“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Caperucita con semáforo en rojo

martes 11 de junio de 2019
Caperucita Roja
La historia original de la Caperucita no era ajena a la ideología hegemónica de su tiempo. Por eso, su lectura nos puede servir de portal para acceder a las ideas y los eventos de su contexto genético. Grabado: Gustave Doré (1883)

Aunque por razones de trabajo llegué rezagado a la noticia, alcancé a entender por un tuit de un ex ministro venezolano de propaganda que el líder venezolano de oposición Leopoldo López era acusado de nazi por el simple hecho de tener el libro Mein Kampf en su biblioteca. Recordé de inmediato que en mi PC guardo una edición digital, lo que difícilmente, quién duda, me convierte en un adorador de Hitler. Un vistazo a mi biblioteca en casa me hizo caer en cuenta de que sería un blanco fácil y apetecible para los inquisidores: arriba, por ejemplo, se encuentra la Lolita de Nabokov. Supongo que quedaría peor parado si notasen que cerca de ésta descansa la Luna caliente de Giardinelli. Y ya ni hablemos de La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade, erguido desafiante escasos centímetros más abajo. También se encuentra allí un ejemplar de la Caperucita Roja de Charles Perrault, entretanto una edición en inglés de la versión decimonónica de los hermanos Grimm la conservo entre mis libros en la universidad. Como cualquier otra persona, crecí con esta historia y con los acostumbrados juegos verbales que de ella se derivan (“¡Qué dientes tan grandes tienes!”, “Son para comerte mejor”) y su fascinación nunca me ha abandonado en la adultez. Considero, por tanto, un gravísimo error su reciente expulsión del currículo de una escuela española, so pretexto de promover ideas machistas tóxicas. Lo que sigue son mis argumentos de por qué todo lector debe rechazar sin ambages semejante desquicio.

Perrault compuso Le Petit Chaperon Rouge para la ostentosa corte del monarca, entregada por entonces a los excesos en el recién construido palacio de Versalles.

En un caso homólogo al de la mayoría de los cuentos de hadas, Caperucita Roja creció bajo la sombra de la tradición oral diseminada por los campos europeos del Antiguo Régimen, cuando los campesinos se reunían alrededor del fuego para contar historias, o cuando simplemente echaban mano de ellas para entretenerse mientras tejían o trabajaban la tierra. El escritor francés Charles Perrault bebió de estas fuentes, que terminarán resonando en las historias de Cuentos de mamá Oca (1697), un volumen de cuentos narrados por una anciana, cuya ilustración en el manuscrito original la mostraba sentada frente al fuego, con hilo en mano y circundada por una joven audiencia. Caperucita Roja aparecerá junto a célebres compañeros, entre ellos La Cenicienta, La bella durmiente, Pulgarcito, Barba Azul y El gato con botas, varios de los cuentos de hadas más influyentes que conozca la literatura.

Miembro de la Academia Francesa y un aventajado adulador del Rey Sol, Luis XIV, de cuyo régimen llegó a decir que superaba en esplendor al del emperador romano Augusto, Perrault compuso Le Petit Chaperon Rouge para la ostentosa corte del monarca, entregada por entonces a los excesos en el recién construido palacio de Versalles: ballets, excursiones, bebidas alcohólicas, suntuosos banquetes, juegos de mesa y corporales, y, por supuesto, intrigas sexuales en tropel. De hecho, los cortesanos se permitían muchísimas libertades de las carnes, que incluían a las prostitutas de alta sociedad, las amantes de rango oficial y las infidelidades consentidas, toda vez que el marido cornudo pudiese obtener algún beneficio.

Precisemos, sin embargo, que la audiencia en la que Perrault pensaba en concreto era en las cortesanas, puesto que sobre ellas pesaba el “mariage de raison”, el matrimonio orquestado por los padres con el propósito de ascender socialmente o de maniobrar para obtener solvencia económica. Este tipo de casamientos había dejado de ser una preocupación de la familia para convertirse en un asunto de Estado, cuando un edicto de 1556 declaró fuera de la ley a los matrimonios clandestinos. Otro edicto de 1579 elevó la minoría de edad de las mujeres a veinticinco e incluyó a las viudas. No obstante, los límites serían derogados a fin de cederle al padre el dominio total sobre la hija, aún cuando ella estuviese casada. Hacia el siglo XVII, casarse sin la aprobación del patriarca podía ser considerado un secuestro, lo cual conllevaba castigos severísimos, entre ellos la muerte.

A no dudar, uno de los requisitos fundamentales que debía cumplir la joven era la virginidad. Así que con la trágica historia de la Caperucita engullida por el lobo, Perrault les advertía a las cortesanas sobre el peligro de la pérdida de la castidad. Pueden identificarse en el cuento el color rojo como símbolo sexual, la caperuza como metáfora del himen, la habitual metáfora conceptual de la relación sexual como ingesta de alimentos, y un conjunto de referencias imperceptibles para un lector moderno, pero que resultaban familiares para los cortesanos, como los modales del lobo y la expresión francesa “Elle avoit vû le loup” (“ella había visto el lobo”), con la que se indicaba que una mujer había dejado de ser virgen.

A juzgar por lo visto, la historia original de la Caperucita no era ajena a la ideología hegemónica de su tiempo. Por eso, su lectura nos puede servir de portal para acceder a las ideas y los eventos de su contexto genético, tanto como los depara, digamos, el extraordinario cuento de Joyce Carol Oates Where Are You Going, Where Have You Been?, donde Connie, una suerte de caperucita moderna, enfrenta los peligros que acechaban a las jóvenes norteamericanas en los 60. Los censores, sin embargo, son proclives a tachar la historia, a cortarla de tajo, pero no a aprender al menos un poco de ella. Menosprecian el menor atisbo de lectura crítica, uno de los logros de la inteligencia humana para develar los sesgos ideológicos tras los textos, lo cual incluye, sobra decir, a los textos literarios. Optan por los atrincheramientos maniqueos, por el torpe achatamiento de las complejidades.

Orenstein, muy alejada de los censores, se propone mostrar a Caperucita Roja como un fenómeno complejo de la cultura, una historia que desprende los síntomas de las épocas.

Los censores, prototipos diáfanos de la paradoja de la víctima que se transfigura en inquisidora, no sólo le negarán el acceso a Caperucita Roja a futuros lectores sino que, por igual, le impedirán a los estudiosos de la literatura su examen al objeto de desentrañar zonas de interés, como las corrientes, el sistema de géneros, y la función de la literatura, entre otras. Uno de estos estudios insoslayables de tan agudos que se han evidenciado es Caperucita al desnudo (2003), ensayo firmado por la norteamericana Catherine Orenstein en el que explora el variopinto recorrido de la Caperucita a lo largo de sus más de tres siglos de existencia. Orenstein discurre sobre los cuentos de hadas, el grabado realizado por Gustave Doré, las adaptaciones cinematográficas, su presencia en chistes, la naturaleza de los lobos, los acercamientos iniciados desde el psicoanálisis, y las diversas versiones efectuadas en la literatura, entre éstas la de los hermanos Grimm, versión victoriana que ha pasado a ser la más popular, y cuya diferencia más notable respecto a la de Perrault, remarquemos, es que la niña y la abuela logran ser rescatadas por el cazador.

El ensayo de Orenstein nos resulta pertinente por cuanto lo firma una estudiosa de la mujer que se zambulle en una investigación veraz, exhaustiva, y de remarcable calado. Orenstein, muy alejada de los censores, se propone mostrar a Caperucita Roja como un fenómeno complejo de la cultura, una historia que desprende los síntomas de las épocas, como lo deja por escrito: “Volver sobre el cuento canónico desde una perspectiva más secular, y explorar algunas de sus múltiples reencarnaciones, no ya en búsqueda de verdades universales, sino de todo lo contrario, de pruebas sobre cómo las verdades humanas cambian”.

Por lo que a mí respecta, apenas por mencionar un ejemplo adicional y a la mano, trabajé en coautoría con la profesora Ana María Ramírez, de la Universidad Simón Bolívar, en una investigación sobre el recurso discursivo que conduce a la tragedia de la Caperucita. Para tal objetivo, nos apoyamos en el principio de cooperación formulado por el filósofo del lenguaje H. P. Grice, el cual, como es sabido, señala la adhesión de cuatro máximas que gobiernan los intercambios conversacionales y que deben ser adaptados de acuerdo al contexto: a) cualidad: diga la verdad, no haga afirmaciones que carezcan de evidencia; b) cantidad: aporte sólo la información que sea necesaria; c) modo: evite ser ambiguo, no sea oscuro, y d) relación: sea pertinente. Vaya al grano. El destino fatal de la Caperucita, concluíamos, es que una y otra vez viola la máxima de cantidad en su contacto con el lobo. De cualquier forma, lo relevante es recalcar que este modesto aporte a los estudios de Caperucita Roja y el laborioso y perspicaz ensayo de Orenstein son ejemplares de la riqueza de acercamientos e interpretaciones que hasta ahora Caperucita Roja ha estimulado y de la que los censores pretenden privar a las próximas generaciones.

El teórico francés Gerard Genette enumeraba entre sus relaciones intertextuales una que consiste en la parodia de la obra original. El texto meta, o hipertexto, toma el texto primario y lo altera confiriéndole una condición inversa. Puede, por ejemplo, modificar un registro solemne en uno coloquial. Pues bien, la superficialidad de los censores no les permite ver que Caperucita Roja ha sido reactualizada para encajar en el espíritu de nuestra época. Una de estas formas la exhibe The Little Girl And The Wolf, una de las típicas fábulas del brillante escritor e ilustrador norteamericano James Thurber. En esta versión, la pequeña no se fía del lobo, así que cuando éste trata de sorprenderla, la pequeña saca una pistola del canasto y le dispara. Thurber cierra con la moraleja provocadora de que hoy día no es tan fácil engañar a las niñitas. Con todo, ninguna obra podría poner de cabeza la versión fundacional de la caperucita como lo hace el cuento “Caperucita se come al lobo”, de la escritora colombiana Pilar Quintana, quien no se anda con medias tintas y deja ver desde el inicio que se trata de una historia sexual de adultos. El desenlace es que una Caperucita más entrada en edad se aprovecha sexualmente del hombre y al final sigue en control de su cuerpo y con plena independencia. Quintana también le asesta su puñetazo a la versión de los Grimm, pues esta Caperucita y su abuela prescinden de la protección del cazador. Creo ver en esta versión de la Caperucita un desarrollo inevitable de la “enfant fatale” que la escritora bosquejó en su magistral cuento “Violación”.

Me pregunto por qué no ver otra variación inversa en el filme A prueba de muerte, del genial Quentin Tarantino. Nos encontramos con un asesino seductor (Kurt Russell), ex doble del cine quien, una vez que logra que la víctima inocente se suba a su auto, acelera a máxima velocidad y lo estrella, precipitando así la muerte de la acompañante, pues su lado del vehículo no está acondicionado a prueba de muerte. La clave de este filme se halla en su segunda parte, cuando el asesino intenta matar a un grupo de muchachas al chocar su auto contra el de ellas. Sin embargo, un poco después, y en un giro inesperado, son ellas quienes asumen el rol de perseguidoras y el asesino de víctima.

Los tres ejemplos mencionados dejan al descubierto que los censores adolecen de diminutas inteligencia y creatividad para revertir las representaciones tendenciosas y estereotipadas de la mujer, por lo que nada edificante pueden hacer salvo practicar las nuevas inquisiciones.

El epítome de las obras sobre la censura de libros es, de lejos, la distopía de Ray Bradbury Fahrenheit 451. Quizá se deba a que le da cuerpo a la idea de Heinrich Heine de que donde queman libros se acaba quemando personas, o a la de Sergio González Rodríguez según la cual la muerte por fuego es uno de los castigos más ignominiosos, ya que se pretende borrar a la persona de la faz de la tierra, deshacerse de su nombre y su memoria. Es el caso que uno de los mayores extravíos que acusan los ofendiditos consiste en demandar la pureza de cuerpo y alma de los escritores. Se espera, en resumen, que los escritores sean santidades. Más grave aún: la santidad debe probar su continuidad desde la propia cuna, puesto que siempre se puede evocar algún evento del pasado cuando el escritor en cuestión ofendió a alguien en términos de raza, género o sexualidad. El pasado deja de ser pasado y se transforma en un presente perpetuo. Contra la naturaleza, los censores promueven una condición humana inmutable.

Los censores mantienen una férrea vigilancia sobre lectores y escritores, pero no aportan ni agudeza, ni creatividad, ni originalidad.

Obviamente, este razonamiento le hubiese resultado a Bradbury un disparate sin parangón. A mi parecer, una constatación de esto es que entre los libros memorizados de la tercera parte de Fahrenheit 451 se encuentran La república, de Platón; Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, y algunas piezas poéticas de Lord Byron. Para resaltar el contraste de Bradbury con los ofendiditos, empecemos con la república ideal de Platón. ¿Podría alguien responder por qué diablos Fahrenheit 451 rescata de las brasas a un filósofo que condenó a los poetas al ostracismo? La verdad sea dicha, llega un punto en el que La república nos impone preguntarnos si realmente se trata del sueño de un Estado ideal o de un feroz ataque indirecto contra los poetas. En cuanto a la clásica sátira de Swift, es innegable que estamos frente al desprecio más enérgico que sienta persona alguna hacia la humanidad. El misántropo Swift, que suena en la voz de Gulliver, prefiere vivir entre caballos que entre seres humanos. Respecto a Lord Byron, debemos recordar que fue un consumado libertino, es decir, un contrajemplo de la santidad que exigen los nuevos puritanos. Parte de la respuesta a este atesoramiento de Bradbury la podemos encontrar en el episodio La batalla de Invernalia (The Long Night) de la serie Juego de tronos. En uno de sus memorables segmentos, Bran explica que el Rey de la Noche lo busca a él, pues quiere borrar la memoria del pasado, sin la cual la humanidad no existiría, perdería la identidad, dejaría de tener un propósito. Si bien los personajes de Fahrenheit 451 carecen de un prodigio de memoria como la de Bran, al menos memorizan libros enteros con el fin de transmitirle a las siguientes generaciones la compleja historia del mundo.

La caída del Muro de Berlín alcanzará su tercera década en noviembre de 2019. Esto nos recuerda un chiste que se contaba en la Alemania del Este de por qué la policía política Stasi trabajaba en grupos de tres personas. La respuesta era que mientras una de ellas leía y la segunda escribía, la tercera mantenía vigilancia sobre estos dos intelectuales. Si extraemos estas funciones, podemos aplicarlas en el caso de los censores que hemos revisado: mantienen una férrea vigilancia sobre lectores y escritores, pero no aportan ni agudeza, ni creatividad, ni originalidad. Si acaso, sólo les viene a la mente el hervor de la hoguera.

Maikel A. Ramírez Á.
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