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Jorge Gómez Jiménez |
Dos relatos
Cuesta arriba pude verle pasar cada mañana. La tierra ha recogido las endebles huellas de su andanza, pues el roce de sus plantas con el suelo pudo denegrear al camino. Traía su tardo, pero preciso, andar desde el primer respiro de la madrugada. Responsable de refrescar con agua corriente el somnoliento rostro del alba y de hacer continuar la vida sin retraso, se levantaba de su lecho mucho antes que los gallos, obligando al rubio astro a desmarañarse de su trasnochado sueño. Andaba —como el tiempo mismo— sin edad y sin prisa. Siempre constante. Las perennes cenizas de sus cabellos inmutables como los apretados surcos de su faz, sin límite como los largos días de su vida, como sus incansables pasos ofrendados a la madre tierra. Peregrina de un pueblo peregrino. Último ejemplar de la raza que se extingue arrasado su linaje por la evolutiva incursión del hibridismo. La senil presencia de su figura trillada de pesares, de sus arrugadas manos, de sus pies encallecidos, de su acompasado andar por el sendero preñado de milpas y mala hierba con destino a la ciudad, se ha quedado atrás. Se ha olvidado. Ya no la he visto pasar con su carga de hierbas curativas y de olor, ceñido el "mecapal" a su rugosa frente. El toronjil, el magüey rojo, el matalí, la albahaca y la hierbabuena se quedaron con sus raíces en la tierra. Ya no ha pasado la vieja campesina con su olor a pachulí y a maíz nuevo. Hoy, la empinada cuesta se hizo llano y el sol se quedó dormido. Los gallos no cantaron y el rostro del alba se ha quedado agrio y lagañoso.
—¡Onésimo... Onésimo! ¿Dónde estás, hijueputa..? ¡No ves que está soplando el "norte" y te va a caer el pinche aguacero! Ciertamente sopla el viento sarandeando los árboles del terreno, pero no es el viento del norte. María, en esa manera extrema de proteger a su hijo, siempre incurre en mentiras piadosas. Y, la verdad, es que Onésimo está roncando como mico de noche debajo del catre. Los histéricos gritos de su madre le golpean sus tímpanos y salta como chapulín el pobre niño —desorbitados los ojos— con el llanto a flor de labios listo a defenderse. Se revuelve en el lecho de barro. María entonces descuelga la ropa ajena de las lías y hace montañas sobre el catre de enequén y patas de cabra. Onésimo se sacude el overol y restrega sus ojitos llorosos. —¡Aquí toy, mami..! Cuatro abriles apenas, palabras imitadas y frases cortas, pero entendibles y compartidas con su madre. Onésimo sabe que tiene que lavar los fierros de planchar, pero sin mojarse porque su madre "lo chinga". Él lo sabe. Todos los días a esa hora se alza los bajos del overol y camina sobre los ladrillos del patio sin bajar los huaraches al lodo. Hasta el pozo. María le ha dejado en el brocal la ceniza y el zacate para quitarles el sebo y dejarlos brillantes como espejos. Mientras ella enciende el anafe que deja escapar el humo por las brandas del jahuacte. La brasa tiene que ser roja para que se calienten los fierros. La ropa es mucha y hay que entregarla porque los señores no pueden esperar y los centavos hacen falta. En tanto el niño se ocupa de su trabajo, María le observa desde la cocina. Le cuida mucho. Todas las noches cuando sólo la débil flama del candil espanta a la oscuridad, la madre acaricia tiernamente la espaldita desnuda de su hijo. El niño ya se da a entender y le ha dicho cuándo va a llover y cuándo no. Le ha despertado entrada la noche para ir a recoger las frutas que caen del zapote para ganarle a los vecinos. Le ha convencido de salir, alguna tarde, al parque del pueblo con la certeza de que alguien les invitara a la función de cine... y así sucede. Hasta adivinó cuando su tío Bernardino se cercenó la mano izquierda con el "güinche" en un barco camaronero, cuando regresaba al puerto. —Vamos, Malía, que Belnaldino te está llamando. ¡Llévale lopa limpia polque está lleno de sangle! —¡Jesús me valga, Onésimo, que me vuelves loca..! Todo ocurría de aquella manera. Y no era normal. En la mente de María surcaba velozmente toda clase de pensamientos desde el momento que se dio cuenta de la conducta y adivinaciones de su hijo, atribuyéndole el fenómeno a cuantas divinidades asomaban a su recuerdo y sapiencia. Así pues, primero pensó en alguna posesión maligna, hechicería o embrujo. Después declinó sobre la posibilidad de algún poder o don divino, de la misma manera que se "achaca" al apetito de la luna la aparición del labio leporino. Aquella tarde, María entrega la ropa mientras dejara a Onésimo con su quehacer en el brocal del pozo. El niño, después de terminar con su trabajo, se va hasta el fondo del solar —aprovechando la ausencia de su madre— con el propósito infantil de recoger los zapotes que cayeran del árbol. De regreso a la casucha, la mujer no encuentra a su hijo y el anafe levanta lenguas de fuego de la brasa roja sin fierros. Sale al patio y la sorpresa le estrangula el habla lloroso y sin overol, Onésimo se sacude tendido en la batea de la vecina, quien se dio cuenta de que en la espaldita del niño —desde el hombro hasta la cintura— se dibujaba un extraño cordoncito de carne en forma de cometa. —¡No... no, doña Carmela... ¿por qué desnudó al niño? María gritando como loca le arrebató el niño a su vecina para cubrirlo con su vestido. —Onésimo se cayó al lodo... —se defendió la mujer— y como ya le conozco, quise lavarlo antes de que volviera para que no le fuera a pegar... ¿¡pero!? Todos los vecinos supieron lo del cometa de Onésimo, quien desde entonces no se levantó más de su catre. Dejó de comer desde aquella tarde y sus ojitos llorosos fueron perdiendo el brillo y la luz ante la consternación dolorosa de su madre. María se ve más vieja de lo que es. Hoy como ayer sigue lavando y planchando ajeno, sólo que ya nadie le avisa que debe meter la ropa para que no le caiga al aguacero y nadie le adelantó la noticia de la muerte de su hermano Bernardino allá en altamar; porque Onésimo se fue con su secreto para siempre.
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