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Jorge Gómez Jiménez |
Lubio Cardozo: la poesía como videncia
El poeta Lubio Cardozo está destinado, por una especie de fatum benéfico inscrito en el devenir de las letras hispanoamericanas del siglo XX, a formar parte de los escritores antiguos de habla hispana. Es Cardozo, ciertamente, un extraño caso de la literatura venezolana en particular y de las letras latinoamericanas en general. Nadie discute la excelsa formación clasicista que distingue a este excelente poeta que ya ha alcanzado un cimero lugar entre los mejores estros que conforman la atalaya literaria de nuestro continente hispanohablante. Casi una veintena de poemarios pueden atestiguar mi aserto. No obstante, por si hubiere alguna duda, acaba de salir de la imprenta un hermoso testimonio que ratifica y, una vez más, confirma la elevada condición Voz Poética Mayor que exhibe el escritor; se trata del último poemario de Lubio Cardozo, titulado de modo insustituible: Ver (Ediciones Erato, Mérida, 1999, 64 págs). Este poemario de Monsieur Cardozo se inicia con cinco interrogaciones sobre la metáfora del tiempo y sus inagotables corolarios. En forma de pentálogo también está construida la estructura arquitectónica y formal de este libro; cinco opúsculos o cuadernillos dan cuenta de este último compendio literario que el poeta decidió compartir con sus lectores. ¿Qué quiere decirnos el autor de Ver con esos auténticos chispazos de lucidez iluminadora insertos en forma de paratextos calzados con la firma de filósofos como Hegel, Heidegger, Kant, que rotulan los prolegómenos de algunos de sus poemas? Desde las primeras páginas de este libro ya advertimos la decidida y firme disposición del escritor a decir tanto como sea posible evadiendo magistralmente la farragosidad, el derroche léxico, los ripios lingüísticos y la sobreabundancia semántica. Más bien el discurso lírico que ostenta el hablante dícese en el discreto despojamiento de expresiones retóricas accesorias. La sencillez expresiva, sin caer en la delirante expresividad evidente, pareciera acompañar los versos de los 43 poemas que conforman el libro. Digo sencillez, no-simplicidad. Porque a decir verdad, leer a este poeta es una tarea nada fácil, dada la honda hipercomplejidad temática que caracteriza el abordaje de su universo poético. Lubio Cardozo alcanza, es comprehensivo por la complejidad metódica de su proceder descriptivo. El bardo hace frotar las palabras antitéticas, aparentemente incongruentes, hasta llevarlas a las antípodas del sentido. Los haces de luz que brotan de su acertada composición poética dentro del texto literario son producto inequívoco de su maestría en el dominio de nuestra lengua materna, de las raíces del idioma. Una breve confitura podría ilustrar a modo de ejemplo:
La necrópolis del ayer subyace, canta o grita Su ya no ser ahora. Los anhelos, la esperanza, lo venidero, En fin el albur del vientre del futuro Sólo, indefectiblemente, engendrará el ahora". (Ahora. pág 13). Obsérvese el juego empalabrante y empalabrador que pone en marcha el poeta para darnos una imagen de la instantaneidad, del hic et nunc latino traslaticio a nuestra visión del presente. Solamente de alguien que eligió desde su parvedad vivir entre las palabras se puede esperar un esplendor dicente tan exhaustivamente polisémico. Que la poesía es un vehículo de conocimiento del mundo y de la vida es un lugar común que no dice mucho, pero que la contemplación celebratoria de la realidad subjetivizada del mundo es un arma auxiliar del poeta vidente, en el más nítido sentido rimbaudiano, es algo más exigente. El escritor, en su titánico y arduo trabajo de lenguaje, va despejando la intrincada telaraña de signos que sirve de materia prima al creador de poesía y nos la da a los lectores renovada y cargada de frescor significativo. No hay una pizca de duda, con este libro clarividente y de abisales resonancias intuitivas, Lubio Cardozo alza orgullosamente su estro al firmamento literario latinoamericano y se coloca a la estatura poética de José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Juan Sánchez Peláez, sin envidiarle un ápice de metáfora a ninguno de ellos; más bien conviviendo en perfecta armonía al lado —ex aequo— de los antiguos del futuro.
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