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El camino familiar del pez combativo, de Pierre Alferi

viernes 13 de agosto de 2021
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El hombre, el lector, en este texto largo, denso, desafiante en cuanto a lo que haya de ser su comprensión razonable, establece con él un vínculo un tanto exigente a la vez que libre, como una forma de relación de dependencia sorda.

El título, tan formalmente prosaico y descriptivo, entraña, también, tal vez el secreto de este texto original que viene narrado tan de un modo muy personal —de alguna forma identitario, lo que le hace próximo, cuando menos, desde el lado de la implicación, mas, a la vez, le dota de un capacidad observadora y especulativa que le distingue—, como de una elaboración literaria que acaso señale un camino distinto respecto de los cánones comunes de la expresión poética.

“El narrador —se nos advierte y anuncia— se somete a cuatro experimentos. El primero es salir. El segundo, pasar el tiempo. El tercero, volver a casa. El cuarto, observar”. Resulta, en efecto, el relato de una aventura, pero a la vez de una toma de postura hacia la realidad, de un discurso de observador donde nada concreto y a la vez el todo es analizado, es expuesto como una realidad más allá de su naturaleza material, una realidad desnudamente humana.

“El camino familiar del pez combativo”, de Pierre Alferi
El camino familiar del pez combativo, de Pierre Alferi (Sexto Piso, 2020). Disponible en Amazon

El camino familiar del pez combativo
Pierre Alferi
Traducción de Ernesto Kavi
Poesía
Sexto Piso
Madrid (España), 2020
ISBN: 978-8417517847
144 páginas

Correspondiente al segundo apartado de los cuatro en que está dividido, en “El camino del caracol” podemos leer: “Medianoche. Llamamos insomnio no a la vigilia sino al miedo / a no dormir nunca por miedo a nunca despertar. / Fragmentos de enunciados, madera flotante. Como los otros, el ritual de acostarse comienza por una suspensión / del tiempo, una ronda lenta”. Pareciera que estamos dentro y, a la vez, somos un tanto ajenos como observadores respecto de aquello que tiene algo de inmune y no obstante nos alude, nos compete. Una realidad onírica y viva al tiempo. Se trata de tomar conciencia, de una forma de solidaridad, acaso, a la que nos convoca el poeta.

Correspondiente al apartado cuarto, “La misma calle desde el ojo de una mosca” nos traslada de nuevo a una realidad distinta, sin embargo nunca ajena. Hemos, pues, de estar ahí, en la realidad, si bien bajo un cierto enigma nuevo, una consciencia distinta: “La realidad tiene el color / diluido de la calle al mediodía a la salida / del cine, pero la mirada de las palomas de la acera / sobrepasa con creces la nuestra en matices y su mundo / al nuestro en fulgor”. He ahí la retomada percepción, esta vez desde el lado donde nuestro dominio, nuestro protagonismo queda sutilmente desplazado por la naturaleza de la mirada de la paloma, que forma una unidad intrínseca con la realidad añadiendo, según su naturaleza, una mirada más rica en matices; ¿tal vez, por tanto, más explicativa?

El hombre, el lector, en este texto largo, denso, desafiante en cuanto a lo que haya de ser su comprensión razonable, establece con él un vínculo un tanto exigente a la vez que libre, como una forma de relación de dependencia sorda. Quizás por ello podríamos concluir con ese poema breve, con connotaciones de sugerencia y alegato: “Podemos decir que el camino familiar se presenta / como una red fluida dentro de una masa viscosa”.

¿Tal vez una exposición revisitada de los tiempos líquidos de que nos habló el filósofo Zygmunt Bauman? ¿Tal vez una reconstrucción personal de la deconstrucción a que nos invitó el padre del autor, Jacques Derrida?

Una vez más, que el lector lea y entienda.

Ricardo Martínez-Conde
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