Letralia, Tierra de Letras Año VIII • Nº 101
6 de octubre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Dos textos
Leonardo Maicán

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El Libro del Guasón (comúnmente llamado Cachitos)
Capítulo Primero y Último

El Libro de la Historia de los antepasados de Doroteo Expósito, hijo de Serafino Verne, nieto de Agustino, el Chévere; bisnieto de Petronilo; tataranieto de Valentino, el Macho.

2 Macho, porque el número de mujeres que tuvo dobla en cantidad las noches que vieron luna sus ojos: Marido fiel e infiel de unas setenta y cuatro mil indias de diferentes tribus y lenguas, a las que montó, por las buenas o por las malas, en los comienzos del Gran Genocidio; muchas de las cuales indias tenían no más de doce años cuando fueron preñadas. 3 Y vivió Valentino, el Macho, hasta la edad de cien años; y destruyó virgos, templos, lenguas, razas y culturas. Y fue Valentino padre de más de setenta y cinco mil hijas e hijos, ninguno de los cuales sirvió para nada. 4 A excepción de Petronilo, quien murió a la edad de trescientos sesenta y cinco años, y fundó tascas, burdeles, bares, licorerías, tabernas, casinos, garitos, haciendas de marihuana, billares, loterías, clubes hípicos, discotecas, y una efímera banda de rock.

5 Calamita, su mujer, le parió seis hijas y un varón: Marita, Lucrecia, Rosario, Chepina, Violeta, Ramona, y Agustino. 6 Y fue Marita de oficio puta; Lucrecia, de profesión astróloga; y Rosario, igualmente puta. Chepina, partera y recogelatas. Violeta, monja. Ramona se distinguió en el arte de leer el tabaco y la borra del café. Y Agustino, muerto de un ataque de cachofobia a los treinta años, fue poeta, borracho y loco.

7 Serafino, su único hijo, nació nueve meses después de su muerte. Y hubo de sobrevivir, antes de desertar de la escuela, a una picada de escorpión, a tres culebrillas simultáneas, a una gonorrea congénita y a dos uñeros acuarianos.

8 Y en el transcurso del tiempo había de conocer Serafino a Santa, modelo exclusiva de varias firmas comerciales, en una playa de Margarita. 9 Y he aquí, que mientras jodía Serafino con sus amigos, sintió de repente una sed terrible de beber agua de mujer. Sed comparable a la que siente un camello prisionero del desierto.

10 Porque de hecho, en verdad les digo que él era semejante a un camello bajo el sol de la libertad bajo palabra. 11 Y mientras hablaba con sus amigos, vio un ángel vestido de sombras que bajaba del cielo. Mas no dio crédito a lo que su mente miraba.

12 Notó Serafino que sus compañeros seguían divirtiéndose, pues nada fuera de lo normal captaban sus sentidos. 13 Luego, el ángel vestido de sombras se plantó a tres cabezas de Serafino, y pronunció estas palabras: "Vengo de más lejos de la estrella más lejana, pero mi dormitorio es este mundo, en el que no duermo jamás. 14 Dispuesto estoy a satisfacer tus deseos de comer carne fresca, y no me mires así, idiota, pues no será a mí a quien comerás. Sé que acabas de salir de la cárcel, y que te mueres por tirarte una hembra. Sígueme".

15 Ahora bien, después de haber oído estas cosas, aconteció que Serafino se excusó ante sus amigos: "Voy a comprar una bolsita de cocaína y otra botella de ron. Vuelvo pronto".

16 Y siguió, pues, la sombra del ángel vestido de sombras. 17 Y era el firmamento de un color semejante al brillo del mar, y en la blanca arena yacían hermosos cuerpos, y carpas, y refrigerios, y tapasoles; una mano invisible abanicaba el rostro alegre de los cocoteros.

18 Caminó Serafino por espacio de veinte minutos, al final de los cuales minutos hallóse frente a la mujer más bella que había sobre la faz de la Tierra. 19 Su nombre era santo entre comerciales y desfiles de moda: Santa Valbuena, hembrita americana de diecinueve años, nacida y criada en Ciudad Bolívar. 20 Su piel era blanca y suave como la seda; ojos azules, grandes, y de larga cabellera rubia; un metro con setenta y cinco centímetros de estatura y medidas 90, 60, 90. Además, era Santa tan santa que aún no había conocido hombre.

21 Carismática, dulce, coqueta. Dueña de una inteligencia aguda, amplia: próximamente se graduaría de Técnico Superior en Mercadotecnia; y amaba la pintura y la música barroca. En sus ratos libres solía leer y escribir poemas. 22 Su autor favorito era Octavio Paz.

23 Serafino miró y remiró, la lengua y los ojos encendidos en llanto, aquella beldad caída del cielo, quien alejada del resto y ajena del peligro que la acechaba se bronceaba, sonriente, bajo la cegante luz del atardecer.

24 Mas Serafino reflexionó, y dijo al ángel vestido de sombras estas palabras: "No quiero meterme en líos; uno más y me pudro en la cárcel. Lárgate". Pero el ángel vestido de sombras era demasiado listo y astuto, como el que más, y habló de esta manera: "Escrito está que pronto vas a morir. 26 Mañana, cuando el sol se encuentre en su punto más alto respecto a tu cabeza, ciertamente estarás entrando al reino de la nada; porque escrito está que para esa hora el número de hojas muertas de todas las plazas y parques habrá sobrepasado la cifra de lo infinito".

27 Entonces, le indicó que mirara el cielo.

28 Y, como en una película que estuviese viviendo en carne propia, observó Serafino los pormenores de su muerte primera: una bala de plata zumbó detrás del horizonte, a cuatro cuadras de la bomba de gasolina que acababa de atracar. 29 Y siguió, estupefacto, la trayectoria del proyectil.

30 Una hoja de cedro se desprendió, en un remoto camposanto del Asia Menor, interponiéndose para siempre entre la imagen y él. 31 Y cayó al suelo la hoja cuyo número marcaba lo infinito, en el momento en que la bala de plata partía en dos su corazón.

32 ¡Jesús!, gritó Serafino, tragándose las lágrimas. 33 Al ángel vestido de sombras le resplandecieron los dientes: "No hay marcha atrás, amigo. Disfrútala, y te prometo que tu muerte será rápida e indolora, como el final del Tiempo".


Salón

El rey Momo descorchó la botella de champaña y una espuma blanca voló a través del aire acondicionado; se desparramó en el piso ajedrezado y salpicó a los presentes. Había inaugurado la gran fiesta.

En Antipoeta se recreaba intranquilo mirando glúteos alegres, danzantes, y sus postizas uñas golpeaban, toc-toc, la mesa de mantel florido mientras la carnavalesca música garrapateaba paredes y tabiques y se columpiaba, toc-toc, en lámparas multicolores y desde esos puntos de referencia Romeo y Julieta movían, cual experimentados marionetistas, sombras y sombras en forma de corazones. Toc.

Un payaso fotógrafo se interpone entre ellos e incómodamente —ante la expectativa general que despertó su extraña posición de pez rochelero— comienza a disparar ráfagas de flashes como loca. Por segundos la roja claridad de la pista de baile adquirió color monótono: lunar.

Y de la cámara fotográfica salía la figura, sucesivamente, de una falsa rubia pintarrajeada en colorete azul-celeste, delineador de ojos crema, rimel y lápiz labial rojo carmín: Gatita pupilas dilatadas y manita en boca abierta, como a quien toman por sorpresa. Tímida gata ya sonriente, saludando a la muchedumbre. Gatita eufórica y enternecedora, besada por el Momo rey. Otra fotografía, casi idéntica a la anterior, pero lagrimeando de risas. Trillizas felinas bailando "No me olvides jamás" consigo mismas. Bella y fotogénica: así la captó el refinado arte del payaso 24 veces, en la dificilísima pose de pez extravagante. Hasta que la pareja romántica optó por dejarlo caer. Flash.

El Antipoeta, excéntrico escritor cuya obra permanecía inédita, parecía aún despechado y quizá, motivado por ese desequilibrio emocional, aquella trágica noche de jolgorio y serpentinas y bufones repatriados terminó creyendo en Dios como todo idiota y para festejarlo sacrificó una añejada botella de whisky escocés. Aburrido estaba de ver bailar personas de Disneylandia, mariposas bisexuales, prostitutas contratadas, héroes de la mierda... y de analizar toda la música de "Ratas", su último e ignorado antipoemario dedicado a Eva, cuando logra distinguir hola entre la bullaranga.

—Recítanos uno de tus versos, Anti —suplicó disfrazando la voz.

—¡Que recite, que recite! —gritaban frenéticos máscaras y antifaces.

—Está bien: a voluntad de vosotros hágase realidad —dijo, para que lo dejaran en paz.

Entonces el selecto y decorado salón se llenó de un silencio sideral, fascinante, poético (o antipoético). Con sus explayadas manos de basquetero acomodó el negro sombrero de alas torcidas; la antiquísima capa negra del cuello a los tobillos sacudió, y el grotesco bigote en las puntas retorció. El silencio se había convertido en un espectador más.

Mientras deleitaba una copa de brandy para aclarar su arrinocentorada voz, su rico cerebro conjugaba neuronas, sonidos, aromas y colores para improvisar el verso que había de causar bufonadas, mofas, vivas y bravos. Tremendo espectáculo ver cómo lanzaba al vacío trillones de "partículas creativas", mientras atajaba y lanzaba las que antes había lanzado; como auténtico as del malabarismo. De esta manera seleccionó las mejores y con ellas creó laberíntico rompecabezas del que jamás pudo salir.

Cuando el último trago desapareció de la copa y pasó de largo en lento subibaja de la manzana de Adán, la gentuza, si se podría calificar de fanática, parecía un mar sin oleaje cuyo único objetivo era joder. Para eso habían nacido.

La líbido debió aumentarle aceleradamente a las mujeres y aun a algunos hombres, cuando el mito viviente se levantó de la butaca y se encaramó de pie sobre la mesa. Se arregló de nuevo el viejo sombrero de alas torcidas; la negra capa corroñosa por el uso bandereó, y el postizo bigote hacia las nubes enroscó. Un travesti botarate que ofrecía pasapalos afrodisíacos le alcanzó un micrófono. Entonces el Antipoeta tomó suficiente aire. Sus pulmones se hincharon lentamente, hasta casi reventar, como los de una ballena. El suspenso también había tomado aire suficiente. En ese pequeñísimo instante el tiempo pareció detenerse en algún lugar secreto de la inmortalidad, porque una voz del tamaño de Dios irrumpió en aquel lugar vedado a menores y lo poseyó:

Idiotas / Hoy podemos desafiar la ley de Gravitación Universal / Desatar tormentas de cañandonga / Crear gloriosas enfermedades / Descubrir el extraño origen de los sábados / O hacer "cositas" / Podemos, verbigracia, autodestruirnos / Solamente hoy.

E inmediatamente, seguro de sí y del efecto psicológico, remató:

Muchedumbre / ¡Aquí todos somos libres! / Libres como las ideas / como un rito prehistórico / Un pájaro cucú / Una tucaca.

La reacción popular no se hizo esperar. El alboroto que se armó adquirió tal magnitud, que fue menester la intervención severa del rey Momo para restablecer el orden. Jóvenes de ambos sexos, amantes y seguidores de su extraña poesía, sufrieron repentinos desmayos; pero gracias al dinamismo de los bomberos ebrios y al cuidado especial de las enfermeras bailarinas, la ola de desmayos no pasó de ser una broma. Hubo saqueos en la mayoría de las mesas del pervertido salón. Romeo y Julieta, aprovechando el caos y la confusión, se dirigieron hacia el baño de las damas; se desvistieron a mordiscos y arañazos y se amaron sobre el waterclóset con una pasión tan desenfrenada, que ambos sufrieron contorsiones musculares y quemaduras de segundo grado en sus partes íntimas. Aunque ninguno de los dos sobreviviría para contarlo.

Militares de cacerolas, involucrados en el complot para asesinar al Rey, fueron detenidos, juzgados y condenados a 30 años de presidio por miembros del Ku-Klux-Klan. Esa misma noche los trasladaron a la cárcel, custodiados fuertemente por una columna de hermosas masajistas adolescentes. Ahí vivieron en carne propia las más viles y crueles torturas, físicas como psicológicas, que humanos hayan sufrido jamás: Verdugos del Medioevo les obligaban a tocar pilas eléctricas con las puntas de sus lenguas. Sus rostros embadurnados con pasteles de chocolate y fresa. Fueron aterrorizados, día tras día, con el cuento del coco hasta causarles graves e irreversibles traumas.

El premio al mejor disfraz había favorecido a la felina, quien entrevistada por periodistas aficionados y hostigada por fotógrafos y cazadores de autógrafos, declaró sentirse emocionada y que el premio en metálico lo donaría a la SER (Sociedad de Escritores sin Recursos). Presionada por maullidos, súplicas y bobadas, decidió mostrar su verdadera identidad. Hombres y mujeres enmudecieron, inclusive un muñeco de trapo que dialogaba con una ventrílocuo tartamudeó de ganas, cuando vieron a la exquisita gata ejecutar erótico y sorpresivo acto. No apto para cardíacos.

Con excitante mezcla de ternura e inocencia, se tendió bocarriba sobre una mesa y, despatarrada, se despojó sensualmente del perfumado traje y de sus prendas más queridas y entonces personificó a la mismísima Eva del Paraíso; ataviada simbólicamente con diminuta rosa blanca que apenas cubría medio sexo. Sin cambiar de posición, mordió una manzana y la ofreció a su boca. Se habían perdonado, reconciliado y, abrazados de la cintura caminaron hasta la pista de baile. El pecado original estaba a punto de consumarse.

De pronto las puertas del pervertido salón se abrieron y un hombre de frac, alto y atlético, sin rendirle explicaciones al portero, anduvo de mesa en mesa preguntando por una tal Emily (el verdadero nombre de Julieta). Pero nadie dijo nada; porque nadie sabía nada de nada.

Bailaban "Amor prohibido". Adán, a cada vaivén de cinturas y muslos entreverados, se iba despojando del ordinario traje de poeta. "Bésame amor, bésame", incitaban las trece cornetas del portentoso equipo de sonido. Cuando un iracundo hombre de frac se dispuso a revisar, revólver en mano, cada una de las doce salas de baño, ya el Antipoeta no existía. Sus excitados cuerpos se friccionaban intensamente. La tentadora rosita blanca, ya sin pétalos, ejecutaba suaves movimientos circulares, a ratos estremecedores y violentos, como brindando cálidos masajes. "No importa que nos eche del Edén, vamos a probar", decía la letra.

Eva sonreía viendo cómo la vestimenta de Adán era pisoteada por fumados bailadores. Llamó su atención algo que, al borde de un cuadrado negro del piso ajedrezado, destellaba en la roja claridad. Un segundo después lo comprobó. Trémula, pálida, pensó zafarse y huir; pero era demasiado tarde. Pronto se vio envuelta en gemidos delirantes y cortos. Eran gemidos controlados, reprimidos; so vergüenza de llamar la atención. Simulando seguir el ritmo musical, entreabrió sus hermosas piernas y entonces lo apretó entero.

Y siguió apretándolo aun después de seis u ocho canciones. Era su primera vez.

Nadie se enteró realmente de lo que aconteció al comienzo de la segunda canción sino a la mañana siguiente, cuando fuerzas policiales allanaron el clandestino local y aprehendieron, sin excepción, a todos los presentes. Entre quienes figuraban importantes dirigentes políticos. Escándalo que generó gran polémica a nivel nacional. Tres disparos habían retumbado el pervertido salón. Pero en medio del bochinche, el alcohol y las drogas, el incidente fue calificado producto de la magia negra.

Los bomberos ebrios, hic, creyendo se trataba de otra broma, hic, arrastraron y escondieron los cadáveres entre el hielo picado de una de las cavas del enorme frigorífico, hic; donde había cervezas, licores y bebidas gaseosas para regalar, hic. Dos reyes Momos descorcharon a un mismo tiempo una botella de champaña y la fiesta de carnaval continuó hasta el amanecer. Hic.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 20 de octubre de 2003 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes