose en las manos del poeta. Calvino califica a Paul Valéry como "la personalidad de nuestro siglo que mejor ha definido la poesía como una tensión hacia la exactitud". Tensión hacia la exactitud: tal vez ésa sea la mejor, la más exacta definición del escribir corto.

"Escribir corto" es una de las tantas maneras posibles de aludir a lo fragmentario; una manera de preservar cierta inocencia necesaria en la escritura. La urgencia del fragmento es la del decir libre, la del no callar ante tema alguno, la de cubrir con nuestra voz viva, inmediata, el ruido o el silencio del universo. Escribir corto o escribir fragmentariamente es una forma de dejar vivir a nuestros descubrimientos; dejarlos ser, por ejemplo, en el vaivén de sus contradicciones o en una libertad a la que guían la curiosidad y el asombro ilimitados. Fragmentariamente hablamos. Fragmentariamente pensamos y concebimos imágenes. El fragmento favorece nuestro diálogo con el mundo y con nosotros mismos.

El fragmento se impone en medio de las superficies colmadas. Ante las demasiadas referencias, ante el exceso de palabras y de informaciones, el fragmento erige su figura de respuesta, siempre parcial y espontánea, ante el desconcierto que producen las excesivas o plurales circunstancias. El fragmento es la más adecuada expresión en los espacios donde todo pareciera haber sido ya demasiadas veces dicho.


       

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