
Si algo tenemos que agradecer los venezolanos a Mario Vargas Llosa (1936-2025), es que nos acompañó desde los inicios en esta etapa oscura de nuestra historia, con mucha lucidez, denuncia de las arbitrariedades del poder, consideración con nuestro sufrimiento y padecimiento como sociedad, apoyo a los movimientos democráticos y enorme fe en la recuperación de los senderos de la libertad y la democracia política.
Recuerdo con nitidez el primer artículo que nos dedicó luego de la victoria de Hugo Chávez en 1998, “El suicidio de una nación”. Lo leí con zozobra y temblor. Vargas Llosa fue clarividente: los electores venezolanos habíamos tirado por la borda, cegados por la promesa vengativa y de falsa reivindicación del militar populista, ignorante y autoritario, todas nuestras conquistas políticas que nos habían convertido en la democracia más sólida e influyente de América Latina.
Diez años antes me había iniciado como lector apasionado de este peruano de estilo arquitectónico, dueño de un dominio y desenfado en el uso de nuestro idioma y de una capacidad brutal para retratar la realidad latinoamericana, con extraordinario uso de las formas literarias. Sin duda, Vargas Llosa convirtió en protagonista de sus obras la construcción formal de la novela, lo cual se le reconoce en el mundo literario global.
Durante este cuarto de siglo de padecimiento, primero desde el punto de vista institucional y moral, y luego de empobrecimiento, sumisión material y psicológica, siembra de la desesperanza y terror en el espacio público, violación sistemática de los derechos humanos y expulsión del territorio de más de un cuarto de la población, Vargas Llosa estuvo allí, solidario con Venezuela, en sus artículos de El País, entrevistas, conferencias y visitas a nuestra tierra mientras la “revolución bolivariana” se lo permitió.
Casi siempre que se refería a Venezuela, Vargas Llosa invocaba nuestro espíritu libertario. Se negaba a aceptar que el país de donde surgió el movimiento libertario más grande de la América Latina de principios del siglo XIX siguiera sometido a la oscuridad y el oprobio del totalitarismo. Esa fe en nosotros la he convertido en un mantra cívico, ciudadano, de todas las reservas que nos quedan en la lucha y defensa de la dignidad venezolana.
Vargas Llosa murió a los 89 años el 13 de abril de 2025, “rodeado de su familia y en paz”, nos informan todos los periódicos y plataformas de noticias occidentales. Hace poco tiempo se retiró de la vida pública que llevaba. Tuvimos que acostumbrarnos a la ausencia de su Piedra de toque. Nos conformamos con la promesa de un ensayo sobre Sartre y ver, en las redes digitales de su hijo Álvaro, fotografías de sus nostálgicas visitas a algunos escenarios físicos de sus primeras novelas.
Queda su formidable obra literaria y ensayística. Esos acorazados literarios como Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo, Tiempos recios y sus otras novelas. Esa tarea de desmontar y denunciar las utopías como fuentes de sufrimiento humano no cesó, incluso, ante historias tan bellas como querer revolucionar el Perú a través de su música popular, en Le dedico mi silencio.
Como ensayista literario, desbordó toda limitación academicista y creó modelos de crítica literaria de gran belleza y ansias de totalidad, como en sus novelas. Pensemos nomás en García Márquez: historia de un deicidio. Un estudio literario que desglosó y diseccionó minuciosamente cómo García Márquez creó ese portento que sigue siendo Cien años de soledad. O su admiración y amor por Madame Bovary, que lo llevó a escribir La orgía perpetua, una erudita y deliciosa crítica literaria de gran factura, que nos demuestra cómo la literatura, como obra de arte, se puede convertir para los seres humanos en fuente de placer y displacer, del sentimiento de lo bello y lo sublime, “desanimalizando” más a los seres humanos e impulsando su desarrollo moral, en términos de discernimiento kantiano.
Pero fue el ensayista político, el apasionado defensor de la libertad y el liberalismo económico, el antiestatista en la vida social, el que más cerca estuvo de nosotros. Y lo estuvo desde que recibió el Premio Rómulo Gallegos en 1967 y coincidió en Caracas con García Márquez para el momento de la ceremonia de la entrega del premio. Y lo estuvo cuando elegimos a Chávez y nos “suicidamos” como nación. Y apoyó abiertamente el liderazgo de María Corina Machado. Y defendió nuestro espíritu libertario, esa fuente de inspiración en la lucha por la libertad, que fue la tercera revolución más importante del mundo occidental en la modernidad: el movimiento independentista y republicano que nació en Caracas durante la primera década del siglo XIX.
La gratitud es un deber moral. La gratitud con Vargas Llosa, en su memoria, es un deber de todos los venezolanos de bien.
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