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Heil Hitler, el cerdo está muerto, de Rudolph Herzog

jueves 15 de octubre de 2015

“Heil Hitler, el cerdo está muerto”, de Rudolph HerzogI

El avance exponencial de las ciencias cognitivas y la neurofarmacología nos lleva a presumir que pronto sabremos si el psicoanálisis conforma una simple pseudociencia, a lo sumo un producto de la ideología burguesa, como arguyen Deleuze y Guattari en su libro El Antiedipo, o, en cambio, constataremos que se abre un espacio fantasmático en la psique humana que las ciencias del cerebro, por mucho empeño que le dispensen, jamás podrán alumbrar, tesis que expone el filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Žižek en uno de los capítulos de su obra Visión de paralaje. Lo que sí parece que ninguna ciencia podría derogar es la agudeza de Sigmund Freud para haber detectado, en el distante año de 1905, contenidos primordiales solapados en formas sintácticas y juegos fónicos que acostumbramos a identificar como chistes. En la visión del psicoanalista austríaco, el chiste se relaciona con el inconsciente en la medida que permite atacar veladamente instituciones, personas, ideas, preceptos morales y religiosos, o cualquier otra cosa que por ser altamente estimada no atacaríamos de manera frontal. Más recientemente, adhiriendo esta tradición freudiana en su libro Mis chistes, mi filosofía, Žižek apunta que, en sustancia, los chistes son colectivos, anónimos y sirven para que la gente mitigue sus frustraciones. Esta singular forma de lenguaje indirecto, catártico, sin autor, y por lo demás anárquico, reverbera en las fascinantes páginas del ensayo Heil Hitler, el cerdo está muerto: reír bajo Hitler: comicidad y humor en el Tercer Reich, del escritor alemán Rudolph Herzog, publicado en inglés (edición que comento) por Melville House Publishing (2011) y en español por la editorial Capitán Swing (2014).

Herzog propone estudiar los chistes contados durante la Alemania del “Reich de los mil años” como una ventana al marco de pensamiento de la época.

En su punto de partida, el acicate que impele a Herzog es saber la legitimidad y los compromisos éticos que conlleva hacer chistes sobre Adolf Hitler, en razón de que, como es ampliamente conocido, dejó tras de sí una guerra mundial, la invasión de media Europa y, lo más atroz de todo, seis millones de judíos asesinados en campos de exterminios diseminados por el continente europeo. Como ya se habrá notado, el sector que censura los chistes sobre el Führer apenas parece reconocer una de las dimensiones de éstos; a saber, la llana invitación a divertirse. Sin embargo, en los siete capítulos que componen este ensayo Herzog, como buen deudor de Freud, demuestra cómo se subvierte esta línea de pensamiento.

Con el fin de responder la interrogante anterior, Herzog propone estudiar los chistes contados durante la Alemania del “Reich de los mil años” como una ventana al marco de pensamiento de la época, el cual, por lo general, ha sido observado desde la maquinaria propagandística nazi, como lo ilustran los filmes de la cineasta Leni Riefenstahl. Aun cuando los chistes compilados en el libro no causen la risa que acostumbraban provocar durante el Tercer Reich, debido a su evidente superficialidad, encono y vulgaridad, explica Herzog, nos permiten conocer las preocupaciones y angustias de la Alemania de aquellos días. Fijémonos en este caustico chiste en el que un judío alude al uniforme marrón de los nazis:

Un suizo visita a su amigo judío en el Tercer Reich y le pregunta: “¿Cómo te sientes bajo los nazis?”. Éste responde: “Como una lombriz solitaria. Todos los días me abro paso entre una masa marrón y espero a que me expulsen”.

Uno de los hallazgos iluminadores acerca del rápido avance del nazismo tras el ascenso de Hitler al poder es que la mayoría de los alemanes dispensan bromas inofensivas sobre la élite política. Los chistes que circulan en Alemania se mofan de los gustos y modos de vida de los nazis, pero no de su lado más oscuro y criminal. Los ciudadanos manifiestan rencor hacia quienes ocupan cargos importantes en la sociedad y disfrutan, por tanto, de las mieles de la vida. En opinión de Herzog, la función de estos chistes es servir de válvula de escape a quienes se sienten relegados del estado de bienestar. Pongamos por caso este chiste que tiene por blanco las innumerables medallas que luce Hermann Göering, jefe de la fuerza aérea Luftwaffe:

Göering recientemente añadió una flecha sobre las muchas medallas en su pecho. Indica una dirección: “Continúa en la espalda”.

Herzog encuentra chistes en boca de alemanes que, aunque expresan virulencia contra el régimen nazi, están permeados de un tono pesimista ante lo que los ciudadanos consideran que es un sistema irrebatible y apabullante. El chiste que sigue se mofa del consabido saludo nazi impuesto por la ley y es posible gracias a que en alemán la palabra “heil” significa tanto un saludo como curar:

Un doctor saluda a otro en un manicomio: “Heil Hitler”. El otro responde: “Cúrele usted mismo”.

Los judíos, por su parte, hacen humor de los peligros que los van cercando cada día. Esta actitud sería un desafío que replantearía, tal como lo ve Herzog, el apotegma cartesiano en “río, luego existo”. Podemos identificar en éstos un estoicismo ante la inminencia de la muerte. El siguiente ejemplo era contado hacia el final de la Segunda Guerra Mundial y, pese a que se burla del fracaso de los nazis, tiene un tinte que el autor alemán atinadamente juzga macabro.

Dos judíos están esperando tener frente a sí el pelotón de fusilamiento, cuando reciben la noticia de que en lugar de eso ahora van a ser ahorcados. Uno de ellos voltea hacia el otro y dice: “Ves. Ya no tienen municiones”.

El libro excava en los chistes para recrear los eventos que tomaron lugar durante los doce años del gobierno tiránico nazi y las posturas colectivas en torno a él. Seguimos de cerca la censura, el destierro y el exterminio de comediantes judíos, como es el caso de Kurt Gerron, actor recordado por su papel de mago en El ángel azul, clásico filme de Josef von Sternberg. Como es posible deducir, estos crímenes fueron precedidos de chistes que reducían a los judíos a una categoría que cabe calificar de subhumanos, acción que abonó el terreno para el exterminio masivo. Hitler también se refería con sorna a Roosevelt como “el tullido” y a Churchill como “el hombre sombrilla”. El siguiente chiste retrata la frustración de Hitler por no poder invadir Inglaterra, cuando ya tiene varios países europeos bajo su bota:

Después de vencer a Francia, Hitler se encuentra parado cerca del Canal de la Mancha, vigilando al enemigo y pensando por qué una invasión ha sido tan difícil. De repente, Moisés se le aparece al lado y dice: “Si no hubieses perseguido a mi pueblo, te habría enseñado un truco con el que abrí el mar Rojo”. Los guardias de Hitler lo toman prisionero y lo torturan hasta que confiesa: “Sólo necesito apuntar el mar con el báculo que Dios me dio y las olas retroceden”. “¿Y en dónde se encuentra este báculo?”, grita Hitler. “Dámelo”. Moisés se encoge y dice: “Está en el Museo Británico”.

Por lo que respecta a los ángulos flojos del libro, Patricio Pron ya ha señalado dos valoraciones inexactas en las que incurre Herzog que, a mi modo de ver, merecen ser atendidas aun cuando no mancillan la totalidad de su trabajo: los chistes positivos y los negativos. Herzog concede estos valores a discreción, puesto que no reporta evidencias de que hayan sido pronunciados por judíos o por nazis. El escritor pasa por alto la idea anotada por Žižek según la cual el significado de una escena puede ser transfigurada por el punto desde donde se contemple. Obtenemos de este aserto que un mismo chiste puede parecer una forma de resistencia si lo emite la comunidad judía o, por contraste, una humillante burla si quien lo cuenta es un simpatizante del nazismo.

Fue hacia el declive del régimen nazi cuando contar chistes comenzó a implicar la pena capital. Se sabe del caso de un cura que fue condenado a muerte, porque contó el chiste sobre un soldado a quien, antes de morir, una enfermera le trae las fotos de Hitler y Göering, que termina poniendo a cada lado de su cuerpo. Esto, desde luego, alude a la imagen de Cristo muriendo al lado de dos criminales. Igualmente, los chistes fueron haciéndose más agrios a medida que la derrota de Alemania se podía dar como un hecho. El siguiente chiste, que trata a Hitler con un inusitado desprecio, muestra el espíritu reinante en esos postrimeros días:

Hitler y su chofer van atravesando el campo cuando chocan. Han atropellado una gallina. Hitler le dice a su chofer: “Le contaré al granjero. Soy el Führer. Él entenderá”. Dos minutos después, Hitler regresa sobándose la parte de atrás, ya que el granjero le dio una patada en el culo. Los dos hombres siguen la marcha y más adelante tienen otro choque. Esta vez atropellaron un cerdo. Hitler le dice a su chofer: “Encárgate tú esta vez”. El chofer obedece, pero regresa una hora después, borracho y con una cesta llena de salchichas y otros regalos. Hitler no puede creer lo que ve. “¿Qué le dijiste al granjero?”, pregunta. El chofer dice: “Nada en especial. Sólo dije: ‘Heil Hitler, el cerdo está muerto’ ”.

En lo tocante a la pregunta que ha orientado la pesquisa de Herzog sobre si es permitido hacer chistes sobre Hitler o no, atrás dejamos el tiempo en el que Chaplin se apenaba de su discurso pacifista en El gran dictador mientras que Hitler exterminaba millones de judíos, así como también pertenece a un tiempo muy lejano el que una comedia como Ser o no ser, de Ernst Lubitsch, ofendiera a un público aterrorizado por los embates de la Segunda Guerra Mundial. Alemania ha superado esa etapa de ocultamiento que, por cierto, es el tema central del reciente filme La conspiración del silencio, del director Giulio Ricciarelli, aspirante al Oscar en la categoría de película extranjera 2016. Tanto los alemanes como la población judía han aceptado de mejor gana representaciones de Hitler y el Holocausto que trasgreden acuerdos como el que el Führer debe ser mostrado como un ogro demoniaco o el que sólo las víctimas de los campos de concentración tienen el derecho de articular su experiencia en obras de arte. Un ejemplo a mano es el de La vida es bella, de Roberto Benigni, realización de un director oriundo precisamente de uno de los países aliados de la Alemania nazi. Concluye Herzog que, al fin y al cabo, reírse de Hitler es despojarlo de un aura metafísica que, mucho antes del nefasto torbellino que produjo y que muchos alemanes tuvieron a bien suscribir, los chistes de sus críticos atacaron oportunamente.

 

II

Al momento de escribir esta nota circula por las redes sociales un puñado de chistes que nos permiten tener acceso a la realidad social de Venezuela. Me permito corroborar sus valores subversivos y catárticos, en correspondencia con la tesis formulada arriba: a) retrata el rechazo de la población contra Nicolás Maduro debido a las innumerables colas que deben hacer los venezolanos para comprar los productos de primera necesidad y, además, cuenta con la presencia de Jaimito, el popular pequeño pícaro de los chistes venezolanos; b) parece ser una variación de un viejo chiste contado en los años noventa y que, en todo caso, refleja la preocupación del país ante la creciente, acaso impagable, deuda contraída con los chinos, y c) este, que recién leí en el muro del Facebook de un amigo, abarca toda la crisis económica de la nación y tiene a Jaimito como protagonista nuevamente:

  1. Maduro le pregunta a Jaimito: “¿Tú te cagarías en mi tumba el día que me muera?”. Jamás, Presidente. Después de lo vivido en estos últimos meses, si hay algo que me arrecha en la vida es hacer cola.
  2. Retardado por la lluvia torrencial que ha caído en China, Maduro al fin llega al edificio en el que se reunirá con los chinos para hablar sobre el dinero que Venezuela les debe, pero al bajarse del carro ve que hay un inmenso charco en la entrada. Sin pensárselo mucho, Maduro se enrolla los pantalones hasta las rodillas y salta exitosamente, pero, en su apuro, olvida acomodarse el pantalón. Entonces entra corriendo a la oficina. De inmediato, el embajador chino se percata del problema con la ropa de Maduro en medio del estricto código de etiqueta de la sala, así que se le acerca para aconsejarle al oído: “Señol plesidente, bájese los pantalones, pol favol”. “¡Caramba! ¿Tanto dinero así les debemos?”, responde Maduro.
  3. “Jaimito, ¿qué es un condón?”. “Bueno, maestra, es algo igual que Maduro: resiste la inflación, retiene la producción, acapara la leche, obstaculiza el avance y destruye la próxima generación”.
Maikel A. Ramírez Á.
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