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cuatro poemas de c. a. campos

viernes 23 de agosto de 2024
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monopoly money

no te dejan conciliarlo
si no pagas a tiempo la quincena.
les importa un pepino
la calidad de la droga
que te envían con el mensajero
de siempre—
el cual siempre llega tarde
y se hace el pelotudo
cuando lo cuestionas
o cuando tratas de que se ponga
de tu parte,
no hay forma de sugestionarle
(ni chupándosela).
son unos hijos de puta
los distribuidores
de lo onírico, en fin.
hasta con robarte
la almohada te amenazan,
si llamas o escribes directamente
para poner una querella.
para ellos el cliente
no tiene nunca la razón.

 

el cielo de su infierno

dos veces se lo piensa uno
antes de entrar,
pero cuando entras
con canillas temblando,
aunque luego no se lo confiesas
a tu mejor amigo
ni a tu peor enemigo
para distraerlo,
te arrepientes
de no haberlo hecho antes,
ella hecha enterita para tocarse
como el aguacate,
para dejar de hacérsele agua
a uno la boca
cuando se nos ignora,
cuando la importancia
recupera su mejor versión

 

estelas en la mar

los días contados, no cantados
(ni siquiera en la bañera).
pero por lo menos no llorados
(las lágrimas doné a las nubes
cuando me detuve a reírme del destino
por recibir otra multa del libre albedrío).
como los tengo, decía, los días alfabetizados,
voy preparándome a mi manera
y el insomnio me ayuda;
corrige el curso de los sueños—
los cuales siempre me tuvieron mala fe
por descreer de ellos cuando me despertaba,
cuando te veía pasar sin mirarme a la cara.
lo importante fue lo que no supe dejar de querer,
ahora que se me resta
(nunca me gustaron las matemáticas),
me digo leyéndome los derechos miranda,
releyéndome el verso del beso de judas
que siempre incomoda al cristiano.
el resto te lo dejo a ti,
si no te importa, claro,
y no es mucha molestia tirarme a la basura
después de cerciorarte bien
de que no valgo la pena,
de que lo mío no sirve ni para sacarte del aprieto
en el que te encuentras.

 

bajo la ducha

para jeder menos aprovecho las ganas y me baño;
ya que no es cosa de todos los días
después de cierta edad,
aunque te cuenten lo contrario.
mientras más vivís más jiedes,
tal es el precio que pagar de cualquier viejo verde
en cualquier lugar del mundo,
incluyendo el tuyo —por eso nuestros trajes bombásticos,
nuestras colonias y colores que te ciegan
y perfumes para distraer a la muerte, desde luego,
conquistar a medias una vida
en su apogeo que tuvo que merecerse
alguien mejor que tú
si nos importara la resolución
de la fotografía que tiramos al zafacón
para poder seguir pasando página,
poder seguir pudriéndonos en privado
como fruta que no se supo aprovechar a tiempo.
antes me incitaban a los baños la teoría,
la práctica del amor,
la carne fresca, cerca, pero fuera de mi alcance.
ahora, pero no tanto,
me motiva el bajo a perro muerto
que no se me quita de encima ni con el mejor jabón,
menos con el agua que derrocho,
ni con todas las lágrimas
que contribuyo a las nubes que se van
pero que vuelven para recordarme,
para que no me olvide del gusano
en el que nos convertiremos aunque fracasemos,
aunque se produzca un milagro
y hagamos las cosas bien.
por eso aprovecho y no lo pienso una, ni dos veces.
me desnudo sin verme al espejo
y a la porra si estoy contaminando los mares
y tu vista con mi mala educación.
a pesar de todo, me digo,
sigo siendo reciclable, sigo siendo olvidable.

c. a. campos
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