Luego del primer trago, los
demás ya no le provocaron ese ardor como de piedras con muchas aristas que
bajaban recorriendo a gran velocidad su garganta. Por el contrario, sentía
que las piedras eran cada vez más redondas, más pequeñas y más suaves, o
al menos tan suaves como puede llegar a ser algo tan duro. No era la primera
vez que bebía, pero sí la primera que lo hacía con la intención de
embriagarse. Estaba más que enterado de los efectos devastadores que el
licor causaba en su organismo y en su estado de ánimo; pero veía en
aquello la oportunidad de perder su estado consciente sin recurrir al
sueño.
La taberna donde estaba no la había elegido al azar, llevaba varios
años pasando por allí cuatro veces al día mientras se desplazaba de su
casa al trabajo y viceversa. Siempre le había parecido un sitio frío donde
iban los vecinos a tratar de llenar sus vacías vidas, por lo tanto no
había reparado mucho en la gran puerta azul cuya madera evidenciaba ya el
deterioro normal de los años, y la docena de manos de pintura que sobre
ella habían aplicado. La manija de la puerta era de un color cobrizo, que
en nada beneficiaba la estética de la puerta, pero que al parecer hacía
juego con el color de cabello del tabernero.
Sobre el mostrador y aunque las grandes manos del tabernero se esforzaban
por limpiar, estaban los redondeles que dejan los vasos mojados al solo
contacto con el vidrio puesto sobre la mesa. La presencia del vidrio no
sólo se limitaba a mantener la madera del mostrador seca y facilitar la
permanente labor de las grandes manos, sino que el sonido que surgía al
poner sobre el vidrio los vasos ya vacíos de licor, simulaba un brindis
tardío en soledad.
Las manchas de los vasos formaban entre sí distintas figuras, por
ejemplo aquella donde estaba el vecino con cara de envidioso, parecían los
anillos de los juegos olímpicos; mientras que la que formaba él con su
copa siempre llena era estudiadamente un solo círculo perfecto,
intencionalmente le gustaba que cada cosa estuviera en su lugar y el sitio
elegido para colocar la copa no iba a ser la excepción. Ver los círculos
dejados y el reflejo de la puerta sobre el vidrio del mostrador lo había
distraído un poco de su gran preocupación.
Llevaba semanas sin dormir, y aunque se repetía dos y tres mil veces que
no era su culpa, un resquicio de su mente le indicaba que el gran peso con
el que cargaba era producto de su ahora mala decisión. Conocía cada
rendija del techo de su casa, cada sonido repetido a lo largo de la noche,
podía describir con lujo de detalles las ondas causadas por el viento en
las cortinas de su alcoba durante las extensas noches de insomnio. Observar
minuciosamente las pequeñas cosas y sus variaciones se le había hecho
normal, por eso ahora que intentaba recontar el número de vigas en el techo
de la taberna entre la puerta de entrada y las cortinas tras las que se
ocultaba el orinal, le parecía cosa fácil, incluso después de cuatro
tragos dobles seguidos. La salida abrupta de alguien que levantó
violentamente la cortina del orinal le distrajo del objetivo, pero regresó
con su mirada a la viga donde estaba instalado un amarillento bombillo y
recomenzó: dieciocho, diecinueve... cuando llegó al final de la cuenta, se
sorprendió al no coincidir el número con el resultado final. ¿33? Me
faltó una viga, caramba, empecemos de nuevo.
Empezar de nuevo, como si pudiera recomenzar y olvidar cómo empezaron
las cosas. Una vez empezado no había forma de regresar; y recordó que su
falta de sueño comenzó precisamente con uno. El más famoso tal vez, o al
menos en su país; el más comentado: el sueño americano. Su idea no era
llegar a ser americano, pues ya lo era, su idea era ir a Estados Unidos,
establecerse allí por unos años y trabajar hasta lograr un capital que le
permitiera regresar a su país a disfrutarlo (al país y al dinero, por
supuesto). No quería irse como tantos que viajaban con visa de turista (o
sin ella): con la idea fija de quedarse en una larga temporada y no
precisamente de vacaciones. Su idea era más elaborada, aunque no mucho, lo
primero era entonces aprender el idioma. Se matriculó en una prestigiosa
academia y se esforzó cuanto pudo. Aquí comenzaría entonces su martirio.
Otro de sus pasatiempos en las noches insomnes era tomar una palabra y
descomponerla hasta volverla difusa: soñar, sueño, sonoro, año, dueño,
saña... Dream, ice cream, team, jean. Sus pasatiempos eran ya tan extraños
como su mirada, que extraviada se la había encontrado frente a frente en el
reflejo del vidrio del mostrador. Sus ojos estaban enrojecidos, ya no sabía
si por las noches en vela o por los seguidos tragos que se había tomado esa
noche. Su mente ya no hilaba, estaba tan embotado que las marcas que antes
le parecieron la imagen de los anillos de los juegos olímpicos, eran ahora
un solo y concéntrico círculo que giraba alrededor de las manotas del
tabernero que ahora lo tomaban por los hombros para que no cayera redondito
al piso. El hecho de sentirse caer le despertó de su buscado letargo y
quiso desplazarse hacia el orinal, dio un paso y se sintió de pie en una
montaña rusa, el segundo paso fue más estable aunque debió apoyarse en la
manija de la puerta que estaba detrás de él, por fin se reincorporó y
caminó despacio debajo de cada una de las 34 vigas contadas y recontadas.
La distancia que antes parecía corta se hizo en más tiempo del calculado,
pero cruzó airoso el umbral de la cortina para apoyar sus manos en el muro
mientras dejaba salir sus gotas en varias direcciones, por fin pudo
establecer el centro y una sensación de alivio le recorrió de izquierda a
derecha con breve temblor al centro.
Debo regresar a casa, es suficiente este intento para ver qué he logrado
con ello, se dijo. No pudo lavarse las manos, pues no encontró dónde
hacerlo y se abrió camino entre las cortinas para atravesar de nuevo el
salón, pedir la cuenta y ver el lavamanos entre el muro y la puerta azul,
extraño sitio para ubicarlo, y extraño sitio para dejar atravesada una
trapeadora con que se golpeó la pantorrilla, se lavó allí mientras le
calculaban cuánto pagar por sus siete tragos. Mientras le pasaba el dolor
por el tropiezo, pagó y se marchó a casa.
Al llegar al frente de la puerta de su casa, buscó las notables
diferencias con la puerta oculta-lavamanos en que se había mojado también
la cara. Metió su delgada mano izquierda dentro del bolsillo buscando las
llaves y las sacó intentando no hacerlas sonar entre sí; apuntó como pudo
hacia el centro de la cerradura y con ayuda de la mano derecha logró quitar
el cerrojo que lo mantenía afuera. Llegó como pudo hasta la cama, se dejó
caer de espaldas en ella y sintió de nuevo el ardor como de piedras con
muchas aristas que recorrían a gran velocidad su garganta, pero esta vez en
dirección contraria. De un salto llegó al baño para abrazarse al
sanitario, sentir sudorosas gotas heladas en su frente, gotas calientes en
sus brazos y un enjambre de abejas alborotadas en su estómago.
Se lavó por partes manos, boca, nariz, orejas... dejó de nuevo la
toalla con que se secó, en su sitio acostumbrado. Regresó a la cama, se
sentó lentamente, se llevó las manos a la cabeza, se recostó despacio y
se quedó dormido de inmediato.
De nuevo allí en su sueño comenzaron sus temores, alguien se le acercó
y comenzó a hablarle, lo veía fijo a los ojos, luego miraba con atención
sus labios en movimiento, de nuevo una mirada a los ojos; y entonces esas
ganas de decirle que no le entendía nada, que lo que le decía se perdía
en el camino a sus oídos; que no comprendía una sola palabra. Le gritó
tan alto como quiso: déjame en paz o háblame en mi idioma; no me jodás
que me vas a enloquecer pues no te entiendo un carajo. No soportaba más la
presión de no ser bilingüe, hablaba de rayos, y de piedras. El silencio
llegó a la boca de quien antes le hablaba. Los demás, que ahora le
rodeaban, lo miraban extrañados; sin comprender.
Pero si el que no entiendo soy yo, caramba, si he perdido mi intimidad,
mi sueño, mi conciencia, mi inconsciencia, si no entiendo ni forro de lo
que me dicen; les decía mientras los lagrimones iluminaban sus ojos cada
vez más rojos. Si llevo semanas sin querer dormir siquiera, si me embriago
con la intención de no soñar más en otro idioma. Si he perdido la razón,
las ganas de soñar, si he perdido todo.
Entonces ocurrió que fue tanto el desespero, que se despertó. Pero
envalentonado por los tragos y mientras con el rabillo del ojo miraba el
diccionario ubicado en el tercer estante bajando, empezando de izquierda a
derecha; entre el libro número nueve de color amarillo y el quince si sólo
cuentas los verdes. Mientras se aferraba con su pupila al lomo de su
diccionario, iba regresando con ánimo de revancha al mundo de los sueños a
enfrentarse a sus fantasmas. Una vez allí, sorprendido por lo que estaba
haciendo, escuchó salir disparada de sus labios una frase; pensada,
construida, dicha toda en un perfecto inglés. Todos los integrantes del
sueño la entendieron, se acercaron de nuevo y empezaron a hablarle mientras
él les respondía con absoluto dominio.
Se levantó como un resorte, se paró de un brinco sobre la cama, saltó
hasta casi rozar una de las tantas veces observadas rendijas del techo de su
casa, se lanzó sobre las ondas causadas por el viento en las cortinas de su
alcoba; se cubrió con las cortinas su cara descompuesta, los ojos salidos
de sus órbitas mientras pensaba cómo diablos dormiría ahora tranquilo si
no entendía ni lo que él mismo decía en sueños.