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Voces, voces (1)

jueves 26 de septiembre de 2019
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“Voces, voces… escucha el soplo,
el mensaje incesante que se forma del silencio”.

Rilke
Voces, voces (1): Esta voz con que vivo..., por Rafael Fauquié
Escribo para aprobarme al interior de un camino cuya coherencia estoy empeñado en vislumbrar hasta su final. Fotografía: Rod Olphe • Unsplash

Voces, voces, por Rafael Fauquié“Esta voz con que vivo: una y otra vez regresa sobre sí misma para contemplarse en su reflejo”, escribe el venezolano Rafael Fauquié en una de las reflexiones vertidas en esta serie de trabajos a medio camino entre el ensayo y la prosa poética, en los que con su inconfundible estilo intenta esclarecer quién es y, por ende, quiénes somos.

Esta voz con que vivo…

“…No quiero apartarme de la voz con que vivo”.
Rafael Cadenas

Esta voz con que vivo: metáfora de vida, signo de ese tiempo que soy. Me acerca al afuera o me refugia en mis adentros. Su evolución es mi evolución, su silencio mi mutismo y mi derrota. Junto a ella recreo espejismos, asideros, apoyos necesarios… Conjuro con ella la confusión o el desamparo. A su lado convierto cielos e infiernos en referencia. Junto a ella respondo la interminable pregunta que soy.

Esta voz con que vivo: poco a poco fui reconociendo sus significados y alcances. ¿Su principal potestad? Llevarme a distinguir correspondencias entre casi todas las cosas. Se le acercan sin cesar diversos escenarios, incluso la realidad misma puede llegar a parecérsele. Verdadera como los propósitos que enuncia, ella va haciéndose protagonista de una historia en busca de su propio desenlace. Fallarle implicaría mi inconsistencia. Necesariamente próxima a mi vida, ella es alimento y promesa; también finalidad. Con igual entonación expresa realidades y fantasías, entremezcla lo verdadero y lo posible. En sus matices colaboran muchas intenciones. La acompañan, a veces, el reconocimiento de abrumadores errores y algún que otro remordimiento. En su cercanía descifro proyectos esperanzadores.

El silencio en la escritura es análogo a la blancura de la página donde aún no se escriben las voces.

Esta voz con que vivo: una y otra vez regresa sobre sí misma para contemplarse en su reflejo. Hablo con ella siempre en presente. Junto a ella dibujo palabras desde un ahora que recuerda, imagina, sueña, espera…

Esta voz con que vivo: me corrobora. Hace muchos años decidí convertirla en escritura, y comprendí que, paradójicamente, sería el silencio lo que permitiría a mi voz escrita vibrar con toda la intensidad de sus posibles significados. Existen dos acepciones del silencio: una, negativa, lo define de vacío, olvido, ausencia, sinsentido, indiferencia; otra, afirmativa, lo entiende como preludio de las comprensiones, ensimismamiento necesario para acercarnos a cuanto nos resulta esencial entender.

El silencio en la escritura es análogo a la blancura de la página donde aún no se escriben las voces. De pronto, éstas aparecen. Al principio, paulatinamente, luego con fuerza, en multiplicación de signos brillando al calor de la inspiración.

Al escribir coloco mis voces en escenarios muy diferentes a los de su realidad diaria. Acepto el doble signo de las palabras: de un lado, sorpresivas, torpes o justas, generalmente poco previsibles, destinadas a desvanecerse apenas pronunciadas; del otro, signos adueñados de esa página donde viven, resplandecen, persisten…

Dibujo palabras en libertad. Construyo con ellas puentes capaces de traspasar muros, cruzar abismos. Diseño con ellas correspondencias entre mi reconocido pasado y un desconocido porvenir con forma de signo de interrogación. Igualmente vislumbro a su lado imágenes que traducen el mundo para mí.

Al comenzar a escribir, las voces parecen desconfiar de sí mismas, sospechándose insuficientes o incapaces. Sólo el tiempo, y un arduo propósito por darles una forma definitiva, logrará devolverles confianza en sí mismas.

Escribo para ordenar y dar forma a mis perspectivas, para hacer más habitable mi propio mundo, para definirme más cerca de mi rostro y de mi nombre, para nombrar revelaciones que los años hicieron incuestionables, para conjurar el yermo panorama del aislamiento y el vacío, para diseñar elegidos paisajes y acercarme así a la realidad que me concierne, para aprobarme al interior de un camino cuya coherencia estoy empeñado en vislumbrar hasta su final.

Sólo la cercanía a la vida hará de la escritura algo genuino y eventualmente perdurable.

Existen palabras que aparecen porque sí, porque algo las inspira, las alienta, las convoca… Y permanecen luego, silentes, por mucho tiempo encerradas sobre sí mismas, hasta que algo logra rescatarlas del lugar donde permanecían enterradas.

Todo proceso de escritura parte de algún determinado propósito. En mi caso: describir verdades descubiertas.

Cada nuevo libro terminado exige el nacimiento de otro que, concluido, originará otro… Y así interminablemente. Distingo un paralelismo entre experiencia de vida y experiencia de escritura: analogía entre la pasión por crear y la pasión por vivir.

Me resulta muy difícil apartarme de cierto sentimiento de arbitrariedad a la hora de escribir. Sin embargo, a medida que ordeno mis palabras, la escritura pareciera cobrar vida propia, vivir por ella misma.

Todo proceso de escritura parte de algún determinado propósito. En mi caso: describir verdades descubiertas, siempre apoyado sobre una intención ética sin la cual mi acto no pasaría de simple divertimento, solipsismo, episodio estéril.

La inspiración sola es insuficiente a la hora de escribir. Sólo la voluntad y la constancia permitirán a la escritura alcanzar una forma definitiva en la que todas sus partes, certeramente, se correspondan.

Escribir es fundar con la palabra: signo preternatural de la voz evocando al primer hombre nombrando cuanto precisaba decir.

Me horroriza la imagen de la escritura sacrificando la vida del escritor.

Para Cesare Pavese, la escritura es un “camino de salvación”: disciplinada entrega que permite al ser de palabras enfrentar la confusión de la vida; y convertir esa confusión en diseño, significado, propósito…

Escribo voces que son ecos y son reflejos. Paradoja de unos y otros; siempre será posible adivinar, en su fugacidad, la eternidad de algunas comprensiones y verdades.

Aprendo de las voces que escribo a medida que nombro con ellas mis comprensiones.

Escribir, hacer literatura con nuestras voces, es mucho más que sólo una forma de nombrar. Es también un hacernos a nosotros mismos; una manera de crearnos o, acaso, de inventarnos; una forma de estar en el mundo y de escoger de qué manera permanecer en él. Mi ideal de escritura: que mis voces me rescaten del silencio que aguarda por casi todos.

Desde un principio descubrí en mi selección de lecturas y escritores una manera de entender el mundo.

Peligros de la escritura: decir en exceso, decir poco, decir inoportunamente…

Escribo prosa, escribo poesía… ¿Dónde comienzan y terminan los límites de una y otra? Nuestro tiempo las ha reunido en espacios cada vez más cercanos. Poesía que es prosa, prosa que es poesía. Nuestro es el tiempo de la prosa… Y de la poesía. Tiempo que escucha cadencias poéticas en medio de la lineal contundencia de la prosa y contempla cómo la hilvanación de la prosa se bifurca por entre las impredecibles variantes de la poesía. Nuestro es el tiempo de la versatilidad y la inclusión, de la suma y la cercanía. No sólo en la escritura: en la plástica, la pintura se aproxima a la escultura y ésta se incorpora a la arquitectura. Los medios audiovisuales se transforman en lienzos expresivos de un decir que, en todos los espacios, se pretende expansivo, multiplicante, ilimitado…

Siempre será poética la escritura que se esfuerza por ser plenitud de una forma en relación con lo expresado por ella.

Acostumbro imaginar lectores para mis voces: confidentes necesarios de mis razones para escribir.

¿Qué autores elijo? ¿Qué géneros? ¿Qué temas? Desde un principio descubrí en mi selección de lecturas y escritores una manera de entender el mundo, de dibujarlo más comprensible y hacérmelo un poco más vivible.

Nunca deberé temer las voces que escribo —o pronuncio—, pero siempre habré de prestar mucha atención a la actitud de quienes las leen –o escuchan.
 

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