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Voces, voces (y 4)

jueves 7 de noviembre de 2019
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“Voces, voces… escucha el soplo,
el mensaje incesante que se forma del silencio”.

Rilke
Voces, voces (y 4): En la voz de los días he reconocido..., por Rafael Fauquié
A la imagen de mi casa se opone la de la intemperie: ilimitada superficie que condena a un amenazante azar. Fotografía: Austin Edwards • Unsplash
Voces, voces, por Rafael Fauquié“Esta voz con que vivo: una y otra vez regresa sobre sí misma para contemplarse en su reflejo”, escribe el venezolano Rafael Fauquié en una de las reflexiones vertidas en esta serie de trabajos a medio camino entre el ensayo y la prosa poética, en los que con su inconfundible estilo intenta esclarecer quién es y, por ende, quiénes somos.

En la voz de los días he reconocido…

…que nunca estaré realmente solo si aprendí a estar conmigo mismo.

…que la intención de triunfar es ya una forma de victoria.

…que ni razones intelectuales ni el impulso de la sola voluntad son suficientes para crecer genuinamente en el camino.

…que poseo el horror de los tiempos carentes de significado y veo en el sinsentido una triste secuela de los días estériles.

…que muy conscientemente me alejo de cuanto considero demasiado ajeno.

…que es muy larga la ruta de la ilusión y muy frágiles los pasos del iluso.

…que cautela y riesgo son actitudes igualmente legítimas.

…que en el camino cuenta, sobre todo, este corpóreo ahora construido sobre compromisos ante los que no existe claudicación posible.

…que aislarme en exceso deforma perspectivas y comprensiones pero que acercarme demasiado al afuera me contradice.

…que optar por algo significará siempre apartarme de algo.

…que sólo en silencio percibo revelaciones, toco profundas certezas y descubro verdades irrefutables.

…que se trata de llenar los días, mucho más que con los trazos del afuera, con ciertos signos surgidos de mi conciencia.

…que avanzar dentro del camino significa “reducirme” en él. Toda elección me encierra junto a escogencias, actos, propósitos, compromisos…

…que uno de los mayores absurdos de la condición humana es no saber reconocer la felicidad aun cuando la tengamos ante nuestras narices.

…que jamás la imaginación debería llevarnos a confiscar la realidad ni a distanciarnos de la vida; que de lo que se trata es de colocarnos, junto a la imaginación, más cerca de ambas.

…que arrepentimientos o desasosiegos suelen aparecer inesperadamente, recurrencias inseparables del denso recuerdo que los ilustra.

…que nuestros logros jamás nos protegerán de nuestros errores.

…que lo fácil suele ocultar lo precario.

…que perseverancia y sentido común son pactos centrales para cualquier forma de supervivencia y crecimiento.

…que sólo a veces y sólo algunos logran alcanzar el horizonte deseado; y, muy a menudo, quienes lucieron muy tempranamente vencedores terminaron por sufrir definitivas derrotas.

…que mi percepción del triunfo fue cambiando con los años. Ahora sé que él significa, ante todo, complacencia con el camino construido y un propósito por continuar en él, lúcido, curioso, ilusionado, hasta el final.

…que es inútil borrar los remordimientos que impregnan ciertos recuerdos. Sólo cabe esperar que el tiempo los extinga. Pero el tiempo, caprichoso, rara vez complace nuestros deseos. El muy racional propósito de erradicarlos nosotros mismos es imposible de cumplir; y, así, enquistados en el día a día, esas visiones de arrepentimiento influyen sobre evocaciones, actos, proyectos…

…que en la vida, en el camino, la repetición es imposible, pero siempre existirán circularidades posibles en él. Remedo del ouroboros, serpiente que se muerde la cola, la circularidad del tiempo alimenta una de nuestras más imperecederas ilusiones: la de una segunda oportunidad: conquistar lo anteriormente inconquistable, acceder a desenlaces nuevos que nos rescaten de anteriores errores.

…que ciertas verdades deberían ser accesibles a todo aquel empeñado en entenderse con el mundo que lo rodea.

…que existen errores colectivos y errores individuales, y todos se pagan: unos, destinados a permanecer por largo tiempo en el arrepentimiento de muchos; otros, en el individual remordimiento de alguien.

…que los atajos suelen contradecir un camino que es preciso recorrer en toda su extensión, sin distraernos del cumplimiento de ciertas metas irrenunciables.

…que nuestra mayor debilidad reside en nuestra propia incuria.

…que es preciso entender el sentido de todas y cada una de nuestras batallas.

…que es preciso ser maleables frente al tiempo.

…que uno de los más frecuentes orígenes de equivocaciones y derrotas es la intransigencia.

…que el sentimiento de triunfo puede convivir —y debilitarse, claro— ante la memoria del fracaso.

…que la incertidumbre obliga siempre a buscar respuestas.

…que el remordimiento es quizá el peor lastre de la memoria.

…que habitar y caminar precisan, por igual, del equilibrio y la armonía.

…que en el camino son interminables las paradojas: aciertos conviven con errores y derrotas nos acercan a victorias que pudieron lucir imposibles, fracasos suelen convertirse en impulso hacia genuinos avances, sabemos de la fortaleza tras haber intuido la debilidad y reconocemos la felicidad tras recorrer la infelicidad…

…que, poco a poco, he ido aprendiendo a hacer de mi casa, voluntad: de resistencia, de continuidad, de esperanza; sitio donde protegerme del sentido inhóspito que a veces posee la vida.

…que a la imagen de mi casa se opone la de la intemperie: ilimitada superficie que condena a un amenazante azar.

…que en el camino mucho más que los puntos de partida importan el tránsito, y, desde luego por sobre todo, la conclusión.

…que la verdadera sabiduría consiste en aprender a vivir con nosotros mismos.

…que la soledad se aprende. Aprendemos a conocerla, a soportarla; eventualmente, también a disfrutarla.

…que en el camino lo que por mucho tiempo pudo lucir como dispersión o desorden pudo llegar a convertirse —gracias a nuestra voluntad— en coherencia, armonía, propósito…

…que si aprendí a preguntar aprendí a vislumbrar respuestas.

…que contradecirme significará siempre alejarme de mi centro.

…que mi peor desamparo es no escucharme o no entenderme.

…que a veces el mundo pareciera convertirse en un escenario donde actúo mientras aprendo a entender.

…que por mucho tiempo y en demasiadas oportunidades pude —y efectivamente llegué a ser— mi peor enemigo.

…que estoy obligado a dotar a mis pasos del más importante sentido: el de la aprobación.

…que muy pocas conclusiones son definitivas. Casi todas dan paso a otras que accederán a otras y así interminablemente…

…que alcanzar algo será siempre preludio de algo.

…que mis pasos me hablan de esa fugacidad que soy y de esa continuidad que me empeño en ser.

…que la felicidad tiene todo que ver con este momento que toco y este ahora que vivo.

…que nunca deberé supeditar este momento esencial ante algún recuerdo petrificado ni sobre alguna ilusión proyectada en el mañana.

…que ante el vacío de tanto agotado absoluto me queda la exacta verdad de algunas personales respuestas: la de la felicidad, por ejemplo.

…que, reconocido el sitio de mi felicidad, deberé aferrarme a él con todas mis fuerzas.

…que mis límites son fronteras que me defienden, linderos en los que va dibujándose mi destino.

…que la serenidad es, ante todo, una conformidad con nosotros mismos, un estado de ánimo, un asidero de la inasible felicidad.

…que la soledad, interlocutora de tientos y búsquedas, de esperanzas y desilusiones, forja nuestro temple. En soledad partimos de nosotros hacia el mundo y de éste otra vez hacia nosotros mismos… Ella es aprendizaje. Condición. Apuesta. “Los demonios del solitario —dijo alguna vez Nietzsche— pueden ser los dioses del creador”.

…que la soledad es paradójica: el solitario en ocasiones trata de hablar más de sí mismo, de explicarse más que los muy sociables.

…que toda experiencia debería ser sabiduría y toda memoria debería ser organizadora. Y las dos, experiencia y memoria, guiarnos en nuestros recorridos por la siempre azarienta y cambiante realidad.

…que la respuesta al nihilismo está en la pasión de vivir.

…que el arte, nuestra creación, nuestras búsquedas estéticas, nos permiten alcanzar esa plenitud que tantas veces nos niega la vida.

…que aquello que me asombra también me revela.

…que entenderme significará saberme moralmente comprometido a aceptar mis decisiones.

 

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