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El don de la palabra

viernes 10 de marzo de 2017
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El don de la palabra, por Alfonso Ramírez de Arellano

Las palabras escritas poseen cierta materialidad: un cuerpo filiforme, una encarnadura de tinta o grafito y la elegancia del trazo. Pueden desplegar altivas líneas rectas o graciosos arabescos, amenazar con puntas de sierras o atraer con curvas sensuales; en cambio, las palabras habladas son entes demasiado etéreos, poco más que aire, sonido y voluntad, pero tienen un poder mágico. Por ejemplo, nombro una cosa como un muro o un puente y la cosa aparece ante mí y, lo más asombroso, también ante todas las personas que me han oído pronunciar la palabra. O bien eres tú la que pronuncias palabras como amado, enemigo o estúpido y soy yo el que tiembla de deseo, de miedo o de ira. Y es que las palabras no sirven sólo para designar cosas, para referirnos a lo que pasa, son también lo que pasa o hace que pasen cosas.

Las palabras contenidas en una receta médica o de cocina son capaces de curar una otitis o de cocinar un potaje de garbanzos y las palabras con las que se dan órdenes como ¡alto!, ¡fuera!, ¡dilo! o ¡cállate!, también tienen efectos poderosos sobre las personas, para que las obedezcan, las incumplan o las ignoren. Es lo que tiene el imperativo.

Toda comunicación es una construcción colectiva que afecta a los participantes en la misma.  

Las palabras son eso y muchas más cosas. Son consuelo, insultos, perdón; también: conocimientos, herramientas, puzles, piezas, llaves, cerraduras, laberintos… Cuando, después de una tormenta de palabras o de un tenso silencio, decimos “hablemos”, todo queda en suspenso para que se produzca el milagro de la conversación.

Toda comunicación es una construcción colectiva que afecta a los participantes en la misma; en el momento en que la producimos se convierte en una entidad independiente capaz de influir sobre sus propios creadores. Va más allá de ese modelo compuesto por la suma del mensaje, el emisor, el receptor, el canal y el ruido, que parece inventado por un radioaficionado.

La piedra angular de la comunicación es la confianza. Sin confianza sería inimaginable el enorme consenso que implica un sistema de comunicación inventado por el hombre cuyas formas son totalmente convencionales. Las palabras, esos entes sonoros e incorpóreos, no significan nada, sólo significan lo que el hombre ha querido que signifiquen. Implican una fe conmovedora que se renueva día a día cuando hablamos.

Psicólogos y lingüistas no se ponen de acuerdo sobre qué fue antes, el pensamiento o el lenguaje. Seguramente lo primero no fue el verbo, sino el gesto, ni el lenguaje verbal, sino el ritual, pero la palabra sí fue lo primero para el hombre tal y como lo conocemos ahora. Tanto es así, que Octavio Paz llega a considerar el ingreso en el mundo del lenguaje como la expulsión del paraíso (o lo que quiera que hubiese antes de que el hombre cometiese el “pecado cerebral” del que hablaba el pintor Paul Gauguin), porque ya nunca podremos saber cómo son las cosas más que a través de este filtro. Claro que también puede verse al revés, y de lo que nos rescató el lenguaje fue del infierno.

La estructura semántica, sintáctica y gramatical del idioma que usamos estructura el pensamiento y determina la comunicación.  

Demasiadas palabras pueden ocultar más que aclarar las intenciones o los sentimientos, pero también la palabra es capaz de sustituir a la agresión como modo de resolver un conflicto, lo cual no es moco de pavo. Puede ocurrir que hablar demasiado de un paisaje nos impida verlo con los ojos, pero también es verdad que cuando García Márquez visitó España por primera vez declaró que ya conocía Soria y los campos de Castilla y, según parece, no le decepcionaron.

En cualquier caso, una vez adquirido el lenguaje, no traducimos los pensamientos a nuestra lengua, pensamos en nuestra lengua; por lo tanto, la estructura semántica, sintáctica y gramatical del idioma que usamos estructura el pensamiento y determina la comunicación. Desde ese punto de vista el hombre es un “mono gramático”, claro que sin dejar de ser un mono emocional y social.

Uno de los modos más básicos de comunicación son las fórmulas de cortesía o de circunstancias. Palabras como ¡buenos días!, ¡le veo muy bien!, ¡bonito coche!, ¡muy amable! o ¡muchas gracias!, pueden parecer rituales, incluso banales, mientras todo va bien, pero si se omiten o se usan mal, pueden tener consecuencias desagradables. Eric Berne las asemeja al intercambio de caricias (mimos, juegos, desparasitación) que practican los primates para inhibir la agresividad, mantener el contacto y la cohesión social. Nosotros disponemos de la palabra: ¡utilicémosla!

Alfonso Ramírez de Arellano
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