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(Una vez más) La muerte de un burócrata, de Tomás Gutiérrez Alea

jueves 5 de octubre de 2023
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“La muerte de un burócrata” (1966), de Tomás Gutiérrez Alea
La muerte de un burócrata (1966), de Tomás Gutiérrez Alea, es un demoledor alegato contra, según palabras del cineasta, esos “laberintos de la burocracia”.
“Recuerda el día en que le dieron el carné
(no el de identidad, el otro): la sonrisa bobalicona
con destellos de orgullo, la sensación única de ser
parte de un futuro nuevo y vigoroso y redentor”.
(Canek Sánchez Guevara: 33 revoluciones)

“Para sacar la cédula: *necesita una carta de residencia*. Para sacar una carta de residencia: *necesita la cédula original*. Gracias, Saime”, escribía con justificada amargura la cuenta @Entornointel en Twitter, después de que el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería anunciara en marzo una tirada de requisitos interminable y disparatada para obtener la cédula venezolana. En 1966, más de medio siglo antes de la implementación de estos requisitos, el director cubano Tomás Gutiérrez Alea hizo un demoledor alegato contra, según sus palabras, esos “laberintos de la burocracia”, con su filosa sátira La muerte de un burócrata.

La historia nos lleva a un cementerio en el que presenciamos el entierro de Francisco J. Pérez, quien en vida fuera un revolucionario y un devoto escultor de bustos de próceres cubanos que algún día ocuparían todos los rincones de Cuba. La pesadilla burocrática se pone en marcha cuando su viuda y su sobrino Juanchín (Salvador Wood) no pueden cobrar la pensión que dejó, pues su carnet laboral fue enterrado con él, y sin este documento es imposible que se haga cualquier trámite. Desde allí, vemos a Juanchín internarse y perderse en las absurdas ramificaciones de la burocracia, que lo conducen al robo del cadáver para extraer el carnet, pues una exhumación tardaría mucho tiempo, y, más tarde, lo empujan al patético enredo de tener que enterrar nuevamente un cadáver que ya había sido enterrado. Todos estos disparates, por supuesto, no pueden terminar sino en un agrio final para el pobre Juanchín.

Una clave para acercarnos al problema de este filme la proporciona Víctor Bravo en su conjunto de ensayos El señor de los tristes y otros ensayos, al hacer visible la frontera en la que lo monstruoso y el humor se disuelven y forman un continuo. Desde su ángulo, algo puede sobrepasar hasta lo insoportable los límites de lo normal y de la proporción al punto de hacernos reír. Queda fijarnos en que la monstruosidad que nos atañe acá está en la realidad extradiegética, como ocurre en el filme La muerte de Stalin, del director británico Armando Iannucci, cuya fuente de humor es el tragicómico clima del estalinismo, repleto de aduladores, mentirosos, soplones, advenedizos, purgas obsesivas-compulsivas y de una élite disputándose a cuchilladas traperas el vacío dejado por la muerte del omnímodo Stalin.

En sus crónicas De viaje por Europa del Este, Gabriel García Márquez nos permite asomarnos a la espeluznante maquinaria burocrática impuesta por Stalin:

Para asegurar el control absoluto de la producción centralizó la dirección de la industria en Moscú con un sistema de ministerios que a su vez estaban centralizados en su gabinete del Kremlin. Si una fábrica de Siberia necesitaba un repuesto producido por otra fábrica situada en la misma calle, tenía que hacer el pedido a Moscú a través de un laborioso engranaje burocrático. La fábrica que producía los repuestos tenía que repetir los trámites para efectuar los despachos. Algunos pedidos no llegaron jamás. La tarde en que me explicaron en Moscú en qué consistía el sistema de Stalin, yo no encontré un detalle que no tuviera en antecedente en la obra de Kafka.

Si hay un autor que cruza nuestro pensamiento mientras vemos La muerte de un burócrata, como bien lo ve García Márquez en la Unión Soviética estalinista, no puede ser otro que Franz Kafka. Es inevitable equiparar el recorrido de Juanchín por los pasillos fríos y grises de las oficinas donde solicita la exhumación del cadáver de su tío con el opresivo claustro donde se encuentra Josef. K en El proceso. Ambos lugares pujan por reducir a los individuos a materia superflua. Mientras que en Kafka la desubjetivación arroja una simple K, Gutiérrez Alea ofrece apenas un diminutivo, un disminuido Juanchín puesto de relieve sobre un sobrecogedor espacio en el que abundan largas filas de personas en espera, montañas de documentos por doquier, y personas que poco están interesadas en comunicarse con otras, salvo para hacer una solicitud. Pero en un ningún otro momento el intertexto kafkiano es tan evidente como cuando vemos un insecto agrandado por una lupa luego de que al final del segmento anterior Juanchín despertara de una pesadilla. A no dudarlo, este solapamiento trae a la mente el memorable inicio de La metamorfosis: “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”.

Leila Macor dice que hay almas en las que se agazapan tiranos, que si no se manifiestan abiertamente, se debe a que aún no han ocupado lugares de poder. Digamos a manera de ejemplo que bastaría que a una de éstas le asignaran algo tan insignificante como dar los buenos días a la entrada de una tienda para verla desplegar su poder. Podemos imaginarla, pongamos, dándoselos desairadamente a quien se le antoje. Esto, desde luego, es una constante en el filme de Gutiérrez Alea. Un ejemplo elemental es el administrador del cementerio, quien no permite que Juanchín entierre a su tío aun cuando resulta realmente cruel e inhumana la condición de putrefacción en la que se encuentra el cadáver después de tantos días expuesto al aire libre. No obstante, el hombre no se inmuta y ni siquiera presta atención a los que le imploran.

Para entender esta dimensión de plano, no debemos descuidar la composición del encuadre del filme de Gutiérrez Alea, ya que todo en él resplandece de significado. Importa, por tanto, lo que se encuentra tanto en el primer término como en el fondo, un objeto grande como uno enorme, o un personaje nuclear como uno evanescente. Si hacemos esto, podemos contrastar el caso de la negativa de enterrar el cadáver de Pérez con el entierro sin contratiempos del administrador del cementerio. Esto está, sin duda, muy lejos de la supuesta eliminación de las influencias en la administración pública de la que algunos personajes se han jactado anteriormente en conversaciones que pudiesen pasar desapercibidas. En cualquier caso, Tzvetan Todorov puede iluminar la contradicción de ambas muertes al señalar en La experiencia totalitaria que el espíritu del comunismo dio rienda suelta al nepotismo y el favoritismo. A fin de cuentas, un tinglado burocrático de esta magnitud es un terreno fértil para la corrupción y para los arribistas.

Hará unos años, escuché al gobierno de Nicolás Maduro introducir el neologismo “preanuncios”, algo así como el anuncio de que algo algún día será anunciado. Naturalmente, la vocación burocrática también opera en el lenguaje. Por eso, en el filme hay un “Departamento de Aceleración de Trámites”, al igual que hay abundantes momentos en los que las palabras se empalman en tiras de significantes huecos que nada dicen al final, como sucede cuando la secretaria del cementerio le explica a Juanchín los requisitos para exhumar el cadáver, pero él sólo ve, en un plano de detalle, una boca que articula sonidos con velocidad. En otro momento ejemplar, el burócrata Medina se remonta al antiguo Egipto en su analogía burocrática entre el carnet laboral y el cuerpo. Nos recuerda la verborrea que Victor Klemperer identificó en la lengua común alemana durante el Tercer Reich al calco de las oraciones extensas escritas por Hitler en Mein Kampf. Confiemos en la sinceridad de los niños, especialmente en Nieve, personaje nuclear de la novela de Wendy Guerra Todos se van, quien aguza el oído cuando una militar le explica a su mamá sobre los documentos requeridos para salir de Cuba: “Al final la mujer le respondió a mi madre con un trabalenguas”.

Me repetiré, aun sin riesgos de redundar, pues esta vez quiero llamar la atención hacia otro aspecto formal que muestra la genialidad compositiva de Gutiérrez Alea. Se trata de que los créditos iniciales del filme son presentados como si tratase de un trámite burocrático más. Vemos los nombres escritos con el tipo de letra Courier de una antigua máquina de escribir (“resolución nº 43. Por cuanto: a continuación a ser exhibido el filme ‘La muerte de un burócrata’”), entretanto suenan los golpes de unas teclas que se detienen intermitentemente. Esta intención formal se repite en otra comedia cubana que se preocupa, aunque no sea su punto central, por la fatigosa rutina de oficina: Nada +, de Juan Carlos Cremata Malberti, donde, para seguir insistiendo en semejanzas, Carla (Thais Valdés) imitará el gesto de Juanchín de apuntar, a espaldas de Medina, un cañón miniatura en una dirección contraria a la suya.

Podemos concluir, a la luz del Todorov de Insumisos, que así como los crímenes, la corrupción, y la degradación humana, no eran monopolio de Stalin, sino que eran inherentes al comunismo, lo mismo sucedía con la burocracia. Tomás Gutiérrez Alea representa muy bien esto en la Cuba postrevolución. Lo curioso es que este filme, que se pretendía como una advertencia contra la devastación que podía causar la burocracia, es al mismo tiempo una de las mejores evidencias de su operatividad, puesto que la Cuba que vemos como telón de fondo de las desventuras de Juanchín luce aún boyante y promisoria. La burocracia no sólo acarreó la muerte del burócrata, sino la de una nación entera. No sin razón, ya vemos, aterra pensar en un carnet de identificación con el que un gobierno administre cantidades ingentes de datos sobre sus ciudadanos.

Maikel Ramírez
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