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cinco poemas de c. a. campos

lunes 23 de septiembre de 2024
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autorretrato a los cincuenta

trabajo con las manos, por eso me las lavo
constantemente.
lo que hago es irrepetible,
aunque lejos esté de ser único,
aunque se parezca al oficio de la gallina:
poner huevos hasta la náusea
a ver si uno de ellos se distingue al romperse.
trabajo con ellas
y a veces te doy un trompón o una pescozada,
te pellizco o te doy otra bofetada;
mientras que otras veces,
dependiendo de cómo me sienta,
de lo que llevas puesto,
te acaricio el pelo o la cara,
te abrazo o te doy la mano
o una palmadita en la espalda
(cruzándome los dedos) para subirte la moral,
hacerte creer que me fío de ti,
a pesar del grajo,
a pesar de lo que llevamos en la sangre.
con estas manos que ahora me tiemblan,
que aún pueden aplaudir,
majarse un dedo o dos con el martillo;
con ellas trabajo,
recibo las órdenes del corazón, de la razón
y del alma (cuando sale de su escondite),
tocándome a mí desobedecer algunas
cuando me conviene,
cuando mejora lo que hago,
aunque ofenda, aunque a ti no te parezca
la gran cosa. trabajo con ellas.
son mis herramientas: hurañas, belicosas,
pero tiernas a la hora de hacer el amor,
de ofrecerte un café
cuando te emborrachas.

 

saudades

me hubiera gustado
que ella luchase por mí,
que me hubiese enseñado
a meter huevos por su amor
cuando se podía,
cuando no me lo merecía

 

entresueños

estaba chupándome el dedo,
como de costumbre (como un manganzón),
pensando en el vano esfuerzo del corazón,
cuando apareciste tú
para robarme la razón que me quedaba,
cuando luego desapareciste
sin ton ni son por yo tratar de tocarte,
comprobar si era mentira
la verdad que me ocultabas
en las notas de la música de tu cuerpo,
de tu vestido que el viento recreaba
a pesar de los años, a pesar de tu edad
y el baile que nos esperaba
para volver a despertarnos —
lejos otra vez
y solos como siempre en la cama

 

de color sepia

desempolvas,
como si fueses arqueólogo y no un ama de casa,
buscas la firma,
la que no supiste replicar —
falsificar a tiempo para que te creyeran

juras haberla visto antes, pero no das con ella,
en su lugar encuentras
una declaración de amor, de dolor,
firmada esta vez por ti, la cual te hace sonrojar,
la cual no te sirve de mucho
por su fecha de expiración

te convences
de que vas a tener que volver a repetir el curso,
aunque haya muerto el profe —
con lo bien que enseñaba,
con lo bien que te salía la ele en la clase de caligrafía,
y la eme cuando te la creías
a pesar del idioma

vas por los utensilios, siempre escolares para ti,
dispuesto a desempolvar los años
con la tos, la voz, con las manos,
convencido de que tu firma
tiene que reaparecer antes de desaparecer

soplas, como si estuvieses soplando leña,
empezando un fuego por el frío, el hambre,
por la oscuridad
que tu vela cuantifica
para no volverse a apagar

 

arenas

me hago, y dejo que me deshaga el mar
(es mi estado natural,
mi forma de desahogarme)

aparecer para luego desaparecer,
y volver con las manos
a garabatear los pies del mar
para hacerle cosquillas
(es mi forma de estar
mientras se pasa, mientras te pasean)

eres una muestra más que se muestra a los cielos,
que se sacrifica en nombre de algo mayor
que existe y no existe a la vez:
como tú, como todos nosotros —
que se demuestra
por falta de pruebas
con mayúsculas

construir y verlo destruirse,
borrado como la tiza de un pizarrón
por el mar,
por sus aguas que no dejan de creer en ti,
de ponerte de relajo con su va y viene,
su abre y cerrar de ojos

una raya que se borra y va rehaciéndose a la vez,
donde empieza y termina lo seguro,
el peligro,
donde termina y empieza el desierto,
la tierra firme que tendrá que tragarte
mientras te enseña a volar,
a leer el destino,
el sentido de los vientos

c. a. campos
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