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Dios, una historia humana, de Reza Aslan

viernes 14 de agosto de 2020
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Nos dice su autor, personalizando la experiencia sociorreligiosa, que, cuando niño creía que Dios era un anciano corpulento y poderoso que vivía en el cielo.

Siendo tan importante, tan significativa por su valor en nuestras vidas esa idea-realidad de Dios, acaso, en un momento dado, podríamos plantearnos: ¿qué parte de Dios existe en nuestras vidas?, o, a la inversa, ¿qué parte de nuestras vidas está en Dios?

“Dios, una historia humana”, de Reza Aslan
Dios, una historia humana, de Reza Aslan (Taurus, 2019). Disponible en Amazon

Dios, una historia humana
Reza Aslan
Ensayo
Taurus
Barcelona (España), 2019
ISBN: 9788430620579
368 páginas

Él lo sabe todo, lo conoce y controla y dispone todo. Él es el gran hacedor, ¿y el gran destructor? Todo, toda nuestra vida, está sometida perennemente a su divina voluntad. Por cierto, ¡qué agobio! ¿Es la representación de nuestra sombra un día de sol, una sombra de la que no podremos separarnos jamás?

En tal consideración, es muy sugerente y simpática la presentación de este libro de honda voluntad didáctica y a la vez crítica, cuando nos dice su autor, personalizando la experiencia sociorreligiosa, que, cuando niño creía que Dios era un anciano corpulento y poderoso que vivía en el cielo; “una versión más grande y más fuerte de mi padre, y con poderes mágicos. Me lo imaginaba apuesto y canoso, con una larga cabellera gris que le cubría los anchos hombros, sentado en un trono forrado de nubes, y cuando hablaba, su voz retumbaba por el cielo, sobre todo cuando estaba enfadado, como solía ser el caso. Pero también era tierno y amoroso, clemente y amable. Se reía cuando estaba alegre y lloraba cuando estaba triste”.

Tal vez sea este un resumen de la idea de una parte grande de la población (la femenina a la cabeza, sobre todo para la última parte de la definición) que, en realidad, acaso no sea tanto lo que es como lo que se quiere que sea, en una aproximación a una idea de la justicia humana. Dios como autoridad, como justicia, como redención de tantos males y agravios como comporta la realidad.

Luego vendrá, en el transcurso de la historia, la percepción del dios no tanto con carácter individual, sino como líder defensor de una causa colectiva, de un pueblo. Por eso, escribe el profesor Aslan, “de hecho, la guerra en el Oriente Próximo antiguo no se consideraba tanto una lucha entre ejércitos como una contienda entre dioses”. Resultaba, así, que “una tribu y su dios se consideraban una sola entidad, unidos por un pacto en virtud del cual la tribu cuidaba del dios ofreciéndole culto y sacrificios, y éste devolvía el favor protegiéndola de todo daño, ya fueran inundaciones, hambrunas o, en la mayoría de los casos, tribus extranjeras y sus dioses”. Siempre, siempre, un vínculo de dependencia presente; asirse al poderoso para resultar triunfador; incluso alcanzando una hipotética gloria futura, un paraíso.

El libro cierra —habría que entender del “argumentario” de Aslan— a favor, al fin, del conocimiento.

Discurre el libro en estas consideraciones de fuerza, de dominio, pero, a la vez, también surge una a modo de crítica interna, de disenso en cuanto a la verdadera labor y significación del dios. Surge la duda, incluso la antinomia: esa dialéctica de contrarios tan fecunda en filosofía. Los principios del bien y del mal como inherentes al razonamiento humano.

Así, ya al principio, en el relato bíblico de la creación, la serpiente, “la más astuta de las creaciones de Dios”, les dice a Adán y Eva: “No, no moriréis si coméis del árbol del conocimiento del bien y del mal”. Repárese, “del conocimiento” del bien y del mal. Y es que “Dios sabe que el día en que comáis de ese árbol se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal”. Una vez ahí, reconoce Dios entonces, ante su corte celestial, “no vaya ahora a alargar —el hombre— su mano y tome también del árbol de la vida, coma de él y viva para siempre”. El triunfo, pues, radica esencialmente en el conocimiento y en la perduración eterna de la vida. Qué curioso; un argumento, in extenso, un tanto shakesperiano: “ser o no ser” en el sentido de perdurabilidad.

Y el libro cierra —habría que entender del “argumentario” de Aslan— a favor, al fin, del conocimiento. Una posición a favor del realismo científico, del sentido —también con su vínculo implícito de trascendencia— de la libertad. Es como si el autor, este joven profesor, eligiese, al final, al hombre en lugar de al dios. “Que sigamos siendo creyentes es ni más ni menos que una elección (…). Así pues, vosotros elegís. Creed en Dios o no. Definidlo como queráis. Sea como sea, aprended la lección de nuestros antepasados míticos Adán y Eva y comeos el fruto prohibido. No temáis a Dios. Vosotros sois Dios”.

Una conclusión dialéctica donde las haya.

Ricardo Martínez-Conde
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