
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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“Fitter, healthier and more productive”.
Radiohead, “Fitter, Happier”
“Unlike with the body of humans, we cannot formalize our farewell with artificial beings, nor we can bury or cremate them”.
Bora Chung, “Goodbye, My Love”
I
Confrontado por la presencia corriente de la otredad en el género ciencia ficción, el grueso de mis estudiantes de la universidad queda descolocado en un primer momento al escucharme discrepar parcialmente de su diagnóstico de la alteridad. Mi siguiente paso firme se dirige a argumentar y ejemplificar con profusión de paralelismos del mundo real que la otredad es un agente dador de identidad, por lo que su emersión, convenimos, tiene una función cabal no por lo que ella significa en sí misma, sino por lo que pone de relieve sobre la naturaleza humana. La presencia de una otredad, como medida común, echa luz abundante sobre lo que hemos sido, somos y seremos como especie de este planeta. Un ejemplo del que es menester sacar provecho es el alienígena, por cuanto se hace evidente que su irrupción en las especulaciones del género conlleva interrogantes sobre nuestro origen y los fundamentos religiosos con los que concebimos el mundo, por nombrar apenas dos ejemplos de la artillería de preguntas que gatillaría.
Doy por cierto que esta asignación de identidad humana tiene ahora su abastecedor pleno en la inteligencia artificial (IA). El ejemplo más prototípico de cuanto he encontrado desde la aparición de ChatGPT deriva del señalamiento de que la IA nunca alcanzará a crear verdadera literatura, puesto que está imposibilitada para la invención de un Don Quijote, la obra magna de Miguel de Cervantes, o de algunas de las piezas geniales de Shakespeare, sea ésta Hamlet, El rey Lear, Otelo, El mercader de Venecia o Macbeth, entre tantas otras.
Aun cuando la acusación de la insuficiencia creativa de la IA se presume incontestable y nos resulta innegablemente seductora, si la usamos como un espejo nos devuelve una imagen insoportablemente inquietante, visto que si hemos de tomar las obras de Shakespeare y Cervantes como la medida no sólo de literatura auténtica sino, en partes iguales, de la condición humana, el hecho de que ahora nadie escriba (ni escribirá) a la par de ambos autores descubriría o que nadie está creando literatura o, por descarte, que no existen humanos en el momento que corre. En resumidas cuentas, asumir que la IA jamás escribirá como Shakespeare o Cervantes o bien nos endilga una incapacidad para la invención del objeto artístico o nos categoriza como autómatas con restricciones cognitivas similares a la IA.
II
Noto que, en cierta medida, el argumento de la IA relegada a la zaga de Cervantes y el bardo inglés es una variación de otra que suelo encontrar entre propios y extraños. Reza ésta que nada de lo que se escribe actualmente tiene valor literario y, por consiguiente, el único refugio que nos queda lo ofrecen las obras clásicas. Mis oídos han recibido sentencias taxativas que fustigan la producción literaria actual, debido a que, según sus emisores, nunca serán auténticas como los integrantes del canon literario. Aquí va la paradoja que nos hunde en la perplejidad: la porción amplia de quienes sostienen esta opinión son escritores y, si volteamos la mirada hacia lo que escriben, nos encontramos con que no rubrican trabajos siquiera vagamente semejantes a las obras clásicas. En una palabra, poco o nada se adueñan de los géneros literarios de los clásicos, los temas sobre los que éstos discurren, y los estilos de los escritores de tales obras. Rara vez nos toparemos con uno de estos escritores produciendo sonetos petrarquianos del siglo XIV, a no ser como un tributo o como una experimentación, y aun en este caso lo más probable es que el género soneto aparezca en su forma (catorce versos rimados), mas no en sus componentes semánticos, pragmáticos y estilísticos, rasgos íntimamente trenzados con su contexto genético y su autor. De igual modo, uno puede rastrear apenas un tenue amago por escribir una novela a la par de Don Quijote, donde predomina más lo semántico y lo pragmático, en menoscabo del plano morfosintáctico y el estilo particular de Cervantes.
III
A modo de ejercicio, supongamos, ahora, que los detractores del panorama literario actual no incurren en contradicciones y sí hacen suyo cuanto compone a los clásicos, que no se ensancha un abismo entre lo que afirman y lo que escriben, que hay un compromiso inquebrantable entre la palabra y la ejecución de sus obras, que, en fin, reproducen al calco el esplendor de las obras canónicas. A continuación, extendamos esta suposición al resto de los escritores. Pues bien, si me apuran, diré que lo que resulta de esto está en sintonía con la naturaleza y el potencial de la IA, cuyo aprendizaje a través de cantidades ingestas de datos permite alcanzar la imitación de una obra literaria y del estilo de su autor.
Un testigo en primera fila de los alcances de la IA en el ámbito artístico, nos cuenta Melanie Mitchell en su ensayo Artificial Intelligence: A Guide for Thinking Humans (2019), fue Douglas Hofstadter, una de las leyendas en el campo, cuando vio con estupefacción cómo toda una audiencia confundía al programa musical EMI (Experimental in Musical Intelligence) con el verdadero Chopin. Asevera el popular físico teórico Michio Kaku que lo que caracteriza a las personas inteligentes es su pensamiento en el futuro, en la previsión que tienen de éste. A no dudarlo, la angustia que se ha apoderado de Hofstadter desde entonces, como lo relata Mitchell, se debe a la proyección de la capacidad de la IA a los tiempos que vienen.
Seamos concluyentes: si algo viene a desnudar la IA, es que emular a los clásicos nos acerca a una escritura autómata, nos reduce a epígonos reproducibles en serie. Esto no se trata, por supuesto, de la sana y fecunda práctica de la influencia, sino de la consideración de lo clásico como el único modelo con un legítimo derecho de existencia.
IV
Manifiesto la convicción de que los seres humanos tenemos el mejor bastión cultural de nuestra especie en los clásicos, sólo que mi razonamiento es radicalmente distinto al de los desdeñosos de la literatura actual. Puede decirse que transito a contravía del pensamiento dominante. Arrojémoslo de una vez: mantengo que lo que la IA tendrá muy difícil de alcanzar no es la imitación o el calco de una obra consagrada y elevada al altar de las obras celestiales, pues, como ya señalé, le bastan cascadas de datos para codearse con las piezas canónicas o, si acaso, alguno que otro ajuste a corto plazo. Lo que tendrá en su contra, en cambio, es la condición rupturista que las obras maestras tienen cuando irrumpen en su contexto original de producción y recepción, cuando surgen como una fuerza arrolladora que amenaza con reestructurar el orden de las cosas.
La asimilación de las grandes obras al statu quo literario funciona como el dispositivo para borrar los recuerdos que portan los agentes de la franquicia de ciencia ficción Hombres de Negro, pues su canonización suprime al mismo tiempo sus orígenes bastardos, aquel tiempo primordial cuando sufrieron de ninguneo, censura y persecución, o cuando menos recibieron la infaltable etiqueta de ser una moda, a causa de propuestas a contracorriente de la literatura hegemónica de su tiempo. Para ponerlo en términos cognitivos, digamos que estas obras representan un desafío al entendimiento de sus contemporáneos (el grueso de la sociedad, la crítica y las instituciones culturales) en virtud de que sus atributos morfosintácticos, semánticos y pragmáticos no se ajustan o son antípodas del modelo hegemónico de lo literario, espécimen que ha sido normalizado y es reconocido objetivamente como literatura genuina hasta que la sociedad cambie y la noción de literatura y el sistema de géneros sean reconceptualizados y reorganizados.
Desde luego que esta condición marginal de las obras clásicas demanda una mente política, por cuanto el escritor sabe que su obra lucha contra un modelo hegemónico. Su creación persigue desplazar una forma de hacer literatura que, a su juicio, caducó o no funciona. Esto nos recuerda a Borges cuando, en su agudo ensayo Sobre los clásicos, arguye lo siguiente:
Las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre.
Traigo un recuerdo que ilustra este punto: hace algunos años, asistí a un conversatorio en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo en el que el poeta y crítico de cine Luis Tovar hablaría sobre el cine mexicano. Al poco tiempo de iniciarse la interacción con los asistentes, alguien preguntó cuánto había significado para México el movimiento infrarrealista, entre cuyos representantes estaban Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro. La respuesta honesta y contundente de Tovar es que no había significado absolutamente nada. El silencio y las caras de decepción reinaron por un momento tras esta respuesta. Es dable pensar que el reconocimiento actual de Bolaño hizo que por respuesta se esperara un lote de elogios efusivos. Conviene recordar, por otro lado, que Bolaño forjó su obra en contraposición al realismo mágico que dominaba la escena literaria de su tiempo. Por ello, podemos estar de acuerdo con la escritora argentina Mariana Enríquez cuando declaró en abril que los escritores de hoy son más hijos de Bolaño que de Gabriel García Márquez.
Por lo que concierne a Cervantes y Shakespeare, hemos de tener en cuenta que crear literatura en el Renacimiento implicaba pensar prototípicamente en hacer sonetos, el género llevado a la perfección por Petrarca y expandido en una serie de variaciones por toda Europa. Este género, además, sirvió como un vehículo para la transmisión de los valores del humanismo, como lo explica el connotado crítico literario M. H. Abrams. En su brillante revisión Canciones de amor: la historia jamás contada (2016), el destacado crítico musical Ted Gioia ofrece un recuento pormenorizado de cómo se gestó en el Renacimiento la asimilación y coaptación del soneto de amor petrarquiano a favor de la divinidad.
A juzgar por todo lo apuntado hasta acá, encuentro muy difícil que la IA alcance conscientemente el estado marginal, disruptivo y político del que florecen obras que reconfiguran la percepción del objeto literario. No soy ingenuo como para negar que la singularidad se alcance algún día. Para tomarle el pulso al ingenio humano y sus conquistas, basta considerar que hace seis millones de años fuimos unos homínidos prehumanos, pero hoy tenemos objetos impensables como los teléfonos inteligentes, gozamos de campos del saber como la medicina y hasta pensamos en tener colonias en Marte. No obstante, vale medir bien en qué punto del desarrollo de la IA nos encontramos. En su esclarecedor ensayo AI 2041: Ten Visions for Our Future (2021), cuya tesis dispone de cuentos ilustrativos del escritor de ciencia ficción Chen Qiufan, el ingeniero informático Kai-Fu Lee acota que la singularidad no es un paso a corto término e, incluso, es dudoso que sea realizable en este siglo, debido a los avances tecnológicos gigantescos que exige y que no son materializables en las próximas décadas.
Tampoco soy ingenuo como para confiar en que las próximas generaciones rechazarán la IA, ya que si algo enseña la historia es que cualquier invención transformadora es vista con sospecha por sus contemporáneos, mientras que las siguientes generaciones crecen bajo su cobijo y forman relaciones simbióticas, por lo que cabe afirmar que son sujetos subjetivados por tales inventos. Este escenario lo ejemplifica muy bien la serie animada argentina Mini Beat Power Rockers, donde una pequeña robot llamada Myo nunca es marcada como otredad por los otros niños de la guardería y la niñera que los cuida. Myo disfruta de los mismos derechos de los otros infantes de la serie.
V
En la edición de Letras Libres del 30 de abril de 2005, el escritor español Enrique Vila-Matas se preguntaba si Shakespeare era realmente insuperable. Siguiendo esta idea, en otro momento observaba una cuestión valiosísima para esta discusión: quizá nos hemos impuesto límites para no superar al bardo inglés. Con todo y lo lúcido del cuestionamiento, la publicación de Vila-Matas se daba en un momento en el que la IA era una materia restringida a la ciencia ficción y sus escenarios anticipadísimos. Hoy, la presencia de la IA hace patente que constreñirnos a escribir como Shakespeare o Cervantes nos empareja con la advertencia de Dennis Yi Tenen cuando señala, en su ensayo Literary Theory for Robots: How Computers Learned to Write (2024), que una máquina entrenada para producir más de lo mismo sólo puede profundizar las deficiencias existentes.
La imaginación es, pues, una poderosísima herramienta mental de la especie humana para sobrevivir en este planeta y traernos hasta este momento. Esta tesis aplicada a la ficción encuentra una sólida defensa en el ensayo Leer la mente: el cerebro y el arte de la ficción (2011), de Jorge Volpi, y puede ser complementada con libros como The Literary Mind (1996), de Mark Turner, y The Story-Telling Animal: How Stories Make us Human (2012).
VI
Así pues, imponernos a nosotros mismos barreras que obstruyan la búsqueda de nuevas fórmulas formales, nuevos asuntos existenciales que explorar y renovadas intenciones en conexión con los lectores y los retos del mundo actual, nos condena a repeticiones mecánicas en bucle, por loables que éstas sean. A mi entender, el peligro de extinción para la literatura no se encuentra en el inmenso y sobrecogedor poder de simulación de la IA, o al menos no por ahora, sino en quienes pretenden condenar la literatura a fórmulas ya practicadas, negando así que la vida se abra paso.
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